1 jul. 2012

La debilidad del nacionalismo

En los últimos días se han producido dos acontecimientos cuya importancia se ha visto ocultada por el tremendo ruido mediático a propósito de la situación económica y por los triunfos deportivos. Uno de ellos es el resultado de una encuesta en la que se refleja el importante desapego y la tendencia al alza del nacionalismo en Cataluña, el otro es un manifiesto firmado por intelectuales de diverso origen ideológico preocupados por las tres crisis que según ellos hay en España, a saber: crisis económica, crisis política y en último extremo crisis moral.















La economía se derrumba en el seno de la crisis internacional que se ve agravada en España por circunstancias propias. Los recortes exigidos por las autoridades europeas para justificar ayudas detraen potencia económica del sistema, creando más paro y caída del PIB, con la consecuencia de que paradójicamente aumenta el déficit y disminuye el crédito, copado por las administraciones públicas. Esto ocurre porque el Gobierno está recortando en la economía productiva y en los servicios, sin actuar sobre el sistema autonómico; no pueden eliminar administraciones o duplicidades porque eso incidiría en los puestos políticos, redes clientelares y sabrosos presupuestos y en esto están de acuerdo PP y PSOE y si me apuran hasta Izquierda Unida.










El maremágnum autonómico se gestó en la transición y muy pocas voces avisaron de lo que podría ocurrir. Desde una España en la que el nacionalismo era débil y tenía poca presencia, una España que se desarrollaba económicamente, hemos pasado a unos reinos de taifas con posibilidad de ruptura del Estado. En Cataluña sueñan con la independencia y el mangoneo en España a través de las fronteras abiertas de la UE, en Euskadi el riesgo de que habiendo ganado la batalla policial a ETA, después de Dios y ayuda, perdamos la batalla política con la victoria de Sortu es un horizonte posible. ¿Cómo hemos llegado a esto? Cualquiera que lea a los cronistas del comienzo de la modernidad en España: Pla, Unamuno, Baroja y otros verá la poca consistencia que los separatismos tenían en sus respectivos territorios. Arana era un orate que odiaba a la Historia porque no le daba la razón y de las burradas de los catalanistas ya hemos hablado aquí.












El nacionalismo creció en el río revuelto de la República y la Guerra Civil, y no hay más que leer a Azaña para ver que las cesiones fueron la causa y la deslealtad la consecuencia. Tras el franquismo, minorías escuetas mantenían la llama separatista desmentida por la Historia y desprestigiada por el terrorismo etarra. Pero tras la transición, la mezcla de la soberbia de una UCD con personalidades en muchos campos pero con una tremenda ingenuidad en el terreno histórico-político y una izquierda con veleidades federalistas que ignora para qué sirve el federalismo, unir lo separado y no desunir lo unido, que quiere dotar a España de su misma estructura partidaria y que sólo quiere el poder, le da igual una que cuatro Españas, parirán el Título VIII de la CE de 1978. No ha sido la historia de España fácil y sin embargo los separatistas no han podido destruirla, es ahora cuando más cerca ven su triunfo.












En la transición yo era un democristiano de izquierdas, católico practicante, ahora soy liberal y nacionalista español; muchos piensan como yo pero si en algo ha tenido éxito total y rápido el sistema de la transición ha sido en destruir y fagocitar a los partidos defensores de la idea de España. Veo dos posibilidades de salida para el problema: una revolución política, enfrentamiento junto con el fin del proceso autonómico o independencia de Euskadi y Cataluña con la persistencia de conflictos fronterizos, del problema de Galicia y al final estallido del proceso autonómico.











Una posible solución sería extender el modelo navarro, anterior a la transición, a las Vascongadas y Cataluña que tuvo éxito y que limitó la expansión del nacionalismo separatista; ellos recaudan sus impuestos y le pagan al Estado por sus servicios y por la solidaridad nacional; el remanente serviría para inversiones productivas, hechas junto al Estado en sus respectivos territorios. Pero para eso hay que desandar el batiburrillo autonómico con la educación en manos de los nacionalistas y con la calle en manos de la kale borroka. Quizá sea la bancarrota económica la que despeje el panorama de los excesos autonómicos y partitocráticos.

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