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12 oct 2016

Defensa de la Hispanidad


Día de la fiesta nacional, como todos los años se manifestarán por las calles de España grupos de hispanoamericanos protestando por lo que llaman el genocidio indio; y es que nuestra fiesta se celebra el día de la raza, es una fiesta inclusiva que engloba a todos los pueblos iberoamericanos. Las manifestaciones están propiciadas por cierta izquierda que ahora se agrupa alrededor de PODEMOS. Estamos ante el enésimo cuento de la hegemonía de Laclau. La verdad puede que sea difícil pero es verdad; verdad relativa según las pruebas conocidas en cada momento. 






A lo largo de la historia las civilizaciones se han extendido en proporción a su fuerza, traspasando su armazón tecnológico y así el comodoro Perry impulsó la revolución Meiji en Japón o las potencias colonialistas han impuesto el artefacto Estado-nación en el mundo entero, independientemente de la tradición de esos pueblos primero colonizados y posteriormente descolonizados. España en cuanto parte de Occidente, pero también como civilización española, trasladó Europa a Iberoamérica y sí, los pueblos tuvieron que someterse; era la hora de Occidente, la hora de España. Tampoco debe olvidarse que tanto los aztecas como los incas eran pueblos invasores que oprimían a otros pueblos vencidos, y ésta constituye la gran contradicción de los indigenistas y tercermundistas que hacen del imperialismo su principal lucha, olvidando que los pueblos precolombinos eran tan imperialistas como los europeos. Los aztecas habían venido del norte y masacraban a los pueblos vencidos en la guerra. A la llegada de los españoles, para muchos indígenas mexicanos, los imperialistas eran los aztecas y Hernán Cortés fue visto en un primer momento como un libertador, y para los propios aztecas era el retorno del vengador Quetzalcóatl. A los escasos españoles les habría resultado muy difícil la conquista de México de no haber contado con la ayuda de cientos de miles de indios tlaxcaltecas que se sumaron al ejército invasor, animados por el deseo de venganza contra los aztecas.



    






Los incas también habían invadido las tierras que ocupaban; desde la pequeña ciudad insalubre de Cuzco, a la que estaban relegados al comienzo, fueron dominando a sus vecinos por la violencia, los aimará entre ellos, imponiéndoles su lengua, su religión, su cultura. Del mismo modo que Cortés, Pizarro obtuvo el apoyo de tribus rivales para derrotar a los incas, contó con la ayuda de Huáscar para derrotar a Atahualpa.









En cuanto al descenso demográfico indio después de la conquista, su causa hay que buscarla menos en la espada de los conquistadores y más en las enfermedades contagiosas, la viruela y el sarampión, transmitidas por estos a poblaciones carentes de defensas inmunitarias. La mentira demográfica, además, ha engordado las cifras. La América precolombina era casi un desierto: sus dos principales polos de población, Perú y México, no contaban cada uno más de tres o cuatro millones de habitantes y el resto de las dos Américas más o menos otro tanto (léase La population du monde. De l'antiquité à 2050, Bordas, 1991). 






España hizo el papel que Roma había desempeñado en España: civilizar, proceso inevitable, con la creación de pueblos mestizos, universidades y una cultura universal. Roma destruyó pueblos, hizo desaparecer culturas pero la península ibérica entró en el mundo. Si España no hubiese actuado en América, otras potencias (quizá hasta China) sí lo hubieran hecho. No comulgo con los que elevan a la categoría de mito nacional a los conspiradores de Las Cabezas de San Juan, creo en el sencillo patriotismo de los soldados británicos: "con el Rey con razón o sin ella". Ya cambiaremos al Rey, primero la nación.

3 jul 2010

La independencia de las naciones hispanoamericanas









La Invasión napoleónica a España se considera la causa precipitante de la Guerra de Independencia. La invasión francesa representó para España la pérdida de la unidad monárquica ya que los reyes Carlos IV y Fernando VII fueron obligados a abdicar la corona en favor de José Bonaparte.


































Con la ocupación francesa, el Imperio español enfrentó una aguda crisis internacional e interna; las colonias americanas reafirmaron su lealtad al rey de España, Fernando VII, y, siguiendo el ejemplo de España, en Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Chile y otros territorios coloniales se establecieron juntas que juraron lealtad a la Junta de Sevilla.







A pesar del apoyo inicial, en América, ya comenzaba a perfilarse una crisis de lealtad; ¿a quién serían leales, al Rey o a la Junta? Ante la ausencia del monarca, ¿tenía España poder sobre las colonias? La élite criolla de México determinó que, ante la ausencia del rey, España no tenía ningún derecho que ejercer sobre América.

















Basándose en el principio de que la soberanía radicaba en las instituciones criollas, las colonias comenzaron a tomar sus propias determinaciones políticas, lo que, implícitamente, representó una separación de España. En 1810, Caracas estableció la Junta Suprema de Caracas, compuesta por miembros de la élite colonial y del Consejo Municipal.









Aunque la Junta declaró su lealtad al rey, no obstante, determinó controlar y gobernar la colonia sin la autorización del gobierno español. Era evidente que la élite colonial no estaba dispuesta a acatar la autoridad metropolitana en unos momentos en que, claramente, se reflejaba la debilidad del Imperio español. Por consiguiente, la élite criolla aprovechó la coyuntura internacional y la debilidad de España para declarar la independencia.




















Nuestro camino hacia el Orden, como españoles que somos, pasa por la Hispanidad. La Providencia nos ha dejado en las manos esta realidad magna de un mundo que habla español y cuyo espíritu sincroniza maravillosamente con el de la nueva era presentida. Cortar este miembro, en aras de un internacionalismo utópico, sería repetir el pecado de Orígenes.









La Hispanidad es por esencia alteración, estar fuera de sí, no confinarse en un frío egoísmo. Entre todos los conceptos nacionales o supranacionales del mundo actual acaso sea el único que pueda subsistir con garantía de eficacia en el mundo de mañana. La cultura católica es la médula lógica de la Hispanidad. Al incrementarla haremos que este gran ser colectivo, baluarte de la historia, se alce y vuelva, como hace cuatro siglos, a cargar a Cristo sobre su espalda.














La Independencia hispanoamericana no es solamente la separación de España, es un desmoronamiento total, como el desgranarse de una mazorca de pueblos. No es un movimiento de las provincias americanas contra la metrópoli, sino muchos movimientos. Ni una sola gran independencia sino muchas pequeñas independencias. Y todavía después de 1821 el proceso de desmoronamiento seguirá dentro de las mismas patrias independientes.










Todas quieren ser independientes unas de otras, y en Centroamérica se llega hasta el ridículo de dividir la ya pequeña patria, recién separada de Méjico, en cinco minúsculas repúblicas. Y es que la Independencia no fue otra cosa que el estallar del individualismo español, perdida la fuerza centrípeta del ideal hispánico que unificaba aquel inmenso Imperio.









Por eso, el proceso de la independencia no terminó con la separación de España. Siguió más allá en América con la separación entre sí de las provincias que formaban el Imperio mejicano, la gran Colombia y el antiguo Virreinato del Río de la Plata, y es el mismo que en España alienta aún bajo el separatismo vasco y catalán.















Por último citaré a Bolíbar que dice en 1830: "últimamente he deplorado hasta la insurrección que hemos hecho contra los españoles"; "el que sirve a una revolución ara en el mar".