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7 nov 2017

Autodeterminación

El día 1 de noviembre de 2017, día de Todos los Santos, se publicó un artículo en el Diario de Noticias de Navarra, periódico nacionalista, con una serie de encuestas sobre la opinión de los ciudadanos de Cataluña en relación con la independencia
Los diversos medios están haciendo públicas encuestas según se van desarrollando los acontecimientos pero lo curioso, independientemente del crédito que quieras dar a cada uno, son los cambios que se producen a lo largo del tiempo en la opinión pública. No puedo dejar de pensar en la frivolidad que supone querer dirigir la historia a golpe de referéndum de manera irreversible. Ya sé que las votaciones no son lo mismo que encuestas, que la gente piensa más y mejor en las primeras pero aun así parecería que si el plebiscito se hiciera el lunes habría independencia, y conociendo a los nacionalistas se crearía un gobierno dictatorial que imposibilitaría cualquier reversión, y si se hiciera el martes se mantendría la unidad; con el costo tremendo que supone la primera. 






En la India, cuando se independizó de Inglaterra en la crisis del Imperio Británico posterior a la Segunda Guerra Mundial, contando con el aval de la ONU y el acuerdo británico, con el colchón inmediato de la Commonwealth, se reunió un Congreso Nacional con presencia de diputados electos, confesiones religiosas, príncipes y gobiernos regionales, y autoridades económicas y sindicales. Un debate nacional que dio lugar a una Constitución y a un partido, el Partido del Congreso. 
Se negociaron a fondo todas las cuestiones y eso que el hinterland de la nueva nación y su espacio geopolítico, y geoeconómico, eran distantes de la decadente Inglaterra. 






Un simple referéndum no puede decidir lo irreversible; según la Ley, la Constitución y el sentido común debe haber otra cosa. 
En estas direcciones se puede discutir sobre la Clarity Act canadiense que zanjó el debate en el Quebec y otras opiniones que no necesariamente comparto. 



En cuanto a la transgresión de la Ley, la malversación de fondos públicos, la sedición y el golpismo está claro que la única solución es la cárcel.
















24 oct 2017

Continuará

Tras la peculiar declaración de independencia del sí pero no, Puigdemont ha recibido la contradeclaración del Gobierno de España; y todo en un contexto de salida social de empresas de Cataluña, de forma cada vez más acelerada, con el mascarón de proa La Caixa encabezando todo. 
Rajoy, que tiene el apoyo de PP, C,s y PSOE, viene a aplicar un peculiar artículo 155 de la Constitución a plazo, otorgando 5 días al Govern para que aclare si ha habido declaración de independencia con un escueto sí o no; si la contestación es no, habrá tiempo para negociar cambios pero esto pondría en peligro la estabilidad del Govern; si la contestación es sí, la carta viene a dar un nuevo plazo de tres días para volver taxativamente a la Constitución y después, si esto no se produce, llevará al Senado las peticiones de aplicación del 155.






Continuando el culebrón, el día 12, se reproduce en Barcelona y en toda España la manifestación pro unidad nacional indicando a Puchi que esto no ha sido flor de un día; paralelamente cada vez hay más gente en Cataluña, y fuera, que hace profesión de fe en el españolismo hundiendo el discurso de PODEMOS y oscureciendo la campaña de parlem-hablemos y que en el futuro va a obligar a PODEMOS a matizar su dicurso y a IU a marcar distancias.
El 16 Puigdemont contesta repitiendo, de forma más dulcificada, lo dicho el 10; pide diálogo aunque todo este tiempo se ha negado a dialogar bajo cuerda; la Vicepresidenta y otros cargos le contestan que no a dicho sí o no. A mediodía se produce la detención de los presidentes de Omnium y ANC por su ataque a la Guardia Civil en su registro de la consejería de hacienda; irán a parar a Soto del Real.
El 17, contestación oficial del Gobierno indicando que se ha abierto el plazo de 72 horas, el día 16, para remitir al senado las medidas de aplicación si no hay vuelta a la Constitución. La ANC y Omnium convocan una manifestación el sábado por la liberación de los Jordis.






