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6 abr 2026

El plan Kalergi

Entre los que propiciaron el movimiento europeo y al margen de la estrategia del pentágono en la posguerra, destaca el diplomático austriaco Richard Coudenhove-Kalergi. 

Pertenecía a un linaje de pequeña nobleza que había tenido éxito económico y había generado una rama dedicada a la diplomacia, la milicia y la universidad. El abuelo había servido al Imperio Autrohúngaro  y se había casado con una mujer de la alta burguesía de origen judío pero no religiosa, de hecho para poder casarse se convirtió al catolicismo; su padre, agregado naval en Japón casó con la que sería su madre, una japonesa de raigambre católica; él mismo se dedicó a la diplomacia y emparentó con una actriz de más edad, lo que le llevó a un cierto alejamiento de su familia. 

 

 

En los complicados tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, el personaje adivinó que se aproximaban malos augurios así que se trasladó a París donde no dudó en entrar en contacto con la masonería, hasta que esos contactos estorbaron su proyecto. 

Ante los acontecimientos que llevaron a la derrota de Francia, se trasladó a Estados Unidos donde dio clases en la universidad. En ese contexto es donde dio forma a su proyecto de Europa unida que plasmó en su obra. Reunió intereses y personalidades, hasta al Papa, y tras la derrota de Alemania se trasladó a Europa para luchar políticamente por su proyecto. No era el único, en lo que sabemos el Departamento de Estado del Imperio Americano también trabajaba en lo mismo.




Kalergi publicó en Viena un breve libro que constituye uno de los hitos fundamentales del europeísmo: Pan-Europa. Su análisis partía de la consideración de que, tras la Gran Guerra, el Continente había perdido su papel hegemónico en el planeta frente a potencias emergentes extraeuropeas como Estados Unidos y Japón, o como la Unión Soviética y el Reino Unido, a los que el conde no incluía dentro de la futura comunidad de naciones europeas. El remedio a esta decadencia era pasar de la anarquía europea a la organización paneuropea, mediante el estímulo de una visión política y cultural de la identidad común de los habitantes del continente. Su plan contemplaba la convocatoria de una conferencia continental que estableciera un mecanismo de arbitraje para resolver los conflictos entre los estados. Seguiría luego el establecimiento gradual de una Unión Aduanera Paneuropea, paso previo a la constitución de los Estados Unidos de Europa, cuyos habitantes compartirían una ciudadanía común. La Europa federada contaría con un Parlamento con dos cámaras, una popular, elegida directamente por los ciudadanos, y otra federal, con un representante de cada estado miembro, veintiséis estados para los que Kalergi preveía que mantuviesen pocas cotas de soberanía, pero subordinada al mantenimiento global del sistema liberal y a un modelo de seguridad continental, militar y diplomático, que impidiera futuras guerras. 

En unas declaraciones cuando estaba enfrascado en su proyecto aseguró que lo que habría es una Europa mestiza en la que la furia nacionalista no existiría; fueron unas declaraciones buenistas sin mayor trascendencia pero sus enemigos sacaron de ahí una conspiración como la de los "protocolos de Sión". 

Murió en Austria viendo crecer algo parecido a su proyecto... pero diferente. Las Comunidades Europeas le otorgaron el premio Carlomagno. 

En estas direcciones se amplía información del personaje. 

 

https://interbar.blogspot.com/2016/11/la-gran-sustitucion.html

https://interbar.blogspot.com/2018/08/un-mundo-unico.html

https://www.cesarvidal.tv/videos/el-sueno-de-kalergi-se-realiza-en-espana-24-02-26 

23 feb 2018

El problema nacional

En este artículo se razona a propósito de la crisis nacional y se dan explicaciones sin que necesariamente haya que estar de acuerdo.



Por José Romero ‘Romel’ en Bloomberg
Resulta que España, siendo una nación pergeñada por Castilla –una Castilla inquieta por deshacerse de su regionalismo e inmersa en la lucha  fronteriza contra los musulmanes–, forjó un proyecto de internacionalismo quizás promovido por la capacidad de su ejército, fuerte y competente como ningún otro de la época; basado en valores como el deber, la fe y el honor, que la reina Isabel I fue capaz de atisbar incluso antes de su matrimonio con Fernando de Aragón. Fue este rey el que, convencido por su esposa o por su clarividencia política, comprendió cuan necesario era dejar atrás el hosco particularismo aragonés, para emprender la mayor empresa que el mundo ha vislumbrado.


