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22 sept 2025

Decrecimiento

El decrecimiento defiende "vivir mejor con menos". Es una corriente de pensamiento, una crítica al sistema capitalista actual y una estrategia para afrontar el problema de la crisis climática, pero sus propuestas son más teóricas que prácticas.

 

El decrecimiento es una corriente de pensamiento que defiende la reducción de la producción material y del consumo para asegurar la supervivencia del planeta. Parte de la base de que no es posible un crecimiento económico continuo en un planeta con capacidades limitadas, ya que, una vez superados esos límites, los seres humanos forzamos nuestra propia extinción. Por tanto, el decrecimiento es ante todo una crítica al sistema capitalista actual basado en el crecimiento económico continuo, sea sostenible o no, pero también una estrategia para afrontar el problema de la crisis climática.


 

Esta teoría aboga por reducir nuestra huella ecológica desligando el bienestar social del crecimiento económico, de manera que se logre “vivir mejor con menos”. Para ello, apuesta por una producción a escala reducida, con productos duraderos, reciclables y reutilizables, y por reformular el trabajo, el concepto de beneficio económico y el estilo de vida de la población.


Aunque autores como el anarquista estadounidense Henry Thoreau ya criticaban el crecimiento económico y defendían un estilo de vida más sencillo, el término “decrecimiento” lo acuñó el intelectual francés André Gorz en 1972. Precursor de la ecología política, lo hizo al preguntarse si era posible conjugar el capitalismo con el equilibrio del planeta. Ese mismo año se publicó el informe Los límites del crecimiento, de la biofísica Donella Meadows y otros científicos para el Club de Roma, una organización dedicada a afrontar los problemas mundiales desde una perspectiva holística. Este concluía que si el incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de recursos no variaba, la Tierra alcanzaría sus límites de crecimiento en los próximos cien años.

Esta tesis alentó las teorías decrecentistas, especialmente entre autores francófonos. Uno ideólogo es el economista Serge Latouche, que definió sus criterios básicos a través de un “ciclo de comportamientos virtuosos” necesarios para transformar el mundo: reevaluar, reconceptualizar y reestructurar el sistema económico y social, redistribuir la riqueza, relocalizar la producción, reducir el consumo, reutilizar y reciclar productos. Para Latouche, el decrecimiento es la única solución frente al cambio climático, algo que resume con la frase “decrecimiento o barbarie”.

 

 

 

Otro postulado decrecentista es su crítica al concepto de desarrollo sostenible, que busca un equilibrio entre el crecimiento económico y la preservación del medioambiente para asegurar el bienestar futuro. Entiende que este término es un oxímoron, ya que si el desarrollo es ilimitado por definición, no casa con la protección medioambiental y por tanto perpetúa la lógica capitalista de expansión y acumulación.


La teoría del decrecimiento tampoco está libre de críticas. Se la acusa de ser carente de ideas constructivas que propongan una alternativa viable al sistema capitalista. También de ignorar la innovación tecnológica, necesaria para conseguir una producción más eficiente o energías más limpias, y que requiere de una inversión que parte del crecimiento económico. De este modo, el decrecimiento se ve como un combate al progreso, que frena la mejora de la calidad de vida. Este planteamiento afecta en especial a los países del Sur global, que reclaman su derecho a desarrollar sus economías, así como a las clases más desfavorecidas.

Los defensores del decrecimiento responden que este no implica un descenso constante o el regreso a sociedades menos modernas, sino una transición progresiva a otro modelo que priorice vivir con menos. Esto pasa por desvincular el beneficio económico ligado al crecimiento del bienestar social, apostando por una sociedad más cooperativa y menos individualista. Algunas ideas que proponen para lograrlo son las ecocomunidades, bancos de tiempo, mercados de trueque, asociaciones de cuidados o la implementación de economías circulares, una renta mínima universal y la sustitución del trabajo asalariado por el voluntario.

Con todo, las propuestas del decrecimiento son más teóricas que prácticas, pues impera la estrategia del desarrollo sostenible a través de planes internacionales como la Agenda 2030 de Naciones Unidas. Sin embargo, instituciones como la Unión Europea han adoptado ideas del decrecimiento. La Comisión Europea, por ejemplo, lanzó en 2020 su Plan para la Economía Circular con el objetivo de implementar un modelo de producción sostenible de aquí a 2050.

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III.

 

https://elordenmundial.com/que-es-decrecimiento/ 


Independientemente de lo que se pueda pensar de esta teoría y de su influencia en las corrientes de pensamiento neomaltusianas, es evidente que en un mundo con 8000 millones de personas su aplicación llevaría al hambre y al genocidio.

Otros piensan que se puede llegar a una economía de crecimiento basada en intangibles de  valor añadido, con una utilización de materiales y energía menores a través de aumentos de rendimiento y reciclaje, es el caso de Nicholas Negroponte.

La posibilidad de explotar y habitar el espacio exterior cuando se resuelvan las dificultades técnicas es una salida para la humanidad, tal y como pensaba Stephen Hawking.

Es evidente que quienes quieren aplicar el decrecimiento con rapidez no creen que ellos mismos sean los que sobren sino que somos los demás quienes deberíamos desaparecer.