El 19 contestación de Puchi amenazando con una declaración unilateral, otra vez, si no hay oferta de diálogo; piénsese que la suspendida ley de referéndum establece que la DUI se produce automáticamente cuando se hacen oficiales los resultados y el President los acepta, la suspensión no fue votada el día 10 aunque tampoco los síndicos publicaron nada.
El día 21 el Consejo de Ministros redacta, hace pública y traslada al Senado su petición que se votará el día 27, tras el trámite de discusión y alegaciones, aplicándose el 27 por la tarde ya publicada en el BOE.
El sábado por la tarde se celebra la manifestación menos multitudinaria de las emprendidas por el secesionismo, demostrándose el hartazgo y el miedo de la gente. 
El domingo la CUP pide a sus seguidores que saquen su dinero de los bancos que han trasladado su sede fuera de Cataluña y  el Sindicato de Estudiantes convoca huelga para los días 25, 26 y 27 a imagen de la huelga general del día 3 de octubre que los funcionarios tendrán que pagar o recuperar; Sociedad Civil Catalana convoca una manifestación el domingo 29 de octubre.






El lunes día 23, la Vicepresidenta del Gobierno apunta que el artículo 155 podría suspenderse ante una convocatoria de elecciones autonómicas dentro de la Constitución pero el portavoz del govern le contesta que no está prevista esa convocatoria aunque hay quien dice que ya es tarde para eso.
El Govern tiene una difícil papeleta; si cede, la CUP lo crucifica; si no cede, el 155 duro está sobre la mesa, la iniciativa ha cambiado de bando; se habla de disturbios graves y de traslado a Perpiñán, de declaración de independencia y convocatoria de elecciones constituyentes. 
Continuará...










27 jul 2015

Grecia

Existe en relación con Grecia, por otro lado un país compuesto por gente amable y solidaria, una beatería que asocia la Grecia moderna con la antigüedad clásica. Nada más lejos de la realidad, las categorías de tiempo y lugar, y hasta la ubicación de Grecia en términos de civilización eran distintos en esa época que ahora. Los actuales griegos descienden de los cristianos que vivían en ese territorio en tiempos del Imperio turco hasta 1830







El referente mitológico interno es el Imperio romano oriental, pero desde entonces el territorio griego ha sido ocupado por múltiples pueblos y potencias. Otro referente es la Iglesia Ortodoxa en cuyos monasterios se refugió tanto la cultura como la religión. 
Etapas importantes en la historia de la moderna Grecia las encontramos en la alianza con la Rusia zarista para recuperar Constantinopla, la tensión constante con el Imperio turco que sin embargo gozaba de la alianza del mundo occidental. 







En la Primera Guerra Mundial cambian las alianzas y Grecia aparece, junto a Francia e Inglaterra, frente a los imperios centrales y Turquía. En la Segunda Guerra Mundial Turquía es neutral, e Italia primero y Alemania después atacan Grecia, donde el ejército y el pueblo dan un ejemplo de heroísmo siendo completamente destruidos. Tras la guerra se desata una contienda civil entre monárquicos y comunistas que termina con la intervención, primero británica y luego norteamericana. 








Grecia en cuanto país oriental de Europa ha sido muchas veces una dictadura, incluso detentada por el propio Rey. Su actual democracia deriva de la caída de la dictadura de los coroneles en 1974, como consecuencia de un intento de anexión de la isla de Chipre habitada por griegos y turcos. La entrada en la OTAN y en la UE parece anclar definitivamente Grecia a Occidente pero persiste el fantasma de un mercado persa con corrupción institucionalizada, clientelismo, impago de impuestos... en definitiva, una satrapía. 








Grecia entra en el euro con unas cuentas falseadas por Goldman Sachs y aceptadas por todos; su deuda es impagable y su aparato productivo dependiente del Estado por lo que los recortes afectan de manera estructural a su PIB que ha caído un 30%. Alemania se niega a asumir sacas de la deuda y a transferencias e inversiones necesarias para modernizar Grecia, no existen los Estados Unidos de Europa, la política errática de sus gobiernos incluido Syriza empeora las cosas. El grexit aparece como la solución más probable y el actual acuerdo será, si Dios no lo remedia, papel mojado.

