27 jun. 2015

Dick Van Patten

En los años setenta, hubo una serie de televisión que alimentaba los valores familiares tradicionales y era muy popular. Ha muerto el patriarca de los Bradford y ésta es la necrológica de El País.










18 jun. 2015

La decadencia de Europa

Dentro de la decadencia de Occidente, Europa, y en particular España, gana por varios cuerpos. La preponderancia económica ha sido la primera batalla perdida; suben Japón, Corea del Sur, los tigres asiáticos, China y la India junto con la aparición de una clase media en esos países que absorbe producción. Hay tres fases en la pérdida de hegemonía occidental y crecimiento del tercer mundo: producción barata para venderla en Occidente, deslocalización de empresas occidentales para fabricar allí, sectores de su sociedad que consumen lo que otros sectores producen. 
Vamos hacia la India a toda velocidad pero la India viene hacia nosotros a menor ritmo. 






 






La  crisis demográfica occidental se manifiesta sobre todo en Europa que pasa de ser la protagonista del crecimiento en los siglos XVII- XX a que sea el resto del mundo el que crece y produce una presión demográfica insoportable en Europa, una presión migratoria que mina las culturas europeas. 








 








Asusta la situación europea en relación al euro, en la que hay una política de compra de deuda que crea una situación sin salida, ya que el sur de Europa jamás podrá pagar; sin perder de vista el papel que ciertos poderes intelectuales reservan a Europa y el hecho de considerar a la UE como un territorio de investigación política sobre la posibilidad de un gobierno mundial. 
En el futuro que nos preparan, la falta de crecimiento demográfico europeo nos lleva a guerras asimétricas en las bolsas de Eurabia que se están formando; el futuro de Europa es algo así como Yugoslavia. Los barrios de París, las banlieues, van a estallar y de hecho ya son lugares donde no puede entrar la policía. 








 







¿Qué papel juega USA en todo esto? Hemos perdido la substancia de la civilización, tanto en España como en Europa, aunque nuestros genes puedan persistir en América, aquí se está destruyendo nuestra identidad y probablemente la cultura europea de allí. Y todo para llegar a una imposible unión política. Se facilitan las rupturas de Estados, el laicismo es entendido como odio a nuestras tradiciones, la inmigración está descontrolada pero no se construye una nueva identidad. 







 





Políticas suicidas y buenistas como las que soportan la nacionalización de los pretendidos descendientes sefarditas, y mañana los aún más pretendidos descendientes de los moriscos, nos abocan a un suicidio sin saber qué ocupará nuestros restos.
La decadencia de occidente se manifiesta en la destrucción de lo mistérico, quedando la civilización como una cáscara vacía; Freud, Marx y Nietzsche aparecen como heraldos de esa destrucción de manera que Europa queda inerme por las distintas dimensiones éticas de la civilización. Lo que consideramos bueno otros no lo consideran y en el solar de nuestra ruina impondrán su moral.

8 jun. 2015

La I Guerra Mundial

El año pasado recordábamos el centésimo aniversario del comienzo de la I Guerra mundial, conflicto que fue a la vez fin y principio; fin tardío del siglo XIX, fin de la época de los grandes y poderosos Estados nación y vislumbre, tal y como nos indicaba Spengler, de la decadencia de Occidente. 
Para este pensador la etapa de máximo esplendor y vitalidad de Occidente, es decir de Europa en aquel momento, se produjo a mediados del siglo XIX; todavía la sociedad campesina y artesanal así como las diversas empresas urbanas practicaban creencias cristianas o al menos deístas derivadas del cristianismo; los diversos paradigmas de la ciencia estaban prácticamente desplegados y Europa había digerido la modernidad y la ilustración. 





Se gozaba de la paz del Congreso de Viena (1815-1845) y los diversos Imperios habían dado de sí una expansión de la hegemonía y de la cultura occidental como nunca antes ningún poder. La revolución francesa había terminado con las contradicciones que todavía sufrían los reinos del siglo XVIII y el Congreso de Viena, que era una reacción frente a los excesos revolucionarios y napoleónicos, no había tenido más remedio que asumir muchos de los logros de ese  momento culminante de Occidente y de Europa. Uno de esos logros era el Estado nación canónico que, de forma embrionaria, ya estaba en los ilustrados de la fase final de la modernidad, en el siglo XVIII. 

















