Los Garrigues han sido desde siempre una familia de tradición política; el padre de la saga fue diplomático y ministro, con Franco y en la transición; un hijo fue uno de los cerebros del cambio de régimen y de la UCD, Joaquín Garrigues, pero murió y el representante actual de esta gran familia, Antonio, no deja de divagar y actuar sin sentido.
Antonio Garrigues, por herencia, figura en los foros de discusión más influyentes como la Comisión Trilateral, su bufete es uno de los más importantes de Madrid pero de vez en cuando nos regala perlas como este artículo en la tercera de ABC.
Inteligencia artificial
ABC | Antonio
Garrigues Walker
Stephen Hawking ha
planteado esta confrontación en términos dramáticos: «La inteligencia
artificial puede suponer el fin de la humanidad». Según este científico, los
sistemas avanzados de inteligencia artificial tendrán la capacidad de «tomar el
control de los mismos, rediseñándose a un ritmo que aumentará cada vez más», un
ritmo que «los humanos, limitados por su evolución biológica, no podrán seguir,
y serán superados».
Ray Kurzweil –para
algunos, un visionario narcisista, y para Bill Gates, «el mejor predictor del
futuro de la inteligencia artificial»– tiene una visión más optimista sobre el
futuro de la raza humana, aunque acepta que en 2029 los computadores alcanzarán
nuestro nivel de inteligencia, pero mantiene que lograremos superar el proceso
de envejecimiento y aspirar a una vida sin límite temporal, aunque sea
conectados a un computador. Por de pronto ingiere cada día 150 pastillas
diferentes y se inyecta un cóctel de vitaminas, suplementos alimenticios y
sustancias químicas.
Entre estas dos
posturas hay opiniones de todo género y para todos los gustos. El Wall Street
Journal reunió recientemente a varios expertos para debatir estos temas. Un
directivo de IBM, Guruduth Banavar, cree que el «peligroso» conflicto entre
máquinas y seres humanos es un conflicto falso alimentado por las películas y
las novelas de ciencia ficción y que lo que ha mejorado y va a seguir
haciéndolo es la colaboración entre ambos y que esa sinergia ha dado lugar ya a
avances espectaculares y seguirá haciéndolo en el futuro. Las máquinas
aportarán lo que no pueden hacer los humanos –y en concreto el manejo de datos
masivos, los «bigdata»–, y los humanos aquello para lo que las máquinas no
están capacitadas, como la formulación de preguntas y los razonamientos
lógicos.
Jean Tallin
–creador de un «centro sobre el riesgo existencial y el futuro de la vida»– es
más sensible a los potenciales peligros de la inteligencia artificial y
aconseja que se adopten desde ya las debidas precauciones para que las máquinas
no estén en condiciones de tomar por sí mismas –como ya ha sucedido en el mundo
financiero y en el médico– decisiones irresponsables. «Es importante –afirma–
que mantengamos un cierto control sobre la posición de los átomos en nuestro
universo y no cederlo inadvertidamente al mundo de la inteligencia artificial».
Paul Saffo,
profesor de Stanford y también de la Singularity University
(Universidad de la
Singularidad) que fue fundada por Ray Kurzweil, afirma que
las máquinas podrán hacer cualquier cosa, ¡incluso sushi!, y que, de hecho, ya
estamos rodeados de máquinas que hacen todo mejor que nosotros. Añade que el
problema no es, por lo tanto, si habrá o no inteligencia artificial, sino cuál
será el lugar que ocuparán los seres humanos en un mundo cada vez más
influenciado y dirigido por máquinas.
