23 oct. 2013

La sentencia de Estrasburgo

En una comparecencia conjunta de los ministros de Justicia e Interior, se realiza una puesta en escena patética sobre la sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de Estrasburgo, en adelante TEDH, que arrumba la doctrina Parot. Nos cuentan que se ven obligados a cumplir la sentencia contra su voluntad pero que la culpa es de otros. Al coro se une una buena cantidad de comentaristas políticos y periodistas, aunque ponen de manifiesto la necesidad del cumplimiento inmediato de la sentencia. 
Al día siguiente, y quizá en la más rápida resolución tomada por un tribunal en España y tras una meteórica decisión de la Junta de Fiscales, se ordena la ejecución de la sentencia.








Todo huele a continuidad con las maniobras orquestales en la oscuridad de Zapatero, huele a puesta en escena y a tancredismo político de Rajoy. La verdad es que ante la necesidad de excarcelar etarras, otra vez,  y lo mal que esto le sienta a la AVT y a buena parte de la sociedad (sobre todo a los votantes del PP), se ha buscado un subterfugio; y a continuar jugando. Lo cierto es que no ha habido gobierno desde 1974 que haya querido introducir ese cambio en la Ley, endureciendo el cumplimiento de las penas, confiando quizás en el Santo Advenimiento. Lo cierto es que el PP no aportó nada nuevo en esta segunda instancia, con la abogacía del Estado ejerciendo un interés perfectamente descriptible. 








El Tribunal ha fallado porque España se ha puesto en sus manos a través de un tratado. Lo ha hecho así porque no es posible la irretroactividad de las disposiciones sancionadoras no favorables (art. 9 CE), porque no es posible una jurisprudencia que se ejercita en unos casos y no en otros (art. 14 CE) y porque no se dio suficiente cobertura a la doctrina Parot en la reforma del Código Penal de 1995. 





Ahora, saldrán casi 69 presos, si no más, incluidos algunos culpables de crímenes ajenos al terrorismo, como daño colateral. 
Pero no, como se explica aquí, el Gobierno no está obligado a ejecutar de inmediato la sentencia, no tiene por qué pasar la patata caliente a los tribunales; nos vuelven a tomar por idiotas. 





PD: El muñidor de la sentencia en el TEDH ha sido, para más inri, un español, magistrado en Estrasburgo gracias al PSOE y antiguo Secretario de Estado con Zapatero.
No ha tardado, cierta izquierda, en celebrar la noticia en las redes sociales.

18 oct. 2013

El problema no es Cataluña

Transcribo aquí un excelente artículo de Libertad Digital, a propósito de lo que debe ser la acción política en el problema nacional de España.








EL PROBLEMA NO ES CATALUÑA






Se yerra el tiro si se piensa que el problema es de organización territorial, o de financiación, como Mariano Rajoy nos pretende hacer creer. Estaríamos atacando el humo en lugar de atacar el fuego. El problema es el nacionalismo, que es absolutamente incompatible con España y su diversidad. El nacionalismo sólo cree en su homogeneidad, y quiere acabar con la diversidad que desde el inicio ha configurado España.

Las autonomías han dado a los nacionalistas un poder financiero, educativo, social y cultural enorme, y sin embargo el nacionalismo ha ido incrementando su demanda secesionista. El problema no se soluciona dándole más poder; nunca estarán satisfechos, porque lo que quieren es la ruptura de España, como así lo manifiestan públicamente Artur Mas, Eguíbar, Otegui.








¿Y a estos personajes les tenemos que dar más poder? ¿A quien busca nuestra ruina?

El federalismo no es intrínsecamente perverso; lo que es perverso es su utilización en España, porque es un arma para desunir cuando debiera ser para unir. El federalismo no tiene ningún sentido en nuestra historia. En los países federales el camino ha sido así: territorios desunidos sin tener mucho que ver históricamente querían formar una unión, y como existían grandes diferencias entre ellos crearon un Estado federal, con el que poco a poco se llegó a la unión.

En España el camino es completamente diferente. Estamos unidos, se da poder a los enemigos de España y estos lo utilizan con absoluta impunidad para ir desuniendo. Pero no tienen Estado (aunque sí el reconocimiento de nacionalidad), por lo que el PSC pide un Estado federal que se lo daría. 






