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11 feb 2023

El jurado

Pretendo hacer aquí un repaso del desarrollo de la institución del jurado en los ámbitos occidentales, particularmente en España. 

El origen del jurado hunde sus raíces en el mundo nórdico y su articulación medieval surgió en Inglaterra. En época más moderna se institucionalizó en los Estados Unidos, dada la ausencia de jueces profesionales en la mayor parte del tiempo; de manera que allí el jurado puro se desempeña en un plano en el que hay un juez, o tribunal, que dirige el juicio e informa al jurado, siendo éste el que juzga e incluso establece la condena en algunos casos, es decir juzga y condena. 

 

 

Desde ahí la institución fue recuperada en Inglaterra y en la Francia revolucionaria, lugares en los que sufrió diversas vicisitudes. Hoy día, en USA hay cierta contestación al jurado desde medios técnicos (catedráticos de Derecho), y en Inglaterra y Francia se desempeña en colaboración con jueces juzgadores. 

En España, empezó a reivindicarse  nada menos que desde el Estatuto Real de Bayona de 1808, bajo el reinado de José Bonaparte, José I ("Pepe Botella"). No dejó de mencionarse en las constituciones de 1812, 1839, 1869 y 1878 aunque implementarse, lo que se dice implementarse, sólo lo hizo en la 2ª República bajo la triste figura del Tribunal Popular y en el desarrollo de la constitución de 1978, de la 2ª Restauración. 

 

 

En el artículo 125, la Constitución ordena la creación de la institución del jurado por ley orgánica. Esto no se llevó a efecto hasta la Ley Orgánica 5/1995 y el primer juicio con jurado se celebró en 1996; en España, hoy por hoy, el jurado sólo se desempeña en el orden penal. 

El juez dicta la pena, dirige el juicio y garantiza el desarrollo en la legalidad, pudiendo ordenar la repetición del juicio; la ley establece las materias penales aptas para juicios con jurados. El jurado sentencia la culpabilidad o inocencia, debiendo justificar la sentencia; cuenta con la asesoría de jueces y secretarios de juzgado para esas tareas.

 

 

Resulta curioso que los políticos y empleados públicos queden fuera del ámbito de actuación del jurado cuando se les acuse, solamente o entre otras cosas, del delito de prevaricación.

Es decir que casi siempre se libran del juicio con jurado. Muchos expertos deploran que gentes a veces legas en materia jurídica tengan la potestad de juzgar.

El jurado se introdujo en España por empeño de una asociación presidida por un abogado hispanoargentino a las órdenes del PSOE. 

Pues eso...

25 may 2017

El Imperio Romano

Antes de que apareciese Occidente en la historia, se pueden estudiar algunas de sus raíces y no cabe duda  de que la etapa clásica es la raíz más directa. Cuando el mundo grecolatino entra en la historia, Europa era un rincón del mediterráneo oriental. Grecia, las islas del Egeo, Asia menor, Palestina, Egipto y Mesopotamia constituían el mundo antiguo siendo otras partes ignoradas o sometidas desde ahí a la leyenda





 





Roma construyó fisicamente Occidente; desde el siglo IV a.C. hasta el siglo V d.C. Roma conquistó, colonizó y civilizó extensos territorios del actual continente europeo. La organización de Roma no estaba sometida a una Ley consuetudinaria; era una ciudad periférica habitada por latinos y sabinos (tribus-naciones ilírico protoindeuropeas) y sus habitantes eran considerados proscritos. El derecho romano se desarrolló para organizar la sociedad a través de la "razón", la jurisprudencia. El derecho romano servía para estabilizar una sociedad de propietarios agrícolas y la plebe, los pobres, los trabajadores libres, los artesanos etc, luchaban en una contienda política para ser tenidos en cuenta. De ahí surgió la institución del "Tribuno de la Plebe", aun así no parece haber un desarrollo significativo del derecho laboral o mercantil. 












El crecimiento del Imperio proporcionó esclavos que competían con éxito frente a los trabajadores libres. Roma decayó cuando su imperio no estuvo en condiciones de seguir creciendo y el número de los esclavos disminuyó; aun así en el magma religioso del bajo imperio, en el que ni el emperador Diocleciano creía en los dioses, era obligatorio adorarlos para recuerdo y celebración de la grandeza de Roma. La sociedad que nacía ya no era romana.

9 dic 2016

Marco Polo y el orientalismo

A partir de un cierto momento en la historia, el desarrollo de la civilización occidental crea la noción de lo exótico, un término que une lo lejano de un territorio (oriente) pero desde una prespectiva de superioridad. Así pues, el orientalismo supone de hecho un tipo de hegemonía cultural y a la vez un movimiento que tiene por objeto el estudio de oriente tan atractivo a occidente en esta época de globalización en la que hay grupos de jóvenes que se han visto obligados ya sea en la Segunda Guerra Mundial, en la guerra de Corea o en la de Vietnam a conocer ese mundo oriental que hoy gracias al turismo nos es aparentemente tan próximo. 
















Pero resulta necesario conocer la visión de oriente antes del surgimiento del exotismo, cuando no existía esa idea de superioridad y oriente era el misterio y a veces el peligro.  
De esta forma hay que desplazarse a un tiempo anterior al siglo XVI y desde luego muy alejado de la época actual (téngase en cuenta que China y Japón organizaron misiones diplomáticas a España ya a principios del siglo XVIII). Iremos al mundo misterioso de la ruta de la seda y de las especias, al imaginario reino del Preste Juan situado en Catay o en Etiopía, al lugar donde se enviaban mensajeros sin saber muy bien para qué como Ruy González de Clavijo. 





