7 jun. 2015

Bildu en Pamplona


Excelente artículo de Carlos Herrera sobre el episodio que está protagonizando cierta izquierda en Pamplona, entregando la alcaldía a los cinco concejales de Bildu. La crónica de lo ya sabido.


 

JE SUIS MARÍA CABALLERO – Carlos Herrera / ABC



Por una razón sencilla: a los muertos hay que honrarlos. Y a los asesinos, evitarlos

TOMÁS Caballero era portavoz de Unión del Pueblo Navarro en el Ayuntamiento de Pamplona. Lo fue hasta que un par de asesinos le vaciaron un cargador en la cabeza al salir de su despacho una mañana. Los asesinos eran de la ETA, claro. Tomás fue una de las 42 víctimas mortales que la banda asesina vasca esparció por suelo navarro. Hoy, una hija suya, María de nombre, se ha atrevido a señalar sin recato a los herederos de los asesinos de su padre, los cuales están a dos minutos de alcanzar la alcaldía de la capital de Navarra. Bildu, efectivamente, con algunos miembros que en su día no condenaron el asesinato de Tomás, podrá tomar la vara de mando virtud a un acuerdo de cambalache entre la Geroa Bai de Uxue Barkos (una extensión carnosa del PNV y demás hierbas), la inevitable excrecencia local de Izquierda Unida y… los monigotes que Podemos ha colocado con un nombre que ahora no recuerdo. Yo, Uxue, me quedo con el gobierno de Navarra, aunque haya obtenido muchos menos votos que el primer partido, UPN, y tú, Bildu, te quedas con el consistorio pamplonés. Ello no resultaría tan sencillo si los mostrencos de Pablo Iglesias no votaran a quienes entienden que la muerte de Tomás y los 41 restantes eran inevitables y necesarias para el progreso de esa Nafarroa ideal que llevan en la cabeza. Pero, si nadie lo remedia, lo van a hacer; van a votar con Bildu y les van a entregar un poder concreto en el mismo consistorio en el que un tal José Abaurrea, presente en las listas, no quiso saber nada de la muerte del concejal.

María ha defendido la memoria dolorosa de Tomás. Y ha lamentado que en los asientos del pleno puedan sentarse para gobernar los que, cuando mataron a su padre, miraron para otro lado o descorcharon el champán habitual de los miserables. Por decirlo, a María le ha caído la lluvia ácida de los miserables. Este Pablo Iglesias al que tantas gracias le encuentran ahora los mediocres muchachitos del PSOE ha bramado contra ella acusándola de utilizar la muerte de su padre para proteger a corruptos como Enrique Maya, alcalde en funciones de la ciudad, al que los tribunales han exonerado de toda imputación en los asuntos relacionados con Caja Navarra. Que un individuo que viene de las oscuras entrañas del comunismo radical (pleonasmo, lo sé), del FRAP paterno, de los escraches universitarios y de otras perlas expuestas ante la complacencia rumiante de buena parte del periodismo televisivo español sea capaz de acusar a una víctima del terrorismo de utilización del cadáver frío de su padre muestra a las claras que estamos ante un sujeto bajuno sin ningún tipo de escrúpulos para alcanzar un poder que utilizar de forma ya conocida por todos aquellos que hayan estudiado mínimamente la historia de los populismos en Europa. Que un sujeto que preside una comandita de pensadores caducos sospechosos de ser financiados por regímenes asesinos como el iraní, que reciben financiación encubierta de cuchitriles políticos como Venezuela, se atreva a vomitar sobre las personas que mantienen viva la fotografía sepia de las víctimas de ETA («violencia política» según su criterio) le convierte inmediatamente en un indeseable al que sí hay que someter a un cordón sanitario. Que eso no lo sepa ver el PSOE de Sánchez, ese pelotón de ideas simples puestas en escena con teatralidad colegial, produce algo más que alarma. Susana Díaz, la que parece guardar una cierta cordura política con la vista puesta en algo más que las urnas inmediatas, lo viene señalando con hechos en los últimos días: acercarse a ellos es perecer a sus manos. No obstante, no se fíen, puede que también ella termine entregándose a ellos.

Por ello yo soy hoy María Caballero. Por una razón sencilla: a los muertos hay que honrarlos. Y a los asesinos, evitarlos. Y me produce gran desolación que este aserto no sea multitudinario.

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