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13 nov 2019

Nuevas elecciones 2019

En la democracia española, periódicamente, aparecen épocas de concentración electoral pero la que estamos viviendo se lleva la palma; desde 2015 (20 de diciembre) 4 elecciones a Cortes, unas elecciones autonómicas, unas elecciones municipales, unas elecciones europeas, unas andaluzas, unas vascas, unas gallegas y unas catalanas. 
Si el sistema electoral se fabricó para evitar el multipartidismo de la sopa de letras, dentro de un procedimiento proporcional, con 4 partidos: centro derecha, centro izquierda y nacionalistas, vascos y catalanes, "moderados", hemos de reconocer que ya no funciona; la crisis del régimen lo ha hecho saltar añicos.






La abstención ha sido del 30,13%, los votos nulos el 1,02% y los votos en blanco 0,9%; casi 11.000.000 de ciudadanos pasan del evento.
El PSOE obtiene 120 escaños, tres menos que en abril, PP 89 escaños (91 si se contabiliza Navarra+).
La sorpresa VOX con el 15,09% de los votos y 52 escaños y Ciudadanos se hunde hasta los 10 escaños. 
Una España ingobernable que debería articular una gran coalición PSOE y PP para cambiar el sistema electoral, la regla D'hondt ya no sirve y deberíamos ir hacia un sistema proporcional puro o mayoritario a dos vueltas. 
No se preocupen, no ocurrirá.




La gran crisis, tantas veces comentada, se afianza; crisis económica, crisis social y crisis política.
El lunes por la mañana dimitió Rivera, de sus cargos de partido, como diputado y abandona la política; el panorama para sus herederos es descriptible. El martes a las 13h se nos comunica que hay un acuerdo de coalición con Unidas Podemos, 35 escaños, al que se adherirá Más País, 3 escaños; para este viaje no hacían falta alforjas, pero se necesitarán más apoyos y la abstención de ERC y Bildu. ¿A qué precio? Tiempos interesantes.





12 abr 2019

VOX


En este artículo, cuyo fondo no hay que compartir necesariamente, se da una explicación al fenómeno Vox, partido constitucionalista que quiere preservar los antiguos principios del PP vasco de María San Gil, Ortega Lara y Gregorio Ordóñez.
Hasta ahora, y dada la ausencia de violentos en su interior, el partido ha sufrido ataques de los nazis abertzales y catalufos (no confundir con los catalanes decentes), suscitando la consternación de Alfonso Guerra y hasta de cargos del PNV.






7 oct 2015

La situación en Cataluña

Excelente análisis de un hispanista emérito que vive en Cataluña.




El drama de un hogar dividido. El Mundo.



Muchos de los que piensan que conocen Cataluña -y esto no significa simplemente aquellos que viven en España, sino también los que viven fuera de España y que han tenido un contacto estrecho con los catalanes y con los intereses catalanes- parecen haber aceptado una perspectiva de la situación política que coincide con demasiada facilidad con la imagen cuidadosamente creada y difundida por un puñado de publicistas y periodistas. De acuerdo con esta imagen, hay un conflicto profundo, arraigado en siglos de historia, entre la cultura y los intereses de la región y la cultura y los intereses del Estado nacional. Eso, al parecer, ha provocado las actuales tensiones, y -dice su argumento- deberíamos hacer un intento para resolver esas tensiones entre la región (Cataluña) y el Estado (España).





Esta presentación, tratando de tensiones entre España y Cataluña, me parece hoy casi irreal. Las tensiones que veo a mi alrededor aquí en Cataluña son de un orden diferente. Son, de hecho, tensiones que no tienen nada que ver con el conflicto histórico entre el Estado y la región. Más bien, las tensiones están en sumo grado dentro de la región. El verdadero conflicto es de Cataluña contra Cataluña. Es un conflicto que ha sido provocado artificialmente para servir a las ambiciones políticas personales y específicas en el principado, y que tiene pocas raíces en la historia o la cultura de la región.









El fenómeno no es nuevo, y estudios recientes han puesto de manifiesto la forma en que ha salido a la superficie en áreas tan distintas como Bélgica, Japón, Canadá y Australia. Muy recientemente, un escritor en Australia hizo la siguiente observación: “dos son las Australias que se miran la una a la otra a través de un abismo ideológico y ambas afirman ser custodias de la autentica identidad nacional australiana. Somos una casa dividida, cada vez más cerca al resto del mundo, pero cada vez más lejos la una de la otra”. Si ese es el caso de Australia, es aun más cierto en el caso de la Cataluña de hoy.






