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24 feb 2018

"Apocalípticos e Integrados" (Umberto Eco)






En el mundo de la cultura existen dos actitudes extremas, la apocalíptica (quienes consideran que la cultura de masas promovida por los medios masivos de comunicación es nociva y perjudicial para el adecuado desarrollo de la sociedad) y la integrada (quienes consideran que la cultura de masas cumple funciones necesarias para el mantenimiento democrático del sistema social.
Umberto Eco escribió dos ensayos en cierto momento de los gloriosos sesenta; uno se llama "Obra Abierta" y otro "Apocalípticos e Integrados", que al parecer es una obra cerrada. El debate se centra sobre la capacidad de la cultura popular para transmitir conceptos elevados en relación con la "alta cultura", es decir filosofía. 
De todas formas siempre hay dos posturas ante los problemas: los apocalípticos dispuestos a quemar lo que sea, Savonarola, y los integrados dispuestos a transigir y a evolucionar.
De Eco sabemos que reconoció a la cultura de masas el poder transmitir alta cultura pero en los últimos tiempos era crítico con internet, con razón decía que Apocalípticos era una obra cerrada.








Umberto Eco. El exceso de información provoca la amnesia. Demasiada información hace mal. Cuando no recordamos lo que aprendemos, acabamos pareciéndonos a los animales. Conocer es cortar y seleccionar (….)  Internet es un peligro para el ignorante porque no filtra nada. Solo es buena para quien ya conoce y sabe dónde está el conocimiento. A largo plazo, el resultado pedagógico será dramático. Veremos multitudes de ignorantes usando Internet para las estupideces más diversas: juegos, conversaciones banales y búsqueda de noticias irrelevantes.(…) Sería necesario crear una teoría sobre el filtraje de la información. Una disciplina que fuera práctica, basada en la experimentación cotidiana con Internet. Ahí queda una sugerencia para las universidades: elaborar una teoría y una herramienta del filtro que funcione por el bien del conocimiento. Conocer es filtrar.

8 jun 2015

La I Guerra Mundial

El año pasado recordábamos el centésimo aniversario del comienzo de la I Guerra mundial, conflicto que fue a la vez fin y principio; fin tardío del siglo XIX, fin de la época de los grandes y poderosos Estados nación y vislumbre, tal y como nos indicaba Spengler, de la decadencia de Occidente. 
Para este pensador la etapa de máximo esplendor y vitalidad de Occidente, es decir de Europa en aquel momento, se produjo a mediados del siglo XIX; todavía la sociedad campesina y artesanal así como las diversas empresas urbanas practicaban creencias cristianas o al menos deístas derivadas del cristianismo; los diversos paradigmas de la ciencia estaban prácticamente desplegados y Europa había digerido la modernidad y la ilustración. 





Se gozaba de la paz del Congreso de Viena (1815-1845) y los diversos Imperios habían dado de sí una expansión de la hegemonía y de la cultura occidental como nunca antes ningún poder. La revolución francesa había terminado con las contradicciones que todavía sufrían los reinos del siglo XVIII y el Congreso de Viena, que era una reacción frente a los excesos revolucionarios y napoleónicos, no había tenido más remedio que asumir muchos de los logros de ese  momento culminante de Occidente y de Europa. Uno de esos logros era el Estado nación canónico que, de forma embrionaria, ya estaba en los ilustrados de la fase final de la modernidad, en el siglo XVIII. 

















El patriotismo se canalizaba en la estructura social gracias a la burguesía, y a las clases medias, y penetraba hasta el tuétano de la sociedad. El mundo académico asumía unos valores ortodoxos que iban a ponerse en tela de juicio por parte de unos pensadores y una bohemia todavía marginales. Pero las fuerzas destructivas que se encuentran en todas las estructuras, incluso en aquellas juveniles y en trance de crecimiento, empezaron a amenazar esa sociedad y esa estabilidad moral; empezaba la decadencia de Occidente. Ésta se manifestó por un crecimiento del malestar y los conflictos que están descritos con claridad en "La Rebelión de las Masas" de Ortega y Gasset, cuando las fuerzas destructivas de la guerra empezaron a independizarse de la autoridad moral del consenso occidental primero en la guerra franco prusiana y luego en la Gran Guerra, última gran guerra estrictamente nacional.













El imperialismo, que venían desarrollando desde hacía décadas las potencias involucradas, fue la principal causa subyacente; el detonante del conflicto se produjo el 28 de junio de 1914 en Sarajevo con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. Su verdugo fue Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio. Este suceso desató una crisis diplomática cuando Austria-Hungría dio un ultimátum al Reino de Serbia y se invocaron las distintas alianzas internacionales forjadas a lo largo de las décadas anteriores. En pocas semanas, todas las grandes potencias europeas estaban en guerra y el conflicto se extendió por todo el mundo.

















Tras el fin de la guerra, cuatro grandes imperios dejaron de existir, el alemán, ruso, austro-húngaro y otomano. Los Estados sucesores de los dos primeros perdieron una parte importante de sus antiguos territorios, mientras que los dos últimos se desmantelaron. El mapa de Europa y sus fronteras cambiaron completamente y varias naciones se independizaron o se crearon. 
Al calor de la Primera Guerra Mundial también se fraguó la Revolución rusa, que concluyó con la creación del primer Estado autodenominado socialista de la historia, la Unión Soviética. Se fundó la Sociedad de Naciones, con el objetivo de evitar que un conflicto de tal magnitud se volviera a repetir. Sin embargo, dos décadas después estalló la Segunda Guerra Mundial. Entre sus razones se pueden señalar: el alza de los nacionalismos, una cierta debilidad de los Estados democráticos, la humillación sentida por Alemania tras su derrota, las grandes crisis económicas y, sobre todo, el auge del fascismo. 
La guerra marcó un antes y un después que queda reflejado en la triste nostalgia que sobrenada la obra de Stefan Zweig, "El Mundo de Ayer", la deshumanización de las armas de destrucción masiva y de los ejércitos de masas ya no permitirá el mundo pequeño burgués anterior.