 





Marco Polo, de quien dicen que no estuvo en China pero que recopiló el libro del Millón de las aventuras de su padre y sus tíos, mezcla fantasía y realidad sobre el imperio de Kublai Khan. El viaje, que servía para enriquecer a una familia por generaciones, era una aventura semejante a los primeros viajes espaciales observándose desde fuera las más diversas religiones y prácticas. 





 





Colón fue un declarado admirador de Marco Polo y organizó su viaje a las Indias pensando llegar a Catay en un mundo redondo pero más pequeño que el real.

3 sept 2014

Colonias de verano

Quiero exponer el artículo publicado por Arturo Pérez Reverte en XLSemanal, sobre la guerra en la que estamos inmersos, lo acompaño de un video ilustrativo que me llega de Francia.







Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».


A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros. 


Arturo Pérez Reverte.









18 nov 2011

La Iglesia Católica

En el origen de la Civilización Occidental se encuentran la civilización clásica, que mezcla la racionalidad de los griegos con el espíritu práctico de los romanos; junto a esto existe la masa de una Europa creada por el genio de César de la misma forma que los griegos preservaron de Asia el espíritu europeo.
















El cuerpo de esa Europa será fundamentalmente celta pero tras la decadencia imperial, aparece otro elemento que es el germanismo traído por las masas de los bárbaros que penetraban el Imperio; las virtudes militares y el elitismo de los pueblos germánicos elaborarán las naciones.

























¿Pero cuál será el magma espiritual de ese mundo para darle la cohesión perdida ante el hundimiento espiritual del mundo clásico? Será la Iglesia Católica. La substancia de ese joven Occidente, de nuestro propio origen, será la fuerza de la Iglesia; fuerza emanada de las creencias judaicas tamizadas en la Biblia de Cristo, hijo de Dios y Dios Él mismo, dentro del Dios único de la Trinidad, impregnadas de los cultos orientales que llegaron a Roma en el Bajo Imperio. Comentan que un político e historiador inglés de siglo XVIII decía que el Papa era un monarca que reinaba sobre el fantasma del Imperio Romano; probablemente esto sea una crítica ladina a la Iglesia desde el mundo protestante, pero ¿qué es el protestantismo sino una vuelta a los orígenes del cristianismo?

















En la cristiandad, será necesario ubicar esta fuerza espiritual liberándola de la soberanía de poderes terrenales, ésta será una dificultad que, a lo largo de los siglos desde la Edad Media, basculará sobre la Iglesia. Los Estados Vaticanos sucumbirán a la formación de la moderna Italia, pero como he indicado aquí en los años veinte del siglo XX se constituirá, en el marco de los acuerdos de Letrán, el Estado del Vaticano con presencia física mínima pero que permite situar la enorme fuerza de prestigio espiritual en una soberanía propia.
















Como la modernidad del humanismo surgido en el seno de la Civilización Occidental cristiana actúa a veces contradictoriamente sobre la tradición de esa misma civilización, es conveniente fijarse en las fuentes de esa misma tradición. Nuestras fiestas, las costumbres, nuestro sentido moral, las iglesias y catedrales, y la masa social de quienes permanecen en la práctica religiosa que en el pasado lo fue de la totalidad de nuestros ancestros, en España muy próximos.















Sin embargo, el hecho de la muerte, y la decrepitud física, es un valladar que protege la creencia y de alguna forma la influencia de la Iglesia. La Iglesia como fuerza multinacional se defiende y lucha contra sus enemigos a través de su diplomacia y hasta de su servicio secreto; no es posible desdeñar que la propia creación de los estados nación modernos encuentra en los católicos competidores en sus intentos de uniformización (véase el caso extremo de la encíclica:
"Mit Brennender Sorge" contra el nazismo).








El aggiornamiento de la Iglesia con la propia modernidad occidental se realizó a través del Concilio Vaticano II, que era la continuidad de esfuerzos anteriores; considérese la tremenda dificultad de una organización dogmática para asimilarse a la libertad sin perder su esencia. Las dificultades, los pelos en la gatera y la heridas cicatrizaron en el pontificado de Juan Pablo II, siendo que la Iglesia siempre actúa con la táctica de dos pasos adelante uno atrás, pero no del todo, y que los acuerdos más difíciles de un pontificado se resuelven en el siguiente.

















La victoria sobre el marxismo, contra pronóstico, llevó a la alianza de compromiso con los USA; sin embargo, la utilización, por parte de poderes fácticos, del escándalo de los curas pederastas (como si no hubiera muchos más en otros grupos sociales) frenó la actividad política de la Iglesia, un poco.








La limpieza interior, también en términos económicos (caso Marcinkus), dio lugar a una ofensiva contra el materialismo que aún se mantiene. El materialismo, cáncer de Occidente, ha chocado con la crisis, y ésta es una oportunidad gracias al buen funcionamiento de Cáritas y de la escuela católica; porque hay gente que se entrega gratis, por eso funcionan mejor que otras organizaciones.

21 may 2011

La pérdida de la fe

A propósito de las pasadas fiestas de Semana Santa, un inspirado Manuel Mandianes ha escrito un artículo en el periódico El Mundo. En el escrito, el autor reflexiona sobre los temas recurrentes en este blog, la venalidad de la existencia, la agonía de un mundo que ha puesto en funcionamiento fuerzas y sistemas productivos aceptados en todas las culturas actuales, pero que él mismo está desapareciendo y este mortal vacío existencial.









