20 oct 2014

La manifestación de la Diada

Se habla hasta la saciedad de la situación política de Cataluña, se publican libros, se emiten programas de televisión; participan en todo expertos nacionales y extranjeros pero nadie responde a un hecho incontestable: el número de independentistas se ha triplicado en la sociedad catalana en el lapso de tiempo que transcurre entre las elecciones autonómicas del 2010 y hoy día. ¿Qué ha pasado? Sé las explicaciones de rigor; el adoctrinamiento en la escuela, incumpliendo los pactos de fair play de la transición junto con la dejación por parte del Estado de la alta inspección, la ausencia de programas nacionales en la escuela, el sesgo de los medios públicos autonómicos, el miedo de la población al paro y la pobreza en tiempo de crisis, la necesidad del gobierno autónomo de un chivo expiatorio (España nos roba) y el miedo a enfrentarse con la realidad, como en la toma de posesión en el parlamento autonómico tras la elecciones de 2010 con intentos de asalto a los parlamentarios catalanes. La pregunta está ahí, ¿qué le pasa a la ciudadanía de Cataluña?








El 11 de septiembre de 2014 me encontraba en un pueblo andaluz, Setenil de las Bodegas, y durante la comida la televisión emitía un programa especial sobre la manifestación de Barcelona. Un periodista interrogaba sobre sus razones y sentimientos a una familia de cuatro miembros: padre, madre y dos hijos, todos vestidos con sendas camisetas con la estelada. No me fijé en lo que decían sino en cómo lo decían: el padre hablaba, más que en español, en gaditano, ella en realidad casi hablaba en gallego y los críos berreaban en español. 




















Creo que la ciudadanía de Cataluña está sometida a la doble presión de un nacionalismo activo y convencido (¿por quién?) de que ha llegado su momento y de una crisis que está barriendo con todo. Si el gobierno de la Nación no deja claro en manos de quién está el poder, el peligro no será sólo la revolución catalana sino el caos y la disolución de toda España. Ceder y negociar sólo servirá para afianzar el encuadramiento de la población con el nacionalismo gobernante, aumentar la orfandad de quienes son partidarios de España y preparar la ruptura de otras zonas de la Nación. 







Si los nacionalistas viven en un sueño irreal de opresión, habitando los mejores barrios, teniendo los mejores empleos, quizá sea hora de que sufran una cura de realidad.
El fascismo catalán ha sabido encontrar el punto de equilibrio entre el manejo de la desesperación de la crisis y la amenaza de exclusión social.



Incluyo dos interesantes artículos.
           






El proyecto independentista catalán: un proceso bien planeado

20/05/2014 · by Víctor A. Maldonado · in Artículos CRÓNICA GLOBAL.







En un reciente artículo (“La independencia que viene de lejos”, El País 5/5/2014), Francesc de Carreras pone de manifiesto que el actual “proceso de construcción nacional” comenzó por lo menos desde 1980 durante el primer Gobierno de Jordi Pujol a través de una inteligente obra de ingeniería social cuyo objetivo ha sido el de transformar la mentalidad de la sociedad catalana con la finalidad de que sus ciudadanos se convenzan de que forman parte de una nación cultural, con una identidad colectiva muy distinta al resto de España, que sólo podrá sobrevivir como tal nación si dispone de un Estado independiente.





Afirmación grave donde las haya, pues de ser cierta, ello significaría una deslealtad profunda por parte del nacionalismo catalán hacia el resto de partidos políticos y a la sociedad tanto catalana como del resto de España en su conjunto durante el proceso de discusión y negociación que condujo a la ratificación de la actual Constitución española. Y me permito utilizar el término deslealtad porque, como negociador que he sido en representación de la UE en acuerdos internacionales, uno puede tener unos objetivos confesados o escondidos, pero una vez llegas a un acuerdo (tras obtener y realizar concesiones, como en cualquier negociación digna de tal nombre) no puedes iniciar por tu cuenta un proceso que vaya en contra del mismo. En este caso, lo que hay que hacer es cumplirlo lealmente.






Tengo que confesar que yo fui uno más de los que creyó en la palabra dada por el nacionalismo catalán durante la negociación de la Constitución: acordar un punto intermedio entre el objetivo final de todo (o casi todo) nacionalismo, es decir un Estado independiente, y el centralismo del Estado heredado del franquismo. Es decir, renuncia explícita a su objetivo final a cambio de un nivel suficiente de autogobierno que representa la actual Comunidad Autónoma de Cataluña. Pero ya nada me extraña, pues empiezo a creer que la única lealtad a la que se sienten obligados los nacionalismos es a su idea de nación como ente superior por encima de los ciudadanos que la componen.