Fue la unión de estos dos reinos, zambullidos en una empresa común, la que realizó el milagro de unir a pueblos tan diversos como los vascos y catalanes, gallegos y andaluces. Y todo se consiguió por la promesa de un futuro mejor para todos, un germen de ganancias y expansión, Castilla al oeste, al centro de Europa y al norte de África, y Aragón al Este, con el Mediterráneo como mar propio. Esta unión de intereses, resultó tan fructífera para la periferia, que trajo consigo uno de los mayores imperios conocidos y posiblemente de los que más duraron en el tiempo, pues imperios tan grandiosos como el de Tamerlan o Alejandro Magno existieron en tiempos pretéritos, pero ninguno sobrevivió a su fundador. Sin embargo, el imperio español fue degradándose con el tiempo, hasta finales del siglo XIX, donde comenzó a su vez la fuerza centrífuga de los nacionalismos ancestrales. Y la causa no fue otra que el agotamiento o la falta de un proyecto común. Así mismo, este hecho coincidió con el agotamiento militar, económico y demográfico de la dinámica Castilla. Castilla pagó, con su práctica desaparición como potencia, la idea de España y su imperio. Fue el terrible salario abonado por el antiguo reino y sus esfuerzos por construir una gran nación.



El régimen franquista intentó contrarrestar esta fuerza de la periferia, hablando de España como “una unidad de destino en lo universal” o la “idea imperial”, pero solo soportó cuarenta años y fue impuesta por la fuerza y muy poca razón. La constitución de 1978, resultó ser muy condescendiente, en un vano intento de solucionar el problema, creando una serie de comunidades autónomas o prácticamente cantones, lo que logró envalentonar a los separatistas, hasta el punto de llegar a los sucesos ocurridos el año pasado; por lo que este sistema demostró que era un fracaso. Ni siquiera la entrada de España en la Unión Europea, convenció a vascos y catalanes de que entrábamos en la era de la globalización, por lo que era necesario unirse y no desunirse, dejar aparte costumbres, identidades e idiomas propios, con el objetivo de ser fuertes en un mundo cada vez más caótico económicamente, regentado por las grandes potencias del momento. Y aunque reconocían la importancia de pertenecer a una entidad mayor, pretendían que esta no fuera España. Supuestamente no la necesitaban porque en su peculiar forma de ver la realidad, estos nuevos países serian absolutamente necesarios para la construcción europea. Se trataba de una nueva empresa en común, como antaño lo fue España. Lo que ocurría era que ahora podían pertenecer de nuevo a un imperio del que supuestamente obtener beneficios, para sus empresas y su gente. Y no los iban a compartir con el resto de españoles, a los que llamaron poco trabajadores y nulos emprendedores.



De lo que no se percataban era que en realidad la alianza de Europa, no era otra cosa que la reedición del Sacro Imperio Romano Germánico, con Alemania como motor y jefe principal de la citada unión, y Francia como segunda potencia. De hecho, Gran Bretaña, allegada a sus primos norteamericanos de ultramar, nunca estuvo en ese imperio, como tampoco formó parte de verdad de esta Europa continental, tal y como demostró con el Breixit o proceso de separación de la Unión. Se trataba de un nuevo centralismo, que como se manifestó en la crisis de los refugiados, resucitó al primer problema grave las fuerzas centrifugas de los países de la Europa del Este, hartos del mangoneo alemán.



Los nacionalistas vascos se dieron cuenta de que una independencia forzada, no resultaba económicamente viable y además, pondría en entredicho la autoridad del partido gobernante ad eternum, que sería muy cuestionada por los elementos radicales de izquierda que ellos mismos habían preservado, con el objetivo de mantener en jaque al estado español. Además, el sistema electoral español beneficia a los partidos nacionalistas, por lo que eran necesarios en muchas ocasiones para la gobernación del país, lo que conllevaba grandes beneficios a cambio de votos. También se dieron cuenta de que fuera de España, sería mucho más sencillo disolverse en una unión compuesta por grandes estados centralistas como el francés, o nacionalistas como Alemania o los países de Este.
Sin embargo, los separatistas catalanes no quisieron entender que al no pertenecer al Reino de España, su identidad como pueblo supuestamente diferente-hecho basado únicamente en un idioma propio y en una supuesta singularidad histórica-, seria completamente destruida en un mundo competitivo, donde el idioma ingles es absolutamente necesario y la historia de Cataluña importa poco o nada. No supieron comprender que al menos, mientras fuesen españoles, se beneficiarían de un idioma que hablan 500 millones de personas en todo el mundo y que es la segunda lengua más estudiada en países como Estados Unidos o China. Así como de los indudables lazos que unen a la metrópoli con sus antiguas colonias. Porque las lenguas perviven si son útiles y cuanta más gente la hable, más necesarias serán.



