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26 feb 2016

Una carta no otorgada

A 40 años de la muerte de Franco  y a 80 de la Guerra Civil, se está instalando la especie de que nuestra democracia fue otorgada olímpicamente por los neofranquistas y los reformistas del franquismo. Es necesario hacer notar que nuestro régimen político surge, como todos, de una coyuntura histórica; la izquierda heredera ideológica, que no física, de los perdedores del Frente Popular negoció a cara de perro y, aunque conocía la correlación de fuerzas, era consciente de las posiciones que la política europea imponía a España. 





La muerte de Franco y la llegada de UCD supusieron una renovación radical de cuadros medios administrativos y dirigentes empresariales, cambiaron los nombres de las calles y los signos. España junto con Portugal, Grecia y Rusia son 4 países que han llegado a la democracia por sus propios medios. Todo cambio deriva de una ilegalidad, la legitimidad no obliga a ningún cambio, no estamos obligados a cambiar salvo que lo consideremos para mejorar. No estamos tampoco en una democracia especialmente joven, como no lo era la RFA en 1986, no le debemos nada a una izquierda que no ha hecho autocrítica de su comportamiento durante la Segunda República ni sobre el estalinismo o el maoísmo.






Nuestra democracia tiene luces y sombras pero eso les pasa a todas, incluida la norteamericana la más antigua con sólo 250 años de historia. Ningún Estado reconoce el derecho de autodeterminación y continua existiendo. PODEMOS puede hacer su revolución pero no desde ninguna superioridad moral; tenemos todo el derecho de combatir en esta guerra cultural.


Estas ideas están expuestas en este artículo de ABC.

 

 

 

Nos haremos con la Historia






ABC | Fernando García de Cortázar

La virtud de los tiempos de zozobra es su elocuencia. Nada hay que no se ofrezca ya a la meditación de los españoles. Todo ciudadano con sentido crítico o mero instinto de supervivencia social ha de adoptar una posición ante lo que sucede. Las últimas convocatorias electorales, con su propuesta radical de superación del marco establecido, en poco se han parecido a las de los años de plenitud de nuestro sistema constitucional. Y es que la crisis económica ha provocado un intenso proceso de politización y ha arrojado sobre la conciencia de los españoles una sensación de peligro, cuya capacidad de infectar la confianza en nuestras instituciones está resultando devastadora. Con todo, no ha habido nadie que advierta de la profundidad del riesgo que corremos. No ha habido alzamiento de opiniones rigurosas, ni manifestaciones que hayan superado el simple regocijo de los saldos contables o la desdeñosa plática de quienes creen que este proceso de deslegitimación solo es un bache en un camino bien pavimentado.








No ha existido, y no he dejado de decirlo en esta página, lo que Gramsci llamó intelectuales orgánicos del sistema, cuyo servicio al régimen no dependiera de su situación administrativa, sino de unas convicciones ideológicas que mostraran que, en el lado del constitucionalismo salido de la Transición, hay algo más que inercia tecnocrática, inmovilismo cultural o desprecio por el pensamiento crítico. Los exabruptos de tertulia o las consignas de rueda de prensa no son suficientes. De nada sirve amenazar con catástrofes económicas, con descenso de la inversión extranjera o con los problemas de la deuda. El sufrimiento de los españoles durante todos estos años, la experiencia dolorosa de quienes han perdido derechos sociales, la conciencia de tantas personas a las que se ha esquilmado su seguridad no se recuperan con amenazas de empeoramiento de su condición.

El acuerdo de los ciudadanos en torno a nuestra Constitución no puede basarse en el miedo. Tiene que hacerlo en la superioridad cívica de las propuestas de los reformistas, de los que no deseamos abrir de nuevo un proceso constituyente. Lo que no debe hacerse de ningún modo es alimentar el bloqueo de nuestro sistema político, al que indiscutiblemente le ha llegado la hora de pasar una enérgica revisión jurídica. No debe tolerarse, tampoco, la torpeza de un discurso acomplejado, de resistencia al cambio, que pone en manos de los adversarios no solo de esta democracia parlamentaria, sino de nuestro mismo concepto de civilización occidental, el coraje transformador, la fuerza de las convicciones y el ímpetu de la regeneración. Debemos demostrar que nuestra Constitución cubre una pluralidad sana de perspectivas, y que se asienta en fundamentos lo bastante sólidos para aguantar embestidas coyunturales, y lo bastante dignos como para ser defendida con mayor enjundia doctrinal.