He aquí una muestra de lo que dice el artículo:









La falta de generosidad y de valor, el fanatismo que amenaza a la sociedad desde fuera y el nihilismo que la amenaza desde dentro, son características de
la posmodernidad que cifra la felicidad y la dicha en la riqueza, el éxito y el triunfo porque los considera únicas fuentes de placer. Ciorán escribió: "Los pueblos sólo viven en la medida en que están atiborrados de ideales y no pueden respirar bajo demasiadas creencias". El espectáculo es demoledor, desolador, abismal para el observador. La desorientación y el desamparo en que vive la posmodernidad tienen mucho que ver con la falta de un gran relato envolvente y totalizante. La riqueza interior y la incesante actividad del pensamiento es lo único que puede poner a la persona a salvo del tedio que, según Schopenhauer, puede llevar al suicidio.

15 may 2011

El rompecabezas europeo en la Edad Media

En la Edad Media, Europa estaba dividida en una reunión caótica de poderes más o menos independientes, regidos por pactos feudales en los que la tierra y la sangre jugaban un importante papel. La autoridad religiosa del Papa no se compadecía con la unidad política de los estados, estaditos, casi estados, feudos, grandes ducados, condados...


















En realidad, la Cristiandad (unidad de religión en el catolicismo), que entonces sí existía, se dividía y subdividía en innumerables territorios, cada uno con su Ley y su fuero, unidos con otros por un pacto feudal.



















El origen de todo esto lo remontan los historiadores hasta la reforma de Diocleciano, en la época del Imperio Romano, la necesidad de fijar a las gentes en su ciudad, aldea, lugar y profesión para evitar la desbandada ante las crisis económicas, las invasiones bárbaras y las grandes pandemias.














El batiburrillo de poderes entrelazados llega, en la Edad Media, hasta lo local; el manor, pequeña heredad con grupo de aldeas alrededor del castillo, con autoconsumo y pequeño artesanado, de tamaño inferior a la comarca, y los caballeros, con derechos y potestades, que a veces sólo poseían una granja.















El entrelazamiento y el pacto feudal llevaba a comunidades más amplias de condados, marquesados, ducados casi del tamaño de una nación actual; los reinos, que son parejos a nuestros actuales estados en tamaño, no eran economías de escala y su soberanía real estaba paralizada por los pactos dando lugar a las luchas de los reyes aliados a las ciudades y al clero secular frente a los señores y el clero regular.



















Las ciudades, centros comerciales y episcopales, jugaban también su papel y obtenían leyes y fueros especiales que las liberaban de la nobleza feudal; las ciudades marítimas del Mar del Norte con el avance del tiempo sustituirán a los núcleos nórdicos, de manera más o menos pacífica, creando la magnífica red comercial de ciudades libres que fue la Liga Hanseática.





















En Europa, este modelo era el habitual en el occidente y centro, en el oriente y en España había formas especiales, en tanto que el mundo nórdico, mientras se cristianizaba, adquiría también estas características.

















Rusia, creada por los piratas y comerciantes varegos (suecos), se caracteriza por la formación de ciudades comerciales a lo largo de los grandes ríos que ponen en comunicación el Báltico con el Mar Negro. En estas ciudades los príncipes vikingos someten y asientan a la población de eslavos salvajes, descendientes de los antiguos escitas y sármatas; sin embargo, en Rusia se formarán también grupos de eslavos libres que viven en régimen de agricultura y ganadería nómada más o menos aliados a los varegos de Ruric, serán en el futuro los cosacos.



















El caso español será también especial, por causa del enfrentamiento con los musulmanes, siendo así que, si bien Galicia, Navarra, Aragón y Cataluña se estructurarán según el modelo feudal clásico, Castilla sólo tendrá hombres libres, y algunas villas en el Camino de Santiago tendrán fuero de francos (franceses, libres).








Esta organización social perdurará hasta que la fuerza de algunos reyes, basada en la mejora de la técnica militar y las necesidades de las economías de escala, vaya minando estas independencias e integrándolas en unidades políticas más amplias, en algunos casos conservando sus leyes y costumbres.

1 abr 2011

Granada

Como occidentales, somos hijos de la civilización clásica pero sobrinos de la islámica. Los sabios como Averroes y Avicena fueron los transmisores, hacia Occidente, de grandes conocimientos del mundo clásico oriental.








En Granada aparece la más preclara arquitectura arábigo bizantina y no podemos olvidar que también es heredera de los godos.





















El Reino nazarí de Granada fue un Estado islámico de la Edad Media situado en el sur de la Península Ibérica, con capital en la ciudad de Granada. Fundado en 1238 por el nazarí Muhammed I ibn Nasr, su último rey fue Boabdil el Chico, derrocado por los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492 tras la toma de la ciudad de Granada, que puso fin a la Guerra de Granada. Tras esto fue definitivamente incorporado a la Corona de Castilla como reino cristiano de Granada. El Reino nazarí de Granada fue el último estado de al-Ándalus.






















La capital nazarí, Granada, se convirtió en los siglos XIV y XV en una de las ciudades más prósperas de una Europa devastada por la crisis del siglo XIV. Era un centro comercial y cultural de primer orden que llegó a contar con unos 165.000 habitantes y del que se conservan importantísimos monumentos como la Alhambra y el Generalife. En el Albaicín vivían los artesanos y el resto de la población ocupó la parte llana hacia el sur, con grandes industrias, aduanas y la madrasa (المدرسة). Hoy en día quedan numerosos vestigios como la Alcaicería, el Corral del Carbón o el trazado de las calles hasta la antigua puerta de Birrambla.


















Los árabes fueron conquistadores rapidísimos y dueños de extensas regiones en Asia, África y Europa; tomaron de ellas sus elementos artísticos y los fundieron en un estilo propio, siempre con las variantes debidas a la región dominada. En cuanto a la arquitectura, les suministraron sus elementos componentes a los edificios que hallaron en los aludidos países, sobre todo en Persia, Siria, Egipto y España.









