28 oct. 2015

La decadencia de Occidente II



Desesperanzadora visión de una civilización menguante, cáscara que ha perdido el núcleo y que ya no es reconocible.  La historia que se parece en todo tiempo y lugar.


Leído en la Gaceta.  




Si alguien pensaba que la fórmula “defensa de Occidente” tenía todavía alguna vigencia, la actual crisis siria le habrá extirpado cualquier esperanza. Lo que hemos visto en este horrible avispero es que el “bloque americano”, nuestros aliados “de toda la vida”, han jugado a contemporizar con el Estado Islámico, que es la negación más absoluta de todo cuanto la civilización occidental considera como propio, desde la dignidad individual hasta la herencia cultural cristiana. Los que han hecho engordar a la bestia son los mismos países que financian a nuestros clubes de fútbol, que compran nuestros trenes de alta velocidad o que se sientan con nuestros militares en las asambleas de la OTAN. Son ellos los que han permitido –si no algo más- que los cristianos sean machacados en Oriente Próximo, que el yihadismo se convierta en bandera política y que una ola de desesperación llegue a nuestras fronteras poniendo a Europa en la peor crisis migratoria desde la segunda guerra mundial. Esto no lo han hecho “los malos”. Esto, empezando por el estímulo de las primaveras árabes y pasando por el caos criminal de Libia, hasta desembocar en la fuga masiva de cientos de miles de personas desde Irak, Afganistán y, por supuesto, Siria, lo han hecho “los nuestros”. Y a lo mejor va siendo hora de preguntarse quiénes son realmente “los nuestros”. O aún más hondo: quiénes somos “nosotros”.

Hace medio siglo, uno decía “occidente” y evocaba automáticamente un mundo de libertades públicas, mercado libre con garantías laborales y orden social de inspiración cristiana. No era el paraíso terrenal, pero sí el paisaje más habitable de cuantos habíamos conocido. Por supuesto que el poder era oligárquico –siempre en la Historia lo ha sido-, pero la democracia liberal lo hacía soportable. Por supuesto que el mercado libre tendía a la explotación, pero las políticas de protección social –hicieron falta revoluciones y guerras para hallar el remedio- garantizaban que amplísimas mayorías tuvieran acceso a una riqueza más que suficiente. Por supuesto que el cristianismo languidecía como fe viva, pero sus principios filosóficos, sus ejes doctrinales, eso que se llama “derecho público cristiano”, seguían vertebrando la vida social y separando lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. Ciertamente, rara vez el cruzado está a la altura de la cruz, pero bastaba ver lo que había al otro lado para resignarse y aceptar que, después de todo, lo nuestro era mejor –o menos malo- y valía la pena luchar por ello. Ese era el mundo hasta hace muy pocos decenios. Bajo esa convicción hemos vivido y hemos muerto. Pero eso se acabó.

Esto no es lo que era

Hoy uno mira alrededor y constata que aquellos viejos pilares se han desmoronado. Del famoso “derecho público cristiano” ya no quedan ni las raspas y en su lugar se ha impuesto una pseudo moral civil compuesta a partes iguales de sentimentalismo, sectarismo y nihilismo. El mercado libre, que alcanzó su apoteosis en los años 90 con la globalización financiera, ha ido desmantelando desde entonces no sólo todo control político, sino también muchas de las garantías sociales y laborales de posguerra. En cuanto a las libertades públicas, no nos hagamos ilusiones: la crisis de las democracias, ahogadas en oligarquías cada vez más alejadas del pueblo, no es algo exclusivo de España y, por otro lado, es una evidencia que hoy, a la hora de hablar en público, hay muchos más tabúes que hace sólo veinte años. ¿En qué se ha convertido “Occidente”?