Un puñado de políticos en Cataluña, completamente ajenos a su obligación primordial de servir a los intereses del público, han decidido perseguir un objetivo que imaginan ser el medio idóneo para mantenerse en el poder. Con este fin, han tratado de crear un elaborado espejismo político que pretende seducir al viajero cansado y asegurarle que está al alcance de la Tierra Prometida. ¿Cuáles son los medios que se han empleado en la hoja de ruta hacia este objetivo?






En primer lugar, han tirado por la borda cualquier pretensión de ideología o de creencia política. Las aspiraciones de toda una generación de catalanistas tradicionales, de socialistas, de progresistas, han sido rechazadas. En su lugar han afirmado que no hay diferencia entre la izquierda y la derecha, que los conservadores ahora deben alinearse con los comunistas, y que deben compartir el mismo objetivo indiviso. Por supuesto, ese “objetivo” no se explica o define y cualquier petición de que se explique es rechazada bruscamente. El impacto en el esquema político tradicional ha sido devastador. Los catalanistas de toda la vida, que se han dedicado por entero a las ideas que tenían sobre cómo promocionar el bienestar de su país, han sido eliminados de la escena política, simplemente porque se niegan a creer que su objetivo ahora debe coincidir con el de los demagogos radicales. Los socialistas de toda la vida, que siempre se habían identificado con el pueblo y con los trabajadores, han tenido que abandonar esa perspectiva e identificarse en cambio con la tradicionalista élite burguesa.


En segundo lugar, los predicadores del nuevo evangelio han declarado en repetidas ocasiones que la hoja de ruta no pretende ser democrática. Es verdad que han pedido reiteradamente el apoyo popular, pero siempre con la condición de que los votos de las personas no siempre cuentan. Proclaman que en una futura elección la mayoría de escaños será decisiva, aunque apenas represente el 30% de los votantes, cifra que es la última estimación citada en el periódico ‘La Vanguardia’. Ese 30%, según ellos, es la auténtica Cataluña, y suficiente para justificar una proclamación de la independencia. Las elecciones, según ellos, son realmente un referéndum, y deben ser aceptadas como un referéndum, incluso si no se reúnen las condiciones requeridas normalmente por una consulta democrática y constitucional de la opinión.


En tercer lugar, con el fin de preparar el camino para la hoja de ruta, han llevado a cabo una campaña masiva para reescribir la historia de su país. El proceso ha sido generosamente financiado por la Generalitat, que dedicó millones a la creación de centros para la “Historia” de Cataluña, y la “Historia” de Barcelona. Más recientemente, un respetado historiador, marxista de toda la vida, ha sido persuadido para producir un estudio sobre la identidad catalana que otro historiador, también catalán y trabajando en París, ha criticado como “culmen del nacional comunismo romántico”. La fusión de comunismo y romanticismo burgués es ahora, de hecho, un ingrediente crucial de la hoja de ruta. Sirve para confundir la información sobre el pasado a disposición de millones de catalanes, cuya historiografía siempre ha sido víctima de la ideología, y nunca tanto como hoy.


En cuarto lugar, ha habido una campaña de desinformación que ha servido para confundir y dividir a los catalanes. La señora que dirige un grupo autodenominado Asamblea Nacional de Cataluña ha hecho discursos afirmando que el pueblo será feliz y libre en la nueva Tierra Prometida, donde estarán a salvo de la depredación del Estado español. La idea es hacer público que todos los catalanes están unidos en su apoyo a la hoja de ruta, que es el único camino a seguir. En la capital comarcal cerca de donde vivo, todas las banderas públicas de los partidos políticos se han eliminado y por lo que yo puedo ver sólo una bandera vuela libremente, una bandera que, como es el caso, no es la bandera nacional de Cataluña, sino la bandera exclusiva de la coalición burguesa comunista que apoya el separatismo. La práctica eliminación de la bandera catalana es, por supuesto, no un hecho de los españoles, sino de los catalanes. Nada demuestra más claramente que el verdadero conflicto generado en los últimos meses ha sido provocado por algunos catalanes contra otros catalanes.