Si está creencia se ha impuesto en las élites nos podemos explicar muchas cosas.

https://www.carlostaibo.com/

 

 

8 oct 2017

El discurso del Rey

Por su interés reproduzco un artículo de Libertad Digital que resume los últimos acontecimientos y también el discurso del Rey de España defendiendo la unidad, la Constitución y a los españoles de Cataluña. Añado también los discursos de Vargas LLosa y Borrel en la manifestación por la unidad de España hoy en Barcelona.






8 oct 2011

Las guerras cristeras

Por su interés voy a reproducir aquí un artículo sobre un periodo poco conocido de la historia de Méjico.











La guerra cristera contra la revolución mexicana
Por Pedro Fernández Barbadillo





















En el verano de 1926 los católicos mexicanos se rebelaron contra un Gobierno inicuo que les perseguía hasta el punto de la proscripción del culto. En los años siguientes, los campesinos derrotaron a los soldados federales y a sus jefes revolucionarios y masones; y habrían vencido de no ser por los obispos.











Desde la independencia, en 1821, México vivió sumido en dos guerras casi permanentes: la exterior contra Estados Unidos, que le amputó la mitad de su territorio, y la interior, entre conservadores y liberales, católicos y masones. El que fue el virreinato más próspero y extenso de las Indias españolas se hundió en la miseria y el caos.










Una vez derrocado el emperador Agustín I, las elites, sobre todo las liberales, se empeñaron en copiar todas las leyes y las innovaciones constitucionales de Estados Unidos: la estructura federal, el mecanismo de elección del presidente, la figura de la vicepresidencia, etcétera. Alexis de Tocqueville sostenía en La democracia en América que, pese a haber copiado esas instituciones y leyes, México no podría "acostumbrarse al gobierno de la democracia".











Las Leyes de Reforma.





La guerra civil entre conservadores y liberales concluyó con la victoria de éstos, apoyados por Washington. Como todos los liberales surgidos del molde francés, los mexicanos incurrieron en la expropiación de tierras comunales y eclesiásticas –para comprarlas a bajo precio– y la persecución de los católicos, al amparo de las Leyes de Reforma, promulgadas por Benito Juárez. Una de éstas ordenaba la exclaustración de monjas y frailes, como hicieron en España los exaltados, lo que supuso, aparte de un atropello a las personas, la destrucción de un inmenso patrimonio cultural. También se prohibía la realización de ceremonias fuera de los templos y que los sacerdotes vistieran sotana o traje talar en la calle.









La primera bandera mexicana, enarbolada por el cura Miguel Hidalgo en 1810, era un estandarte con una imagen de la Virgen de Guadalupe. Pero Benito Juárez llegó a decir:









Desearía que el protestantismo se mexicanizara conquistando a los indios; éstos necesitan una religión que les obligue a leer y no les obligue a gastar sus ahorros en cirios para los santos.






















En 1873 los liberales que gobernaban el estado de Oaxaca, donde nació Juárez, expulsaron a los jesuitas, las monjas y los sacerdotes extranjeros. El sucesor de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, más anticatólico, llegó a expulsar a 410 hermanas de la Caridad que cuidaban de 15.000 desdichados. Ante el anuncio de nuevas medidas anticatólicas, los fieles se prepararon para la rebelión. En 1874 cientos de partidas de campesinos armados atacaron al Gobierno federal; se les llama "los religioneros". La campaña se extendió desde 1873 hasta 1876, e hizo caer a la facción exaltada del Gobierno.










A finales de 1876 accede a la presidencia el general Porfirio Díaz. Durante su reinado, la Iglesia recuperó gran parte de la libertad que había tenido, pero sólo porque Díaz la necesitaba para mantener la paz y porque guardó las Leyes de Reforma en un cajón. El régimen concedió permisos para erigir nuevas diócesis y parroquias y abrir seminarios y colegios. Sin embargo, la educación mantuvo sus directrices laicistas.










Una Constitución socialista.





En 1911 el régimen de Díaz, el Porfiriato, cayó, dando paso a una larga serie de guerras civiles que se prolongaron hasta finales de los años 30: campesinos contra latifundistas, la ciudad contra el campo, el presidente contra los que querían ser presidentes, los masones contra los católicos, guerrilleros contra soldados... Por supuesto, las potencias extranjeras tuvieron su papel; en especial Estados Unidos, que compraba petróleo a su vecino del sur.






















En febrero de 1917 se la Constitución que, con algunas variaciones, sigue vigente en el país. Fue la Constitución más socialista del mundo... hasta que los bolcheviques hicieron la suya. Ese socialismo no se limitaba a la nacionalización del petróleo y a la formación de explotaciones agrícolas colectivas (los ejidos), sino que daba especial importancia al control de las mentes por un Estado omnipotente: sólo estaba autorizada la educación pública, que era laicista y revolucionaria; la Iglesia católica quedaba sometida al poder, y quien desafiara la revolución acababa en la cárcel o en el paredón.