Y una vez formado el estilo árabe en dichos países, y extendido a otros ya sujetos a la dominación mahometana, ejerció notable influencia en los estilos occidentales que iban sucediéndose en Europa, llevándoles algunos elementos constructivos y decorativos de Oriente, sobre todo persas, y contribuyendo al progreso de las artes menores e industriales de Europa, singularmente en España.




















Esta aportación de elementos persas y arábigos en las artes de Occidente ha podido observarse en diferentes estilos arquitectónicos, y aun ha de verse repetida con más detalles en la arquitectura mudéjar y en diferentes industrias artísticas.



















La Granada actual es una ciudad española que tiene en herencia esos orígenes, pero que fuera de esto es completamente española; los cafetines árabes del Albaicín son el resultado de la moderna inmigración magrebí, fundamentalmente llegada de Marruecos tras 1980. La primera vez que estuve ahí, en la calle Cuchillería, había artesanos europeos, pero ahora todo parece islámico.








Menos mal que la ermita de San Andrés está más alta y en lugar más señalado que la nueva mezquita islámica.

1 ene 2011

Católico cultural

Cuando se ven los esfuerzos que nuestras autoridades políticas hacen para que olvidemos nuestro origen, me parece más importante que nunca reconocer éste.





















Nosotros los españoles somos católicos; dicho así puede sonar fuerte, desde luego contrario a la Ley y a lo políticamente correcto; pero no, lo que quiero decir es que creyentes y no creyentes tenemos un mismo origen cultural, una misma fuente de la que manan nuestras creencias, nuestro concepto del bien y el mal, nuestra manera de nadar en el mar de la existencia.


















Occidente es cristiano porque de él emana; el Occidente fue hecho por el cristianismo y no nació de una tabla rasa sino de un mundo que llamamos la civilización clásica más las aportaciones del judaísmo y las costumbres de los pueblos nórdicos. La amnesia histórica que el Occidente se ha impuesto no puede olvidar ni el pasado de la Iglesia, ni su función decisiva en la construcción de la civilización occidental.



















La filósofa francesa Simone Weil escribió: "No soy católica, pero creo que no es posible renunciar a las ideas cristianas sin degradarse; unas ideas cuyas raíces se hallan en el pensamiento griego y en el proceso secular que ha alimentado nuestra civilización europea durante siglos"


















No se puede entender la historia de España sin tener presente la fe católica, con toda su enorme influencia en la vida y cultura del pueblo español; lo manifestamos sin arrogancia, pero con profunda y firme convicción. Por lo mismo, consideramos que es un burdo error y una actitud antihistórica querer educar a las nuevas generaciones procurando deliberadamente el olvido o la tergiversación de aquellos hechos que, sin la fe religiosa, no tendrán nunca explicación suficiente.









Fue la Iglesia la que salvó de la desaparición el patrimonio de la cultura grecolatina, matriz donde se gestó la nuestra occidental, copiando los libros clásicos junto con los de su propia tradición bíblica y patrística. La fe católica movió voluntades y sentimientos para crear espléndidos monumentos artísticos, de los que está sembrada la geografía peninsular: monasterios, iglesias, catedrales en todos los estilos, que no pueden contemplarse sin admiración. La pintura, la escultura, la orfebrería, la música y todas las artes han alcanzado cimas inigualables en su expresión religiosa y encontraron sus mejores mecenas en hombres de la Iglesia.







Como son también obra suya la mayor parte de las universidades antiguas y una vasta red de escuelas de todo tipo, mucho antes de que el Estado tuviera una política escolar definida, por medio de las cuales ha sacado de la barbarie o de la mediocridad a millones de españoles. En el campo de las literaturas hispánicas es incalculable la labor de clérigos y laicos cristianos, como es notorio a toda persona cultivada. La aportación en recursos y en hombres de las grandes tareas nacionales o consideradas como tales a lo largo de los siglos es muy amplia.









En obras asistenciales o caritativas ninguna otra institución puede exhibir un conjunto de realizaciones tan extenso, ni un número tan elevado de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, con frecuencia anónimos, que han consumido sus vidas sin ninguna contraprestación ni relevancia, al servicio del pueblo y de la fe. De manera particular se pone esto de manifiesto en la admirable empresa de la evangelización de América y de otros países de África y de Asia llevada a cabo por la Iglesia española. Los propios naturales de esos pueblos encontraron en la Iglesia la mejor defensa de sus derechos y de su consideración como seres humanos.









El balance de estos catorce siglos de unidad en la fe católica, pese a las inevitables deficiencias inherentes a toda obra humana, es evidentemente positivo. Una cultura católica, esa cultura católica a la que estamos refiriéndonos, fue a la vez causa y efecto de la incorporación de todo un pueblo a la vida de la fe sentida en lo más íntimo de la conciencia y profesada abierta y públicamente en todo momento.









Las vocaciones sacerdotales y religiosas en tan gran número, los misioneros que salían de España a todas las regiones del mundo, los grandes fundadores o reformadores de Ordenes religiosas como Santo Domingo de Guzmán, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, San José de Calasanz y los que han seguido después hasta los siglos XIX y XX; los teólogos y juristas cuyos libros eran estudiados y comentados en las universidades de Europa, en muchas de las cuales sentaron cátedra eminentes profesores españoles, fueron posibles gracias a que había detrás una jerarquía y un pueblo en cuyo seno recibían vigoroso impulso sus grandes ideales cristianos.






Así lo reconoce Occidente recordando, en las fechas de las fiestas patronales, estos orígenes.






















En el inicio del capítulo 6 del libro, dedicado a la religión y la educación, el nuevo presidente de Francia reconoce: “Soy de cultura católica, de tradición católica, de confesión católica. Aunque mi práctica religiosa sea esporádica, me reconozco como miembro de la Iglesia católica”.



