Hoy uno dice “defensa de Occidente” y la cosa suena a extravagancia, como aquel general del Teléfono rojo de Kubrick que quería lanzar un ataque nuclear contra los soviéticos porque estaban contaminando “nuestros preciados fluidos corporales”. ¿Qué vamos a defender exactamente? Es muy posible que, mañana, aparezca otro escenario bélico forjado a golpes de fuego por la crisis siria, y es muy posible que, ese día, soldados españoles tengan que volver entregar la vida allí. ¿Por qué van a hacerlo? El argumento de la democracia y los derechos humanos ya no cuela; sencillamente, porque no es verdad. ¿Y entonces? ¿Por la estabilidad de un mercado global que ya no es ni quiere ser garantía de paz social? ¿Por los intereses de unos “aliados” que sólo miran por su propio provecho? ¿Por la construcción de un mundo sin alma ni destino?

En los últimos veinte años, eso que antes llamábamos “Occidente” se ha convertido en una suerte de gran mercado anónimo universal regido por una superpotencia hegemónica, los Estados Unidos. Nada más que eso. Las decisiones políticas quedan subordinadas a ese proyecto, al margen de la voluntad o el interés de las sociedades. Nuestras naciones se disuelven. Los principios morales clásicos son combatidos hasta la extinción y reemplazados por un singular mundo de matrimonios homosexuales y abortos por recomendación estatal. El mercado ya no es un instrumento para la prosperidad del mayor número posible de ciudadanos, sino un dios al que hay que adorar y obedecer por su propio poder. En esto nos hemos convertido. Un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín, ¿alguien podría decir quién o qué ha ganado exactamente?

Sí, claro: los Estados Unidos. ¿Y su proyecto es el nuestro, el de los europeos? ¿Su hegemonía es nuestra supervivencia? Ya no está tan claro como hace diez años.  “El país no lo sabe, pero estamos en guerra contra América –confiaba Mitterrand a su último confidente, Georges-Marc Benamou-. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra económica, una guerra aparentemente sin muerte. Sí, son muy duros los americanos, son voraces, quieren un poder exclusivo sobre el mundo. Es una guerra desconocida, una guerra permanente, en apariencia sin muerte y, sin embargo, una guerra a muerte” (Le dernier Mitterrand, Plon, 2005). Quizás el viejo socialista francés, ya en sus últimos días, veía las cosas bajo una luz siniestra. Quizá. Pero quizá, simplemente, estaba diciendo la verdad pura y desnuda.

No, la “defensa de occidente” ya no tiene ningún sentido. No, al menos, si de verdad queremos que algo del auténtico occidente histórico sobreviva en el mundo actual. Europa debe empezar a cortar lazos. De lo contrario, esos lazos nos ahogarán. Nos están ahogando ya.


José Javier Esparza

25 oct. 2015

Las televisiones monopolio de la izquierda

Independientemente de que, como hemos visto, la política no se divide en política de izquierdas  o de derechas  sino en acertada a sus fines o errónea, la ficción ha sido útil para encuadrar  a la población y hacer que responda a los requerimientos del grupo de presión dominante. En España, se ha pretendido implantar un cúmulo de ideas y formas sociales que podríamos llamar de "izquierdas" aunque no conocemos los objetivos últimos  y los fines del gobierno en la sombra, y obviamente tampoco sabemos quién forma parte de ese gobierno.






La opinión pública se conforma gracias al aparato mediático del que la televisión, en sus cadenas generalistas convencionales, sigue siendo parte principal. Antes de la TDT, todas eran lo que llaman de "izquierdas", pero hoy éstas se encuentran con ventaja respecto a las nuevas en el conocimiento de las masas y en poderío económico. El guirigay de internet con toda su caótica información no es un aparato de formación, al menos hoy en día, con la potencia suficiente. Informativos, series, tertulias, reportajes son las formas nacidas en la TV que luego inundarán las páginas web de las cadenas. 





El fenómeno PODEMOS es un claro ejemplo de las consecuencias de este dominio cultural y no hace falta ser Gramsci para adivinar el por qué. 
La "derecha" acercará sus posiciones cada vez más al consenso ideológico, dado que nadie cuestiona realmente la posesión de los medios de producción, sólo se pone en tela de juicio la propiedad de los pobres, y el público queda entregado a un debate eterno entre las cesuras (Lipset) de los más diversos asuntos transversales; la sociedad se desestructura y disuelve quedando el personal atomizado.







