21 feb. 2016

El desastre

Interesante artículo de Pío Moa sobre el balance de nuestra democracia. Parece que hay mucho que mejorar.




Está claro que la actual democracia marcha francamente mal: balcanización cada vez más amenazante, corrupción rampante de los partidos, crisis económica y envilecimiento de las condiciones de trabajo, competencia de demagogias entre partidos, intentos de subsumir la cultura española como apéndice de la anglosajona y de disolver la nación española como una región manejada  por la burocracia de Bruselas, permanencia de Gibraltar como humillante injuria permanente de un país supuestamente amigo, desprestigio de la justicia , hispanofobia general... Podríamos seguir. No, el balance de cuarenta años es peor que mediocre, es sencillamente amenazante para la permanencia de España como una nación unida en que podamos convivir unos y otros en libertad. Y de nada vale desviar la mirada o perderse en el frívolo e indecente cotorreo que quiere pasar por análisis político en la mayoría de los medios de difusión. 
   








¿Cuál es la causa de estas miserias?  Dicen tenerlo claro los más variados personajes y partidos políticos. La ETA, gentes del PSOE, también del PP, los de Podemos, los separatistas,  etc., aseguran que la raíz de los males está en el franquismo, que pesa como una pesadilla deformante sobre la democracia. Últimamente ha querido “teorizarlo” el periodista inglés Tom Burns, desde un enfoque pretendidamente liberal. Una de las maldiciones del liberalismo español ha sido su frívola querencia por los partidos totalitarios y balcanizadores, ya denunciada por el abuelo de Burns, Gregorio Marañón, bien arrepentido de sus devaneos republicanos.  







Uno podría tomar en consideración la tesis si, efectivamente, el franquismo hubiera permanecido de alguna manera. Pero con toda evidencia no ha sido así: su aparato estatal fue desmantelado y prácticamente todos los políticos, desde De Juana Chaos o Josu Ternera hasta Soraya o Rajoy, pasando por Pujol, Mas, Zapatero, Felipe González, Villalobos, Aido, Cospedal, Guerra, Aznar, etc.,  jueces delincuentes como Garzón, no digamos los viejos como el héroe de Paracuellos o Arzallus, han presumido de antifranquismo. Es más, han hecho de su antifranquismo un sello demostrativo de su espíritu pretendidamente democrático. Si algo demuestra el hecho de que terroristas, socialistas proetarras, derechistas corruptos,  separatistas y otros se declaren y obren como antifranquistas, es que  la causa real de los males de la democracia reside precisamente  en el antifranquismo.








La distorsión de la historia ha sido tan gigantesca que se ha querido presentar a la ETA como herencia de aquel régimen, cuando el grupo terrorista es precisamente, herencia del antifranquismo, no solo por su declarado carácter sino porque todos los antifranquistas, de izquierda y de derecha, en España, resto de Europa o Argelia, la han hecho grande. Vivimos, como decía tan acertadamente Julián Marías, inmersos en la mentira profesionalizada. Y subvencionada con dinero todos, una corrupción más, y muy de fondo.   






Según el señor Burns,  en el franquismo el poder lo controló siempre la misma persona y lo administró un partido único. Ni hubo partido único, pues el Movimiento era un aparato pequeño y con escaso presupuesto, ni Franco “controlaba” en exclusiva el poder. La cúpula del franquismo tuvo siempre de una calidad profesional –y creo que también moral, tampoco es muy difícil-- superior a lo que vino después, y por algo dejó un país próspero, con abundante clase media y políticamente moderado. Y sigue el señor Burns: La España de la Hoja del Lunes pasó a tener la oferta plural de la información digital, pero la gobernanza de su ciudadanía siguió en manos de un estamento político sellado, compacto y endogámico. Es como decir que la Inglaterra de la masiva prensa sensacionalista y semipornográfica pasó a la época digital. Como en todo el mundo, por lo demás. En cuanto al “estamento político”, el primer partido salido directamente del franquismo, la UCD, saltó en pedazos en pocos años; el PSOE cuyos dirigentes habían militado en la oposición –es verdad que una oposición “de cuento”—, hubo de rehacer sus cuadros dirigentes. En fin, un estamento que, lejos de continuar al del franquismo, se ha definido por  su decisión de romper radicalmente con él en palabras y hechos. Por lo demás, estamentos así existen en todos los países. En Inglaterra, la clase política siempre fue enormemente oligárquica y clasista, salida principalmente de Oxford y Cambridge.   





Como prueba de su asombroso aserto, Burns afirma que la democracia española se distinguió por el hiperliderazgo, la jerarquización del mando, el dirigismo y la aversión a la transparencia y a la rendición de cuentas. Bueno, en todas partes ocurre. Pensemos en el hiperliderazgo  de Margaret Thatcher, en la jerarquización clasista tradicional de la política inglesa. En cuanto a la aversión a la transparencia y la rendición de cuentas, se dan en todos los partidos del mundo. Para evitarlos están las oposiciones y la prensa. En España, como en otros países, parte de la prensa ha descubierto las corrupciones de los partidos y les ha obligado a rendir cuentas. No es que la prensa en España (o en Inglaterra) sea un modelo de objetividad y honradez, pero algo es algo.  







Dice también Burns que la constitución del 78 se hizo excluyendo normas de fluidos mecanismos correctores para su continua puesta a punto y mejora. Una constitución no puede estarse “mejorando” continuamente. Y la experiencia, que no parece decir nada al señor Burns, es que todos los partidos han presionado desde entonces para acentuar los rasgos balcanizantes e hispanófobos, por lo que debemos agradecer que no se haya modificado gran cosa, pese a sus evidentísimos defectos y a haber sido conculcada mil veces. Las modificaciones las ha hecho un más que deplorable Tribunal Constitucional para “hacer constitucional lo que es anticonstitucional”. 






En fin, los “análisis” de siempre. En la transición se abrió un dilema: o basarse en la espléndida herencia social y económica legada por aquel régimen, o la “ruptura”, el  rechazo a esa herencia para enlazar con la “legitimidad” del Frente Popular, es decir, con la miseria y los odios del pasado. El pueblo demostró masivamente en el referéndum del 76 que estaba por lo primero, pero el rupturismo no ha cesado de avanzar con sus ímpetus disgregadores, su enorme corrupción no solo ni principalmente económica, y con las demás taras hoy tan evidentes. Hasta culminar en la ley de memoria histórica que pretende convertir en víctimas a los chekistas y asesinos del Frente Popular.  
Contrariamente a estos análisis, creo que la regeneración de la democracia pasa por recuperar la verdad histórica frente a una falsificación sistemática que deforma y envenena el presente. Y que sin ello, todo seguirá yendo a peor 






Cabe señalar que el señor Burns es caballero de la Orden del Imperio Británico, (Esperanza Aguirre también es “Dama comendadora”), diseñada para premiar a servidores o agentes distinguidos de dicho imperio. El imperio de Gibraltar, casualmente. Quizá esto ayude a entender el curioso antifranquismo del señor Burns. Después de todo, Franco convirtió el peñón en una ruina para Inglaterra.

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