Mostrando entradas con la etiqueta autodeterminación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autodeterminación. Mostrar todas las entradas

12 dic 2015

Derecho a decidir II



Reflexiones en la página de "Recuperar Navarra" a propósito del famoso derecho a decidir que defiende un partido con aspiraciones a gobernar toda España y que, si Dios no lo remedia, será uno de los cuatro más votados, que quiere aumentar el gasto dando la independencia a parte del territorio y de la riqueza de los españoles, que tiene en sus filas a un antiguo jefe de estado mayor. 



El derecho a decidir puede ser todo lo contrario a la democracia





Que los ciudadanos voten puede parecer la idea más democrática posible, pero fácilmente se puede convertir también en la más antidemocrática.





Hay un acertijo que dice que un bate y una pelota de baseball cuestan 1,10 euros. Si el bate cuesta un euro más que la pelota, ¿cuánto cuesta la pelota? Casi todo el mundo contesta rápido y lo hace diciendo que el bate cuesta 1 euro y la pelota 0,10. Error, el bate cuesta 1,05 y la pelota 0,05. Algo así pasa cuando se contesta rápido y sin pensar sobre lo democrático que es el derecho a decidir.





Cuando un grupo de personas vota para decidir algo, la democracia consiste en que la mayoría gana y la minoría acata la decisión de la mayoría. Si la minoría decide hacer una votación por su cuenta para no acatar la decisión de la mayoría, eso no es la democracia sino todo lo contrario a la democracia. Es un ardid para no aceptar el resultado de una votación democrática. Eligiendo a conveniencia el sujeto de la votación se puede alterar a conveniencia el resultado de la elección. Pensemos algunos ejemplos.





El cementerio nuclear





Hace algunos meses, la Junta de Castilla la Mancha vetó la construcción de un cementerio de residuos nucleares en la localidad de Villar de Cañas. El pueblo quería el cementerio. Al pueblo no se le reconoció el derecho a decidir. Si el sujeto de decisión era el pueblo, el resultado era uno; si se tomaba como sujeto de decisión la comunidad autónoma, el resultado era otro.





El referéndum de Leiza sobre la ikurriña





Hace unos años en Leiza, como en Villava, se quiso celebrar un referéndum para decidir si se colocaba o no la ikurriña en el balcón del Ayuntamiento. Aparentemente parece muy democrático que la gente del pueblo decida, ¿pero no es una forma de que en un trozo de Navarra se desacate la voluntad mayoritaria del conjunto de los navarros? Eso que parece democrático, ¿no es entonces todo lo contrario a la democracia?






Droga, inmigración, impuestos y pena de muerte






En España no es legal la pena de muerte o el tráfico de heroína, ¿podrían una comunidad, una provincia, un pueblo, incluso un barrio, legalizar la pena de muerte, el tráfico de heroína, la expulsión de los gitanos, la no entrada de inmigrantes o la creación de un paraíso fiscal?






La plaza Conde Rodezno






Pensemos si no en el caso del cambio de nombre de la plaza Conde Rodezno. Si se hubiera hecho un referéndum, ¿debería haber elegido el nombre toda Pamplona o sólo los vecinos del barrio? ¿Hubiera salido el mismo resultado según quién eligiera? Si hubieran elegido sólo los vecinos, de hecho, puede que se hubiera mantenido el nombre de Conde Rodezno. Claro que a lo mejor no se hubiera incluido esa opción en la pregunta, de modo que también en ese sentido se puede predeterminar o evitar un resultado, aunque el procedimiento aparentemente sea consultivo y democrático.






El derecho de las regiones ricas a separarse de las regiones pobres






El derecho a decidir, por otro lado, es algo que casi siempre vemos asociado al nacionalismo y como una demanda separatista. Jurídicamente, lo único que existe en el derecho internacional es el derecho a la autodeterminación exclusivamente de los territorios coloniales, separados de su metrópoli y de su régimen jurídico (no pueden existir colonias españolas dentro de España), y aún así, según la ONU, con una clara limitación:





“El territorio de una colonia u otro territorio no autónomo tiene, en virtud de la Carta de las Naciones Unidas, una condición jurídica distinta y separada de la del territorio del Estado que lo administra, y esa condición jurídica distinta y separada conforme a la Carta existirá hasta que el pueblo de la colonia o territorio no autónomo haya ejercido su derecho de libre determinación de conformidad con la Carta y, en particular, con sus propósitos y principios”.