Entre 1920 y 1928 gobernaron México los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, del clan de Sonora. Ambos detestaban a la Iglesia. En 1925 Calles se decidió a crear una iglesia nacional: cerró docenas de colegios católicos y varias parroquias, expulsó a sacerdotes extranjeros y captó a misioneros protestantes. En el campo político, él y Obregón procedieron a la unificación de los grupos revolucionarios que culminó en los años 30 con la fundación del Partido Nacional Revolucionario, que posteriormente cambiaría ese nombre por el de Partido Revolucionario Institucional; el célebre PRI.










El alzamiento cristero.





El 14 de junio se aprueba la llamada Ley Calles, que desarrollaba el artículo 130 de la Constitución (sólo en 1992 se modificó para permitir la libertad religiosa) y limitaba el número de sacerdotes autorizados para dar culto. En respuesta, el 31 de julio de 1926 el episcopado mexicano ordenó la suspensión del culto.









Desde la aprobación de la Constitución, los católicos estaban organizándose para defender su fe y sus derechos como ciudadanos. La Liga Nacional de Defensa Religiosa, fundada en marzo de 1925, comenzó un boicot económico.





















El 3 de agosto se produjo una batalla en el santuario de la Virgen de Guadalupe tras difundirse el rumor de que el Gobierno iba a cerrarlo. A lo largo de ese mes se producen las primeras escaramuzas entre fieles y uniformados del Gobierno, que prosiguen en septiembre. El Gobierno responde con tal represión, que a finales de 1927 había en torno a 20.000 cristeros en armas.










Los cristeros eran en su gran mayoría campesinos, gente en absoluto rica, que sólo habían recibido del Gobierno de la capital y de los militares y funcionarios revolucionarios insultos, humillaciones, impuestos, requisas y persecuciones de orden religioso. Mientras el Ejército lo formaban mercenarios, conscriptos, delincuentes y hasta asesores de Estados Unidos, armados con ametralladoras, trenes, aviones y cañones, los rebeldes eran todos voluntarios, familias enteras, cuyas principales armas eran machetes, viejos fusiles y sus caballos. Su grito de guerra era "¡Viva Cristo Rey!", por lo que se les conoció como cristeros.










El ejército cristero estaba mandado por líderes populares como los generales Jesús Degollado Guízar y Enrique Gorostieta y el coronel Lauro Rocha. Los brotes armados se dieron de manera espontánea, principalmente, en el centro y occidente del país (Jalisco, Zacatecas, Guanajuato y Michoacán), así como en Morelos, el Distrito Federal y Oaxaca







La Cristiada tuvo un carácter religioso innegable. El general federal Eulogio Ortiz hizo fusilar a uno de sus soldados sólo por llevar un escapulario al cuello. Al "¡Viva Cristo Rey!", de los cristeros, durante las batallas y escaramuzas los soldados respondían: "¡Viva Satán!" Cuando los militares entraban en una población abandonada la víspera por los cristeros, incurrían en represalias tales como el saqueo, la profanación de templos y objetos de culto, la ejecución de sacerdotes, el confinamiento en campos de trabajo o el bombardeo del lugar.










Los Arreglos.






Después de casi tres años de campañas, la guerra resultaba ruinosa y vergonzosa para el Gobierno revolucionario: pese a contar con 70.000 soldados, no podía vencer a los que consideraba unos rebeldes analfabetos en alpargatas ("Una reacción de indios embrutecidos por el clero y sumidos en el fanatismo ", según la versión oficial), la producción agrícola se había hundido y la economía estaba estancada. De modo que en 1929 el nuevo presidente, Emilio Portes Gil, ofreció la paz. Los obispos se sentaron muy a gusto en la mesa de negociaciones, en la que también participó, como mediador, el embajador estadounidense, Dwight Whitney Morrow, que insistía al Gobierno y a la prensa para que no hablasen de cristeros sino de bandidos.










En los Arreglos, el Gobierno revolucionario mexicano sólo se comprometía a no aplicar la legislación anticatólica, pero no a derogarla, y a permitir la apertura de iglesias. Sin embargo, los sectores del clero y de los laicos de las ciudades opuestos a los cristeros aceptaron el ofrecimiento, que nunca se habría producido de no ser por la rebelión. Los obispos forzaron a los cristeros, a los que no se había invitado a las negociaciones, a rendirse y desarmarse.























Una nueva cristiada.





En cuanto dejaron las armas, los cristeros empezaron a ser asesinados. En los años siguientes murieron unos 1.500, más que en toda la guerra. En 1932 Pío XI condenó, en la encíclica Acerba Animi, la ruptura de los Arreglos. Se produjo una nueva rebelión en 1932, que sumó 7.500 cristeros en 15 estados en 1935. Hubo entonces prelados que los desautorizaron y les culparon de los actos anticlericales cometidos por el Gobierno del general Lázaro Cárdenas.










Las partidas sobrevivieron en el norte de Puebla hasta 1938 y en Durango hasta 1941. El último cristero, Federico Vázquez, se rindió en Durango en 1941 y fue asesinado por diez sicarios enviados por el gobernador local, militante del partido que en 1946 pasaría a llamarse PRI.










Mucha de la violencia que sacude hoy México proviene de esa época, tan cruel como desconocida.