2 may. 2015

Nada que celebrar

Conmemoramos en 2015 los 70 años del fin de la II Guerra Mundial. Y este artículo de Ricardo Artola en Libertad Digital resume un análisis muy interesante (y discutible).






Casi nada que celebrar




 





En estos días de 2015 conmemoramos el 70 aniversario del final de la guerra más salvaje de la historia. Aunque fue un conflicto mundial, vivió sus escenas más espeluznantes en suelo europeo. Fue aquí donde casi se acaba con la presencia judía en Europa; también aquí se encuentran los mayores campos de batalla que se recuerdan: Stalingrado, Kursk, Normandía, pero también Barbarroja o Monte Cassino, por citar unos cuantos. De Norte a Sur, de Este a Oeste, pocos países europeos pueden presumir de haber salido indemnes de la escabechina.
Hace ahora 70 años nuestro continente se había convertido en un caos difícil de imaginar para un observador actual, abatido por la crisis, pero un auténtico privilegiado en comparación a sus abuelos. Mientras los Aliados avanzaban con paso firme, achicando a cada zancada el tamaño del tan cacareado Reich de los mil años (en realidad poco más de diez), los civiles vivían en sus carnes las atroces consecuencias de la guerra total.
Fue en estas fechas cuando se produjeron muchas de las masivas violaciones de alemanas, que pasaron de formar parte de la raza superior a convertirse, de pronto, en carne fresca para el Ejército Rojo. Si hoy contáramos los descendientes de aquellas uniones violentas quizá podríamos poblar más de una capital de provincia española, por no decir más.

 

 

 

No acabó el horror

 

Hasta hace poco, como si de una película de Hollywood con final feliz se tratara, no solo conmemorábamos el final de la guerra, sino que también lo celebrábamos. Pero si algo nos enseñan las obras más recientes sobre este conflicto (que sigue produciendo libros como si fuera terreno virgen) es que, con el fin de las hostilidades, no acabó el horror sino que, simplemente, cambiaron las tornas, y parte de los verdugos se convirtieron en víctimas, mientras que algunas de las víctimas se igualaron a sus verdugos de la víspera.
Supongo que en abril o mayo de 1945 (afortunadamente yo nací en 1962) las cosas se veían de manera muy diferente: la sangre de las víctimas del nazismo estaba fresca, los crímenes más atroces aún se estaban descubriendo, para incredulidad y pasmo del mundo (quizá se nos ha olvidado lo difícil que debió ser asimilar la magnitud de la tragedia). En ese contexto se pueden entender, e incluso perdonar, algunos excesos de los nuevos verdugos, los sometidos al yugo nazi durante años. Sin embargo, 70 años después, tras haber visto nacer casi tres generaciones, conviene recordar la lección moral que nos devuelve esta conmemoración: aunque lo diga la Biblia, la política del ojo por ojo y diente por diente, ha demostrado su crueldad e incapacidad de resolver los conflictos de forma civilizada.
El final de la guerra en Europa, que a la postre es más importante en la memoria colectiva que el final definitivo de la guerra (con la rendición japonesa en la bahía de Tokio, tres meses después), es también un hito en la historia de nuestro continente. Desde hacía siglos, con la notable salvedad de gran parte del XIX, los europeos habían luchado con sus vecinos encarnizadamente. Y el encaje de Alemania en Europa se había convertido en un rompecabezas especialmente difícil desde su nacimiento como Estado en 1871.





Las nuevas superpotencias

 

De pronto, tras dos guerras mundiales agotadoras, que dejaron sin fuerzas al centro de poder mundial, todo cambió. Las nuevas superpotencias no eran europeas o lo eran solo en parte (Unión Soviética); las viejas potencias continentales estaban arrasadas (Alemania), esquilmadas (Francia) o endeudadas (Gran Bretaña) o todo ello junto. Lo que algunos han llamado la guerra de los Treinta años (1914-1945) había sido demasiado incluso para esas viejas glorias.
Aunque no todas las consecuencias del final de la guerra se vieran de inmediato, es difícil exagerar su alcance y profundidad. Baste un mero recuento de hechos cuyo origen está directamente ligado a ese mayo de 1945 que ahora recordamos: la división de Europa en dos bloques de difícil relación, con la consiguiente tragedia para los países del Este y sus baqueteados habitantes; la semilla del fin de los grandes imperios territoriales, que se irían deshaciendo en los años subsiguientes o, incluso, los antecedentes del armamento nuclear y su nuevos vectores: los misiles.
Sin embargo, aún queda una pequeña llama que nos permite seguir celebrando el final de esa inmensa guerra: la conciencia por parte de los líderes europeos de la época de que no era posible seguir viviendo en el mismo continente en guerra permanente. De ese convencimiento nació el eje franco-alemán, un vínculo indestructible (a día de hoy) que tornaba a los viejos enemigos encarnizados en la columna vertebral de la nueva Europa. A partir de esa alianza se construyó la CECA y todo lo que ha venido después: setenta años de paz y prosperidad (esta última con profundos altibajos).
Ahora que, por efecto de la Gran Recesión, el continente se llena de eso que se ha dado en llamar euroescépticos, conviene recordar que las instituciones europeas surgieron simbólicamente de las cenizas de un continente destrozado, con un glorioso pasado y un futuro muy incierto.
Brindemos pues por la Unión Europea, con todos sus defectos y carencias, pues es (casi) lo único que podemos celebrar de este aniversario que ahora conmemoramos.


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