15 mar. 2014

La miseria del europeísmo

A propósito de temas recurrentes en este blog, transcribo una serie de artículos publicados en el blog de Pío Moa en Intereconomía.


Miserias del europeísmo (I)







Miserias del europeísmo; la política española no se guía por análisis de alguna seriedad, sino por tópicos y baratijas emocionales, encontramos la paradoja de que, siendo España un país notablemente inculto, de su propia cultura y de la europea, sea también uno de los más  “europeístas” del continente.









Por europeísmo se entienden cosas distintas, desde el sentimiento ligado a la conciencia de unas raíces culturales comunes hasta la pretensión de unificar políticamente Europa en una federación o similar. En el primer aspecto, nadie ignora que Europa se forjó culturalmente como el continente cristiano en pugna, durante siglos, con invasiones paganas o islámicas, creando una civilización que se ha extendido por gran parte del mundo. Sin embargo el actual europeísmo busca, paradójicamente, anular esas raíces reemplazándolas por una especie de neorreligión laicista, a menudo muy hostil al cristianismo. Pretende, además, crear una superpotencia con el correspondiente nacionalismo, que sustituiría a las naciones históricas y acabaría con ellas en un plazo más o menos largo. Los idiomas nacionales también serían paulatinamente desplazados (ya lo están siendo, aceleradamente) por una hegemonía irrestricta del inglés. Esa deriva se justifica arguyendo que de ese modo terminarían las guerras dentro de Europa, como probaría el hecho de no haber vuelto a haberlas desde 1945, conforme aumentaba la unidad económica y política; además, la nueva Europa se comportaría con ejemplar pacifismo en el mundo; aparte de que en un mundo “globalizado” sólo puede competirse mediante grandes unidades políticas y económicas.








En mi opinión, se trata de tres falacias justificativas. La paz en Europa desde 1945 obedece ante todo a la tutela de Usa. Tampoco es cierto que esos países, al parecer ansiosos de unirse, hayan resultado especialmente pacíficos. Francia mantuvo largas, duras y finalmente desastrosas guerras coloniales. Lo mismo, aunque algo más atenuadamente, Holanda, Inglaterra y Portugal. Aún son recientes las guerras en la extinta Yugoslavia, es decir, en Europa, que la UE no ha impedido, sino en cierta medida atizado. Y ahora mismo, países de la UE participan en guerras en Siria, Malí, Afganistán, hace muy poco en Libia e Irak, aparte de su responsabilidad en las espeluznantes matanzas de Ruanda; etc. No sugiero con ello que esas contiendas e intervenciones estén más o menos justificadas en algunos casos, sólo constato que considerar a la UE como un factor de paz general apenas resulta una peligrosa fantasía publicitaria. El mundo dista de ser una balsa de aceite, y, precisamente por los intereses “globales”, la UE está interviniendo y previsiblemente seguirá haciéndolo allí donde esos intereses se vean amenazados.






Por otra parte, el europeísmo actual se ha ideado en gran medida como remedio a las tradicionales y sangrientas pugnas francoalemanas, y tiene una curiosa ironía la idea de poner de acuerdo a ambas potencias asegurándoles el predominio sobre el resto del continente. Pues la UE, compuesta de muchos y muy disímiles países, difícilmente podría articularse y funcionar sin la hegemonía de sus dos mayores poderes, Alemania y Francia. Hay además un elemento de fraude esencial en la pretensión del europeísmo de representar a Europa. La UE no es Europa, solo una parte de ella. Europa incluye, por ejemplo, a Rusia, muy difícil de integrar en el conjunto; y muchos quieren extenderla a Turquía, país de cultura ajena a la europea y con sus propios conflictos.






En cuanto al argumento del tamaño como dato esencial para competir en el mundo “globalizado”, puede valer para pensadores de “la economía lo es todo”, pero para nadie medianamente serio. Países tan pequeños como Suiza, Noruega, Israel, Singapur o Formosa son más competitivos, proporcionalmente, que la UE. Y dentro de ésta existen profundas diferencias entre Grecia y Suecia, entre Alemania e Italia o entre Francia y España. Medidas unificadoras como el euro, presentado fraudulentamente como un seguro de prosperidad ilimitada, han causado un auténtico desbarajuste.