Siguiendo en esta
línea, la revista Edge preguntó a varios expertos si las máquinas podrían
llegar a pensar, y las reacciones están llenas de interés: el físico y premio
Nobel Frank Wilczek lo ve como una posibilidad remota pero asumible, y afirma
que «conforme avanza la neurociencia molecular y los ordenadores reproducen
cada vez más los comportamientos que denominamos “inteligentes” en humanos, esa
hipótesis parece cada vez más verosímil». El astrofísico John Mather coincide
con Wilczek y afirma que «hasta ahora no hemos encontrado ninguna ley natural
que impida el desarrollo de la inteligencia artificial, así que veo que será
una realidad y bastante pronto», teniendo en cuenta las ingentes inversiones
que se están realizando. Por el contrario, el filósofo Daniel Dennett considera
esta posibilidad una leyenda urbana y afirma que el peligro no está en que
existan máquinas más inteligentes que nosotros, sino en la cesión de nuestra
autoridad a máquinas estúpidas e irresponsables, que es justamente lo que
estamos haciendo.
¿Cómo penetrar en
este debate? ¿Cómo orientarse ante tanta complejidad? Además de renunciar a
cualquier tentación dogmática, sería útil tener en cuenta las siguientes ideas
básicas, que son también enteramente discutibles y necesitan ser discutidas.
—Los seres humanos
se han adaptado y se seguirán adaptando con naturalidad y sin excesivos
problemas a todos los cambios tecnológicos y científicos que se produzcan. De
hecho, ya se han producido cambios (el avión, la imprenta, la luz eléctrica,
entre ellos) más esenciales, en términos de situación cultural, que los que
estamos viviendo en la actualidad. Es cierto que el proceso se ha acelerado y
se va a seguir acelerando de forma significativa, pero si pensamos en las
transformaciones tecnocientíficas de los últimos veinticinco años nos asombraremos
de que la condición humana se haya mantenido intacta, y, por lo tanto, es
perfectamente previsible que suceda lo mismo en el futuro. ¿Es esto así o nos
enfrentamos a un cambio mucho más esencial y transformador que los anteriores?
—La diferencia
entre máquinas y seres humanos podría residir fundamentalmente en el terreno de
las emociones y los sentimientos, y la pregunta inevitable es si las máquinas
podrán llegar a tenerlos. En ese terreno no hay duda de que las máquinas podrán
crecer asombrosamente en inteligencia, pero la idea de que algún día pudieran
también tener emociones (miedo, alegría, celos, amor, envidia, vanidad, etc.)
resulta para una mayoría de científicos inasumible, aunque haya también
excepciones a esta posición. Para muchos expertos la evolución y la sinergia de
la nanotecnología y la biotecnología podrían lograr que los átomos de un robot
pudieran funcionar de tal forma que dieran lugar a emociones auténticas.
Nuestro médico Pedro García Barreno afirma, en este sentido, que «la
apropiación exclusiva por la especie humana del mundo de las emociones es un
mero acto de soberbia».
—Lo que parece
claro es que este tema requiere un tratamiento multidimensional y
multicultural. Como decía Karl Popper, «los problemas pueden atravesar los
límites de cualquier disciplina. Somos estudiosos de problemas, no de
disciplinas». Lo primero que tenemos que hacer es conocer a fondo –y el
desconocimiento real es prácticamente absoluto– lo que está sucediendo en el
mundo de la ciencia y la tecnología, incluyendo sus propias inquietudes y
dilemas. Y después de ello habrá que organizar debates sobre la inteligencia
artificial, y otros muchos temas derivados, en los que, juntamente con los
científicos, participen filósofos, sociólogos, juristas, economistas, políticos
y representantes del mundo cultural y de las profesiones liberales, para que
unos y otros manifiesten sus posturas y sus inquietudes y se enriquezcan con
las perspectivas ajenas. Solo así podremos aproximarnos a una forma de verdad
sobre la que fijar actitudes y tomar decisiones.
–Y un último
pensamiento: visto lo visto en el mundo actual, la idea de que una máquina
supere la inteligencia humana no parece un reto excesivo. Ese es uno de los
temas que se abordan en la ópera «My square Lady», de Gob Squad, que se acaba
de estrenar en la ópera de Berlín, en la que a través del diálogo con el robot
Myon se intenta concretar qué es lo que convierte a una persona en persona y
cómo podría un robot lograrlo.
Antonio
Garrigues Walker, jurista.
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