“Ninguna de las disposiciones de los párrafos precedentes se entenderá en el sentido de que autoriza o fomenta cualquier acción encaminada a quebrantar o menospreciar, total o parcialmente, la integridad territorial de Estados soberanos e independientes que se conduzcan de conformidad con el principio de la igualdad de derechos y de la libre determinación de los pueblos antes descritos y estén, por tanto dotados de un gobierno que represente a la totalidad del pueblo perteneciente al territorio, sin distinción por motivo de raza, credo o color”.



Es por todo lo anterior que el nacionalismo ya no habla de derecho a la autodeterminación, que es inaplicable a la CAV o a Cataluña, sino de un evanescente derecho a decidir, no se sabe qué, no se sabe quién.



El sujeto a decidir del pueblo vasco, por ejemplo, ¿cuál sería? ¿Qué es el pueblo vasco? ¿Hay un gen que lo identifique? ¿Son vascos todos los habitantes de Navarra? ¿Sólo los que hablan vascuence? ¿Sólo los que tocan el chistu? ¿Tendrían que decidir los habitantes de la CAV, más los de Navarra, más los del País Vasco francés? ¿Quedaría vinculada Navarra por toda esta gente?



Respecto al pueblo catalán, ¿es un pueblo distinto que el de Mallorca, el de Valencia o incluso el del Rosellón? ¿O cualquier grupo de personas puede ser el sujeto de decisión de cualquier cosa sobre cualquier materia en cualquier sitio? Eso, como veíamos, es dinamitar la democracia, no reforzarla.





Reconociendo el derecho a decidir, se está reconociendo el derecho a decidir de las regiones ricas a separarse de las regiones pobres, y de este modo dejar de financiarlas y cortar cualquier redistribución de renta interterritorial. No es casual que las regiones independentistas suelan ser siempre regiones ricas. Paradójicamente, en España la izquierda defiende con ardor este dislate, particularmente la extrema izquierda.



Por todo lo anterior queda claro que el llamado “derecho a decidir” no existe en el derecho internacional, tiene unos límites conceptuales sumamente difusos y puede acabar siendo no una expresión democrática, sino todo lo contrario a la democracia. Pero queda por señalar que el derecho a decidir tiene todavía otro límite, si cabe más importante.



No todo lo que decida una mayoría democráticamente es aceptable



Por ejemplo, la mayoría no puede aprobar en referéndum fusilar a la minoría, ni se puede pedir a las personas de la minoría que, si son demócratas de corazón, acepten ser fusilados.



Hay unos derechos fundamentales (podríamos decir naturales) que no pueden ser objeto de votación, sino que son inalienables, derechos cuyo no reconocimiento es ya una injusticia. Es por esto que se puede hablar de leyes injustas (algo puede ser legal y sin embargo injusto), o por lo que los nazis pudieron ser condenados por sus crímenes pese a haber actuado conforme a la legislación nazi, aunque fuera una legislación respaldada en origen por una mayoría de votos.



Decíamos que la mayoría no puede aprobar en referéndum fusilar a la minoría, y seguramente todo el mundo entiende que esto no sería democrático aunque se votara democráticamente. Pero el derecho a decidir es un poco como si la minoría fusilara a la mayoría. Es decir, el derecho a decidir del que solemos hablar en España consiste en algo tan antidemocrático como que la minoría se separe de la mayoría para decidir por su cuenta, que es un poco como sacar del censo a la mayoría para que decida sólo la minoría, lo cual es a todos los efectos como liquidar a la mayoría, siquiera civilmente, sin necesidad de fusilarla, aunque el efecto sea el mismo.



Otra cosa que puede suceder con los referéndum es que no sirvan para nada. Podemos votar si queremos una renta básica universal de 100.000 euros o si no queremos ser bombardeados por el ISIS, pero en el probable caso de que gane el no, es improbable que el ISIS no nos vaya a poner una bomba por eso.



Más que un poder cercano, lo que mola es un poder pequeño



Cuidado, nos encantan los referéndum, la participación y la horizontalidad del poder, pero por un lado como hemos visto pueden tener su reverso tenebroso y, por otra parte ya están los demás para recitar continuamente las cualidades maravillosas de los referéndums.

1 oct 2013

El derecho a decidir

Reproduzco un interesante artículo sobre el derecho a decidir publicado en El País.

 

El derecho a decidir.