Todas estas cuestiones deben ser examinadas más a fondo. Se pretende llegar a una especie de federación a la useña olvidando que Usa tiene un solo idioma, una trayectoria política y cultural, y una larga serie de elementos comunes inexistentes en Europa. Y que sólo arrasando a las naciones para convertirlas en seudoestados sin soberanía,  sujetos a presiones o aspiraciones económicas más o menos ilusorias, puede lograrse esa unidad… contra la historia y las culturas y políticas tan diversas que han enriquecido y conforman la realidad  europea.





II: Miserias del europeísmo











Las falacias con que se sostiene el europeísmo político en general, bajan en España a un nivel inferior, de absoluta baratura intelectual (cuanto más europeísta, por lo común, menos sabe de Europa), como cobertura poco disimulada de una esencial hispanofobia.






Quizá la expresión más precisa de esa vana retórica la haya ofrecido Ortega y Gasset con su frase “España es el problema, y Europa la solución”. Otras veces he señalado el cúmulo de insensateces en que caía nuestro filósofo cuando especulaba sobre política e historia. Aquella frase carece de lógica, pero es sugerente: sugiere que España funciona mal, o incluso es el mal, y “Europa” el bien. Pero ¿qué era Europa para aquellos europeístas, tan parecidos a los de ahora? Para ellos se limitaba a Francia, un poco a Inglaterra y a Alemania. El resto no contaba, aunque constituía la mayor parte del continente, con sus propias tradiciones, culturas y tendencias. Pero aun reducida al trío Francia-Inglaterra-Alemania, éste no despertó en nuestros europeístas el menor estudio, análisis histórico o de actualidad algo serio, ni siquiera algún libro de viajes interesante. Sobre esos países tenían sólo  impresiones superficiales acompañadas de una emocionalidad tosca. De ahí que cuando los objetos de su patética devoción se enzarzaron en una de las guerras más crueles, quedaran pasmados. La mayoría de aquellos intelectuales pretendió incluso la entrada de España en el conflicto, a ejemplo de  Portugal y otros muchos países, para servir de carne de cañón a los Aliados. Estas actitudes de ignorancia devota, beata, siguen plenamente vigentes en nuestros europeístas, sean de derecha o de izquierda. Hecho manifiesto asimismo en la facilidad con que tragan sin la menor crítica los tópicos de la propaganda elaborada por la UE, enfocados en el artículo anterior.






Decía que ese europeísmo de chicha y nabo encubría realmente una  hispanofobia también muy extendida a derecha e izquierda, basada asimismo en el tópico y la ignorancia. Si Ortega (y Costa, Azaña y tantos más) eran incapaces de entender las realidades y las fuerzas que abocaban a Europa a la guerra, no lo eran menos para examinar la realidad histórica y cultural de España. Leer las tiradas y ocurrencias de unos y otros sobre el asunto deja a uno perplejo. Los he analizado en Una historia chocante y en Nueva historia de España. Básicamente se dedicaban a denigrar a la España real e histórica, considerándola “anormal”, “absurda”, “enferma”, etc., desde los Comuneros, según unos, desde la expulsión de los judíos según otros, o desde la propia Reconquista contra la “brillante” civilización musulmana. Nació de ahí una literatura especialmente pesada, pueril y arbitraria, cuyos efectos señaló agudamente Menéndez Pelayo: el pueblo, engañado por aquellos “gárrulos sofistas (…) hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil”.






La enfermedad achacada por Ortega al pasado español, era precisamente la que ellos contagiaron al país, contribuyendo a arruinar el régimen liberal de la Restauración, que mejor o peor iba recomponiendo al país del desastroso siglo XIX, hasta abocar a una república caótica y plagada de odios, destrozada por sus propios creadores, y a la guerra civil. Pues bien, todas aquellas retóricas han resurgido con inesperada fuerza, ya en el franquismo. Y uno de sus disfraces más prodigados es esa beatería “europeísta”.






A principios del siglo XX, el europeísmo “regeneracionista” combinaba muy bien con los separatismos, justificados implícitamente, pues “si España había sido casi siempre un desastre tal, ¿por qué no separarse de ella cuanto antes?”. Ahora oímos a los europeístas tratar de disolver a España en la UE (ellos la llaman “Europa”), regalarle la soberanía “por toneladas” a cambio de platos de lentejas… sin lentejas. Y condenar con la misma vacuidad unos separatismos que hacen muy bien el juego en el empeño común por anular a la nación





Todo esto debe ser objeto de serio análisis, porque está en la base de la triple crisis en que puede naufragar el país.









PÍO MOA

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