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1 mar 2020

La crispación política

En el mismo instante en el que la crisis mostró su fea cara, precisamente en aquel septiembre de 2007, el mundo de la globalización y de la hegemonía americana enseñó su decadencia a plazo.
Los antiguamente confiados electores europeos empezaron, o acentuaron, el viraje hacia opciones extremo populistas; la placidez del mercado electoral quebró. 
No sólo fue la llegada masiva de inmigrantes ajenos a la cultura europea, fue también la desconfianza, y en consecuencia nacieron populistas en Polonia, Hungría, Italia, Inglaterra, Francia y hasta en Alemania.







En España el peligro se veía lejano, desconocíamos las maniobras oscuras de la Venezuela chavista y los esfuerzos de PP y PSOE para alimentar populismos de izquierda y derecha en una guerra cruzada de uno contra otro.
Hasta ese momento, la transición, el Rey, el autonomismo o Europa eran realidades inamovibles. Prácticamente todos los numerosos prebostes políticos jubilados de UCD, AP, PSOE y hasta Carrillo y Carlos Garaicoechea daban carta de naturaleza positiva a la transición, aunque fuese como punto de partida. Pero eso ha terminado.






¿Por qué el PSOE, cuyos homólogos se hunden en Europa, sobrevive? Quizás porque ha sacado a pasear el fantasma de la Guerra Civil y el Franquismo.
Conversaciones de paz con ETA, alianzas con partidos inconstitucionales y golpistas sirven para mantener la dosis de crispación que sostiene su voto. En el otro bando, la reacción a estas maniobras y al tancredismo pepero ha sido VOX. 






Qué podemos esperar de un país que mitifica a un bando de la Guerra Civil independientemente de en cuál combatieron sus familiares muertos; qué esperar de un pueblo capaz de conmemorar una matanza propia de guerra civil y que olvida el heroísmo en las guerras contra el enemigo exterior, los Sitios de Zaragoza, reconocido hasta por el propio enemigo de entonces, los franceses.
La gasolina de nuestro egoísmo, muy favorecida por la crisis económica, seguirá siendo alimentada por el gobierno frankenstein de Sánchez.

21 ene 2014

Qué hemos hecho mal

En 1978 entró en vigor la Constitución vigente y fue una salida legal para la difícil situación que se vivía, abrió expectativas y en caso de mal funcionamiento cabía la posibilidad de reformarla. Pero algo hemos debido de hacer mal ya que, en estos momentos, varias Comunidades Autónomas españolas están en manos de fuerzas que buscan la independencia, o a lo sumo un tenue hilo de unión confederal. Al contrario que en anteriores etapas de nuestra historia, no son ya el problema social o el de la tierra los que mueven los espíritus sino sorprendentemente es el separatismo, y eso en un país en el que los secesionistas eran una minoría insignificante en 1975. 









En primer lugar hemos renunciado a librar la batalla de la Historia y de las ideas bajo la falsa creencia de que la economía lo es todo, hemos renunciado a defender la posición histórica del franquismo y la Guerra como paso previo a la transición democrática, que hubiera sido imposible si los revolucionarios ganan la contienda, hemos renunciado a defender España en su Historia, a denunciar los devaneos nazi fascistas de los nacionalistas vascos y catalanes.










De todos los retos en los que la democracia española ha tenido éxito, en cuestiones de orden público, hay uno en que ha sido total y pronto; el éxito de eliminar cualquier partido falangista, nostálgico o extremista de derecha; tan grande ha sido que hasta el simple nacionalismo español es visto con sospecha y se ha eliminado del mensaje de la derecha y la izquierda. El desarme y la despreocupación sobre las cuestiones de defensa que hace del Estado pieza fácil para las grandes potencias y poderes; la visión negativa de la Historia por parte del Regeneracionismo ha traspasado al pueblo y España se ve como el capazo de todos los defectos; en cambio los ridículos mitos nacionalistas se exaltan y aclaman. 









Recuperar para el Estado la educación y la sanidad, y atajar vía el artículo 155 de la CE los incumplimientos de la Constitución serán la única forma para impedir el conflicto inevitable que los secesionistas impondrán después en Valencia, Baleares, Navarra y si me apuran hasta en Andalucía.