 


El País | Mario Vargas LLosa.



El mejor artículo que he leído sobre el tema del independentismo catalán, que, aunque parezca mentira, está hoy en el centro de la actualidad española, lo ha escrito Javier Cercas, que es tan buen novelista como comentarista político. Apareció en El País Semanal el 15 de septiembre y en él se desmonta, con impecable claridad, la argucia de los partidarios de la independencia de Cataluña para atraer a su bando a quienes, sin ser independentistas, parezcan serlo, pues defienden un principio aparentemente democrático: el derecho a decidir.



Allí se explica que, en una democracia, la libertad no supone que un ciudadano pueda ejercerla sin tener en cuenta las leyes que la enmarcan y decidir, por ejemplo, que tiene derecho a transgredir todos los semáforos rojos. La libertad no puede significar libertinaje ni caos. La ley que en España garantiza y enmarca el ejercicio de la libertad es una Constitución aprobada por la inmensa mayoría de los españoles (y, entre ellos, un enorme porcentaje de catalanes) que establece, de manera inequívoca, que una parte de la nación no puede decidir segregarse de ésta con prescindencia o en contra del resto de los españoles. Es decir, el derecho a decidir si Cataluña se separa de España sólo puede ejercerlo quien es depositaria de la soberanía nacional: la totalidad de la ciudadanía española.



Ahora bien, Cercas dice, con mucha razón, que si hubiera una mayoría clara de catalanes que quiere la independencia, sería más sensato (y menos peligroso) concedérsela que negársela, porque a la larga es “imposible obligar a alguien estar donde no quiere estar”. ¿Cómo saber si existe esa mayoría sin violar el texto constitucional? Muy sencillo: a través de las elecciones. Que los partidos políticos en Cataluña declaren su postura sobre la independencia en la próxima consulta electoral. Según aquel, si Convergencia y Unión lo hiciera, perdería esas elecciones, y por eso ha mantenido sobre ese punto, en todas las consultas electorales, una escurridiza ambigüedad. Al igual que él, yo también creo que, a la hora de decidir, el famoso seny catalán prevalecería y sólo una minoría votaría por la secesión.



¿Por cuánto tiempo más? Cara al futuro, tal vez Javier Cercas sea más optimista que yo. Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría. “Al paso que van las cosas” quiere decir, claro está, sin que la mayoría de españoles y de catalanes que son conscientes de la catástrofe que la secesión sería para España y sobre todo para la propia Cataluña, se movilicen intelectual y políticamente para hacer frente a las inexactitudes, fantasías, mitos, mentiras y demagogias que sostienen las tesis independentistas.



El nacionalismo no es una doctrina política sino una ideología y está más cerca del acto de fe en que se fundan las religiones que de la racionalidad que es la esencia de los debates de la cultura democrática. Eso explica que el President Artur Mas pueda comparar su campaña soberanista con la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King en los Estados Unidos sin que sus partidarios se le rían en la cara. O que la televisión catalana exhiba en sus pantallas a unos niños adoctrinados proclamando, en estado de trance, que a la larga “España será derrotada”, sin que una opinión pública se indigne ante semejante manipulación.

El nacionalismo es una construcción artificial que, sobre todo en tiempos difíciles, como los que vive España, puede prender rápidamente, incluso en las sociedades más cultas –y tal vez Cataluña sea la comunidad más culta de España- por obra de demagogos o fanáticos en cuyas manos “el país opresor” es el chivo expiatorio de todo aquello que anda mal, de la falta de trabajo, de los altos impuestos, de la corrupción, de la discriminación, etcétera, etcétera. Y la panacea para salir de ese infierno es, claro está, la independencia.



¿Por qué semejante maraña de tonterías, lugares comunes, flagrantes mentiras puede llegar a constituir una verdad política y a persuadir a millones de personas? Porque casi nadie se ha tomado el trabajo de refutarla y mostrar su endeblez y falsedad. Porque los gobiernos españoles, de derecha o de izquierda, han mantenido ante el nacionalismo un extraño complejo de inferioridad. Los de derechas, para no ser acusados de franquistas y fascistas, y los de izquierda porque, en una de las retractaciones ideológicas más lastimosas de la vida moderna, han legitimado el nacionalismo como una fuerza progresista y democrática, con el que no han tenido el menor reparo en aliarse para compartir el poder aun a costa de concesiones irreparables.