¿A unos enfermos de poder totalitario les vamos a dar más poder, y esperamos que les dé un ataque repentino de fidelidad a España y de amor por la libertad?

Analicemos los problemas que tenemos: terrorismo, segregación lingüística sin libertad de escoger la lengua vehicular de enseñanza; tergiversación de la historia en los colegios (los libros de texto catalanes y vascos enseñan lo que no sucedió pero les hubiera gustado que sucediese), sobrerregulación diferente en cada comunidad, que dificulta la libre circulación de mercancías y personas; se blinda el uso de los ríos; se establece un mercado laboral y comercial exclusivo, se limitan las decisiones de España en la Unión Europea a la opinión de la Generalitat; se nombra asesor a Otegui, etc.








El origen de estos males, ¿es la organización territorial o son los nacionalistas, que han ido creando todo esto porque les hemos dado el poder y la impunidad necesaria para hacerlo? ¿Y a estos políticos les tenemos que dar más poder para que puedan seguir haciendo lo mismo, con más medios y encima dentro de la ley? Esto es lo que supondría crear un Estado federal, en la actual situación de España.

Los nacionalismos vasco y catalán han utilizado, utilizan y utilizarán el miedo para estar en el poder (ETA, Terra Lliure, segregación lingüística, multas a quien rotula en español, inspecciones de Hacienda, acoso personal, etc.).

Analicemos los problemas y sus causas; si vemos dónde están los problemas, creo sinceramente que la causa es que hemos dado poder a quienes nos quieren destruir, a los nacionalistas.







Hay quien piensa que el federalismo supondría que cada uno sería responsable de lo que recaudase y lo que gastase. Para eso creo que bastaría con hacer una ley de estabilidad presupuestaria y obligar a su cumplimiento, y no convertir a las comunidades en Estado, que es justo lo que piden los nacionalistas.







Hay quien piensa que la política de no enfrentamiento de Rajoy es buena. Bueno, yo creo que la formación crea hábitos y sentimientos. Cambiar hábitos y sentimientos es lo más complicado, por eso cuanto más se tarde en actuar, desde mi punto de vista más profundo será el problema.

Desgraciadamente, la propuesta federalista de Alicia Sánchez Camacho no es más que aquello que en las conversaciones secretas Rajoy-Mas se estaba acordando. El problema es que ninguno de los dos grandes partidos, PP-PSOE, piensan en España, piensan sólo en cómo seguir unos años más en el poder. Urgen nuevas alternativas políticas.






Juan de Dios Dávila, exconcejal del PP en Hernani, es hermano del teniente coronel Fidel Dávila, asesinado por ETA en 1993. Actualmente preside la Fundación Unidad + Diversidad.

14 oct. 2013

Michael Crichton

Hace años, en el colegio, teníamos un cine que exhibía películas los fines de semana; lo hacía en tres sesiones, los sábados a las siete y media y los domingos a las cinco y a las siete y media; las sesiones de siete y media eran para los mayores, la de las cinco para los pequeños. Normalmente siempre se presentaban reestrenos o reposiciones pero cierta vez estrenaron una para los mayores, la película se llamaba: "La Amenaza de Andrómeda" y era de ciencia ficción, lo que es demostrativo del poco interés que este género despertaba en España, carne de los cines parroquiales y de la televisión. 






 






La película se basaba en una novela del escritor norteamericano Michael Crichton, que, luego me enteré, trabajaba de médico aunque el éxito literario y los derechos cinematográficos le permitieron dedicarse a la literatura a tiempo completo. Su éxito lo llevó a copar a la vez las listas de libros más vendidos, de película más vista en una semana y la serie de más audiencia en la televisión con guión suyo. 







 







Al final de su vida se le diagnosticó un cáncer linfático pero no murió de eso sino de un accidente cerebro vascular a la edad de sesenta y seis años. En sus últimos tiempos agudizó una faceta que siempre había estado presente en su obra; a saber, la divulgación científica y la crítica al histerismo pseudocientífico. Crichton se nos presenta como un militante contra la calentología oficial del IPCC; en su última obra: "Estado de Miedo", presenta un manifiesto acusando al nuevo ecologismo de apocalíptico y pseudocientífico.