Evidentemente, el relato dado por el nacionalismo catalán es bien distinto, puesto que desde su punto de vista es “España” la que ha roto el pacto constitucional y, por ello, no se sienten ligados por el acuerdo alcanzado y pueden de una manera clara y determinada encaminarse hacia el establecimiento de un Estado independiente.



Pero, claro, una cosa es especular sobre si el actual “proceso soberanista” es consecuencia de una serie de circunstancias sobrevenidas en el tiempo como sostiene el nacionalismo catalán (es decir, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatut, la recentralización de las competencias autonómicas, el ataque a la lengua y cultura catalanas, etc.) y otra encontrar las pruebas o los hechos que pudieren demostrar fehacientemente que la situación actual es sólo parte de un proceso planeado de antemano con el objetivo de llegar a un Estado independiente donde el pacto constitucional sería solamente una etapa intermedia en el camino. Y hay que reconocer que no es fácil, pero una de las ventajas de un Estado democrático donde existe libertad de información es que se pueden encontrar documentos del pasado consultando las hemerotecas. Precisamente, con la inestimable ayuda de un amigo he tenido acceso a un documento que fue publicado en octubre de 1990 en El Periódico de Catalunya titulado “La estrategia de la recatalanización” . No tiene desperdicio. Solo citaré algunos ejemplos, pues el análisis del texto daría para mucho más que el presente artículo.






En su primer capítulo, “Pensamiento”, aparecen cuestiones tales como que Cataluña (Països Catalans) es una nación europea emergente y que la Europa sin fronteras ha de ser una Europa que reconozca a las naciones; que es necesario concienciar a nuestro pueblo de la necesidad de tener más hijos para garantizar nuestra personalidad colectiva; que Cataluña es una nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico, remarcando la incidencia negativa que esto tiene para el conjunto del pueblo catalán y para cada uno de sus ciudadanos; que Cataluña es un pueblo que camina en busca de su soberanía dentro del marco europeo; que una mayor libertad para Cataluña comporta un mayor bienestar social de todos sus ciudadanos y el sentimiento nacionalista y de liberación nacional han de ir ligados a la promoción social de las personas y a su propia realización individual y colectiva.






En el capítulo “Enseñanza” aparecen elementos tales como que hay que impulsar el sentimiento nacional catalán de los profesores, padres y estudiantes; exigir el correcto conocimiento de la lengua, historia y geografía de Cataluña y de los Països Catalans; la elaboración de un plan de formación del profesorado que tenga en cuenta los intereses nacionales; la catalanización de los programas de enseñanza; reorganizar el cuerpo de inspectores que vigilen el correcto cumplimiento de la normativa sobre la catalanización de la enseñanza y vigilar de cerca la elección de este personal; incidir en las asociaciones de padres, aportando gente y dirigentes que tengan criterios nacionalistas. En el capítulo “Universidad e Investigación” se propone la potenciación de la Associació Catalana del Professorat Universitari, así como las asociaciones de estudiantes nacionalistas; potenciar a personalidades de ideología nacionalista en los órganos rectores de las tres universidades catalanas.







En el capítulo “Medios de comunicación” se establece como objetivo lograr que los medios de comunicación públicos dependientes de la Generalitat sigan siendo unos transmisores eficaces del modelo nacional catalán; y como medios, incidir en la formación de los periodistas y técnicos en comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana; introducir a gente nacionalista de una elevada profesionalidad y una gran cualificación técnica en todos los lugares claves de los medios de comunicación; la creación de una agencia de noticias catalana, de espíritu nacionalista y de gran solvencia. También hay capítulos dedicados a “Entidades culturales y de ocio”, “Mundo empresarial”, “Proyección exterior”, “Infraestructuras” y “Administración”. Pero no les quiero cansar y dejo a las personas interesadas una lectura detallada del documento.





A la vista de este documento, les dejo a ustedes el determinar si tiene razón Francesc de Carreras. Para mí, no hay duda de que así es. Al menos, hay que reconocer un mayor nivel de honestidad por parte de ERC que desde el principio propugnó una Cataluña independiente.