Así hemos llegado a la sorprendente situación actual. En la que el nacionalismo catalán crece y es dueño de la agenda política, en tanto que sus adversarios brillan por su ausencia, aunque representen una mayoría inequívoca del electorado nacional y seguramente catalán. Lo peor, desde luego, es que quienes se atreven a salir a enfrentarse a cara descubierta a los nacionalistas sean grupúsculos fascistas, como los que asaltaron la librería Blanquerna de Madrid hace unos días, o viejos paquidermos del antiguo régimen que hablan de “España y sus esencias”, a la manera falangista. 


Con enemigos así, claro, quién no es nacionalista.

Al nacionalismo no hay que combatirlo desde el fascismo porque el fascismo nació, creció, sojuzgó naciones, provocó guerras mundiales y matanzas vertiginosas en nombre del nacionalismo, es decir, de un dogma incivil y retardatario que quiere regresar al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero epifenómeno de la colectividad, sin vida propia. Pertenecer a una nación no es ni puede ser un valor ni un privilegio, porque creer que sí lo es deriva siempre en xenofobia y racismo, como ocurre siempre a la corta o a la larga con todos los movimientos nacionalistas. Y, por eso, el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino –su cultura, su religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual- y de coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni penalizado por ello.



Hay muchas cosas que sin duda andan mal en España y que deberán ser corregidas, pero hay muchas cosas que asimismo andan bien, y una de ellas –la más importante- es que ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones. Y no hay mentira más desaforada que decir que las culturas regionales son objeto de discriminación económica, fiscal, cultural o política. Seguramente el régimen de autonomías puede ser perfeccionado; el marco legal vigente abre todas las puertas para que esas enmiendas se lleven a cabo y sean objeto de debate público. Pero nunca en su historia las culturas regionales de España –su gran riqueza y diversidad- han gozado de tanta consideración y respeto, ni han disfrutado de una libertad tan grande para continuar floreciendo como en nuestros días. Precisamente, una de las mejores credenciales de España para salir adelante y prosperar en el mundo globalizado es la variedad de culturas que hace de ella un pequeño mundo múltiple y versátil dentro del gran teatro del mundo actual.



El nacionalismo, los nacionalismos, si continúan creciendo en su seno como lo han hecho en los últimos años, destruirán una vez más en su historia el porvenir de España y la regresarán al subdesarrollo y al oscurantismo. Por eso, hay que combatirlos sin complejos y en nombre de la libertad.



© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.

© Mario Vargas Llosa, 2013.

10 ene 2012

La independencia de Escocia

El Reino Unido no ha destacado en la historia por ser un poder débil que permitiese a los territorios bajo su férula grandes dosis de libertad. Así ocurrió con la independencia de USA o de la India; y si ha permitido la devolución de poderes de Australia, Nueva Zelanda y Canadá es porque se han mantenido dentro de la Commonwealth, en una comunidad política, comercial y militar de gran envergadura y por la imposibilidad contemporánea de mantener el Imperio Británico; fijaos si no en la II Guerra Mundial.























Las razones por las que Cameron ha reconocido el derecho de Escocia a realizar un referéndum de autodeterminación no son el reconocimiento internacional a ese pretendido derecho, que como he explicado aquí es imposible de mantener, no; Cameron sabe que incluso un resultado positivo a la independencia de Escocia le supondría graves encontronazos con el Tribunal Supremo de su país. La razón es que el poderío económico británico, su potencia militar y la crisis del Estado-nación a estas alturas del siglo XXI, le permiten marcarse el farol.















En la actual turbulencia recesiva del euro, el rescate de Irlanda, país que se independizó de Inglaterra en otra época y tras océanos de sangre, se ha producido con la colaboración del Banco de Inglaterra lugar donde hoy en día reside la auténtica soberanía.













Otra cosa es el caso español, donde una hipotética independencia de Cataluña o el País Vasco supondría en la práctica la entrega de ambos territorios a Francia (o a otros poderes) y la imposibilidad de controlarlos económicamente o de cualquier otra forma, produciéndose un desmoronamiento de la cohesión de España, y en la práctica el fin de los restos de la soberanía española.
















¿Por qué lo ha hecho Cameron, si esto contraviene todos los acuerdos para evitar balcanizaciones dentro de la UE? Pues la jugada puede tener connotaciones en el pulso de poder entre UK y el eje franco-alemán.

















Seguiremos informando.