No basta con insistir en que se han ganado las elecciones. Entre otras cosas, porque las elecciones se ganan de verdad cuando se está en condiciones de formar un gobierno. Hay que recordar, eso sí, que existe una mayoría de españoles que votaron por los partidos que representan la continuidad institucional y el compromiso con la gran reconciliación de la que arrancó nuestra cultura democrática. Pero tampoco debe sustraerse de cualquier reflexión que el rupturismo ha alcanzado una representación notable y no es un pintoresco accidente a resolver en poco tiempo. Tenemos una enorme avería nacional. Estamos en una crisis de régimen. Nos hallamos ante el mayor golpe de deslegitimación producido desde 1978. Así y todo, no es cierto que más de la mitad de los españoles hayan decidido iniciar un proceso constituyente, en el que se incluya el derecho a la autodeterminación y, por tanto, la destrucción del fundamento de nuestra comunidad política, a la que se arrebata su soberanía en nombre de soberanías plurales, sin más freno que las medidas urgentes de intervención judicial.









Lo que se está promoviendo es un verdadero estado de excepción que pretende definir un nuevo sujeto soberano en España y el comienzo de una nueva fase política cuya primera labor sea desmantelar el sistema constitucional del que nos dotamos al construir nuestra democracia. A este desafío no se responde solamente con el recuerdo constante de la legalidad, sino con la lucha ideológica, con el debate político, con las propuestas culturales orientadas a ganar una hegemonía. Disponer de esa mayoría abrumadora electoral con la que cuenta la Constitución de 1978 no va a ser suficiente si el verdadero soberano, la nación española, ha de caminar indefensa, enmudecida, sin razones aparentes, sin identidad precisa. En el asedio que sufrimos a nuestra convivencia, vemos cómo los sitiadores preparan sus instrumentos de asalto quizás no a los cielos, pero sí a los órganos vitales de nuestro sistema. Y para hacerles frente nada se ha dicho que contagie confianza, que transmita la convicción de tener una superioridad manifiesta, cimentada en la experiencia de tantos años de libertad, de justicia y de posición de España en el mundo.









La Constitución ha de ser reformada en cuanto sea preciso para adecuarse a tiempos nuevos. Pero, sobre todo, ha de ser defendida en este proceso de renovación, con actitudes a las que preocupe mucho menos la acusación de arrogancia que la imagen de pasividad. Pequemos, por una vez, de un exceso doctrinal, de un sobrepeso de ideología, de una expansión de entusiasmo al recordar a los españoles los valores sobre los que construimos la democracia en condiciones mucho más difíciles que las de ahora. Seamos capaces de exigir el respeto a la voluntad manifestada el 20 de diciembre. Recuperemos la insolencia que el enemigo blande contra nuestros principios. Alcemos la voz para denunciar todo lo que ha envejecido, todo lo que se ha corrompido, todo lo que nos avergüenza en la conducta miserable de muchos.

Pero levantemos también nuestro discurso para sostener un régimen que, desde el comienzo, fue recuperación de los valores esenciales de la democracia occidental. Volquémonos en esta actitud y no nos preocupe pregonar lo que para todos debería resultar evidente: que España es uno de esos países normales en los que el liberalismo, el conservadurismo moderado, el cristianismo social y la socialdemocracia convergen en la defensa de un espacio de civilización. No porque sean partidos, sino porque son expresiones de una larga tradición humanista, ilustrada, defensora de los derechos y la dignidad de la persona, diseñadora de la proyección cívica del individuo. Sepamos que, frente a tales principios, poca cosa podrán ofrecer quienes pretenden devolvernos a las peores condiciones del pasado siglo, cuando todos estos ingredientes de nuestra civilización fueron abolidos, y sobre el sufrimiento y la desesperanza se levantaron las más sórdidas utopías. 