Víctor Andrés Maldonado







Existe un independentismo no nacionalista, es una de las afirmaciones que más se vienen repitiendo en Cataluña desde que Carod Rovira refundó ERC. Por extensión, se continúa afirmando, el procés catalá tampoco tiene que ver con adscripciones identitarias de ningún tipo. Muchos soberanistas actuales, de los que hasta hace bien poco ocultaban un apellido poco catalán (aunque también había variantes suaves de la ocultación consistentes en cambiar su grafía, catalanizándola, sin olvidar a los que se limitaban a escribir tan solo la inicial) o no mencionaban nunca el hecho de que su lengua materna fuera el castellano, ahora incluso hacen ostentación de ello. "¡Pero si mi padre es de Murcia!", "Yo con mi mujer hablo en castellano", "Soy un charnego de pura cepa" han pasado a ser, en sus labios, la prueba concluyente del carácter no identitario de la dinámica social que el soberanismo ha puesto en marcha.





Quede claro, por si mi redacción pudiera generar alguna duda al respecto, que celebro esta particular salida del armario por parte de quienes hasta hace como aquel que dice cuatro días ejercían de guardianes de las esencias nacionales. Pero no termino de ver claro que, efectivamente, hoy en Cataluña los sectores hegemónicos políticamente hayan renunciado al empleo de los recursos emotivos y sentimentales asociados desde siempre al discurso nacionalista.




Por lo pronto, hay que constatar que muchos de los independentistas sobrevenidos, han asumido el nuevo credo sin por ello renunciar en lo sustancial (ya hemos visto en qué dimensiones accidentales llevan a cabo concesiones) a sus antiguos planteamientos nacionalistas, fuertemente identitarios. Bastaría con acudir a las hemerotecas y repasar las declaraciones que todavía a primeros de julio del presente año hacía Jordi Pujol acerca de la base identitaria de la nación catalana.





Es posible que no esté acertando con el ejemplo, que alguno considerará un tanto impertinente, pero ya se sabe que los ejemplos son como los principios de Groucho Marx: si no les gustan unos, siempre hay otros de los que poder echar mano. Probablemente -no me cuesta imaginármelo- muchos independentistas actuales replicarían que el ex-presidente pertenece a otra época política y que, por tanto, no representa la especificidad del procés actual (de hecho, no falta quien le está endosando sus irregularidades contables al sistema autonómico mismo, e incluso a la Transición -un puro enjuague de la casta, como es notorio-).
¿Quién entonces podría considerarse representativo del mismo? Dudo que haya alguien que cumpla mejor dicha misión que Carme Forcadell, presidenta de la ANC. Pues bien, les remito a Vds. a la entrevista que le hizo Ariadna Oltra en el programa ".CAT", de TV3 (y que se encuentra disponible en la página web de la televisión pública catalana), programa en el que tuve la oportunidad de participar. Tras las casi preceptivas declaraciones de no identitarismo, cuando la entrevistadora le pidió que le resumiera los motivos sustanciales del agravio catalán, las razones mayores que justificaban la deriva independentista, resultó que eran los ataques por parte de España a la lengua, la cultura y la identidad (menyspreada y menystinguda, como también gusta de repetir Artur Mas, otro ilustre converso al independentismo) del pueblo catalán.






La lista de ejemplos podría ampliarse sin ninguna dificultad, pero no les voy a aburrir mucho con ellos. Solo añadiré uno: Javier Marías se preguntaba en El País recientemente por la razón por la que en este momento, con los niveles de autogobierno que tiene Cataluña, la situación incomparable de su lengua y su cultura respecto al pasado, su sistema de financiación que, por más que mejorable (no lo dudo), muchos independentistas lo consideraban magnífico en el pasado reciente (concretamente cuando formaban parte del gobierno autonómico que lo gestionó), etc., se había desencadenado la dinámica rupturista en la que ahora estamos inmersos. La respuesta que obtuvo por parte de un acreditado analista político catalán fue para mí estupefaciente: falta de empatía.