6 oct. 2013

El ejército

En uno de sus álbumes, en las aventuras de Astérix en Hispania, el genial René Goscinny, con su acerado pero humano humor, nos cuenta la historia del viaje de Astérix  y Obelix a Hispania para proteger a un niño hijo de un rebelde español antirromano. Como siempre nuestros defectos no escapan al ojo del guionista, el niño es caprichoso y cuando no obtiene lo que quiere, amenaza con ahogarse reteniendo la respiración con cabezonería. 
















Es efectivamente el voluntarismo hispánico puesto en evidencia, una de nuestras características junto con la de perseguir molinos de viento como Don Quijote. La aplicación de este defecto al pacifismo hispánico, de manera que desapareciendo el ejército desaparece la posibilidad de guerras, nutre la cultura de masas. Cualquier gasto militar es superfluo, este tipo de voluntarismo subyace en todo el pensamiento progre de esta desgraciada España. 

















Pero no; el principio organizador de cualquier sociedad se basa en la guerra, ya sea como amenaza o como posibilidad real. La autoridad del Estado por encima del pueblo se apoya en los poderes bélicos; no existe la potestad sin la fuerza para ejercerla. Nos sorprendemos de la capacidad británica para reírse de nosotros en el caso Gibraltar, para tomarnos el pelo a diferencia de lo hecho con China a propósito de Hong Kong. Una de las razones es la fuerza del ejército chino. Tácito decía: "si quieres la paz prepara la guerra". Nuestros pacifistas de salón, por otra parte nada pacíficos, se agazapan para liquidar el ejército y con ello el poder del Estado.

1 oct. 2013

El derecho a decidir

Reproduzco un interesante artículo sobre el derecho a decidir publicado en El País.

 

El derecho a decidir.

 


El País | Mario Vargas LLosa.



El mejor artículo que he leído sobre el tema del independentismo catalán, que, aunque parezca mentira, está hoy en el centro de la actualidad española, lo ha escrito Javier Cercas, que es tan buen novelista como comentarista político. Apareció en El País Semanal el 15 de septiembre y en él se desmonta, con impecable claridad, la argucia de los partidarios de la independencia de Cataluña para atraer a su bando a quienes, sin ser independentistas, parezcan serlo, pues defienden un principio aparentemente democrático: el derecho a decidir.



Allí se explica que, en una democracia, la libertad no supone que un ciudadano pueda ejercerla sin tener en cuenta las leyes que la enmarcan y decidir, por ejemplo, que tiene derecho a transgredir todos los semáforos rojos. La libertad no puede significar libertinaje ni caos. La ley que en España garantiza y enmarca el ejercicio de la libertad es una Constitución aprobada por la inmensa mayoría de los españoles (y, entre ellos, un enorme porcentaje de catalanes) que establece, de manera inequívoca, que una parte de la nación no puede decidir segregarse de ésta con prescindencia o en contra del resto de los españoles. Es decir, el derecho a decidir si Cataluña se separa de España sólo puede ejercerlo quien es depositaria de la soberanía nacional: la totalidad de la ciudadanía española.



Ahora bien, Cercas dice, con mucha razón, que si hubiera una mayoría clara de catalanes que quiere la independencia, sería más sensato (y menos peligroso) concedérsela que negársela, porque a la larga es “imposible obligar a alguien estar donde no quiere estar”. ¿Cómo saber si existe esa mayoría sin violar el texto constitucional? Muy sencillo: a través de las elecciones. Que los partidos políticos en Cataluña declaren su postura sobre la independencia en la próxima consulta electoral. Según aquel, si Convergencia y Unión lo hiciera, perdería esas elecciones, y por eso ha mantenido sobre ese punto, en todas las consultas electorales, una escurridiza ambigüedad. Al igual que él, yo también creo que, a la hora de decidir, el famoso seny catalán prevalecería y sólo una minoría votaría por la secesión.



¿Por cuánto tiempo más? Cara al futuro, tal vez Javier Cercas sea más optimista que yo. Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría. “Al paso que van las cosas” quiere decir, claro está, sin que la mayoría de españoles y de catalanes que son conscientes de la catástrofe que la secesión sería para España y sobre todo para la propia Cataluña, se movilicen intelectual y políticamente para hacer frente a las inexactitudes, fantasías, mitos, mentiras y demagogias que sostienen las tesis independentistas.