Reorganizarse y liberarse de este control mediático es tarea fundamental y de supervivencia; ya no estamos en la guerra abierta, hemos perdido y hay que organizar la resistencia.




PD. No pongo en tela de juicio la televisión en cuanto invento que nos permite ver lo que ocurre a distancia, ya sea un curso o un acontecimiento mundial, sino su utilización como aparato de manipulación.

17 oct. 2015

Antifranquismo

Aquí se puede leer una exposición clara de la desgraciada manía antifranquista, a 40 años de la muerte de Franco. Se compadece con la nueva oleada de cambios en los nombres de las calles, en las ciudades españolas en manos de la "nueva izquierda".



El antifranquismo, cáncer de la democracia

 

Hace años vengo denunciando al antifranquismo como el cáncer de la democracia. Parece que otros, Hermann Tertsch, por ejemplo, se van percatando a su vez de esta evidencia.  En política suele ocurrir que las evidencias sean lo último que se percibe.

El antifranquismo, como antaño el anticatolicismo, es el factor común a todos nuestros políticos de medio pelo. ¿Qué es lo que une a De Juana Chaos, Soraya, Zapatero, Urcullu, Mas, Josu Ternera, Rajoy, antes a Carrillo o Bolinaga, a Cebrián, Alfonso Guerra, Susana, Aido, Ansón, Arzallus, Pakito, Chacón, Sánchez, probablemente Rivera, y tutti quanti? Solo una cosa: todos se proclaman antifranquistas en mayor o menor grado, todos identifican antifranquismo y democracia, todos aspiran a borrar de la historia “la era de Franco”, unos “mirando al futuro”, otros de modo más activo; unos privando de historia a los españoles, otros falsificándola. Y ahí se halla la fuente de todos los males que sufre nuestra democracia y que están amenazando la propia subsistencia de la nación. Algo parecido ocurría en el Frente Popular, alianza de izquierdistas y separatistas, hoy ampliada al PP.

   Para entender lo que esto significa basta observar las amenazas y distorsiones más graves que sufre nuestra política, que podrían resumirse así:

La connivencia con el terrorismo, en particular el de la ETA.

Las oleadas de corrupción, que afectan a todos los partidos con poder.

Los separatismos.

La “muerte de Montesquieu”, es decir, la politización de la justicia.

   Estas cuatro amenazas que corroen la democracia y la unidad nacional,  tienen el sello del antifranquismo. En función de la identificación de  antifranquismo y democracia, nadie más demócrata que la ETA y el PCE, que lucharon realmente contra aquel régimen, cosa que no hicieron  los demócratas o los separatistas, exceptuando los etarras. No había demócratas en las cárceles de Franco, y los pocos existentes en la sociedad vivían y prosperaban en aquel régimen sin más oposición que alguna intriga menor o algunas quejas.

  Nótese que no incluyo entre los peligros para la democracia al terrorismo etarra, sino a la connivencia con él. Hay un hecho violentamente antidemocrático, antinacional, un golpe tremendo al estado de derecho, que debiera bastar para ver en qué ha degenerado  el sistema actual: desde la transición, la ETA ha disfrutado de un estatus especial, del intento de alcanzar una “salida política” negociando con los asesinos. Negociación implica aquí colaboración, puesto que convierte al asesinato en un modo de hacer política. La excepción fue el período de Aznar, cuando se trató a la ETA como debe hacerse en un estado de derecho y con resultados extraordinariamente buenos. Según confesión de sus jefes, el grupo terrorista se hallaba al borde del precipicio. Vino entonces el PSOE, después del 11-m, a rescatar a los criminales mediante la colaboración más espectacular, refrendada por un Parlamento corrupto hasta la médula, y no solo en lo económico: cientos de asesinatos premiados con legalidad, cargos políticos,  dinero público en abundancia, proyección internacional... Entre la ETA y el PSOE hay demasiadas coincidencias políticas: ambos se proclaman socialistas, aparte de otras muchas cosas como abortistas, homosexualistas,  etc. Y la una es radicalmente antiespañola y el otro, como poco, indiferente a España. Pero, sobre todo, los dos se definen como visceralmente antifranquistas. Tienen mucha base para “negociar”. Y a todo ello se ha sumado el PP.