Parece lógico, pues, que algunos andemos algo desconcertados al respecto de la presencia o no de elementos identitarios en el debate político actual. En todo caso, puestos a fijar mi posición al respecto, diré que entiendo que es poco menos que inevitable que tales elementos tengan presencia en el mencionado debate. La cuestión no es que existan o no (que no hay modo de evitar que existan, y tampoco sería deseable que así fuera) sino qué hacemos con ellos, qué tratamiento e importancia les concedemos. Habida cuenta, sobre todo, de que en sociedades complejas como las nuestras la uniformidad que algunos en el fondo de su corazoncito desearían poder instituir constituye un objetivo prácticamente inalcanzable.
Pero es que, además de esta complejidad digamos que sincrónica, no podemos olvidar el carácter diacrónico -procesual, en lo histórico y en lo biográfico- de las identidades. La gran María Mercè Marçal, en su célebre poema "Divisa" (incluido en su primer libro de poemas, Cau de llunes , 1976), escribió unos conocidos versos que, con el tiempo, acabaron transformándose en bandera del movimiento feminista de izquierdas y que no creo que precisen de traducción:
A l'atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,
de classe baixa i nació oprimida.
Pensemos en las muchas mujeres que en su momento se reconocieron en estos versos. Si, andando el tiempo, ser mujer no significara la misma condición subalterna de antaño, si, merced al ascensor social (y al propio esfuerzo), muchas de ellas hubieran tenido la oportunidad de mejorar su posición social y si, por último, su comunidad de origen se hubiera liberado de la opresión que la atenazaba en otros tiempos y hubiera alcanzado, libertad mediante, importantes cotas de autogobierno ¿seguiría valiendo aquella definición? Solo para describir los orígenes, solo como huellas de memoria, pero no como una descripción de su identidad presente.
Si coincidimos en postular tanto el carácter complejo como el procesual de las identidades, probablemente el único rasgo que podamos acordar para definirlas sea entonces el de caleidoscópicas. Así entendidas, las identidades no deberían ser de temer. ¿Cómo unas realidades definidas de tal forma podrían ser consideradas como normativas? Sin duda no lo son, pero los poderes se empeñan, una y otra vez, en que tengan efectos normativos (como ocurre en el eslógan del tricentenario de 1714 "la historia ens convoca"). Pero en el fondo, al hacerlo, las violentan y deforman y, en la misma medida, violentan y retuercen los sentimientos de los individuos, esos sentimientos que, de puertas afuera, declaran respetar y exaltar tanto.


Manuel Cruz. "El Confidencial"

13 oct 2014

Los bitcoins

A partir de cierta edad, queda fijado en nosotros un sentido de las cosas que nos hace identificarlas de una manera. Así, realidades como la familia, la guerra, el trabajo, las comunicaciones etc., las entendemos como eran en nuestra juventud, cuando nos educaron e influyeron. Sin embargo, las cosas cambian; dicen que la vejez empieza cuando no podemos, o no queremos, asumir o entender esos cambios. 






 




Realidades como eBay y su sistema de pago asegurado, PayPal que incrementa la seguridad de los pagos en internet, trastocan nuestra idea de dinero, comercio y seguridad. Los bitcoins han nacido con vocación de extender su realidad virtual a nuestro mundo real; al contrario que la moneda en Second Life, que sólo es útil en ese entorno, los bitcoins quieren competir con el dólar y el euro en el mundo real. Sus sistemas algorítmicos de seguridad han superado los rígidos controles de la bolsa suiza y ese es el lugar donde bitcoin ha comenzado a cotizar como divisa. 





 





¿Ventajas? No hay detrás ninguna autoridad manipulando la emisión de moneda, ¿inconvenientes? No hay garantía de ningún banco central. En los siguientes artículos se explica la realidad de estos sistemas de pago y comercio por internet que, quizá, lleguen a conformar un mundo completamente distinto al actual.
















30/09/2014 (19:34)
Los Ángeles (EE.UU.), 30 sep.- El gigante del comercio electrónico eBay Inc anunció hoy la próxima separación de sus dos negocios principales, el portal de subastas y compraventa eBay, y el sistema de pagos PayPal, que a partir de 2015 cotizarán en la bolsa como compañías independientes.
La decisión del consejo de administración de eBay Inc supuso un giro copernicano en el rumbo de la empresa que durante meses se resistió a dar autonomía a PayPal, como reclamaba uno de sus principales accionistas, Carl C. Icahn.
"Durante más de una década eBay y PayPal se han beneficiado mutuamente ser parte de una empresa y crearon un notable valor para el accionista. Sin embargo, después de una detallada revisión estratégica se muestra que mantener eBay y PayPal juntos más allá de 2015 es claramente menos ventajoso para ambos negocios", dijo el presidente de eBay Inc, John Donahoe.
El líder de la empresa de internet señaló como factor determinante en la decisión los cambios que se están produciendo en el sector.
Apple presentó este mes su nuevo sistema de pagos a través de teléfono móvil para usuarios de sus modelos iPhone 6.
La directiva de eBay Inc confía en que, una vez constituidas como dos entidades independientes, eBay y PayPal puedan mantener sus sinergias.
Se espera que la separación se produzca en la segunda mitad de 2015.
Devin Wenig, el presidente de la división eBay Marketplaces, pasará a ser el consejero delegado de la nueva eBay, mientras que Dan Schulman será el consejero delegado de PayPal cuando se concrete la operación.
Schulman es un recién llegado a eBay Inc, proviene de American Express, y fue nombrado hoy presidente de la división PayPal.
eBay cuenta con más de 149 millones de compradores activos y genera al año un intercambio de productos valorado en 85.000 millones de dólares.
PayPal tiene más de 152 millones de cuentas registradas e ingresó en los últimos doce meses 7.200 millones de dólares, un 19 % más en términos interanuales. EFE