Y en eso es lo que se equivocan los independentistas. Su separación de España significaría la disolución como país, engullidos en el afán centralizador de Alemania. Muy pronto se verían necesariamente hablando inglés y el catalán no pasaría de ser una lengua regional sin ningún peso en la escena internacional puesto que no tendría proyección alguna.
Es por eso que cuando los independentistas hablan de sentimientos, yo les antepongo la razón. La razón de seguir siendo un gran país con una historia memorable.

6 dic 2013

Nelson Mandela

Ha muerto Nelson Mandela, transcribo una necrológica interesante sobre lo que creo fue la gran obra del estadista: reunificar el país haciendo que blancos, negros y otros se sintieran verdaderamente sudafricanos. 




La escena la describe el periodista y escritor John Carlin, biógrafo de Nelson Mandela, en su libro El Factor Humano de 2008.

El ex presidente de Sudáfrica, que acaba de fallecer a los 95 años de edad, salió a la cancha del estadio Ellis Park de Johannesburgo en la tarde del 24 de junio de 1995. Ante él, 65 mil espectadores, en su mayoría blancos, que esperaban la final del Mundial de Rugby de ese año entre la selección local y Nueva Zelanda, el equipo más potente del mundo en ese entonces.

Mandela, que vestía la camiseta verde de los Springboks (uno de los símbolos de la represión del Apartheid antes de su llegada a la presidencia) fue recibido con un silencio incómodo pero fue aplaudido a rabiar por todo el estadio, seguido de un coro que repetía: "Nelson, Nelson, Nelson".

Esa noche, después que Sudáfrica derrotó a los All Blacks por 15-12 en tiempo extra, todo el país -blancos y negros- se unió por primera vez en una celebración deportiva que eliminó por un momento las tensiones que vivía.

Posteriomente, Mandela declaró que fue uno de los momentos más difíciles de su vida. "Honestamente, nunca me sentí tan tenso. Pensé que me iba a desmayar", dijo en una entrevista. Y Mandela conoció momentos tensos. Por ejemplo cuando en los inicios de la década de los 60 fue el hombre más buscado del país. Capturado, fue sometido a juicio por sabotaje y en 1964 fue condenado a prisión en la cárcel de máxima seguridad de Robben Island. Luego, tras 27 años en prisión, salió libre y compitió en las elecciones presidenciales, transformándose en el primer presidente negro de Sudáfrica.

No siendo un gran fanático del rugby en particular, Mandela sí fue un amante de otros deportes. En la década de los 50 fue boxeador amateur y corredor, mientras que en la cárcel se preocupó de mantener su forma física corriendo y haciendo ejercicio en los pocos espacios con los que contaba.

"El deporte tiene el poder para cambiar al mundo. Tiene el poder para inspirar. Tiene el poder para unir a la gente de la manera en que pocas cosas lo hacen. Les habla a los jóvenes en un lenguaje que ellos entienden. El deporte puede crear esperanza donde antes solo había desesperación. Es más poderoso que el gobierno en cuanto a romper las barreras raciales", dijo Mandela.

Esa tarde, cuando Mandela volvió a la cancha, esta vez con el trofeo de campeón del Mundial de Rugby entre sus manos, los gritos de "Nelson, Nelson" se intensificaron.

Como cuenta Carlin en su libro: "todo el país, blancos y negros, cantaron y bailaron hasta la noche, unidos en una causa por primera vez en la historia, una celebración delirante. No había guerra civil, no había terrorismo de derecha y Mandela cumplió su meta de crear lo que permanece hasta hoy, y que parecía imposible en ese entonces: una democracia multirracial estable".

Años más tarde, esta inclinación de Mandela por los deportes como modelo de integración social fue utilizada por la organización de la candidatura de Sudáfrica al Mundial de fútbol de 2010.


Sebastián Carrizo en "La Tercera de Chile".

2 nov 2011

Amaiur

Desde que los nacionalistas vascos se dieron cuenta de que carecían completamente de razones históricas para defender sus postulados, volvieron su vista a Navarra. No es que Navarra hubiera mostrado, al menos en el pasado, un entusiasmo grande hacia las ideas aranistas, es que, además de una Historia como reino medieval independiente, tenía un territorio con el que alimentar y proporcionar espacio vital a la futura Euzkadi independiente.











