2 abr. 2012

La ciencia como religión

Recuerdo cierta vez en la que estuve cenando con un empresario quien me comentó su visión de la vida como un producto de la ciencia; el individuo en cuestión era refractario no sólo a cualquier idea religiosa sino, él decía, a cualquier inquietud de esa índole. Todo en el mundo se reducía a una creciente importancia del conocimiento científico que iría resolviendo los problemas, desentrañando la existencia y no dejaba sitio para ninguna otra cosa.
























Como bien hubieran podido decirle los filósofos metodológicos (Wittgenstein), su visión de la ciencia no era científica sino religiosa. Así también cuando se introdujo el euro en el año 1999 todos nos congratulamos porque creímos en lo que nos decían los estudiosos de la Economía. Nos ahorraríamos el pago de las tasas de cambio, podríamos viajar por una Europa sin fronteras y sin cambiar moneda y también alejaríamos de nosotros la pesadilla de la máquina del dinero accionada por un político demagogo. Un gran futuro se abría ante nosotros sancionado por "los científicos".






















Pero hubo dos personas que me mostraron su desacuerdo y que me lo razonaron. Un amigo que había sido bancario y que estaba retirado me explicó que era imposible una sola moneda y 17 políticas económicas diferentes, sobre todo con la posibilidad de creación de dinero que tienen los bancos y el Estado aunque no posean la máquina de la moneda. Así mismo un pequeño empresario de maquinaria agrícola me dijo que el euro hundiría la competitividad de España al no poder hacer devaluaciones tras los calentones económicos. Popper decía en su obra "La Sociedad Abierta y Sus Enemigos" que la verdad científica es parcial, temporal y basada en las pruebas que hay; luego puede ser refutable aunque no es absolutamente relativa pues está basada en las pruebas existentes por lo que será relativamente relativa.


















La diferencia entre los a priori y los a posteriori, entre las verdades a priori y las a posteriori, es que la "verdad" científica forma parte de un subconjunto de las verdades a priori, siendo las verdades a posteriori no científicas.
Por ejemplo, el hecho de que la tierra no ha chocado nunca con un bólido susceptible de destruirla es una verdad a posteriori, es evidente en sí y no es científica.






















Deberemos colocar a la ciencia en su sitio, como un arma capaz de indicarnos un camino pero no una religión o un desiderátum excluyente.












"Creí que por influjo de ellos la verdad había cambiado la casulla por la bata blanca, el templo por el laboratorio, la fe por la hipótesis demostrada. podía suponer que practicaran algún tipo de pasión en sus ratos libres, pero no que fueran tan humanos. He tenido que plegarme a la evidencia. La lista de sus debilidades es larga. Científicos falaces, marrulleros, codiciosos, drogatas, podridos de envidia. Científicos que supeditan el rigor al éxito, que inventan o suplantan la sabiduría, que alcanzan fama con el fruto de sus plagios, que someten a los propios hijos a investigaciones arriesgadas y dolorosas, que ponen su cerebro al servicio de ejércitos y tiranías. Los hay, no obstante, de una honradez suprema. se cuenta de Gerolamo Cardano (1501-1570) que calculó la hora exacta de su propia muerte. La tal hora lo pilló con una salud de roble. consecuentemente atajó el error suicidándose."


Fernando Aramburu

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