Bitcoin fue creado en 2008 por una persona, o grupo de personas, que emplearon el pseudónimo de Satoshi Nakamoto. Es una moneda virtual, que sólo existe como anotaciones en un libro de contabilidad almacenado en internet. Empezó a funcionar en la práctica el 3 de enero de 2009 y su diseño revela un conocimiento informático y económico bastante amplio. No tiene valor en sí mismo, pero la tecnología con que está construido pretende influir la suficiente confianza como para que un cierto volumen de usuarios lo use como dinero y así le dé valor.



Su uso es similar al de la banca electrónica o un sistema de pago por internet como Paypal. Cada usuario dispone de uno o varios monederos con un cierto número de bitcoins, que puede emplear para hacer pagos por vía electrónica. Existen casas de cambio en internet que nos permiten comprar bitcoins a partir de otras monedas. Aunque ha habido intentos de crear monedas Bitcoin físicas, no dejan de ser un apaño: el dinero en bitcoins que representan esas monedas no está realmente en ellas sino en la red.



No obstante, existen numerosas divisas digitales a las que es difícil llamar dinero. Servicios online como Xbox Live, por ejemplo, disponen de sus propias monedas virtuales para gastar en el servicio. Fuera del mundo virtual esto también sucede; por ejemplo, los ticket-restaurante. Sin embargo, unos y otros tienen en común un ámbito de uso restringido. Los bitcoins, en cambio, tienen la aspiración de emplearse de forma tan extensa como los euros o los dólares.

¿Qué es dinero?



Para entender si algo como Bitcoin es o puede ser dinero, primero debemos entender cómo surgió el dinero. El comercio nació como trueque, pero este sistema de intercambio tiene varios defectos evidentes. No sólo lo que ofreces en el mercado debe interesar a alguien, sino que ese alguien debe tener algo que te interese a ti. De modo que pronto comenzaron a utilizarse ciertos bienes concretos como medio de intercambio: así todos podían cambiar sus bienes por esos medios de intercambio y utilizarlos para conseguir otras cosas.

El dinero que no tiene valor por sí mismo se llama fiduciario



Se han utilizado muchas cosas para ejercer de medio de intercambio a lo largo de la historia, desde conchas a ganado pasando por la sal (de donde se origina el término salario). Muchos de ellos cumplían el segundo propósito fundamental del dinero: servir de depósito de valor, de modo que no hiciera falta utilizarlo nada más obtenerlo. Entre todos los bienes que sirvieron de dinero, los que más éxito tuvieron fueron los metales preciosos y, sobre todo, el oro. Estudiando sus características podremos entender qué hace falta para que algo sea considerado dinero:



    Es valioso de por sí y se demanda al margen de su utilidad como dinero.



    Es relativamente escaso, y su cantidad total no puede incrementarse mucho bruscamente.



    Se puede atesorar: no se estropea con el tiempo y no ocupa tanto espacio como para hacerlo poco práctico.



    Se puede transformar, es decir, dividir en partes más pequeñas o unirlo en conjuntos más grandes, con cierta facilidad.



    Es accesible con cierta facilidad. De nada sirve que el oro sea un dinero estupendo si vivimos en una isla del Pacífico donde no hay ni una pepita.



Sin embargo, poco a poco los Gobiernos fueron regulando el dinero hasta convertirlo en un monopolio. Los billetes eran originalmente una promesa de pago en metales preciosos. Su uso se generalizó y en un momento dado los Gobiernos suspendieron la convertibilidad, de modo que esos billetes se convirtieron en el dinero. Como no cumple la primera condición, la de tener valor por sí mismo, se le conoce como dinero fiduciario, porque su valor deriva de la confianza o fe que tenga la comunidad de usuarios en que los demás van a respetar su valor.



El dinero fiduciario funciona la mayor parte del tiempo. Todas las monedas que empleamos actualmente lo son. No obstante, esa fe que sustenta su valor puede perderse en circunstancias excepcionales. Por ejemplo, si el Gobierno empieza a imprimir billetes a cascoporro, su valor se desploma y su utilidad como dinero también, como sucedió en la Alemania de entreguerras o, más recientemente, en Zimbabue. O si incumple alguna promesa esencial, como la convertibilidad en dólares del peso argentino, que provocó que su valor se desplomara y empezaran a surgir alternativas en distintas regiones. No obstante, para intentar asegurarse de que su moneda se usa, los Gobiernos pueden hacer leyes de curso forzoso, que obligan a aceptar pagos en ella, o incluso prohibir el empleo de otras monedas.

