7 nov. 2013

Ciencia ficción II

El género de la ciencia ficción, por otro lado tan relacionado con la literatura fantástica y de terror (como solía decir Arthur C. Clarke: "una tecnología avanzada al límite es magia"), tiene dos características fundamentales: crítica sociopolítica que responde a algo actual pero llevado al límite en la ficción y una ciencia y tecnología no descubiertas, o en la de anticipación tecnología de última generación no descubierta por el público. 

















Dentro de la trama pueden producirse diversas situaciones jugando con el tiempo y el espacio; así encontramos: distopías, utopías, ucronías y discronías.  En realidad, el nombre ya existía: lo había inventado el ensayista inglés William Wilson en 1851. En cuanto al género tenía, al menos, tres siglos de historia. Había nacido junto a la ciencia moderna (el "Sueño Astronómico" de Kepler es de 1610), la ciencia ficción asumió la herencia de las utopías del Renacimiento (Moro, Bacon) y de los viajes maravillosos del siglo XVII (Swift) y hasta se puede rastrear en la Odisea. 



















Después de la Revolución Industrial le cantó al progreso positivista (Verne) o se unió a la vertiente mágica del romanticismo (Mary Shelley) para alcanzar su madurez con la obra de H.G. Wells (1866-1946), sin olvidar las incursiones de Edgard Allan Poe. Pero la exclusividad nace con las revistas pulp de género norteamericanas. Hugo Gernsback, un inventor aficionado y editor, que propuso el nombre en la revista Amazing Stories.
 

















Las revistas que fueron punteras durante el período clásico (1946-1965) fueron "Galaxy" y "The Magazine of Fantasy and Science Fiction". Esta última la dirigía Anthony Boucher, un profesor de literatura que hizo mucho para acortar las distancias entre la ciencia ficción y la gran narrativa fantástica. Por entonces, Judith Merril ya prefería hablar de ficción "especulativa" en lugar de "científica", mientras que el británico J.G. Ballard proponía privilegiar el "espacio interior".

















La obra de Cordwainer Smith, recapitula la herencia de este periodo y marca también su fin. En los años que siguieron las revistas fueron extinguiéndose, y con ellas se eclipsó el cuento, pero el mercado editorial de la ciencia ficción terminó de consolidarse. Nuevos talentos, como Ursula K. Le Guin, hicieron que el género se volviera respetable para la crítica universitaria. Pero este reconocimiento pareció estimular más a la industria que a la creatividad.




















Los clubes de lectores y aficionados se convirtieron en una vasta y burocrática red mundial.
El imperio de la ciencia ficción se extiende hoy hasta los más remotos confines de la Tierra, pero ha sido fagocitado por la industria del entretenimiento (cine, cómic, televisión). Desde la exitosa "Dune" de Frank Herbert, el mercado se llenó de ambiciosas trilogías y tetralogías, suerte de "space operas" posmodernas, a veces escritas por encargo. Ellas alimentan otros negocios millonarios, como las películas de efectos especiales y los juegos de vídeo. En los escritores más recientes predomina el pesimismo: reniegan del futuro e imaginan una indefinida decadencia. No terminan de salir del marco imaginativo creado por quien fuera el último de los clásicos o el primero de los posmodernos: Philip K. Dick.



















Autores clasicos de este género son: Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Clifford D. Simak, Poul Anderson, Ray Bradbury y Stanislaw Lem junto a los ya citados anteriormente. En español han cultivado el tema Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.
Como vemos hay una cierta asociación con la ciencia en sí, y tanto científicos como servicios de información han buscado inspiración entre sus páginas.

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