18 sept 2014

El referéndum escocés

Inmersos en la estúpida botaratada del referéndum escocés, Cameron pasará a la Historia como el más tonto entre los primeros ministros británicos que llevó a la ruina a su país, transpongo tres interesantes artículos que explican por qué no es posible dirigir la historia a golpe de voto. No es posible decidir si Dios existe por votación ni creernos la mentira de una democracia como gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. La democracia es un delicado equilibrio de potestades en el que el pueblo elige a sus representantes para que limiten el "Poder" de la clase dirigente. La democracia, para ser tal, debe ser reversible, no marca el camino de la historia, permite el error para poder corregirlo después.



ESCOCIA ES MENTIRA.

Sin duda, el rasgo más notable de la identidad nacional escocesa es que tal cosa no ha existido jamás. Léase, si no, La invención de la tradición, el delicioso libro de aquel viejo comunista sabio que fue Eric Hobsbawn. Un asunto, el de la existencia real o no de la singularidad diferencial escocesa, que, en el fondo, tampoco tiene mayor importancia. A fin de cuentas, toda nación no es más que un relato compartido por un número suficiente de gente. Lo importante es que el relato resulte creído por la mayoría.

Que sea o deje de ser auténtico, eso es lo de menos. Aunque, en el caso escocés, el cuento nacionalista resulta tan clamorosamente falso que ni siquiera esa faldita plisada con que se adornan los autóctonos procede del acervo local. Sucede que los antiguos habitantes de Escocia nunca vistieron faldas a cuadros, ni tampoco tocaron gaita alguna en sus festejos y desfiles rituales.
De hecho, la pretendidamente ancestral gaita escocesa fue una novedad bastante moderna que se implantó en la zona mucho después de la unión política con Inglaterra.

Y es que el genuino instrumento nacional de Escocia nunca fue la gaita, sino el arpa. Algo que no deja de obedecer a la lógica si se repara en un pequeño detalle nada baladí, a saber, que los montañas de Escocia estaban pobladas por irlandeses desde tiempos inmemoriales. Irlandeses eran sus habitantes e irlandesa, en consecuencia, era su cultura. Los highlanders de Escocia no eran más que un apéndice de Irlanda. Apenas eso. La fantasía de que formaban un pueblo diferenciado con su propia cultura secular es un invento retrospectivo acuñado en el siglo XIX por un par de célebres falsificadores, James y John Macpherson.

Tanto la historia como la literatura nacionales de Escocia resultarían creación exclusiva de aquella pareja de trileros intelectuales. Una gran bola muñida por la prodigiosa imaginación de dos farsantes, a eso se reduce la pretendida literatura indígena celta de Escocia. Pero así se escribe la Historia. O que se lo pregunten a los que se creen ese otro cuento, el del 11 de septiembre de 1714. ¿A qué extrañarse, pues, de que la famosa faldita de los patriotas de Edimburgo fuese ideada y confeccionada por un inglés decimonónico, el empresario cuáquero de Lancahire Thomas Rawlinson? Al igual, por cierto, que los legendarios distintivos de los clanes escoceses, invención del también inglés sir Walter Scott. La nación escocesa es mentira, sí. Pero ¿a quién importa la verdad?


 (José Garcia Domínguez/ld)



LA IDOLATRÍA DEL VOTO




En noviembre de 1918, recién concluida la Gran Guerra, escribió Pío Baroja sobre la eterna disputa francoalemana:

Se ve en esto cómo esas soluciones de la democracia –el sufragio, el referéndum–, que parecen tan evidentes, no son en la práctica nada. Si se hiciera la consulta al pueblo en Alsacia y Lorena, y si resultase, como resultaría, que parte de la población estaba por Francia y parte por Alemania, ¿quién de estas naciones tendría el mejor derecho? ¿La que tuviese la mitad de los votos más uno? La cosa sería tan absurda y necia que produciría risa.

Hoy al impío don Pío lo encerrarían, pues el nuevo credo declara que la mitad de los votos más uno es el modo más sabio de tomar decisiones. Pero ¿todo ha de votarse? ¿También la legalización de la lapidación de las adúlteras, de la pederastia o de la violación? ¿De dónde se deduce que todo se resuelve votando y que, además, siempre se resuelve bien? ¿Acaso no hay mil ejemplos históricos de decisiones equivocadas, incluso desastrosas, tomadas por la mayoría? Para evitar fulminaciones jupiterinas, que cada uno ponga el ejemplo que prefiera.