¿Entonces es Bitcoin dinero?

Sólo puede haber 21 millones de bitcoins como máximo



Bitcoin es, o pretende ser, dinero fiduciario. Al carecer de una organización o Estado que lo respalde, tiene como pilares las matemáticas, la transparencia y la comunidad de usuarios. El diseño de Bitcoin es público, y el código fuente que se emplea para gestionarlo es abierto, de modo que todo el mundo que sepa hacerlo puede ver cómo funciona. Hay reglas que están ya establecidas y no se pueden cambiar, como el número máximo de bitcoins que puede haber en circulación, que es de 21 millones, o el ritmo de creación de nuevos bitcoins a través de un proceso llamado "minería".



Las decisiones sobre qué pagos se aceptan o quién recibe el nuevo dinero creado hasta llegar al límite máximo se realizan por medio de un sistema de consenso automático en el que participan miles de ordenadores que forman parte de la comunidad Bitcoin, una red a la que cualquiera puede sumarse y que se hace más robusta cuantos más participantes tenga.



Dicho de otro modo, el respaldo de Bitcoin está en una serie de reglas matemáticas y una red informática. En lugar de tener a un Draghi o un Bernanke tomando decisiones sobre la moneda, aquí las decisiones se tomaron al poner en marcha el sistema y se requiere un consenso altísimo entre los miles de ordenadores que participan en él para cambiar nada.



Como moneda, Bitcoin cumple con cuatro de las cinco reglas enumeradas más arriba, y la que incumple es la misma que falla en el caso del resto del dinero que utilizamos actualmente: no tiene valor en sí mismo. Sin embargo, aún le falta la característica esencial que permite llamar dinero a un bien: que se use como tal.

Bitcoin es un bien que está en proceso de convertirse en dinero



Aunque existen algunas empresas normales como Wordpress o Virgin que aceptan el pago en bitcoins, la mayor parte de su uso se limita a asuntos algo más turbios, como la compraventa de drogas y armas. La razón es que Bitcoin es un sistema completamente anónimo. No se anotan transacciones entre personas, sino entre monederos identificados por una serie de números y letras similar a 1PC9aZC4hNX2rmmrt7uHTfYAS3hRbph4UN.



El hecho de que no se emplee generalizadamente como dinero, pero sí como activo con el que especular, provoca que su valor fluctúe enormemente. Esto, a su vez, dificulta que se emplee como moneda, ya que si un bitcoin cuesta hoy 1.000 dólares y dentro de dos semanas 500 se hace complicado emplearlo como medio de intercambio y depósito de valor, que son las dos funciones esenciales del dinero.



En definitiva, Bitcoin en la práctica funciona como una moneda, aunque sólo dentro del ámbito del comercio electrónico. Podemos cambiar nuestros euros por bitcoins, usarlos para comprar algunas cosas, aunque sean pocas, y volver a cambiarlos en euros. Sin embargo, en términos económicos Bitcoin es un bien que está en proceso de convertirse en dinero. Un proceso que puede culminar con éxito o fracasar.


18 sept 2014

El referéndum escocés

Inmersos en la estúpida botaratada del referéndum escocés, Cameron pasará a la Historia como el más tonto entre los primeros ministros británicos que llevó a la ruina a su país, transpongo tres interesantes artículos que explican por qué no es posible dirigir la historia a golpe de voto. No es posible decidir si Dios existe por votación ni creernos la mentira de una democracia como gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. La democracia es un delicado equilibrio de potestades en el que el pueblo elige a sus representantes para que limiten el "Poder" de la clase dirigente. La democracia, para ser tal, debe ser reversible, no marca el camino de la historia, permite el error para poder corregirlo después.



ESCOCIA ES MENTIRA.

Sin duda, el rasgo más notable de la identidad nacional escocesa es que tal cosa no ha existido jamás. Léase, si no, La invención de la tradición, el delicioso libro de aquel viejo comunista sabio que fue Eric Hobsbawn. Un asunto, el de la existencia real o no de la singularidad diferencial escocesa, que, en el fondo, tampoco tiene mayor importancia. A fin de cuentas, toda nación no es más que un relato compartido por un número suficiente de gente. Lo importante es que el relato resulte creído por la mayoría.