En su nacimiento, tal barbarie también se atavió con el prestigio de ser algo así como la sonrisa del destino a la que se refirió Pablo Iglesias. Frente al escenario trágico de la obediencia a las leyes de los dioses o a la fuerza de los héroes, nosotros, la mayoría de los españoles, preferimos la sobria, sensata y terca voluntad de construir en libertad nuestro futuro. Que otros se resignen a su destino. Nosotros nos haremos con la historia.







Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

23 jun 2013

El nacionalismo y la demografía

A propósito de las diferencias étnico culturales que nos empeñamos en descubrir en la Piel de Toro, resulta que, desde el punto de vista demográfico y según la cátedra de Demografía de la facultad de Sociología en Madrid, si no se hubiese producido la descomunal emigración hacia Cataluña desde finales del siglo XIX hasta los años ochenta del XX, en casi un siglo, los habitantes de Cataluña hubieran sido 2.000.000 y no 6.000.000 como eran en 1980.













En el caso vasco, en el mismo periodo, se produjo una inmigración de intensidad similar, y si ésta no se hubiese producido su número de habitantes en 1980 hubiera sido un tercio de los reales. Hay que fijarse en el hecho de que no hablo más que de un periodo muy corto de unos 90 años ya que antes había habido inmigración y ésta ha continuado después con muchos extranjeros. Tampoco hay que olvidar que tanto vascos como catalanes se han instalado en el resto de España, de manera que uno de los apellidos españoles más comunes es García, de origen vasco, y que comerciantes catalanes los ha habido en todas las capitales de provincia y en pueblos grandes.





 






Tanto en Cataluña como en el País Vasco hay que irse más allá del puesto diez en abundancia para encontrar apellidos que no sean López, Pérez, Martínez, Sánchez y Rodríguez. El castellano es tan común en el 70% del territorio vasco que muchos fueros estaban redactados en esa lengua por otro lado vasca, nacida en la Bureba ese territorio común a Álava, La Rioja y Burgos. El castellano es lengua común y jurídica en Cataluña por lo menos desde el Compromiso de Caspe. Viendo estas realidades se observa la enorme impostura y la tremenda estupidez a la que estamos sometidos.





Cuando se nos habla de los derechos forales como de las antiguas constituciones que sustentan el "derecho a decidir", hay que especificar que el Derecho foral no era de Cataluña o del País Vasco sino de los catalanes (y de los vizcaínos  o guipuzcoanos), es decir un derecho subjetivo. Era un derecho de linaje, de manera que los habitantes no naturales del país no lo tenían. Si dos tercios de los genes vascos (y catalanes) vienen de fuera, en esa medida su derecho es común y no foral. Todo esto de manera independiente a que el derecho foral a quien otorga la soberanía es al Rey, es decir al pueblo español.

24 jul 2012

Habíamos ganado la guerra

Esther Tusquets, que falleció ayer, fue una conocida editora, escritora y ensayista española pieza importante de la empresa editorial catalana durante una época. De todos es sabido que el mundo editorial, en español, de España tiene su epicentro en Barcelona y Esther formaba parte de esa burguesía catalana que fue vanguardia empresarial nacional. 




En 2007 escribió una obra que forma parte de su autobiografía, este tipo de trabajos no se pueden considerar ciencia histórica pero sí son fuentes de la ciencia. 
"Habíamos Ganado la Guerra" es un ajuste de cuentas con su generación y con su clase social, en ella cuenta como, estando su familia y los Maragall recluidos en casa durante la Guerra Civil, llegó el padre de Pasqual y comunicó a los presentes que "los nuestros" entraban ya en la ciudad; se refería al general Yagüe y sus falangistas. 
Las ediciones posteriores de esta obra han eliminado la anécdota por presiones de Don Pasqual. 
Qué vueltas da la vida.