6 abr. 2012

De la Arcadia feliz a Jauja

Cuando en España, y en todos los países del mundo, hay gente intentando construir un futuro posible con más o menos éxito, siempre existe el eterno grupito de iluminados que tiene la solución. Popper decía que un político decente era el que se dedicaba a resolver problemas y que la misión de obtener la felicidad, el paraíso en la tierra, era cosa de cada uno con su vida. Los iluminados, los que saben lo que hay que hacer, los pioneros que conocen el futuro, siempre son de dos tipos: los partidarios de la Arcadia feliz y los partidarios de Jauja.


































Arcadia, además de una región histórica y actual, es el nombre que ha quedado en la cultura occidental para evocar un sueño de armonía y de paz, un estado perdido y deseado en el que el ser humano vivía en equilibrio con la creación, un lugar donde el hombre no se sentía aún desarraigado. Durante más de dos mil años, mientras la guerra triunfa como modo legítimo de vida y el poder bendice sus sangrientas empresas, nunca han faltado voces poéticas que mantuvieran viva esa perpetua llamada bucólica a la simplicidad, ese mensaje de una felicidad posible
.






















Se dice que algo es Jauja cuando es genial, cuando es como el paraíso, cuando no hay nada malo, todo es alegría y felicidad, facilidades (atan los perros con longanizas), etc. Jauja es una provincia en medio del altiplano del Perú, muy célebre por la fertilidad del suelo, su paisaje verde y el aire saludable que se puede respirar allí. Y claro, con esas condiciones no es de extrañar que cuando se quiera hacer referencia a algo equivalente a un paraíso terrenal, se utilice Jauja en su lugar.






























Entre los seguidores de la Arcadia feliz encontramos a los carlistas soñando todavía con la recuperación de la España anterior a la reconquista, los ecologistas radicales que tienen por mito a Gaia, un organismo que reacciona a nuestra maldad empleando el calentamiento global, o a los nacionalistas de toda laya que suspiran por un mundo sin el eterno enemigo que ha ahogado las maravillosas disposiciones de su raza.









Entre los seguidores de Jauja están los comunistas, anarquistas y ciertos socialistas. Hay un devenir de la historia que de manera inevitable nos llevará al paraíso en la tierra; no importa que filósofos, economistas y sociólogos hayan refutado esto hasta la saciedad, no importa que, hasta desde la perspectiva del historicismo hegeliano, nada nos garantice un fin de la historia, todo da igual. Si para asaltar los cielos o recuperar Arcadia debe morir gente, ¿qué más da? La humanidad será feliz por los siglos de los siglos.










Hay personas que van más allá y participan de los dos mitos, se me ocurren los casos de Carrillo y Garaudy, antiguos (o presentes) comunistas que se apuntan ahora a defender el Islam radical.






















En la Biblia queda perfectamente establecido que a quienes no les interesa el mensaje, no hay que matarlos o arrebatarles bienes y mujeres; hay que salir de sus aldeas abandonando hasta el polvo de las sandalias.











Siempre recordaré unas palabras de Juan Carlos Onetti que sirven para ilustrar esta entrada: ¡qué Dios nos libre de los que creen en algo porque nos j...n!

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