Que sea o deje de ser auténtico, eso es lo de menos. Aunque, en el caso escocés, el cuento nacionalista resulta tan clamorosamente falso que ni siquiera esa faldita plisada con que se adornan los autóctonos procede del acervo local. Sucede que los antiguos habitantes de Escocia nunca vistieron faldas a cuadros, ni tampoco tocaron gaita alguna en sus festejos y desfiles rituales.
De hecho, la pretendidamente ancestral gaita escocesa fue una novedad bastante moderna que se implantó en la zona mucho después de la unión política con Inglaterra.

Y es que el genuino instrumento nacional de Escocia nunca fue la gaita, sino el arpa. Algo que no deja de obedecer a la lógica si se repara en un pequeño detalle nada baladí, a saber, que los montañas de Escocia estaban pobladas por irlandeses desde tiempos inmemoriales. Irlandeses eran sus habitantes e irlandesa, en consecuencia, era su cultura. Los highlanders de Escocia no eran más que un apéndice de Irlanda. Apenas eso. La fantasía de que formaban un pueblo diferenciado con su propia cultura secular es un invento retrospectivo acuñado en el siglo XIX por un par de célebres falsificadores, James y John Macpherson.

Tanto la historia como la literatura nacionales de Escocia resultarían creación exclusiva de aquella pareja de trileros intelectuales. Una gran bola muñida por la prodigiosa imaginación de dos farsantes, a eso se reduce la pretendida literatura indígena celta de Escocia. Pero así se escribe la Historia. O que se lo pregunten a los que se creen ese otro cuento, el del 11 de septiembre de 1714. ¿A qué extrañarse, pues, de que la famosa faldita de los patriotas de Edimburgo fuese ideada y confeccionada por un inglés decimonónico, el empresario cuáquero de Lancahire Thomas Rawlinson? Al igual, por cierto, que los legendarios distintivos de los clanes escoceses, invención del también inglés sir Walter Scott. La nación escocesa es mentira, sí. Pero ¿a quién importa la verdad?


 (José Garcia Domínguez/ld)



LA IDOLATRÍA DEL VOTO




En noviembre de 1918, recién concluida la Gran Guerra, escribió Pío Baroja sobre la eterna disputa francoalemana:

Se ve en esto cómo esas soluciones de la democracia –el sufragio, el referéndum–, que parecen tan evidentes, no son en la práctica nada. Si se hiciera la consulta al pueblo en Alsacia y Lorena, y si resultase, como resultaría, que parte de la población estaba por Francia y parte por Alemania, ¿quién de estas naciones tendría el mejor derecho? ¿La que tuviese la mitad de los votos más uno? La cosa sería tan absurda y necia que produciría risa.

Hoy al impío don Pío lo encerrarían, pues el nuevo credo declara que la mitad de los votos más uno es el modo más sabio de tomar decisiones. Pero ¿todo ha de votarse? ¿También la legalización de la lapidación de las adúlteras, de la pederastia o de la violación? ¿De dónde se deduce que todo se resuelve votando y que, además, siempre se resuelve bien? ¿Acaso no hay mil ejemplos históricos de decisiones equivocadas, incluso desastrosas, tomadas por la mayoría? Para evitar fulminaciones jupiterinas, que cada uno ponga el ejemplo que prefiera.

Gracias a la frivolidad de Cameron, los escoceses están a punto de tirarse por la ventana de la independencia. Y, según explican las encuestas, por motivos tan evanescentes como el rechazo al partido gobernante en Londres, el enfado por la crisis económica, la mayor locuacidad de tal político en tal debate, la curiosidad por la novedad y otras puerilidades pasajeras que pueden acabar rompiendo, en el irresponsable sufragio de un día, el asentado sufragio de los siglos.



Como a los escoceses se les ocurra restaurar el Muro de Adriano, España no tardará en disolverse. Pues sobrará todo argumento histórico, jurídico o lógico para explicar la diferencia esencial entre los casos escocés y catalán. Lo único que valdrá, tanto dentro como sobre todo fuera de España, será:

Queremos votar. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No es éste un régimen democrático? ¿Por qué no nos dejan votar? ¿Por qué los escoceses pueden votar y los catalanes no?

Y un mes más tarde, el País Vasco. Y después…

Hace trece siglos España estuvo a punto de desaparecer bajo las cimitarras. Y hace dos, a bayonetazos. Lo que no lograron moros y franceses, lo lograremos hoy los españoles a golpe de votos. ¡Cuánto progreso!