El resultado de estos hechos, respaldado y generado por un puñado de personas, ha sido la creación de un malestar social generalizado. En tiempos pasados, la personas se criticaban unas a otras libremente y por encima de todo criticaban a los españoles, contra los cuales tenían quejas bien establecidas y sobre la base de razones genuinas. Ahora la situación es diferente. Los vecinos ya no se hablan abiertamente entre sí acerca de sus problemas por temor a provocar tensiones. Se ha convertido en indeseable cuestionar las mitologías fabricadas en apoyo a la hoja de ruta. Las falsedades han sustituido a las verdades, la desunión ha sustituido a la antigua unidad entre los sectores de la comunidad. Cataluña se ha vuelto contra sí misma, en lugar de permitírsele continuar con sus opciones históricas auténticas. Ese es el verdadero logro de la alianza electoral entre burguesía y demagogos: la destrucción de la calidad de Cataluña y del genio de su pueblo.



Henry Kamen es historiador británico. Su última obra, publicada por La Esfera de los Libros en 2014, es "España y Cataluña. Historia de una pasión".

18 sept 2014

El referéndum escocés

Inmersos en la estúpida botaratada del referéndum escocés, Cameron pasará a la Historia como el más tonto entre los primeros ministros británicos que llevó a la ruina a su país, transpongo tres interesantes artículos que explican por qué no es posible dirigir la historia a golpe de voto. No es posible decidir si Dios existe por votación ni creernos la mentira de una democracia como gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. La democracia es un delicado equilibrio de potestades en el que el pueblo elige a sus representantes para que limiten el "Poder" de la clase dirigente. La democracia, para ser tal, debe ser reversible, no marca el camino de la historia, permite el error para poder corregirlo después.



ESCOCIA ES MENTIRA.

Sin duda, el rasgo más notable de la identidad nacional escocesa es que tal cosa no ha existido jamás. Léase, si no, La invención de la tradición, el delicioso libro de aquel viejo comunista sabio que fue Eric Hobsbawn. Un asunto, el de la existencia real o no de la singularidad diferencial escocesa, que, en el fondo, tampoco tiene mayor importancia. A fin de cuentas, toda nación no es más que un relato compartido por un número suficiente de gente. Lo importante es que el relato resulte creído por la mayoría.

Que sea o deje de ser auténtico, eso es lo de menos. Aunque, en el caso escocés, el cuento nacionalista resulta tan clamorosamente falso que ni siquiera esa faldita plisada con que se adornan los autóctonos procede del acervo local. Sucede que los antiguos habitantes de Escocia nunca vistieron faldas a cuadros, ni tampoco tocaron gaita alguna en sus festejos y desfiles rituales.
De hecho, la pretendidamente ancestral gaita escocesa fue una novedad bastante moderna que se implantó en la zona mucho después de la unión política con Inglaterra.

Y es que el genuino instrumento nacional de Escocia nunca fue la gaita, sino el arpa. Algo que no deja de obedecer a la lógica si se repara en un pequeño detalle nada baladí, a saber, que los montañas de Escocia estaban pobladas por irlandeses desde tiempos inmemoriales. Irlandeses eran sus habitantes e irlandesa, en consecuencia, era su cultura. Los highlanders de Escocia no eran más que un apéndice de Irlanda. Apenas eso. La fantasía de que formaban un pueblo diferenciado con su propia cultura secular es un invento retrospectivo acuñado en el siglo XIX por un par de célebres falsificadores, James y John Macpherson.

Tanto la historia como la literatura nacionales de Escocia resultarían creación exclusiva de aquella pareja de trileros intelectuales. Una gran bola muñida por la prodigiosa imaginación de dos farsantes, a eso se reduce la pretendida literatura indígena celta de Escocia. Pero así se escribe la Historia. O que se lo pregunten a los que se creen ese otro cuento, el del 11 de septiembre de 1714. ¿A qué extrañarse, pues, de que la famosa faldita de los patriotas de Edimburgo fuese ideada y confeccionada por un inglés decimonónico, el empresario cuáquero de Lancahire Thomas Rawlinson? Al igual, por cierto, que los legendarios distintivos de los clanes escoceses, invención del también inglés sir Walter Scott. La nación escocesa es mentira, sí. Pero ¿a quién importa la verdad?


 (José Garcia Domínguez/ld)



LA IDOLATRÍA DEL VOTO




En noviembre de 1918, recién concluida la Gran Guerra, escribió Pío Baroja sobre la eterna disputa francoalemana:

Se ve en esto cómo esas soluciones de la democracia –el sufragio, el referéndum–, que parecen tan evidentes, no son en la práctica nada. Si se hiciera la consulta al pueblo en Alsacia y Lorena, y si resultase, como resultaría, que parte de la población estaba por Francia y parte por Alemania, ¿quién de estas naciones tendría el mejor derecho? ¿La que tuviese la mitad de los votos más uno? La cosa sería tan absurda y necia que produciría risa.

