1 may. 2016

Elitismo y corrupción

Excelente artículo que explica muchas cosas a propósito de lo tratado en anteriores entradas del blog.










José García Domínguez



Libertad Digital










¿Por qué los gobiernos autonómicos, los controle quien los controle, igual socialistas que populares o nacionalistas varios, han resultado ser todos ellos muchísimo más corruptos y entregados a vicios nepotistas o clientelares que el Ejecutivo central, lo controle quien lo controle, igual socialistas que populares? Y es que tiene que haber algo más que simple azar tras esa clamorosa evidencia estadística. Un algo más, el plus de corrupción asociado a las administraciones regionales, que en última instancia remite a una concepción pesimista de la propia democracia. A fin de cuentas, el principio rector del gobierno eficaz, que no es otro que la meritocracia, tiende en todas partes a mantener una relación de tensión crónica con el fundamento primero del sufragio universal, que es la participación popular. La meritocracia, por definición, apela a criterios de selección elitistas, sesgo que propende a chocar con el igualitarismo y su fuente de legitimación a través del voto. Históricamente, esa tensión se ha producido siempre, desde el origen mismo de los sistemas democráticos. Es la tesis central de esa soberbia obra mayor, de madurez, el monumental Orden y decadencia de la democracia que acaba de publicar Fukuyama en medio de la habitual indiferencia española.






Los países que crearon administraciones públicas sólidas cuando todavía eran Estados autoritarios –Prusia sería el paradigma– lograron dotarse de instituciones autónomas, duraderas e independientes del poder político, que sobrevivieron a los cambios de régimen hasta hoy mismo. Al punto de que ni siquiera los nazis cayeron en la tentación de patrimonializar la administración del Estado alemán, colonizándola con sus militantes. De hecho, y salvo en la dirección del Ministerio del Interior, el aparato burocrático del Estado siguió siendo el mismo que ya existía con anterioridad al Tercer Reich. Aparato, por cierto, que tampoco fue purgado tras la caída de Hitler. Dede Bismark hasta Merkel, el Estado alemán ha permanecido independiente, profesional, igual a sí mismo y por entero ajeno a cuál fuese la conducción política del país. Por el contrario, los países que se democratizaron mucho antes de contar con un Estado fuerte –Estados Unidos es principal ejemplo, pero también Italia o Grecia– dieron lugar de inmediato a redes clientelistas que luego fue muy difícil desmontar. Tan difícil que en Italia y Grecia se ha revelado imposible el empeño. Estados Unidos inventó, de hecho, el clientelismo político. Durante más de un siglo, el Estado fue allí muy poco más que un botín a repartir entre el Partido Demócrata y el Republicano, según quién ocupase la Casa Blanca.





Hasta mediado el primer tercio del siglo XX, la administración pública norteamericana no se diferenció en nada sustancial de las típicas de cualquier república bananera contemporánea. Y, por cierto, la larga batalla para lograr separar administración y política todavía no está ganada del todo a día de hoy. Bien al contrario, se ha producido un retroceso palpable desde la década de los setenta. Una vuelta a los orígenes que va desde el creciente poder de los lobbies vía la financiación de las campañas electorales hasta el dominio absoluto de los sindicatos de profesores sobre el sistema educativo a través de su influencia en el Partido Demócrata. 



Aquí, en España, la columna vertebral del Estado moderno se fue formando cuando la Restauración, un régimen de participación popular en extremo limitada. De ahí sus vicios crónicos, pero también sus virtudes manifiestas. Las Autonomías, en cambio, nacieron mucho más tarde, en el último tercio del siglo XX, y de forma simultánea a la implantación de la democracia. También de ahí que sea en ellas donde las peores lacras, esas universalmente asociadas al clientelismo, hayan encontrado acomodo principal. Nada nuevo bajo el sol.

2 comentarios:

jose dijo...

Mira la entrada de cesante en Wikipedia.

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