Jesús LaÍnz




- Seguir leyendo: http://www.libertaddigital.com/opinion/jesus-lainz/la-idolatria-del-voto-73481/




LA FRACTURA DE UN ESTADO DEBE DECIDIRSE A CARA O CRUZ




El referéndum en Escocia ha producido, entre otras anécdotas, la del raro acuerdo entre el historiador Neill Ferguson, de origen escocés, y el economista americano Paul Krugman. Ambos advierten, por decirlo en corto, que la separación sería muy mal negocio para los escoceses. Pero sería un auténtico desperdicio que del asunto de Escocia sólo quedaran las anécdotas y el ruido y la furia de la campaña, además de lo que vendrá una vez se conozca el resultado. Porque entre todos los interrogantes que suscita un proceso así hay uno que merece más reflexión de la que se le está dedicando. Es la cuestión sobre la idoneidad de que sea por el solo procedimiento de un referéndum cómo se decida la ruptura de un Estado. Más aún si basta una mayoría simple.
Sobre el papel, un resultado a favor de la independencia en un referéndum como el escocés o como el que regula la Ley de Claridad canadiense no comporta la secesión de manera automática. No es de autodeterminación, cierto. Pero vayamos del papel al terreno. ¿Alguien piensa que una vez emitidos los votos se puede hacer otra cosa que cumplir su mandato? Todo es posible, sí, pero entonces se han hecho las cosas al revés. No se pide primero a la gente que vote para después mandarla a freír. O para negociar acto seguido un estatus intermedio, si hay alguno. Un referendo de estas características nunca será meramente consultivo. No es una encuesta. No pulsa la voluntad: la fija.
En la mayoría de las democracias, con la notable excepción suiza, el referéndum suele emplearse para someter al electorado decisiones de relevancia aprobadas por los parlamentos. En buena práctica, tales decisiones son el fruto de un compromiso que vincula a una amplia mayoría. La votación culmina un proceso de aproximación entre posiciones diferentes. Esto no ocurre en el caso de los referéndums independentistas. No abren un espacio a la negociación: lo cierran. La ruptura o la continuidad de un Estado se juegan a cara o cruz. De salir el sí ya no eres británico, de salir el no lo sigues siendo ¡de momento!
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De momento. Otra de las diabluras que entraña este tipo de referéndum es que las consecuencias para unos y otros son asimétricas. Aunque fracasen ahora, los independentistas podrán volver a la carga y, en seis, en diez, en quince años, generar la presión suficiente para que la votación se repita. Pero si triunfan, los perdedores, los contrarios a la secesión, se convierten enseguida en ciudadanos de otro Estado: en esas condiciones, la posibilidad de que reúnan la fuerza necesaria para intentar revertir la situación es remota. Sin contar con que una vez levantadas las fronteras y las ampollas, los antiguos conciudadanos estén poco predispuestos a acoger a los que se fueron.
El exministro canadiense Stéphane Dion decía en una reciente entrevista en El País que un referéndum de este tipo divide profundamente. Y añadía: "Es existencial. No tomas una decisión para los próximos cuatro años y si te equivocas puedes cambiar de opinión". Para hacerse una idea de las circunstancias de la decisión, léase un artículo que publicaron en El Mundo Joan Font y Braulio Gómez, autores del libro ¿Cómo votamos en los referéndums?
Una de las conclusiones más claras de los estudios allí reunidos es que "la disputa que se da en los mismos va siempre mucho más allá de la pregunta que se haya planteado explícitamente a los ciudadanos". Aunque el referéndum no se convoca para castigar o premiar a un Gobierno, es inevitable que ese elemento esté ahí: como sucedió en Quebec y sucede en Escocia, donde el rechazo al gobierno británico conservador, a los tories en general y al establishment londinense en particular, ha llenado el caudal del independentismo.
Los defensores de que una parte de la población de un Estado decida en referéndum si se rompe o se mantiene siempre apelan al principio democrático de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que no es tal, puesto que en su mapa  sólo los escoceses o sólo los catalanes deciden. La democracia entraña aquel principio, como otros muchos, pero ante todo  es una manera de vivir en sociedad: de que puedan vivir juntos aquellos que son distintos.  El independentismo dice que no, que no se puede vivir juntos y que, para empezar, no se puede votar juntos. Esta es, en fin, la cuestión.

3 sept 2014

Colonias de verano

Quiero exponer el artículo publicado por Arturo Pérez Reverte en XLSemanal, sobre la guerra en la que estamos inmersos, lo acompaño de un video ilustrativo que me llega de Francia.







Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».


A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros. 


Arturo Pérez Reverte.