18 jul. 2010

Revolución juvenil

Primogénito de Ferrante Gonzaga, marqués de Castiglione, quien en 1566, estando al servicio del rey español Felipe II, se casó en la capilla del Palacio Real de Madrid con Marta Tana de Santena, dama de la reina Isabel de Valois. Fue el primero de siete hijos y heredero del título.
Después de la batalla de Lepanto (1571), don Ferrante recibió el encargo de preparar 3.000 infantes para la empresa de Túnez, y se trasladó a Castelmagiore con su hijo Luis que, durante cuatro o cinco años, vivió entre los soldados


















En 1590-1591 la peste hizo estragos en Roma causando miles de muertes, entre ellas la de los papas Sixto V, Urbano VII y Gregorio XIV. Luis atendió con heroísmo a los apestados en S. Giacomo degli Incurabili, en San Juan de Letrán, en S. María de la Consolación, y en el hospital improvisado junto a la iglesia del Gesú, donde contrajo la enfermedad. Así moría a los 23 años, tras una vida rica en experiencias.








Es considerado patrono de la juventud, es decir la misma juventud que, a partir de los años sesenta del siglo XX, decidió independizarse de todo lo anterior.



















Pues si el divorcio, los nacimientos ilegítimos y el ascenso de la familia de progenitor soltero (mayoritariamente madre) indicaron una crisis en la relación entre los sexos, el ascenso de una cultura juvenil específica y extraordinariamente poderosa indicó un profundo cambio en la relación entre las generaciones.








La juventud, como un grupo autoconsciente extendiéndose entre la pubertad, que en los países desarrollados ocurría más temprano que en las generaciones previas, y la mitad de los veinte, ahora se convirtió en un agente social independiente.


















Los desarrollos políticos más dramáticos, particularmente en los 60's y 70's, fueron las movilizaciones de la franja de edad que, en países menos politizados, hizo la fortuna de la industria discográfica, el 75 a 80 por ciento de cuya producción, puntualmente música rock, era vendida casi exclusivamente a consumidores entre los 14 y los 26.







La radicalización política de los 60's, anticipada por contingentes más pequeños de disidentes culturales y marginales de varias etiquetas, perteneció a esta gente joven, que rechazó el estatus de niño, o incluso de adolescente (i.e. adultos aún-no-maduros), a la vez que le negó humanidad completa a cualquier generación por arriba de los treinta, excepto para algún ocasional gurú.
















Excepto en China, donde el anciano Mao movilizaba a los jóvenes con efectos terribles, los jóvenes radicales eran guiados, en la medida en que aceptaran algún líder, por miembros de su propio grupo de edad. Esto fue patentemente cierto en los movimientos estudiantiles de todas partes del mundo, pero allí donde estos detonaron movimientos laborales masivos, como en Francia e Italia en 1968-69, la iniciativa también vino de los trabajadores jóvenes.

















Nadie con una experiencia mínima de las limitaciones de la vida real, es decir ningún adulto genuino, habría podido esbozar los confiados pero notoriamente absurdos eslóganes de los días del Mayo parisino del 68 o del "otoño caliente" italiano del 69: "tutto e subito,", "lo queremos todo y lo queremos ahora".















Gramsci pensaba que para la lucha revolucionaria en países industrializados, como los de Europa Occidental o Estados Unidos, no podía plantearse directamente la conquista del poder político, como pretendía Lenin. En esos países, decía Gramsci, la burguesía ha conseguido lo que él llamaba "la hegemonía ideológica" al controlar las instituciones culturales de la sociedad: los centros de estudio, los medios de comunicación de masas, los núcleos de producción artística, es decir, los centros orientadores del pensamiento, el gusto y la sensibilidad.







El verdadero poder de una clase dominante, decía Gramsci, se apoya en su hegemonía cultural, y si la revolución ha de triunfar es imprescindible primero conquistar ese liderazgo.








De otra forma, el poder político sólo podrá mantenerse mediante una vasta e implacable represión. Los revolucionarios, en vez de apoyarse en un partido elitista y burocratizado, como el "partido de nuevo tipo" de Lenin, debían construir lo que él llamaba una "fuerza contra hegemónica", independiente de las instituciones sociales y culturales que respondían a los valores de las clases dominantes.

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