Gracias a la frivolidad de Cameron, los escoceses están a punto de tirarse por la ventana de la independencia. Y, según explican las encuestas, por motivos tan evanescentes como el rechazo al partido gobernante en Londres, el enfado por la crisis económica, la mayor locuacidad de tal político en tal debate, la curiosidad por la novedad y otras puerilidades pasajeras que pueden acabar rompiendo, en el irresponsable sufragio de un día, el asentado sufragio de los siglos.



Como a los escoceses se les ocurra restaurar el Muro de Adriano, España no tardará en disolverse. Pues sobrará todo argumento histórico, jurídico o lógico para explicar la diferencia esencial entre los casos escocés y catalán. Lo único que valdrá, tanto dentro como sobre todo fuera de España, será:

Queremos votar. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No es éste un régimen democrático? ¿Por qué no nos dejan votar? ¿Por qué los escoceses pueden votar y los catalanes no?

Y un mes más tarde, el País Vasco. Y después…

Hace trece siglos España estuvo a punto de desaparecer bajo las cimitarras. Y hace dos, a bayonetazos. Lo que no lograron moros y franceses, lo lograremos hoy los españoles a golpe de votos. ¡Cuánto progreso!



Jesús LaÍnz




- Seguir leyendo: http://www.libertaddigital.com/opinion/jesus-lainz/la-idolatria-del-voto-73481/




LA FRACTURA DE UN ESTADO DEBE DECIDIRSE A CARA O CRUZ




El referéndum en Escocia ha producido, entre otras anécdotas, la del raro acuerdo entre el historiador Neill Ferguson, de origen escocés, y el economista americano Paul Krugman. Ambos advierten, por decirlo en corto, que la separación sería muy mal negocio para los escoceses. Pero sería un auténtico desperdicio que del asunto de Escocia sólo quedaran las anécdotas y el ruido y la furia de la campaña, además de lo que vendrá una vez se conozca el resultado. Porque entre todos los interrogantes que suscita un proceso así hay uno que merece más reflexión de la que se le está dedicando. Es la cuestión sobre la idoneidad de que sea por el solo procedimiento de un referéndum cómo se decida la ruptura de un Estado. Más aún si basta una mayoría simple.
Sobre el papel, un resultado a favor de la independencia en un referéndum como el escocés o como el que regula la Ley de Claridad canadiense no comporta la secesión de manera automática. No es de autodeterminación, cierto. Pero vayamos del papel al terreno. ¿Alguien piensa que una vez emitidos los votos se puede hacer otra cosa que cumplir su mandato? Todo es posible, sí, pero entonces se han hecho las cosas al revés. No se pide primero a la gente que vote para después mandarla a freír. O para negociar acto seguido un estatus intermedio, si hay alguno. Un referendo de estas características nunca será meramente consultivo. No es una encuesta. No pulsa la voluntad: la fija.
En la mayoría de las democracias, con la notable excepción suiza, el referéndum suele emplearse para someter al electorado decisiones de relevancia aprobadas por los parlamentos. En buena práctica, tales decisiones son el fruto de un compromiso que vincula a una amplia mayoría. La votación culmina un proceso de aproximación entre posiciones diferentes. Esto no ocurre en el caso de los referéndums independentistas. No abren un espacio a la negociación: lo cierran. La ruptura o la continuidad de un Estado se juegan a cara o cruz. De salir el ya no eres británico, de salir el no lo sigues siendo ¡de momento!
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De momento. Otra de las diabluras que entraña este tipo de referéndum es que las consecuencias para unos y otros son asimétricas. Aunque fracasen ahora, los independentistas podrán volver a la carga y, en seis, en diez, en quince años, generar la presión suficiente para que la votación se repita. Pero si triunfan, los perdedores, los contrarios a la secesión, se convierten enseguida en ciudadanos de otro Estado: en esas condiciones, la posibilidad de que reúnan la fuerza necesaria para intentar revertir la situación es remota. Sin contar con que una vez levantadas las fronteras y las ampollas, los antiguos conciudadanos estén poco predispuestos a acoger a los que se fueron.
El exministro canadiense Stéphane Dion decía en una reciente entrevista en El País que un referéndum de este tipo divide profundamente. Y añadía: "Es existencial. No tomas una decisión para los próximos cuatro años y si te equivocas puedes cambiar de opinión". Para hacerse una idea de las circunstancias de la decisión, léase un artículo que publicaron en El Mundo Joan Font y Braulio Gómez, autores del libro ¿Cómo votamos en los referéndums?
Una de las conclusiones más claras de los estudios allí reunidos es que "la disputa que se da en los mismos va siempre mucho más allá de la pregunta que se haya planteado explícitamente a los ciudadanos". Aunque el referéndum no se convoca para castigar o premiar a un Gobierno, es inevitable que ese elemento esté ahí: como sucedió en Quebec y sucede en Escocia, donde el rechazo al gobierno británico conservador, a los tories en general y al establishment londinense en particular, ha llenado el caudal del independentismo.
Los defensores de que una parte de la población de un Estado decida en referéndum si se rompe o se mantiene siempre apelan al principio democrático de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que no es tal, puesto que en su mapa  sólo los escoceses o sólo los catalanes deciden. La democracia entraña aquel principio, como otros muchos, pero ante todo  es una manera de vivir en sociedad: de que puedan vivir juntos aquellos que son distintos.  El independentismo dice que no, que no se puede vivir juntos y que, para empezar, no se puede votar juntos. Esta es, en fin, la cuestión.