Los nacionalistas han creado toda una rama pseudohistórica donde se confunden los episodios narrados en la conquista de Navarra con el origen de la lucha por la independencia vasca, obviando todo el tiempo que transcurre entre 1521 y 1968, cuando ETA empieza a asesinar; y claro es mucho olvidar, sobre todo teniendo en cuenta los acontecimientos de la Guerra Civil (1936-1939).










Para estos historiadores, la ciencia no es la búsqueda de la verdad, aunque sea parcial y subjetiva, sino una forma de manipulación y justificación política.










Intentaré, de todas formas, explicar los acontecimientos porque, incluso en el país de la nación discutida y discutible, puede haber gente que se interese por otras verdades, otras explicaciones menos épicas pero más realistas.





















A partir de fines del siglo XV, el Reino de Navarra se va a ver envuelto en una guerra civil y esto será el origen de la pérdida de la independencia. Antes, desde la muerte de Alfonso I de Aragón y Navarra, el Reino había recuperado su independencia por voluntad de sus nobles y, durante los reinados de Alfonso VI el Sabio y Sancho VII el Fuerte en el siglo XIII, perdió las provincias vascongadas excepto parte de Álava.









Los historiadores nacionalistas (vascos) quieren ignorar que esa pérdida se produce con la complicidad de los señores de tales territorios y con el refrendo de sus Juntas Generales, instituciones no democráticas pues la democracia moderna es un fenómeno del siglo XIX.










En otra guerra subsiguiente Navarra perderá, frente a Castilla, los territorios de La Rioja, Álava y La Bureba. A partir de entonces, el Reino estabilizará su territorio frente al exterior aunque se sucedan acontecimientos como las guerras de los burgos en Pamplona o la epidemia de peste del siglo XIV.





















Pero en esa época, surge la guerra civil entra agramonteses y beamonteses de manera que, en un primer momento, ambos bandos estarán dirigidos respectivamente por el Rey Juan II de Aragón, viudo de la Reina de Navarra, y por El Príncipe de Viana, su hijo y competidor.










El fortalecimiento paulatino de los reinos de Francia, Castilla y Aragón colocará al pequeño Reino de Navarra en una tesitura insoportable desde el punto de vista estratégico. Habrá dos acontecimientos que terminarán en la conquista del país, uno la unión de Castilla y Aragón en un solo Reino y otro las bulas papales contra los reyes agramonteses de Navarra Juan III de Albret y Catalina de Foix; muy duras, pues castigaban a Navarra por apoyar al Rey de Francia con más dureza que a la propia Francia.









Hecha la paz a finales del siglo XIV, las hostilidades se reanudan en 1512 en el contexto de la guerra entre España y Francia; el Reino de Navarra será conquistado.




















En 1521, una ofensiva de la Francia de Francisco I contra la España de Carlos I entrañará la entrada de tropas francesas en Navarra y la respuesta de los españoles y de los beamonteses; la punta de lanza de España serán tropas alavesas, vizcaínas y guipuzcoanas.





















El resultado de la guerra es catastrófico para los franceses que no consiguen Nápoles, pierden Milán y Navarra, cayendo su propio rey prisionero.







Antes, en la expulsión de los franceses de Navarra, los nobles agramonteses se harán fuertes en el castillo de Maya en Baztán (Amaiur ), no podrán resistir y caerán prisioneros; entre ellos los señores de Jaso, Don Pedro de Navarra y otros; serán perdonados por el Rey Carlos I de España entrando la mayoría a su servicio.




















El Rey agramontés de Navarra, exiliado en Francia, se convertirá en hugonote por lo que, según la Ley católica, perderá el Reino aunque cuando, por gracia de Felipe II Rey de España, su descendiente ascienda al trono de Francia (fue el primer Borbón), se convertirá en católico y martillo de protestantes al grito de "París bien vale una misa".


















Navarra pactará, a través de sus Cortes (estamentales) y de las castellanas de Burgos, la unión eqüe-principal a la corona de Castilla. En el siglo XVII España pierde la Merindad de Ultrapuertos o Baja Navarra, ya indefendible desde los tiempos de Carlos I, a pesar de su juramento de fidelidad al Rey Fernando de España en 1516. La situación actual será sancionada, tanto por Francia como por España, en la Paz de los Pirineos del año 1659, en el contexto de la pérdida de la hegemonía española.