Hoy al impío don Pío lo encerrarían, pues el nuevo credo declara que la mitad de los votos más uno es el modo más sabio de tomar decisiones. Pero ¿todo ha de votarse? ¿También la legalización de la lapidación de las adúlteras, de la pederastia o de la violación? ¿De dónde se deduce que todo se resuelve votando y que, además, siempre se resuelve bien? ¿Acaso no hay mil ejemplos históricos de decisiones equivocadas, incluso desastrosas, tomadas por la mayoría? Para evitar fulminaciones jupiterinas, que cada uno ponga el ejemplo que prefiera.

Gracias a la frivolidad de Cameron, los escoceses están a punto de tirarse por la ventana de la independencia. Y, según explican las encuestas, por motivos tan evanescentes como el rechazo al partido gobernante en Londres, el enfado por la crisis económica, la mayor locuacidad de tal político en tal debate, la curiosidad por la novedad y otras puerilidades pasajeras que pueden acabar rompiendo, en el irresponsable sufragio de un día, el asentado sufragio de los siglos.



Como a los escoceses se les ocurra restaurar el Muro de Adriano, España no tardará en disolverse. Pues sobrará todo argumento histórico, jurídico o lógico para explicar la diferencia esencial entre los casos escocés y catalán. Lo único que valdrá, tanto dentro como sobre todo fuera de España, será:

Queremos votar. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No es éste un régimen democrático? ¿Por qué no nos dejan votar? ¿Por qué los escoceses pueden votar y los catalanes no?

Y un mes más tarde, el País Vasco. Y después…

Hace trece siglos España estuvo a punto de desaparecer bajo las cimitarras. Y hace dos, a bayonetazos. Lo que no lograron moros y franceses, lo lograremos hoy los españoles a golpe de votos. ¡Cuánto progreso!



Jesús LaÍnz




- Seguir leyendo: http://www.libertaddigital.com/opinion/jesus-lainz/la-idolatria-del-voto-73481/




LA FRACTURA DE UN ESTADO DEBE DECIDIRSE A CARA O CRUZ




El referéndum en Escocia ha producido, entre otras anécdotas, la del raro acuerdo entre el historiador Neill Ferguson, de origen escocés, y el economista americano Paul Krugman. Ambos advierten, por decirlo en corto, que la separación sería muy mal negocio para los escoceses. Pero sería un auténtico desperdicio que del asunto de Escocia sólo quedaran las anécdotas y el ruido y la furia de la campaña, además de lo que vendrá una vez se conozca el resultado. Porque entre todos los interrogantes que suscita un proceso así hay uno que merece más reflexión de la que se le está dedicando. Es la cuestión sobre la idoneidad de que sea por el solo procedimiento de un referéndum cómo se decida la ruptura de un Estado. Más aún si basta una mayoría simple.
Sobre el papel, un resultado a favor de la independencia en un referéndum como el escocés o como el que regula la Ley de Claridad canadiense no comporta la secesión de manera automática. No es de autodeterminación, cierto. Pero vayamos del papel al terreno. ¿Alguien piensa que una vez emitidos los votos se puede hacer otra cosa que cumplir su mandato? Todo es posible, sí, pero entonces se han hecho las cosas al revés. No se pide primero a la gente que vote para después mandarla a freír. O para negociar acto seguido un estatus intermedio, si hay alguno. Un referendo de estas características nunca será meramente consultivo. No es una encuesta. No pulsa la voluntad: la fija.
En la mayoría de las democracias, con la notable excepción suiza, el referéndum suele emplearse para someter al electorado decisiones de relevancia aprobadas por los parlamentos. En buena práctica, tales decisiones son el fruto de un compromiso que vincula a una amplia mayoría. La votación culmina un proceso de aproximación entre posiciones diferentes. Esto no ocurre en el caso de los referéndums independentistas. No abren un espacio a la negociación: lo cierran. La ruptura o la continuidad de un Estado se juegan a cara o cruz. De salir el ya no eres británico, de salir el no lo sigues siendo ¡de momento!
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De momento. Otra de las diabluras que entraña este tipo de referéndum es que las consecuencias para unos y otros son asimétricas. Aunque fracasen ahora, los independentistas podrán volver a la carga y, en seis, en diez, en quince años, generar la presión suficiente para que la votación se repita. Pero si triunfan, los perdedores, los contrarios a la secesión, se convierten enseguida en ciudadanos de otro Estado: en esas condiciones, la posibilidad de que reúnan la fuerza necesaria para intentar revertir la situación es remota. Sin contar con que una vez levantadas las fronteras y las ampollas, los antiguos conciudadanos estén poco predispuestos a acoger a los que se fueron.
El exministro canadiense Stéphane Dion decía en una reciente entrevista en El País que un referéndum de este tipo divide profundamente. Y añadía: "Es existencial. No tomas una decisión para los próximos cuatro años y si te equivocas puedes cambiar de opinión". Para hacerse una idea de las circunstancias de la decisión, léase un artículo que publicaron en El Mundo Joan Font y Braulio Gómez, autores del libro ¿Cómo votamos en los referéndums?
Una de las conclusiones más claras de los estudios allí reunidos es que "la disputa que se da en los mismos va siempre mucho más allá de la pregunta que se haya planteado explícitamente a los ciudadanos". Aunque el referéndum no se convoca para castigar o premiar a un Gobierno, es inevitable que ese elemento esté ahí: como sucedió en Quebec y sucede en Escocia, donde el rechazo al gobierno británico conservador, a los tories en general y al establishment londinense en particular, ha llenado el caudal del independentismo.
Los defensores de que una parte de la población de un Estado decida en referéndum si se rompe o se mantiene siempre apelan al principio democrático de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que no es tal, puesto que en su mapa  sólo los escoceses o sólo los catalanes deciden. La democracia entraña aquel principio, como otros muchos, pero ante todo  es una manera de vivir en sociedad: de que puedan vivir juntos aquellos que son distintos.  El independentismo dice que no, que no se puede vivir juntos y que, para empezar, no se puede votar juntos. Esta es, en fin, la cuestión.