   ¿Por qué casi ningún analista ha denunciado o siquiera  ha querido ver el gravísimo delito contra las leyes, contra la Constitución, contra la convivencia social, que ello ha supuesto? Cuando se habla de corrupción se piensa en el dinero, pero hay otras corrupciones más profundas  e infecciosas, empezando por la intelectual.

    Como máximo argumento, en una conferencia unos charlatanes me preguntaron intimidatoriamente si yo condenaba al franquismo. Respondí: "claro que no lo condeno. El franquismo no venció a una democracia, sino a un proceso revolucionario que amenazaba disgregar España y destruir la cultura cristiana. Después libró a España de la guerra mundial, que habría multiplicado los  desastres, derrotó al maquis, que intentaba volver a la guerra civil, hizo que los españoles olvidaran los odios que destrozaron a la república y dejó un país próspero y reconciliado. La democracia o lo que hay de democracia, ha sido posible por la herencia del franquismo". Y todas las amenazas a ella provienen, insisto, de ese antifranquismo zascandil de después de Franco, colmo de la estupidez. Pero la estupidez, como la mentira, juega un gran papel en la historia

Los bergantes habituales dicen que en la transición se reconciliaron los españoles. Nada de eso: los españoles estaban en su inmensa mayoría reconciliados. Quienes se reconciliaron entonces fueron  unos mediocrísimos políticos, y lo hicieron sobre bases falsas que han conducido a la crisis actual. De no haber contado con la herencia de paz, prosperidad y reconciliación legada por el régimen anterior, aquellos botarates nos habrían conducido de nuevo, en muy pocos años, al desastre republicano. Al que, por fin, tienden nuevamente. A eso conduce la falsificación de la historia por unos y  el intento de olvidarla por otros.

   Todo esto lo he tratado con detenimiento en Los mitos del franquismo. Va dedicado “a quienes respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla”. Es por tanto un libro de combate. De combate contra la mentira profesionalizada que denunció reiteradamente y en vano Julián Marías.

 

Pío Moa

 

http://www.gaceta.es/pio-moa/antifranquismo-cancer-democracia-16102015-0823 

7 oct. 2015

La situación en Cataluña

Excelente análisis de un hispanista emérito que vive en Cataluña.




El drama de un hogar dividido. El Mundo.



Muchos de los que piensan que conocen Cataluña -y esto no significa simplemente aquellos que viven en España, sino también los que viven fuera de España y que han tenido un contacto estrecho con los catalanes y con los intereses catalanes- parecen haber aceptado una perspectiva de la situación política que coincide con demasiada facilidad con la imagen cuidadosamente creada y difundida por un puñado de publicistas y periodistas. De acuerdo con esta imagen, hay un conflicto profundo, arraigado en siglos de historia, entre la cultura y los intereses de la región y la cultura y los intereses del Estado nacional. Eso, al parecer, ha provocado las actuales tensiones, y -dice su argumento- deberíamos hacer un intento para resolver esas tensiones entre la región (Cataluña) y el Estado (España).





Esta presentación, tratando de tensiones entre España y Cataluña, me parece hoy casi irreal. Las tensiones que veo a mi alrededor aquí en Cataluña son de un orden diferente. Son, de hecho, tensiones que no tienen nada que ver con el conflicto histórico entre el Estado y la región. Más bien, las tensiones están en sumo grado dentro de la región. El verdadero conflicto es de Cataluña contra Cataluña. Es un conflicto que ha sido provocado artificialmente para servir a las ambiciones políticas personales y específicas en el principado, y que tiene pocas raíces en la historia o la cultura de la región.