1 oct 2013

El derecho a decidir

Reproduzco un interesante artículo sobre el derecho a decidir publicado en El País.

 

El derecho a decidir.

 


El País | Mario Vargas LLosa.



El mejor artículo que he leído sobre el tema del independentismo catalán, que, aunque parezca mentira, está hoy en el centro de la actualidad española, lo ha escrito Javier Cercas, que es tan buen novelista como comentarista político. Apareció en El País Semanal el 15 de septiembre y en él se desmonta, con impecable claridad, la argucia de los partidarios de la independencia de Cataluña para atraer a su bando a quienes, sin ser independentistas, parezcan serlo, pues defienden un principio aparentemente democrático: el derecho a decidir.



Allí se explica que, en una democracia, la libertad no supone que un ciudadano pueda ejercerla sin tener en cuenta las leyes que la enmarcan y decidir, por ejemplo, que tiene derecho a transgredir todos los semáforos rojos. La libertad no puede significar libertinaje ni caos. La ley que en España garantiza y enmarca el ejercicio de la libertad es una Constitución aprobada por la inmensa mayoría de los españoles (y, entre ellos, un enorme porcentaje de catalanes) que establece, de manera inequívoca, que una parte de la nación no puede decidir segregarse de ésta con prescindencia o en contra del resto de los españoles. Es decir, el derecho a decidir si Cataluña se separa de España sólo puede ejercerlo quien es depositaria de la soberanía nacional: la totalidad de la ciudadanía española.



Ahora bien, Cercas dice, con mucha razón, que si hubiera una mayoría clara de catalanes que quiere la independencia, sería más sensato (y menos peligroso) concedérsela que negársela, porque a la larga es “imposible obligar a alguien estar donde no quiere estar”. ¿Cómo saber si existe esa mayoría sin violar el texto constitucional? Muy sencillo: a través de las elecciones. Que los partidos políticos en Cataluña declaren su postura sobre la independencia en la próxima consulta electoral. Según aquel, si Convergencia y Unión lo hiciera, perdería esas elecciones, y por eso ha mantenido sobre ese punto, en todas las consultas electorales, una escurridiza ambigüedad. Al igual que él, yo también creo que, a la hora de decidir, el famoso seny catalán prevalecería y sólo una minoría votaría por la secesión.



¿Por cuánto tiempo más? Cara al futuro, tal vez Javier Cercas sea más optimista que yo. Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría. “Al paso que van las cosas” quiere decir, claro está, sin que la mayoría de españoles y de catalanes que son conscientes de la catástrofe que la secesión sería para España y sobre todo para la propia Cataluña, se movilicen intelectual y políticamente para hacer frente a las inexactitudes, fantasías, mitos, mentiras y demagogias que sostienen las tesis independentistas.