2 oct 2010

Derivas del 68

A partir de 1968, en realidad de cualquier fecha posterior al periodo de crecimiento económico, de paz y de aumento demográfico más importante tras la Segunda Guerra Mundial, se produjo en Europa un estallido lúdico festivo al que un tanto alegremente llamaron revolución.

















Como he explicado
aquí, la causa subyacente, al margen de la extensión de la riqueza y el confort, fue la existencia de una clase social hija del baby boom (fuerte crecimiento demográfico en términos relativos ocurrido en Occidente tras la II Guerra Mundial), es decir jóvenes adultos que no tenían que trabajar.



 







Hasta ese momento, la clase de los universitarios era extremadamente minoritaria, y una de dos o eran hijos de ricos o eran becarios que debían matarse a estudiar; sin embargo, en esa época ya se había producido la masificación y abaratamiento social del estudiantazgo.







Eran jóvenes, eran muchos, tenían cierta cantidad de dinero y vivían sin trabajar. Se generaron todo tipo de ideologías delirantes que antes habían sido patrimonio de la bohemia, las gentes que luego serían herederos de la clase media vivieron en un mundo de ingenuidad, fantasía y buenismo.








 



Como herencia de esa borrachera aparecieron grupos terroristas de ultraizquierda y anarquistas pero en algunos países de Europa, con problemas regionales, se alimentaron movimientos voluntaristas hacia la secesión. No quiere decir esto que los buenos burgueses, las clases medias apoyaran esto sino que, a pesar de ver la imposibilidad de éxito en esos movimientos, no dejaban de tenerles cierta simpatía.
















Tras muchos años, de aquellos polvos han venido estos lodos, los españoles hemos elegido a líderes que nos cantan al oído melodías de bondad y paz. En el País Vasco y en Cataluña la entrada en el Mercado Común, y el desarrollo de la UE, ha levantado expectativas de delirio.












El Estado puede ser sustituido por una UE capaz de garantizar la moneda, el mercado interior, las libertades y la defensa; un súper Estado capaz de hacer innecesarios a los viejos Estados europeos.







Los sueños de los nacionalistas de clase media se unen a los delirios de los radicales, a los que la eficaz acción policial ha privado y está privando cada vez más de la posibilidad de atentar, presionar, intimidar, chantajear y violentar. La orgía nacionalista aparece gratis como dice López Tena: los beneficios del Estado son ya garantizados por la UE juguemos al Estadito independiente-dependiente.



















Creen que las cosas van seguir igual, que la crisis no pasará factura, que olvidarnos de la debacle espiritual de Europa y España es posible.



















De todas formas las minorías conscientes deben elegir, en este sombrío contexto, hacia donde quieren ir, si hacia el BENELUX o hacia los Balcanes. Yo soy tremendamente pesimista.