Hoy se impone reconsiderar la naturaleza y condición de la religión. Es preciso pensar la religión, so riesgo de que la religión nos piense en su peculiar modo extremo (según los dictados de todos los integrismos hoy redivivos). La religión no se reduce a fenómenos como el integrismo. Es preciso salvar el fenómeno que constituye la religión: la natural, o connatural, orientación del hombre hacia lo sagrado; su religación congénita y estructural. Es preciso salvar ese fenómeno por rigor filosófico y fenomenológico.









El pensamiento moderno ha sido escasamente perspicaz en relación a la importancia del hecho religioso. Ha tendido a reducir éste a aspectos parciales de su compleja existencia: a su carácter social (como ideología y falsa conciencia, así en las tradiciones marxistas); a su naturaleza psíquica (como expresión ilusoria de las miserias psíquicas del hombre, expresadas en el gran surtido de sus enfermedades mentales, así en Freud y en las tradiciones psicoanalíticas).


















Por todo lo dicho, me manifiesto como católico cultural, y pido y añoro un vinculo entre la tradición que me liga a la historia y mi situación de agnóstico que busca sin encontrar.

5 nov 2010

El peligro islámico hoy en día

La evolución, claramente decadente en nuestro mundo occidental, crea contradicciones entre la decantación secular de los derechos humanos y la exportación de los valores hacia otros espacios de civilización.


















Así por ejemplo, el derecho a la movilidad de las personas, la necesidad de trabajadores para nuestras sociedades y el respeto a las creencias religiosas de éstos están generando una sorda invasión como ya vaticinara Huari Bumedian.
















¿Cómo se podría evitar la expansión islámica en nuestro territorio, sabiendo que la asimilación de los islámicos no solamente es muy difícil sino que además ellos llegan a nuestra sociedad con el convencimiento de su superioridad moral y con ánimo de conquista?



















Con todo respeto a los ciudadanos legales, es necesario expulsar a los ilegales a sus países de origen, propiciar la pérdida de la patria potestad a quienes no traten y eduquen bien a sus hijos, promocionar el respeto a nuestra identidad cristiana, disminuir las ayudas sociales a los extracomunitarios no hispánicos y combatir políticamente el falso progresismo.




















La gente debe asumir su responsabilidad en su propio gasto social, sabiendo que la caridad es voluntaria. Es necesario reevaluar nuestras relaciones con los países islámicos, buscando la reciprocidad de trato de las minorías cristianas en sus sociedades, analizando la calidad de sus libertades y viendo si son capaces de articular regímenes pluralistas.
















El apoyo a Israel, independientemente de su origen, teniendo en cuenta la decisión de Naciones Unidas y de que es una punta de lanza de Occidente en Medio Oriente, es fundamental. La necesidad de defender militarmente a los cristianos y animistas sudaneses, de oponerse al genocidio cultural en Afganistán, como en el caso de los budas, servirá como ejemplo de nuestra apuesta por la libertad.
















Occidente deberá promocionar la natalidad, por la vía de bajar impuestos, creando una cultura que haga interesante a las mujeres tener hijos, deberá analizar la gestión que los países productores hacen de los recursos petrolíferos, dejando claro que determinadas manipulaciones del mercado y determinadas donaciones caritativas tendrán la consideración de actos de guerra, deberá aplastar a los progresistas que son el cáncer de Occidente y apoyar a partidos que empujen a la acción a los mayoritarios, casos Sarkozy, Sarrazin. Debemos asumir que estamos en una guerra y que debe de haber ciertas restricciones temporales de derechos.







El arte gótico

En 1989 se publicó una novela histórica del famoso escritor de novelas policíacas Ken Follett, ambientada en Inglaterra en la Edad Media, en concreto en el siglo XII, se titulaba "Los Pilares de la Tierra". La novela describe el desarrollo de la arquitectura gótica a partir de su precursora, la arquitectura románica y las vicisitudes del priorato de Kingsbridge, en contraste con el telón de fondo de acontecimientos históricos que se estaban produciendo en ese momento.







He de confesar que la leí por trozos y a ratos cortos, y que, aunque me evocaba esa época, no terminaba de apreciar la estructura mental de los personajes que debería responder al siglo XII-XIII. Sin embargo, todo se puede disculpar cuando se está hablando del estilo arquitectónico que construyó Europa y por ende Occidente.















El arte gótico fue en España de importación francesa, como en todos los demás países de Europa, pero acaso tan sólo Alemania pueda parangonarse con España por la manera entusiástica de recibir este arte francés y asimilarlo de modo tan perfecto. Ni Italia, ni Inglaterra, ni las demás naciones del centro y el norte de Europa hicieron, durante los siglos que estuvieron bajo la sugestión de las formas góticas, nada más que emplearlas como por necesidad, repitiéndolas como una lección aprendida que se recita de memoria. No ocurrió así en España. Las catedrales de León, Burgos y Toledo, por la pureza de su estilo y la magnitud monumental de su disposición, pueden ponerse al lado de las más espléndidas francesas.







No hay disminución de espíritu ni pérdida de fuerza expresiva en las formas góticas al atravesar éstas los Pirineos, y gran parte de la población se asimiló el estilo gótico francés de tal manera, que los constructores de iglesias rurales, casas particulares, palacios y castillos siguieron empleándolo cuando ya había sido arrinconado en su país de origen.
















Además, el estilo gótico en España no se mantuvo estacionario, sino que evolucionó y aceptó las novedades de las escuelas flamenca y renana, adaptándolas a las características españolas, y nunca los constructores de la Península permanecieron apartados del movimiento internacional. Vale la pena prestar atención a algunas de las vías de penetración de este estilo en la Península; en primer lugar, España había sido preparada para recibir el estilo gótico por los monjes del Císter, que a principios del siglo XIII, o antes aún, construyeron sus grandes conventos de la Orden reformada; después, en el reino de Aragón, influyeron las relaciones que la casa condal de Barcelona tenía con el Languedoc y Provenza y la intimidad de trato de los obispos catalanes con los de Narbona, de Montpellier y de otras sedes en el Mediodía (Midi) de Francia.
