El nacionalismo no es una doctrina política sino una ideología y está más cerca del acto de fe en que se fundan las religiones que de la racionalidad que es la esencia de los debates de la cultura democrática. Eso explica que el President Artur Mas pueda comparar su campaña soberanista con la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King en los Estados Unidos sin que sus partidarios se le rían en la cara. O que la televisión catalana exhiba en sus pantallas a unos niños adoctrinados proclamando, en estado de trance, que a la larga “España será derrotada”, sin que una opinión pública se indigne ante semejante manipulación.

El nacionalismo es una construcción artificial que, sobre todo en tiempos difíciles, como los que vive España, puede prender rápidamente, incluso en las sociedades más cultas –y tal vez Cataluña sea la comunidad más culta de España- por obra de demagogos o fanáticos en cuyas manos “el país opresor” es el chivo expiatorio de todo aquello que anda mal, de la falta de trabajo, de los altos impuestos, de la corrupción, de la discriminación, etcétera, etcétera. Y la panacea para salir de ese infierno es, claro está, la independencia.



¿Por qué semejante maraña de tonterías, lugares comunes, flagrantes mentiras puede llegar a constituir una verdad política y a persuadir a millones de personas? Porque casi nadie se ha tomado el trabajo de refutarla y mostrar su endeblez y falsedad. Porque los gobiernos españoles, de derecha o de izquierda, han mantenido ante el nacionalismo un extraño complejo de inferioridad. Los de derechas, para no ser acusados de franquistas y fascistas, y los de izquierda porque, en una de las retractaciones ideológicas más lastimosas de la vida moderna, han legitimado el nacionalismo como una fuerza progresista y democrática, con el que no han tenido el menor reparo en aliarse para compartir el poder aun a costa de concesiones irreparables.

Así hemos llegado a la sorprendente situación actual. En la que el nacionalismo catalán crece y es dueño de la agenda política, en tanto que sus adversarios brillan por su ausencia, aunque representen una mayoría inequívoca del electorado nacional y seguramente catalán. Lo peor, desde luego, es que quienes se atreven a salir a enfrentarse a cara descubierta a los nacionalistas sean grupúsculos fascistas, como los que asaltaron la librería Blanquerna de Madrid hace unos días, o viejos paquidermos del antiguo régimen que hablan de “España y sus esencias”, a la manera falangista. 


Con enemigos así, claro, quién no es nacionalista.

Al nacionalismo no hay que combatirlo desde el fascismo porque el fascismo nació, creció, sojuzgó naciones, provocó guerras mundiales y matanzas vertiginosas en nombre del nacionalismo, es decir, de un dogma incivil y retardatario que quiere regresar al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero epifenómeno de la colectividad, sin vida propia. Pertenecer a una nación no es ni puede ser un valor ni un privilegio, porque creer que sí lo es deriva siempre en xenofobia y racismo, como ocurre siempre a la corta o a la larga con todos los movimientos nacionalistas. Y, por eso, el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino –su cultura, su religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual- y de coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni penalizado por ello.



Hay muchas cosas que sin duda andan mal en España y que deberán ser corregidas, pero hay muchas cosas que asimismo andan bien, y una de ellas –la más importante- es que ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones. Y no hay mentira más desaforada que decir que las culturas regionales son objeto de discriminación económica, fiscal, cultural o política. Seguramente el régimen de autonomías puede ser perfeccionado; el marco legal vigente abre todas las puertas para que esas enmiendas se lleven a cabo y sean objeto de debate público. Pero nunca en su historia las culturas regionales de España –su gran riqueza y diversidad- han gozado de tanta consideración y respeto, ni han disfrutado de una libertad tan grande para continuar floreciendo como en nuestros días. Precisamente, una de las mejores credenciales de España para salir adelante y prosperar en el mundo globalizado es la variedad de culturas que hace de ella un pequeño mundo múltiple y versátil dentro del gran teatro del mundo actual.



El nacionalismo, los nacionalismos, si continúan creciendo en su seno como lo han hecho en los últimos años, destruirán una vez más en su historia el porvenir de España y la regresarán al subdesarrollo y al oscurantismo. Por eso, hay que combatirlos sin complejos y en nombre de la libertad.



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© Mario Vargas Llosa, 2013.