El fenómeno no es nuevo, y estudios recientes han puesto de manifiesto la forma en que ha salido a la superficie en áreas tan distintas como Bélgica, Japón, Canadá y Australia. Muy recientemente, un escritor en Australia hizo la siguiente observación: “dos son las Australias que se miran la una a la otra a través de un abismo ideológico y ambas afirman ser custodias de la autentica identidad nacional australiana. Somos una casa dividida, cada vez más cerca al resto del mundo, pero cada vez más lejos la una de la otra”. Si ese es el caso de Australia, es aun más cierto en el caso de la Cataluña de hoy.






Un puñado de políticos en Cataluña, completamente ajenos a su obligación primordial de servir a los intereses del público, han decidido perseguir un objetivo que imaginan ser el medio idóneo para mantenerse en el poder. Con este fin, han tratado de crear un elaborado espejismo político que pretende seducir al viajero cansado y asegurarle que está al alcance de la Tierra Prometida. ¿Cuáles son los medios que se han empleado en la hoja de ruta hacia este objetivo?






En primer lugar, han tirado por la borda cualquier pretensión de ideología o de creencia política. Las aspiraciones de toda una generación de catalanistas tradicionales, de socialistas, de progresistas, han sido rechazadas. En su lugar han afirmado que no hay diferencia entre la izquierda y la derecha, que los conservadores ahora deben alinearse con los comunistas, y que deben compartir el mismo objetivo indiviso. Por supuesto, ese “objetivo” no se explica o define y cualquier petición de que se explique es rechazada bruscamente. El impacto en el esquema político tradicional ha sido devastador. Los catalanistas de toda la vida, que se han dedicado por entero a las ideas que tenían sobre cómo promocionar el bienestar de su país, han sido eliminados de la escena política, simplemente porque se niegan a creer que su objetivo ahora debe coincidir con el de los demagogos radicales. Los socialistas de toda la vida, que siempre se habían identificado con el pueblo y con los trabajadores, han tenido que abandonar esa perspectiva e identificarse en cambio con la tradicionalista élite burguesa.


En segundo lugar, los predicadores del nuevo evangelio han declarado en repetidas ocasiones que la hoja de ruta no pretende ser democrática. Es verdad que han pedido reiteradamente el apoyo popular, pero siempre con la condición de que los votos de las personas no siempre cuentan. Proclaman que en una futura elección la mayoría de escaños será decisiva, aunque apenas represente el 30% de los votantes, cifra que es la última estimación citada en el periódico ‘La Vanguardia’. Ese 30%, según ellos, es la auténtica Cataluña, y suficiente para justificar una proclamación de la independencia. Las elecciones, según ellos, son realmente un referéndum, y deben ser aceptadas como un referéndum, incluso si no se reúnen las condiciones requeridas normalmente por una consulta democrática y constitucional de la opinión.


En tercer lugar, con el fin de preparar el camino para la hoja de ruta, han llevado a cabo una campaña masiva para reescribir la historia de su país. El proceso ha sido generosamente financiado por la Generalitat, que dedicó millones a la creación de centros para la “Historia” de Cataluña, y la “Historia” de Barcelona. Más recientemente, un respetado historiador, marxista de toda la vida, ha sido persuadido para producir un estudio sobre la identidad catalana que otro historiador, también catalán y trabajando en París, ha criticado como “culmen del nacional comunismo romántico”. La fusión de comunismo y romanticismo burgués es ahora, de hecho, un ingrediente crucial de la hoja de ruta. Sirve para confundir la información sobre el pasado a disposición de millones de catalanes, cuya historiografía siempre ha sido víctima de la ideología, y nunca tanto como hoy.


En cuarto lugar, ha habido una campaña de desinformación que ha servido para confundir y dividir a los catalanes. La señora que dirige un grupo autodenominado Asamblea Nacional de Cataluña ha hecho discursos afirmando que el pueblo será feliz y libre en la nueva Tierra Prometida, donde estarán a salvo de la depredación del Estado español. La idea es hacer público que todos los catalanes están unidos en su apoyo a la hoja de ruta, que es el único camino a seguir. En la capital comarcal cerca de donde vivo, todas las banderas públicas de los partidos políticos se han eliminado y por lo que yo puedo ver sólo una bandera vuela libremente, una bandera que, como es el caso, no es la bandera nacional de Cataluña, sino la bandera exclusiva de la coalición burguesa comunista que apoya el separatismo. La práctica eliminación de la bandera catalana es, por supuesto, no un hecho de los españoles, sino de los catalanes. Nada demuestra más claramente que el verdadero conflicto generado en los últimos meses ha sido provocado por algunos catalanes contra otros catalanes.