En el reino castellano-leonés existía también una preparación del estilo francés meridional en la escuela de Galicia, pero fueron los casamientos de varios reyes con princesas de las casas de Anjou, Borgoña y Plantagenet los que motivaron la introducción del gótico francés en el centro de la Península. Llegó éste tan pronto, que varias catedrales españolas son anteriores a algunas de las francesas más renombradas.










El primer monumento que hay que tener en cuenta al estudiar el arte gótico en el centro de la Península es la catedral de León, con sus magníficos ventanales, que conservan la mayoría de sus vidrieras policromas, y cuyo interior está matizado y manchado por los rayos de luz que hasta coloran, según las horas del día, a los devotos y visitantes. La catedral de Burgos, sin duda alguna más importante que la de León, es también obra puramente gótica, aunque hoy esté como sepultada entre la acumulación de nuevas bellezas que se le han ido añadiendo con el transcurso de los siglos.
















Se ha dicho que en Burgos hay dos catedrales superpuestas: una del siglo XIII, que lleva adherida otra del XV. La planta de la catedral de Burgos es de tres naves, con girola en el ábside y capillas; el transepto tiene una sola nave, y los pilares que flanquean el crucero, en el centro, son muy grandes, como en las iglesias románicas, para recibir la torre o lucernario octogonal. Por fuera tiene otras dos torres en la fachada; su aspecto, no tan cambiado como en el interior por los aditamentos posteriores, es el de una catedral francesa de buen estilo. Las naves están sostenidas por una hábil combinación de contrafuertes, y tiene, además, grandes ventanas partidas, con vidrieras, aunque no tan grandes como las de León.












Acaso fuera español el primer arquitecto de la catedral de Toledo, aunque de él sólo se sepa que se llamaba Martín y dirigió la obra entre los años 1227 y 1234. Una lápida sepulcral de 1291, todavía en la catedral, pide un recuerdo y gloria eterna para cierto Petrus Petri magister ecclesie Sanete Marie Toletane. ¿Quién era este Petrus Petri (Pedro Pérez) que demostraba tanta originalidad y audacia al planear la construcción? Para los franceses, naturalmente, ha resultado un francés, un tal Pedro de Corbie, el cual, inter se disputando, dibujaba en el álbum de Villard de Honnecourt la planta de un ábside muy parecido al de la catedral de Toledo. Para los arqueólogos castellanos sería un maestro del país que continuó, mejorándola, la traza del maestro Martín. La catedral de Toledo tiene particularidades que demuestran verdaderamente un genio más independiente del que solían tener los maestros que venían del otro lado de los Pirineos.













No está calculada, como las de León y Burgos, con pilares reducidos que fían, para el equilibrio, en los contrafuertes exteriores: en Toledo, los pilares son gruesos y el sistema de contrafuertes es sumamente reducido, casi embrionario. Tiene cinco naves, escalonadas de la central a las laterales, lo que contribuye no poco a contrarrestar el empuje. Las dos naves laterales dan la vuelta al ábside, formando una doble girola o nave anular, de un efecto extraordinario. Posee también grandes ventanales a lo largo de la nave mayor y en las fachadas del transepto, de modo que la iglesia resulta sumamente iluminada.














La catedral de Toledo fue en la época de su mayor esplendor, y lo es en gran parte todavía, algo único en el mundo; una especie de guardajoyas que conserva intactas las esculturas, los sepulcros, los tapices, las alfombras y los muebles con que la catedral primada se ha ido enriqueciendo por el genio fastuoso de Castilla.







Excepcional, única, sin antecedentes ni imitaciones en España, es la catedral de Cuenca, construida en época temprana, pues se consagró el ábside en 1208. Cuenca fue reconquistada por Alfonso VIII, casado con una princesa inglesa, Leonor Plantagenet, y es opinión de Lampérez que la reina debió de llamar a arquitectos anglonormandos para la dirección de la catedral. La iglesia de Cuenca tiene detalles que no se encuentran más que en catedrales normandas o inglesas. Es un monumento bellísimo, que se diría trasplantado, como la catedral de León, con la diferencia de que ésta es de un gótico universal, mientras que la de Cuenca corresponde a un estilo local y peculiar, y efímero como todo lo excesivamente singularizado. Si las de Ávila, Sigüenza y Ciudad Rodrigo son ejemplos de catedrales de transición entre el románico y el gótico, y Toledo, Burgos y León muestran la penetración del estilo gótico francés puro en el siglo XIII, las catedrales de Salamanca y Granada son modelos interesantísimos de otro período de transición entre el gótico y el primer estilo de renacimiento español que ha sido llamado plateresco.


























La catedral de Salamanca no se concluyó hasta fines del siglo XVIII, pero en sus partes principales es todavía de estilo gótico por su estructura y hasta su decoración, pero todo interpretado con un espíritu nuevo. Las basas de las columnas presentan gran complicación de molduras, y las bóvedas son estrelladas, con multitud de nervios entrecruzados que han perdido todo recuerdo del primitivo uso de los arcos aristones. Por fuera, pináculos y torres están llenos de ornamentos superpuestos, aunque establecidos con orden y gusto exquisitos. Las catedrales de Segovia y Granada corresponden al mismo estilo de transición que está presente en la de Salamanca.








