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2 feb 2011

El fin de las autonomías

El número de febrero de la revista Temas, en la que Alfonso Guerra ocupa el cargo de presidente del consejo de redacción, incluye un artículo en el que se aboga por suspender el sistema autonómico. La tribuna lleva el título: "Una Salida Política a la Crisis Española" y está escrita por Manuel Muela, presidente del Centro de Investigación y Estudios Republicanos y también miembro del consejo de redacción.





















Muela apuesta, según recoge El Mundo, por "la constitución inmediata" de un "gobierno de emergencia nacional" como solución a la crisis para lo que queda de legislatura. Su primera misión sería aprobar una ley orgánica que "suspenda" los "organismos e instituciones autonómicas".















En pleno debate sobre los males del sistema autonómico, y después de las furibundas críticas recibidas por Aznar a causa del informe Faes dedicado al asunto, Muela sostiene que "se ganaría eficacia y se produciría una disminución inmediata de gastos en beneficio de una reducción significativa del déficit público". Añade que la norma para suspender las autonomías "sería transitoria hasta que logremos salir de la crisis y reformar la Constitución".


















Nuestro problema estriba en la optimista redacción del Título VIII de nuestra constitución, donde se crea un Estado autonómico que se organiza muy bien sobre el papel, que lo aguanta todo, pero que es inviable a la larga pues, como indica el artículo 150, queda continuamente abierto y es de imposible coordinación. Por otro lado la cercanía del poder dificulta la crítica y obstaculiza los controles con las consecuencias de todos conocidas.









La imposibilidad del Estado para imponer disciplina fiscal a cada autonomía, el sistema abierto en la asunción de competencias y la creación de castas políticas autonómicas sometidas al clientelismo, cuando no a la pura corrupción, abocan al sistema al fracaso, sobre todo ahora, en un tiempo acuciado por la crisis.

Historia del felipismo

En realidad, tras la guerra civil el PSOE había desaparecido como partido de masas y sólo quedaban una serie de notables mal avenidos y sus respectivas capillas.













Las vicisitudes del exilio, el tardofranquismo y el nuevo panorama internacional que se ofrecía influyeron en dividir profundamente a la organización partiéndola en dos: la del interior y la del exterior. La necesidad que tenían norteamericanos y alemanes de frenar a un partido comunista que, se creía, monopolizaba a la oposición contribuyó a fortalecer a la organización surgida de Suresnes comandada por Felipe González.













Una vez establecido como principal partido de la oposición, dado el fracaso del PCE en las elecciones de 1977, fracaso achacable también a la turbia historia del comunismo en España y fuera de ella, el PSOE se dedicó a desembarcar en los poderes fácticos, estableciendo una fluida comunicación con ellos.







Una vez en el poder, la reconocida capacidad para ganar elecciones en los diversos teatros de operaciones, el mantenimiento de una disciplina leninista en una organización que estaba fagocitando a partidos de todo tipo en la sopa de letras, pero que debía hacer una política posibilista, y la necesidad de desarrollar el Estado de las autonomías sirvieron para que los cambios se pudieran realizar sin sobresaltos gracias a la figura, un tanto carismática, de Felipe González.













Como logros, haber embarcado al PP(AP) en una serie de acuerdos, entre los que destacan los autonómicos, y llegar en triunfo a la puesta de largo de la democracia española moderna en 1992; como fracaso que la indudable mejora y modernización de la economía española no pudiese absorber la bolsa del paro estructural.












La etapa del felipismo después del 92 es la decadencia y otra fase distinta de la historia de nuestra actual democracia.