El patriotismo se canalizaba en la estructura social gracias a la burguesía, y a las clases medias, y penetraba hasta el tuétano de la sociedad. El mundo académico asumía unos valores ortodoxos que iban a ponerse en tela de juicio por parte de unos pensadores y una bohemia todavía marginales. Pero las fuerzas destructivas que se encuentran en todas las estructuras, incluso en aquellas juveniles y en trance de crecimiento, empezaron a amenazar esa sociedad y esa estabilidad moral; empezaba la decadencia de Occidente. Ésta se manifestó por un crecimiento del malestar y los conflictos que están descritos con claridad en "La Rebelión de las Masas" de Ortega y Gasset, cuando las fuerzas destructivas de la guerra empezaron a independizarse de la autoridad moral del consenso occidental primero en la guerra franco prusiana y luego en la Gran Guerra, última gran guerra estrictamente nacional.













El imperialismo, que venían desarrollando desde hacía décadas las potencias involucradas, fue la principal causa subyacente; el detonante del conflicto se produjo el 28 de junio de 1914 en Sarajevo con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. Su verdugo fue Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio. Este suceso desató una crisis diplomática cuando Austria-Hungría dio un ultimátum al Reino de Serbia y se invocaron las distintas alianzas internacionales forjadas a lo largo de las décadas anteriores. En pocas semanas, todas las grandes potencias europeas estaban en guerra y el conflicto se extendió por todo el mundo.

















Tras el fin de la guerra, cuatro grandes imperios dejaron de existir, el alemán, ruso, austro-húngaro y otomano. Los Estados sucesores de los dos primeros perdieron una parte importante de sus antiguos territorios, mientras que los dos últimos se desmantelaron. El mapa de Europa y sus fronteras cambiaron completamente y varias naciones se independizaron o se crearon. 
Al calor de la Primera Guerra Mundial también se fraguó la Revolución rusa, que concluyó con la creación del primer Estado autodenominado socialista de la historia, la Unión Soviética. Se fundó la Sociedad de Naciones, con el objetivo de evitar que un conflicto de tal magnitud se volviera a repetir. Sin embargo, dos décadas después estalló la Segunda Guerra Mundial. Entre sus razones se pueden señalar: el alza de los nacionalismos, una cierta debilidad de los Estados democráticos, la humillación sentida por Alemania tras su derrota, las grandes crisis económicas y, sobre todo, el auge del fascismo. 
La guerra marcó un antes y un después que queda reflejado en la triste nostalgia que sobrenada la obra de Stefan Zweig, "El Mundo de Ayer", la deshumanización de las armas de destrucción masiva y de los ejércitos de masas ya no permitirá el mundo pequeño burgués anterior.

7 jun. 2015

Cuba

He aquí un artículo interesante, aparecido en ABC el 6 de junio de 2015, del arabista Serafín Fanjul a propósito de Cuba y su nueva posición frente a Norteamérica.


El manifiesto destino de Cuba

 



ABC | Serafín Fanjul

Si nos atenemos tan sólo a la Biología, esta ciencia parece garantizar que, en los próximos años, el aumento de contactos oficiales entre Cuba y Estados Unidos asegurará un final tranquilo a los hermanos Castro, con honores militares en los entierros, respeto para los féretros y reparto de empresas públicas entre los compadres. Como en la URSS. Pero eso es la Biología: unos años, en todo caso pocos, y llegará el fin del drama del castrato, para retomar el otro, el impuesto por la Geografía, siempre vigente. Parafraseando a Porfirio Díaz, que se refería a su país, podemos repetir «pobre Cuba, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos».

Si usted se toma el nada cómodo trabajo de estudiar los registros de arribada de buques al puerto de La Habana en las décadas de 1830 y 1840, por ejemplo, sacará, entre otras conclusiones, una estremecedora pero difícil de contestar: por cada barco español que fondeaba frente al convento de San Francisco, lo hacían tres o cuatro norteamericanos, dependiendo de los años. El dato significa, llanamente, que la mayor parte del comercio cubano se dirigía a Estados Unidos o se recibía de allá. Y el dinamismo económico de la isla permitió que tuviera ferrocarril (La Habana-Güines, 1838) diez años antes que la Península. Otra consecuencia inmediata fue que la burguesía local azucarera se hiciera acérrima partidaria de la anexión al país del norte, provocando la reacción de disentimiento y protesta del patriota cubano José Antonio Saco, en artículos publicados desde una fecha tan temprana como 1848 y que componen los dos volúmenes de Contra la anexión. Y también trajo como efecto que Narciso López, aventurero venezolano combatiente en las filas realistas contra Bolívar, tras pasar a Cuba y entrar en relación con los azucareros, actuara como agente anexionista. De ahí su fallida intentona en Cárdenas en 1851; y el desembarco no más exitoso, al año siguiente, por Pinar del Río, donde lo apresaron en compañía del coronel americano Makensen, siendo fusilados ambos, como correspondía. La guerra de Secesión americana y la consiguiente abolición de la esclavitud frenaron tales entusiasmos anexionistas, nada desinteresados.

