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8 oct 2017

El discurso del Rey

Por su interés reproduzco un artículo de Libertad Digital que resume los últimos acontecimientos y también el discurso del Rey de España defendiendo la unidad, la Constitución y a los españoles de Cataluña. Añado también los discursos de Vargas LLosa y Borrel en la manifestación por la unidad de España hoy en Barcelona.






6 abr 2014

La farsa de la autodeterminación

Se suele enfatizar, desde las filas de los nacionalistas periféricos, que el derecho a decidir, eufemismo que oculta el derecho de autodeterminación, es un componente de la democracia reconocido por todos los sistemas democráticos pero nada más lejos de la realidad. No existe ningún Estado que asuma este pretendido derecho, y los pocos que aparentemente lo asumían (URSS, Yugoslavia) hacían trampa pues el sujeto autodeterminable no era el pueblo sino "El Partido", a su vez sujeto al centralismo democrático. En realidad este derecho no ha formado nunca parte del Derecho internacional que es un derecho entre Estados, y como muestra ahí está la guerra civil norteamericana.







La doctrina aceptada por la ONU, y aquí citada, hace referencia a la descolonización, uno de los objetivos de la organización junto a la promoción de la paz y el desarrollo de los Estados.
Occidente, la ONU, la UE, la Internacional Socialista y otras instancias han desarrollado una doctrina de la autodeterminación reducida a tres supuestos. 







A) El ya citado recurso para la descolonización pacífica junto con la posibilidad de decidir continuar en el estatus colonial. B) El ejercicio de reversión de un territorio ocupado a su Estado de origen como, por ejemplo, el Sarre en la constitución de la RFA. Y C) el caso de las minorías étnicas fijadas a un territorio y gravemente discriminadas, incluso con peligro de genocidio.








Ninguno de estos supuestos es aplicable a Cataluña o al País Vasco. En estas comunidades prevalece el derecho de los Estados a su unidad nacional, también reconocido por la ONU.

1 sept 2011

El hombre monofilogenético

Etnólogos, antropólogos y filólogos parecen estar de acuerdo hoy en el origen monofilogenético del hombre, a partir de una horda originaria estrechamente unida por vínculos de lengua, origen y condiciones ambientales comunes; echando así prácticamente por tierra la concepción histórica del siglo XIX, ebria de progresismo, que ya hemos tenido ocasión de conocer.



















Cada vez ha ido ganando en verosimilitud la hipótesis de que al comienzo de la evolución del hombre, existió, efectivamente, una humanidad encerrada por barreras naturales en un pequeño espacio que dominaba, reinando entre aquellos hombres la unidad, la confianza mutua y la paz, y teniendo que sostener una lucha tan enconada frente a la adversa naturaleza que no se sentían inclinados ni tenían motivos para, encima de tanta dificultad, matarse unos a otros.
























Si esta hipótesis, que llena de nuevo y maravilloso contenido esas leyendas primitivas de la "edad de oro" y de la "torre de Babel", se confirma podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la humanidad de hoy vuelve a encontrarse ahora, por primera vez al cabo de miles de años, en una situación semejante en muchos aspectos a la de sus comienzos prehistóricos.





















De esta situación inicial y a la búsqueda de espacio explotable, se fueron desgajando trozos de humanidad extendiéndose por el planeta, conservando todos su unidad genética observable en el cromosoma Y de los hombres o en el cromosoma X de Lucy.








Tras esta tremenda expansión, en la que se crearon las razas por aislamiento, los hombres se reencontraron constituyendo grupos de relación con lenguas comunes, rutinas y liturgias de encuentro y, claro, también con enfrentamientos. Entre esos grupos se constituían etnias mestizas que servían como puente de comunicación genético entre las diversa razas; pueblos como los uro-altaicos, los magiares, los lapones o los fineses.
























Al cabo de muchos siglos de caminar separados, los hombres vuelven a encontrarse en las fronteras de un mundo que les es ya completamente familiar, que se extiende ahora por todo el globo terráqueo y en el que se tropieza prácticamente por doquier con otros hombres a los que nos sentimos unidos, por lo menos, por condiciones de vida materiales y comunes.





















Hemos terminado de inventariar el planeta, y sabemos por eso que no existen ya argentinas ni australias que podamos colonizar y poblar. Si a ello se añade la extraordinaria facilidad de la comunicación de mercancías, ideas y personas, podemos afirmar sin exageración que hoy la humanidad está más estrechamente unida que la de los imperios del pasado.









Las distintas naciones no son más que provincias a las que no queda otro remedio que atenerse a las consecuencias que se derivan de este hecho.