2 mar. 2012

Complejo de inferioridad

Cada vez que salgo de España o recibo información sobre la calidad de determinados servicios en el extranjero, me sorprendo de que casi siempre lo que se hace aquí es mejor y más barato. Sin embargo, parece mentira cómo han conseguido inocular la leyenda negra de este país hasta producir en nosotros una impresión constante de inferioridad.



















Veamos el caso de la acusación de dopaje que un canal televisivo francés (no nos engañemos: Canal Plus) ha hecho, provocando una enorme polvareda que de manera cateta ha movilizado hasta al Rey; hemos olvidado que todos los deportistas de élite se dopan, los franceses también.



















En un diario digital muy visitado, un historiador habitualmente más ecuánime ha conseguido convencer a los liberal conservadores de que la desgracia de España es haber sido un país católico, ya que si hubiésemos abrazado la reforma protestante ahora estaríamos entre los punteros en economía. Se le olvida, como muy bien le han recordado otros cronistas (Pío Moa) que el capitalismo, por cierto en su versión más bárbara, surgió en naciones con población católica abundante, Bélgica, o con fuertes minorías católicas y confesiones protestantes muy parecidas al catolicismo, Inglaterra; de manera que Trevor Roper, quien desarrolló una tesis distinta a la de Max Weber, no daba preeminencia a los protestantes en el desarrollo capitalista sino a las minorías excluidas de la economía agrícola en cualquier sitio.











La prueba del nueve es que los países protestantes más homogéneos, sin minorías, como Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia eran agrícolas, y muy pobres hasta tiempos recientes, y hubo una hambruna a principios del siglo XX que se llevó a la mitad de su población a América.




















Recuerdo las declaraciones de un historiador del arte, inglés ya fallecido, que hablaba deplorando las monstruosidades de los españoles en América (mientras apreciaba la civilización vikinga), como si fuera discípulo del desprestigiado Las Casas que ahora se ha demostrado era un farsante delirante. En contraposición, los franceses con Dominique de Villepin a la cabeza santifican a Napoleón cuyo Imperio no duró y por lo tanto fracasó.


















Es necesario convencerse, como nos indican los historiadores serios, de que no somos ni mejores, ni peores que otros pueblos; ni mas aptos, ni menos aptos que otros para la vida moderna, pero que alguna vez hemos tocado un solo de trompeta en la orquesta de la humanidad. En cuanto a la leyenda negra, ladran luego cabalgamos; hay que aprender a utilizar el judo mental.










Resulta increíble cómo hemos alcanzado con esfuerzo un altísimo nivel científico, a pesar de que en España nuestra economía no facilita la inversión privada en investigación y a la gran dificultad de gestión de la ciencia. Medida en publicaciones en las revistas científicas, la ciencia española es tremendamente rentable (sexto puesto en matemáticas).










Los españoles somos mejores en algunas cosas y peores en otras, pero podemos mejorar en todas. Aún recuerdo a mi padre diciéndome que eramos menos aptos para el deporte de alta competición que los nórdicos y fíjate ahora.

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