Es sorprendente la rapidez con que se verificaba el cambio y los esfuerzos y caudales empleados para estas construcciones de vanguardia. España, después en general recelosa de lo nuevo y lo exótico, acogía entonces con furor los últimos inventos, se los asimilaba y transformaba, quedando ella misma más hispánica por su absorción. Las construcciones en España de fines del siglo XV son de una perfección técnica, de una habilidad de plan y precisión de detalle que admiran más en un país propenso a descuidar lo elemental para abstraerse en la concepción de las síntesis. Y lo más extraordinario es que estos monumentos se construyeron antes de que pudiera emplearse el oro de América.








Si no se temiera la paradoja, podría decirse que no fue el oro de América lo que facilitó la construcción de las últimas catedrales españolas, sino que el mismo espíritu que animaba a canónigos y potentados a levantar monumentos tan descollantes fue lo que les hizo avanzar a través del piélago para recibir un continente en recompensa. Esto se demuestra en el caso de la catedral de Sevilla, empezada en el año 1402, casi un siglo antes del primer viaje de Colón. Es muy conocido el acuerdo del cabildo de "hacerla tal y tan buena que no hubiera otra igual, aunque los venideros los tuvieran por locos". La gigantesca catedral es aún de formas góticas francesas, pero ordenadas de un modo original que no se parece al de ninguna otra.






Es la mayor iglesia gótica del mundo. Tiene cinco naves y las capillas son tan altas, que forman como dos naves más, o sea siete en conjunto. La del centro es mucho más alta que las dos siguientes laterales, y para contrarrestar su empuje hay unos dobles contrafuertes muy bajos que exteriormente apenas se ven por ocultarlos las capillas. La catedral de Sevilla remata en un ábside plano, sin girola, debido tal vez a haberse interrumpido la obra ya en el siglo XVI.Satélites de estos monumentos de primera magnitud son las iglesias catedrales góticas de Burgo de Osma y de Palencia; la de Oviedo, que sustituyó de la antigua basílica del Salvador; las de Calahorra y Astorga; las de Alcalá, Bilbao, etc. Muchas de ellas tienen todavía el claustro con aberturas decoradas con calados. Algunas veces el aspecto de estos claustros resulta modificadísimo por las nuevas capillas abiertas más tarde y los aditamentos posteriores de sepulcros de otro estilo, pero contribuyen a caracterizar la personalidad de cada obra.









Las grandes catedrales francesas perdieron muy pronto los claustros; antes de la Revolución fueron destruidos ya por los cabildos. En cambio, en España la catedral de Pamplona lo único que conserva intacto, de su primitivo edificio gótico, es el claustro. Pero, por regla general, tales claustros se enriquecieron y reformaron continuamente; así es curioso observar en la catedral de Ciudad Rodrigo cómo, siendo aún una de las alas del claustro de puro estilo cisterciense, las otras pertenecen a los últimos tiempos del goticismo. Una catedral románica, como la de Santiago, tiene también un claustro gótico del siglo XV.

27 sept 2010

Batallas fundamentales

A lo largo de la historia de Occidente, ha habido momentos fundamentales, batallas decisivas que han podido marcar el desarrollo posterior de los acontecimientos como si el abanico de lineas del tiempo llegara a un callejón sin salida.
















En las Termópilas, un puñado de espartanos pusieron en jaque al más formidable ejército que el Oriente había conocido. El tiempo que en aquel lugar se ganó, sirvió para poner en armas un ejército griego capaz de derrotar a los persas. La invasión persa fue una respuesta tardía a la derrota sufrida en la Primera Guerra Médica, que había finalizado con la victoria de Atenas en la batalla de Maratón.









Jerjes reunió un ejército y una armada inmensas para conquistar la totalidad de Grecia y, como respuesta a la inminente invasión, el general ateniense Temístocles propuso que los aliados griegos bloquearan el avance del ejército persa en el paso de las Termópilas, a la vez que se bloqueaba el avance de la armada persa en los estrechos de Artemisio.








Un ejército aliado, formado por unos 7.000 hombres aproximadamente, marchó al norte para bloquear el paso en el verano de 480 a. C. El ejército persa, que conforme a las estimaciones modernas estaría compuesto por unos 300.000 hombres, llegó al paso a finales de agosto o a comienzos de septiembre.







Enormemente superados en número, los griegos detuvieron el avance persa durante siete días en total (incluyendo tres de batalla), antes de que la retaguardia fuera aniquilada. Durante dos días completos de batalla, una pequeña fuerza comandada por el rey Leónidas I de Esparta bloqueó el único camino que el inmenso ejército persa podía utilizar para acceder a Grecia.







Después del segundo día de batalla, un residente local llamado Efialtes traicionó a los griegos mostrando a los invasores un pequeño camino que podían utilizar para acceder a la retaguardia de las líneas griegas. Sabiendo que sus líneas iban a ser sobrepasadas, Leónidas despidió a la mayoría del ejército griego, permaneciendo para proteger su retirada junto con 300 espartanos, 700 tespios, 400 tebanos y posiblemente algunos cientos de soldados más, la mayoría de los cuales murieron en la batalla.








Tras el enfrentamiento, la armada aliada en Artemisio recibió las noticias de la derrota en las Termópilas. Dado que su estrategia requería mantener tanto las Termópilas como Artemisio, y ante la pérdida del paso, la armada aliada decidió retirarse a Salamina. Los persas atravesaron Beocia y capturaron la ciudad de Atenas, que previamente había sido evacuada. Sin embargo, buscando una victoria decisiva sobre la flota persa, la flota aliada atacó y derrotó a los invasores en la batalla de Salamina a finales de año.







Temiendo quedar atrapado en Europa, Jerjes se retiró con la mayor parte de su ejército a Asia, dejando al general Mardonio al mando del ejército restante para completar la conquista de Grecia. Al año siguiente, sin embargo, los aliados consiguieron la victoria decisiva en la batalla de Platea, que puso fin a la invasión persa.



















