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20 ago 2012

Martínez y LLorente

Estoy asistiendo asombrado al culebrón veraniego que se está representando a orillas de la ría Nervión y que transcurre en la España de la crisis con la importante cuestión de Fernando LLorente y Javier Martínez.

















Ante este espectáculo ha habido diversas reacciones, los "buenos" oficiales han cargado contra el desquiciamiento del fútbol que resulta "obsceno" en un escenario de crisis como si LLorente y Martínez tuvieran la culpa y no los directivos e intermediarios. No, los jugadores quieren maximizar sus beneficios porque la carrera del deportista es corta, y sus beneficios no solamente económicos sino también deportivos (proyección de su carrera).


















Han terciado Azkuna y Urkullu quienes como políticos deben preocuparse de sacarnos de la crisis y como aficionados del Athletic deben ser justos con los jugadores y comprender sus puntos de vista aunque no los compartan; no deben lanzar a las turbas contra los jugadores, deben condenar las amenazas y los insultos racistas (españoles h...p...). Me da pena sobre todo por Azkuna que creía era un hombre serio. Los jugadores profesionales LLorente y Martínez, junto a sus cualidades, les deben agradecimiento a todos los clubes y equipos donde se han formado (el Bilbao se los llevó vía talonario) pero ellos han devuelto en forma de juego esos favores, no son soldados sólo profesionales.

















En cuanto al Athletic de Bilbao creo que debería revisar su política futbolística. Una política de cantera del siglo XXI como la hace el Barça o el Ajax, y a otro nivel el Sporting de Gijón y el Celta de Vigo, pasa por desarrollar jugadores y obtenerlos allí donde se encuentren y no por tener el equipo A profesional totalmente poblado de narices aguileñas, rh negativos o apellidos vascos.

Con la afición al fútbol que hay en el País Vasco y la fuerza económica de Vizcaya podría disponer de un equipo capaz de medirse al Madrid o al Barça.
¡Qué se bajen del burro racista!

3 may 2011

Españoles versus inmigrantes

En estos tiempos, estamos enfrentándonos a un hecho imposible de evitar. Si en muchas entradas del blog he hablado de orientaciones políticas, esfuerzos o programas para paliar este problema, hoy me voy a referir al problema en sí.








Están llegando a nuestro país cantidades excesivas de inmigrantes y, como también expongo en otras entradas del blog, es humano y lógico que vengan; pero aparece un efecto colateral, se desdibuja nuestra sociedad, se imposibilita nuestro sistema de previsión.





















Da la sensación de que determinadas fuerzas políticas quieren favorecer esta destrucción de nuestra tradición y, de paso, impedir su natural evolución, llevándonos a una ruptura basada en la introducción en España de elementos dispuestos a destruir nuestra sociedad, nuestros valores y nuestro sistema político.















Los mismos que claman contra la preponderancia histórica de la religión católica, ya aggiornada, que se exaltan con odio ante abusos reales o supuestos ocurridos en tiempos pasados, ensalzan y defienden los derechos, muchas veces opresivos hacia otros, de la religión islámica.

















Y es que, de manera torcida, incluyen como una forma de racismo la llamada islamofobia; pues bien, son las personas las que están protegidas por el principio de igualdad, no las ideas, éstas sólo están protegidas cuando, estando unidas a la persona, las protege el principio de intimidad.









De forma que las ideas están sometidas al principio de refutación; de manera que repudiar ideologías o religiones, en cuanto principios, no es racismo y bien que nos lo demuestran nuestros laicistas, cayendo algunos de ellos en el delito de agresión a los creyentes y a sus posesiones, saltándose no sólo el derecho a la intimidad sino el código penal.























Los inmigrantes tienen derechos en cuanto seres humanos y también en cuanto ciudadanos, pero es necesario reconocer también el derecho de los Estados a regular el flujo migratorio, pues los sistemas económicos y la estabilidad social podrían verse gravemente dañados.






















Está en la creación de puestos de trabajo el punto de equilibrio de los inmigrantes a la inmigración; es el respeto a la cultura propia del país receptor, en el plano social, y el derecho a su cultura, ejercida íntimamente, del inmigrante el punto de equilibrio que hay que hallar.