2 mar. 2012

La constitución de 1812

Ante la celebración del aniversario de la constitución de 1812, se me ocurren algunas cuestiones que quizá sea necesario recordar ahora, teniendo en cuenta que en su momento sólo estuvo vigente durante seis años escasos divididos en tres periodos distintos y que el entusiasmo del pueblo ante ella era perfectamente descriptible.

















Como he comentado en muchas ocasiones, considero a la historia susceptible de ser entendida de forma episódica para fabricar la Historia (Ciencia Histórica). En un momento determinado del devenir de Occidente, un mundo, el de las monarquías absolutas manifestado en la alianza de la Iglesia Católica y el trono, se va a romper. Las élites dirigentes de los Estados arrebatan al Rey la soberanía que le viene de Dios para entregársela al pueblo, pueblo que aparece como Deus ex machina, como moderno Prometeo.



















La constitución de 1812, a pesar del serio intento de contemporizar con la monarquía y la Iglesia, es el instrumento por el que en España los ciudadanos, esa minoría de liberales nacionalistas, comienzan a expropiar la soberanía a Dios y al Rey.




















A lo largo de la Edad Media, la época de crecimiento del cristianismo como ideología dominante, la Iglesia era el principal cordón umbilical de la Universitas Christiana. Órdenes como el Temple mantenían seguros los caminos, incluso aquellos sobre los que transitaban los laicos de la ruta de la seda o de las especias. La Iglesia aparecía como la única multinacional permitida y esto molestaba a los poderes emergentes que propiciaron la ruptura, primero en los países protestantes aunque ahí se mantuvo la alianza entre las nuevas iglesias y el poder.

















De esta manera se rompía el antiguo equilibrio de: "a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César", pues la preponderancia pasó a ser del Estado. El liberalismo culminó su victoria expropiando la soberanía también al Rey y creando el mito de la soberanía nacional. Pero el poder nunca es de todos; a lo máximo que podemos aspirar es a influir y frenar algo las expectativas voraces del Estado, el Leviatán.










En España, la manera de desarmar a una Iglesia que había sostenido a la rebelión del pueblo contra los franceses revolucionarios y luego a las tropas de Don Carlos, fue la desamortización de Mendizábal, político masón y enemigo de la Iglesia. Con la excusa de la economía se produjo de hecho un expolio que pudo haberse evitado, que no sirvió a las finanzas nacionales, pero que privó a la Iglesia de su independencia y su capacidad de oposición y de sostén caritativo del pueblo.


















Como pone de manifiesto Payne en su libro sobre la España católica, la Iglesia no tuvo otro remedio que entregarse a las nuevas fuerzas de la burguesía conservadora para sostenerse económicamente, y comenzó a perder el favor del pueblo. Comenzó el anticlericalismo que será una de las señas de identidad de la España contemporánea.




















Sin embargo, no puedo menos que citar el comienzo de esa constitución desde la triste perspectiva actual.








TÍTULO I: De la Nación española y de los españoles

CAPÍTULO I: De la Nación Española

Art. 1. La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
Art. 2. La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.
Art. 3. La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.
Art. 4. La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.

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