Durante la Segunda Guerra Púnica, los cartagineses estuvieron a punto de cambiar la historia. ¿Qué hubiera pasado si la cultura oriental de Cartago impone su hegemonía en todo el mundo clásico?















Faltaba el golpe de gracia al imperio cartaginés. Escipión pudo haberlo intentado en Italia pero prefirió hacerlo en la misma África, por lo que desembarcó osadamente cerca de Cartago. Con ello obligaba a Aníbal a volver a África, librando a Roma de su amenaza aunque se arriesgaba a sufrir él mismo una derrota fatal. Por fin venció también al gran cartaginés el año 202, en Zama, y se ganó el apodo de el Africano.








Terminaba así, tras diecisiete años de empeñadísima pugna, la Segunda Guerra Púnica; "tuvo tantas alternativas y su resultado fue tan incierto, que corrieron mayor peligro los que vencieron", señala Tito Livio. Roma quedaba dueña del Mediterráneo occidental y, continuando su impulso, proyectó enseguida su poderío sobre el Mediterráneo oriental, imponiéndose a Macedonia y a Siria. En esta última campaña, el Africano volvería a desempeñar un papel clave.

























La Batalla de Poitiers (conocida por la historiografía europea como Batalla de Tours para no confundirla con la Batalla de Poitiers de 1356) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico a las órdenes del valí, (gobernador) de Al-Ándalus, Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia. Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultaría muerto.







Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en el que el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa.













Tras la caída de Sevilla, los almorávides incorporaron al-Ándalus a su imperio. En el 1108 todo al-Ándalus está dominado por los almorávides, y el avance de los reinos cristianos es detenido.







El gobierno almorávide estuvo fundamentado en un cuerpo normativo muy complejo pero efectivo. Los descendientes de Yusuf I se dedicaron, como antes lo hicieran los Omeyas, a cultivar la vida palaciega. La corrupción se instaló en el gobierno y la fidelidad al clan pudo más que el sentido del Estado. El intento de reconstruir el califato fracasó, y la dinastía cayó en el norte de África a manos de los almohades, en el año 1145. La descomposición del Imperio almorávide abre el segundo periodo de taifas.








Para frenar la expansión almohade se dio la batalla de Las Navas de Tolosa. Esta decisiva batalla fue el resultado de la cruzada organizada en España por el rey Alfonso VIII de Castilla, el arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada y el papa Inocencio III contra los almohades musulmanes que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII, tras la derrota del rey castellano en la batalla de Alarcos (1195) que había tenido como consecuencia el llevar la frontera hasta los Montes de Toledo, amenazando la propia ciudad de Toledo y el valle del Tajo.








Al tenerse noticia de la preparación de una nueva ofensiva almohade, Alfonso VIII, después de haber fraguado diferentes alianzas con la mayoría de los reinos cristianos peninsulares con la mediación del Papa, y tras finalizar las distintas treguas mantenidas con los almohades, decide preparar un gran encuentro con las tropas almohades que venían dirigidas por el propio califa Muhammad An-Nasir, el llamado Miramamolín por los cristianos (versión fonética de "Comendador de los Creyentes", en árabe).







El rey buscaba desde hacía tiempo este encuentro para desquitarse de la grave derrota de Alarcos. La batalla se produjo en 1212 y si se tiene en cuenta la envergadura de la fuerza almohade en esa ocasión, los españoles tuvieron de nuevo la oportunidad de salvar a Europa.
































En 1340 se desarrolló la batalla del Salado, cuando Abu-l-Hassan cruza el Estrecho y desembarca en Algeciras. Pocos días después, éste y Yussuf I decidieron ponerse en camino y sitiar Tarifa, a la cual llegarían sobre el 23 de Septiembre. Alfonso XI se entera, gracias a un renegado, que Tarifa está siendo sitiada y que los artilugios mecánicos están creando serios destrozos en las fortificaciones de la ciudad. El 1 de Octubre, la flota castellano-leonesa llega a la zona y corta el suministro de los moros, mientras la flota de Portugal estaba en Cádiz reforzando la zona. (Otro encomiable ejemplo de unidad hispánica). Y al fin, ese bendito 30 de Octubre del 1340, los dos ejércitos se encontráron.








La vanguardia castellano-leonesa tuvo sus problemas para cruzar el río Salado ( Provincia de Cádiz ), pues la lucha fue ardua y luenga, pero los hijos bastardos del Rey, esto es: Don Fernando y Don Fadrique, atacaron con su hueste un puente que, tras fervorosa pelea, y la llegada del ala derecha, tomaron y pasaron como también hiciéranlo el Maestre de Santiago y el noble de Castilla, Núñez de Lara. Sin embargo, no atacaron directamente al ejército moro sino que subieron a la tienda del sultán benimerín haciendo huir a su guardia; distracción que pudo costar cara a las armas de León y Castilla, pues con esta bifurcación de fuerzas, la masa moruna se dispuso a atacar el centro hispánico, peligrando la vida de Alfonso XI; acudiendo en última instancia los concejos de Zamora y Córdoba, así como señores de la nobleza y de la Iglesia.



















Sin embargo, las cosas marcharon favorables para la Cristiandad pues la guarnición de Tarifa salió con el refuerzo enviado por el Rey la noche anterior, así como las tropas que saquearon la tienda del sultán, bajaron y atacaron al grueso ejército de la media luna, que, atacado en varios frentes y por sorpresa, aun en abrumadora superioridad numérica, se deshizo. Los portugueses por su parte lucharon con encomiable ahínco y auxiliados por el ala izquierda de Pedro Núñez de Guzmán vencieron a los moros de Granada, que terminaron huyendo…