El resultado de estos hechos, respaldado y generado por un puñado de personas, ha sido la creación de un malestar social generalizado. En tiempos pasados, la personas se criticaban unas a otras libremente y por encima de todo criticaban a los españoles, contra los cuales tenían quejas bien establecidas y sobre la base de razones genuinas. Ahora la situación es diferente. Los vecinos ya no se hablan abiertamente entre sí acerca de sus problemas por temor a provocar tensiones. Se ha convertido en indeseable cuestionar las mitologías fabricadas en apoyo a la hoja de ruta. Las falsedades han sustituido a las verdades, la desunión ha sustituido a la antigua unidad entre los sectores de la comunidad. Cataluña se ha vuelto contra sí misma, en lugar de permitírsele continuar con sus opciones históricas auténticas. Ese es el verdadero logro de la alianza electoral entre burguesía y demagogos: la destrucción de la calidad de Cataluña y del genio de su pueblo.



Henry Kamen es historiador británico. Su última obra, publicada por La Esfera de los Libros en 2014, es "España y Cataluña. Historia de una pasión".

6 oct. 2015

Federalismo vs Estado de las Autonomías

A veces es necesario conocer la genealogía de las cosas para encontrarles una explicación. El problema de Cataluña viene de lejos y a lo mejor, como decía Ortega, sólo es posible conllevarlo pero la causa próxima que ha colocado a España en el despeñadero se encuentra en la reunión que mantuvieron en Santillana del Mar los socialistas, capitaneados por Maragall y Zapatero. La idea que cobró forma en aquel congreso fue la de: "federalismo asimétrico", un imposible metafísico conociendo a los españoles, porque ¿quién aceptará tener menos competencias que la federación catalana? Nadie; la vida política española se convertiría en una carrera de campanarios a la búsqueda de la competencia perdida. 





Sin duda hubiera podido hacerse algo a este propósito en 1978 pero no ahora. El PSOE vive desde entonces en un mundo virtual en el que, a la manera "de donde vienes, manzanas traigo", a las demandas delirantes del nacionalismo catalán contesta con la cantinela del "federalismo".





El sistema autonómico español ofrece a las comunidades más competencias que las disfrutadas por los länder alemanes; además, la federación se construye para unir lo que está separado lo que no es el caso español. Chapotear en un nominalismo absurdo no solucionará nuestros problemas; si no somos capaces de racionalizar el sistema y explicar al pueblo el por qué, nos veremos arrastrados  a una dialéctica estéril e interminable ( y cara). La pelota está en nuestro tejado.

5 oct. 2015

Henning Mankell

Ha muerto el escritor de novela negra Mankell; supo elevar a rango internacional la vieja tradición de la novela policíaca nórdica. 
Hijo de familia burguesa, abandonó repentinamente sus estudios para enrolarse en un barco, trabajó de luthier en París antes de dedicarse a la gran pasión de su vida, el teatro. Como el éxito se le resistia se introdujo en la novela negra donde salió a relucir su habilidad como investigador y creador de misterio. Fue un notable activista político de izquierdas y estuvo casado con la hija del director de cine Ingmar Bergman.
Ésta es la necrológica de El País.






3 oct. 2015

Las invasiones bárbaras

Apocalíptico e interesante artículo de Pérez Reverte sobre cuestiones recurrentes en el blog que, aunque quizá peca un poco de determinismo histórico, nos expone la proyección del presente a medio plazo.







Arturo Pérez-Reverte

 

Arturo Pérez-Reverte

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.
 
Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.
 
Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.
 
A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.
 
Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.
 
Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual.
 
Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.
 
La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos. 
XL Semanal