El nacionalismo no es una doctrina política sino una ideología y está más cerca del acto de fe en que se fundan las religiones que de la racionalidad que es la esencia de los debates de la cultura democrática. Eso explica que el President Artur Mas pueda comparar su campaña soberanista con la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King en los Estados Unidos sin que sus partidarios se le rían en la cara. O que la televisión catalana exhiba en sus pantallas a unos niños adoctrinados proclamando, en estado de trance, que a la larga “España será derrotada”, sin que una opinión pública se indigne ante semejante manipulación.

El nacionalismo es una construcción artificial que, sobre todo en tiempos difíciles, como los que vive España, puede prender rápidamente, incluso en las sociedades más cultas –y tal vez Cataluña sea la comunidad más culta de España- por obra de demagogos o fanáticos en cuyas manos “el país opresor” es el chivo expiatorio de todo aquello que anda mal, de la falta de trabajo, de los altos impuestos, de la corrupción, de la discriminación, etcétera, etcétera. Y la panacea para salir de ese infierno es, claro está, la independencia.



¿Por qué semejante maraña de tonterías, lugares comunes, flagrantes mentiras puede llegar a constituir una verdad política y a persuadir a millones de personas? Porque casi nadie se ha tomado el trabajo de refutarla y mostrar su endeblez y falsedad. Porque los gobiernos españoles, de derecha o de izquierda, han mantenido ante el nacionalismo un extraño complejo de inferioridad. Los de derechas, para no ser acusados de franquistas y fascistas, y los de izquierda porque, en una de las retractaciones ideológicas más lastimosas de la vida moderna, han legitimado el nacionalismo como una fuerza progresista y democrática, con el que no han tenido el menor reparo en aliarse para compartir el poder aun a costa de concesiones irreparables.

Así hemos llegado a la sorprendente situación actual. En la que el nacionalismo catalán crece y es dueño de la agenda política, en tanto que sus adversarios brillan por su ausencia, aunque representen una mayoría inequívoca del electorado nacional y seguramente catalán. Lo peor, desde luego, es que quienes se atreven a salir a enfrentarse a cara descubierta a los nacionalistas sean grupúsculos fascistas, como los que asaltaron la librería Blanquerna de Madrid hace unos días, o viejos paquidermos del antiguo régimen que hablan de “España y sus esencias”, a la manera falangista. 


Con enemigos así, claro, quién no es nacionalista.

Al nacionalismo no hay que combatirlo desde el fascismo porque el fascismo nació, creció, sojuzgó naciones, provocó guerras mundiales y matanzas vertiginosas en nombre del nacionalismo, es decir, de un dogma incivil y retardatario que quiere regresar al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero epifenómeno de la colectividad, sin vida propia. Pertenecer a una nación no es ni puede ser un valor ni un privilegio, porque creer que sí lo es deriva siempre en xenofobia y racismo, como ocurre siempre a la corta o a la larga con todos los movimientos nacionalistas. Y, por eso, el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino –su cultura, su religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual- y de coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni penalizado por ello.



Hay muchas cosas que sin duda andan mal en España y que deberán ser corregidas, pero hay muchas cosas que asimismo andan bien, y una de ellas –la más importante- es que ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones. Y no hay mentira más desaforada que decir que las culturas regionales son objeto de discriminación económica, fiscal, cultural o política. Seguramente el régimen de autonomías puede ser perfeccionado; el marco legal vigente abre todas las puertas para que esas enmiendas se lleven a cabo y sean objeto de debate público. Pero nunca en su historia las culturas regionales de España –su gran riqueza y diversidad- han gozado de tanta consideración y respeto, ni han disfrutado de una libertad tan grande para continuar floreciendo como en nuestros días. Precisamente, una de las mejores credenciales de España para salir adelante y prosperar en el mundo globalizado es la variedad de culturas que hace de ella un pequeño mundo múltiple y versátil dentro del gran teatro del mundo actual.



El nacionalismo, los nacionalismos, si continúan creciendo en su seno como lo han hecho en los últimos años, destruirán una vez más en su historia el porvenir de España y la regresarán al subdesarrollo y al oscurantismo. Por eso, hay que combatirlos sin complejos y en nombre de la libertad.



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© Mario Vargas Llosa, 2013.