La latente presencia americana continuó hasta la rendición española, y no sólo por la protección a los insurrectos de 1868, la introducción del béisbol o la decisiva intervención bélica en 1898: dos años antes, todavía los billetes del Banco Español de la Isla de Cuba se emitían en Estados Unidos por el American Bank Note Company de Nueva York, prueba del grado de dependencia a que se había llegado: mientras Estados Unidos enviscaba a los rebeldes y preparaba un pretexto para intervenir –dado que España se negaba a venderle la isla–, la estructuración de la economía cubana como apéndice de la americana cada vez se reforzaba más, de suerte que el desarme y disolución del ejército mambí en mayo de 1899 no presentó mayores dificultades, mientras la ocupación militar –que duró hasta 1902– sostenía el carácter de semiprotectorado para el país, aunque a partir de ahí la recién nacida república con sus Estradas y Menocales, sus Machados y Batistas, nunca levantó cabeza como nación independiente. Y, por último, se pasó de Guatemala a Guatepeor y de la sujeción a España a la de Estados Unidos, y de la de estos, a la de la URSS. Y ahora, vuelta a empezar, porque en los años sin subvenciones soviéticas, después de 1990, el llamado Período Especial fue mortífero para la población, desembocando en las revueltas de 1994 y la crisis de los balseros, la fuga en masa de gente hacia el soñado «Norte» (el «Norte revuelto y brutal» de la propaganda oficial).

Un amigo cubano residente en La Habana se lamentaba, entre la fantasía y la ucronía histórica: «Y ese Martí, ¿por qué cogería tanta lucha con lo de la independencia? Ahora estaríamos en la Unión Europea». Estábamos sentados en el madrileño paseo del Prado, frente al museo, contemplando el tráfico y el bullicio de vida próspera y, al menos, externamente feliz. Por supuesto que era una simplificación fantasiosa suponer que los acontecimientos habrían sido los mismos, excepto la independencia formal del país, pero expresaba bien un deseo y una relativización intelectual de hechos del pasado que se tienen por indiscutibles. Pero las compras en Estados Unidos no se suspendieron nunca, pese al embargo, y agencias comerciales cubanas adquieren en Panamá, a través de intermediarios, alimentos, vehículos, medicinas, pagando a tocateja, claro; aunque la devolución de Caimanera-Guantánamo (ocupado desde 1898) no será una medalla que ningún presidente americano entregue a los hermanos Castro, mientras no tengan todo el país controlado por completo, como no retrocedieron el Canal a Panamá hasta que Omar Torrijos tuvo su oportuno accidente aéreo y derrocaron a Noriega por narco (¡qué sorpresa para la CIA, la DEA, el FBI!); y Guardalavaca, Baracoa, María la Gorda, Isla de Pinos, los Cayos… y tantos lugares maravillosos serán reservados exclusivos para americanos (¿alguien imagina qué quedará del país si Estados Unidos mete veinte millones de turistas anuales?). Y espero de la inteligencia de los lectores que nadie me vea partidario de continuar la situación presente. Simplemente, no hay soluciones milagrosas.

Recordar las palabras de J. A. Saco sólo produce melancolía, por lo inviable de la salida mejor y lo arduo de la buena: «Lo primero que deseo es que Cuba, libre y justamente gobernada, viva unida a España. Lo segundo, que disuelta esta unión, ora por la madre, ora por la hija, Cuba trate de conservar su nacionalidad y de constituirse en estado completamente independiente». Y sólo como epílogo a un naufragio total del país aceptaba Saco la entrega al «Norte». La pregunta es si se ha llegado a ese punto a través del arrasamiento de la economía y la desmoralización de la sociedad, por debajo de la fanfarria retórica oficialista. Con las infraestructuras en ruinas y la gente hambrienta, quien aporte capitales comprará el país entero sin oposición alguna. Labana ya no será Cái, porque los negritos de Antonio Burgos y Carlos Cano chamullarán mal inglés y no tendrán el menor gusto por entroncarse con su pasado, y menos aún con España. Claro que habrá que saber si, para entonces, lo subsistente en la Península Ibérica tendrá alguna relación con esa España que se nos va, sin que nadie intente impedirlo.



Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia.

Bildu en Pamplona


Excelente artículo de Carlos Herrera sobre el episodio que está protagonizando cierta izquierda en Pamplona, entregando la alcaldía a los cinco concejales de Bildu. La crónica de lo ya sabido.


 

JE SUIS MARÍA CABALLERO – Carlos Herrera / ABC



Por una razón sencilla: a los muertos hay que honrarlos. Y a los asesinos, evitarlos

TOMÁS Caballero era portavoz de Unión del Pueblo Navarro en el Ayuntamiento de Pamplona. Lo fue hasta que un par de asesinos le vaciaron un cargador en la cabeza al salir de su despacho una mañana. Los asesinos eran de la ETA, claro. Tomás fue una de las 42 víctimas mortales que la banda asesina vasca esparció por suelo navarro. Hoy, una hija suya, María de nombre, se ha atrevido a señalar sin recato a los herederos de los asesinos de su padre, los cuales están a dos minutos de alcanzar la alcaldía de la capital de Navarra. Bildu, efectivamente, con algunos miembros que en su día no condenaron el asesinato de Tomás, podrá tomar la vara de mando virtud a un acuerdo de cambalache entre la Geroa Bai de Uxue Barkos (una extensión carnosa del PNV y demás hierbas), la inevitable excrecencia local de Izquierda Unida y… los monigotes que Podemos ha colocado con un nombre que ahora no recuerdo. Yo, Uxue, me quedo con el gobierno de Navarra, aunque haya obtenido muchos menos votos que el primer partido, UPN, y tú, Bildu, te quedas con el consistorio pamplonés. Ello no resultaría tan sencillo si los mostrencos de Pablo Iglesias no votaran a quienes entienden que la muerte de Tomás y los 41 restantes eran inevitables y necesarias para el progreso de esa Nafarroa ideal que llevan en la cabeza. Pero, si nadie lo remedia, lo van a hacer; van a votar con Bildu y les van a entregar un poder concreto en el mismo consistorio en el que un tal José Abaurrea, presente en las listas, no quiso saber nada de la muerte del concejal.

María ha defendido la memoria dolorosa de Tomás. Y ha lamentado que en los asientos del pleno puedan sentarse para gobernar los que, cuando mataron a su padre, miraron para otro lado o descorcharon el champán habitual de los miserables. Por decirlo, a María le ha caído la lluvia ácida de los miserables. Este Pablo Iglesias al que tantas gracias le encuentran ahora los mediocres muchachitos del PSOE ha bramado contra ella acusándola de utilizar la muerte de su padre para proteger a corruptos como Enrique Maya, alcalde en funciones de la ciudad, al que los tribunales han exonerado de toda imputación en los asuntos relacionados con Caja Navarra. Que un individuo que viene de las oscuras entrañas del comunismo radical (pleonasmo, lo sé), del FRAP paterno, de los escraches universitarios y de otras perlas expuestas ante la complacencia rumiante de buena parte del periodismo televisivo español sea capaz de acusar a una víctima del terrorismo de utilización del cadáver frío de su padre muestra a las claras que estamos ante un sujeto bajuno sin ningún tipo de escrúpulos para alcanzar un poder que utilizar de forma ya conocida por todos aquellos que hayan estudiado mínimamente la historia de los populismos en Europa. Que un sujeto que preside una comandita de pensadores caducos sospechosos de ser financiados por regímenes asesinos como el iraní, que reciben financiación encubierta de cuchitriles políticos como Venezuela, se atreva a vomitar sobre las personas que mantienen viva la fotografía sepia de las víctimas de ETA («violencia política» según su criterio) le convierte inmediatamente en un indeseable al que sí hay que someter a un cordón sanitario. Que eso no lo sepa ver el PSOE de Sánchez, ese pelotón de ideas simples puestas en escena con teatralidad colegial, produce algo más que alarma. Susana Díaz, la que parece guardar una cierta cordura política con la vista puesta en algo más que las urnas inmediatas, lo viene señalando con hechos en los últimos días: acercarse a ellos es perecer a sus manos. No obstante, no se fíen, puede que también ella termine entregándose a ellos.

Por ello yo soy hoy María Caballero. Por una razón sencilla: a los muertos hay que honrarlos. Y a los asesinos, evitarlos. Y me produce gran desolación que este aserto no sea multitudinario.