18 sept 2014

El referéndum escocés

Inmersos en la estúpida botaratada del referéndum escocés, Cameron pasará a la Historia como el más tonto entre los primeros ministros británicos que llevó a la ruina a su país, transpongo tres interesantes artículos que explican por qué no es posible dirigir la historia a golpe de voto. No es posible decidir si Dios existe por votación ni creernos la mentira de una democracia como gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. La democracia es un delicado equilibrio de potestades en el que el pueblo elige a sus representantes para que limiten el "Poder" de la clase dirigente. La democracia, para ser tal, debe ser reversible, no marca el camino de la historia, permite el error para poder corregirlo después.



ESCOCIA ES MENTIRA.

Sin duda, el rasgo más notable de la identidad nacional escocesa es que tal cosa no ha existido jamás. Léase, si no, La invención de la tradición, el delicioso libro de aquel viejo comunista sabio que fue Eric Hobsbawn. Un asunto, el de la existencia real o no de la singularidad diferencial escocesa, que, en el fondo, tampoco tiene mayor importancia. A fin de cuentas, toda nación no es más que un relato compartido por un número suficiente de gente. Lo importante es que el relato resulte creído por la mayoría.

Que sea o deje de ser auténtico, eso es lo de menos. Aunque, en el caso escocés, el cuento nacionalista resulta tan clamorosamente falso que ni siquiera esa faldita plisada con que se adornan los autóctonos procede del acervo local. Sucede que los antiguos habitantes de Escocia nunca vistieron faldas a cuadros, ni tampoco tocaron gaita alguna en sus festejos y desfiles rituales.
De hecho, la pretendidamente ancestral gaita escocesa fue una novedad bastante moderna que se implantó en la zona mucho después de la unión política con Inglaterra.

Y es que el genuino instrumento nacional de Escocia nunca fue la gaita, sino el arpa. Algo que no deja de obedecer a la lógica si se repara en un pequeño detalle nada baladí, a saber, que los montañas de Escocia estaban pobladas por irlandeses desde tiempos inmemoriales. Irlandeses eran sus habitantes e irlandesa, en consecuencia, era su cultura. Los highlanders de Escocia no eran más que un apéndice de Irlanda. Apenas eso. La fantasía de que formaban un pueblo diferenciado con su propia cultura secular es un invento retrospectivo acuñado en el siglo XIX por un par de célebres falsificadores, James y John Macpherson.

Tanto la historia como la literatura nacionales de Escocia resultarían creación exclusiva de aquella pareja de trileros intelectuales. Una gran bola muñida por la prodigiosa imaginación de dos farsantes, a eso se reduce la pretendida literatura indígena celta de Escocia. Pero así se escribe la Historia. O que se lo pregunten a los que se creen ese otro cuento, el del 11 de septiembre de 1714. ¿A qué extrañarse, pues, de que la famosa faldita de los patriotas de Edimburgo fuese ideada y confeccionada por un inglés decimonónico, el empresario cuáquero de Lancahire Thomas Rawlinson? Al igual, por cierto, que los legendarios distintivos de los clanes escoceses, invención del también inglés sir Walter Scott. La nación escocesa es mentira, sí. Pero ¿a quién importa la verdad?


 (José Garcia Domínguez/ld)



LA IDOLATRÍA DEL VOTO




En noviembre de 1918, recién concluida la Gran Guerra, escribió Pío Baroja sobre la eterna disputa francoalemana:

Se ve en esto cómo esas soluciones de la democracia –el sufragio, el referéndum–, que parecen tan evidentes, no son en la práctica nada. Si se hiciera la consulta al pueblo en Alsacia y Lorena, y si resultase, como resultaría, que parte de la población estaba por Francia y parte por Alemania, ¿quién de estas naciones tendría el mejor derecho? ¿La que tuviese la mitad de los votos más uno? La cosa sería tan absurda y necia que produciría risa.

Hoy al impío don Pío lo encerrarían, pues el nuevo credo declara que la mitad de los votos más uno es el modo más sabio de tomar decisiones. Pero ¿todo ha de votarse? ¿También la legalización de la lapidación de las adúlteras, de la pederastia o de la violación? ¿De dónde se deduce que todo se resuelve votando y que, además, siempre se resuelve bien? ¿Acaso no hay mil ejemplos históricos de decisiones equivocadas, incluso desastrosas, tomadas por la mayoría? Para evitar fulminaciones jupiterinas, que cada uno ponga el ejemplo que prefiera.

Gracias a la frivolidad de Cameron, los escoceses están a punto de tirarse por la ventana de la independencia. Y, según explican las encuestas, por motivos tan evanescentes como el rechazo al partido gobernante en Londres, el enfado por la crisis económica, la mayor locuacidad de tal político en tal debate, la curiosidad por la novedad y otras puerilidades pasajeras que pueden acabar rompiendo, en el irresponsable sufragio de un día, el asentado sufragio de los siglos.



Como a los escoceses se les ocurra restaurar el Muro de Adriano, España no tardará en disolverse. Pues sobrará todo argumento histórico, jurídico o lógico para explicar la diferencia esencial entre los casos escocés y catalán. Lo único que valdrá, tanto dentro como sobre todo fuera de España, será:

Queremos votar. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No es éste un régimen democrático? ¿Por qué no nos dejan votar? ¿Por qué los escoceses pueden votar y los catalanes no?

Y un mes más tarde, el País Vasco. Y después…

Hace trece siglos España estuvo a punto de desaparecer bajo las cimitarras. Y hace dos, a bayonetazos. Lo que no lograron moros y franceses, lo lograremos hoy los españoles a golpe de votos. ¡Cuánto progreso!



Jesús LaÍnz




- Seguir leyendo: http://www.libertaddigital.com/opinion/jesus-lainz/la-idolatria-del-voto-73481/




LA FRACTURA DE UN ESTADO DEBE DECIDIRSE A CARA O CRUZ




El referéndum en Escocia ha producido, entre otras anécdotas, la del raro acuerdo entre el historiador Neill Ferguson, de origen escocés, y el economista americano Paul Krugman. Ambos advierten, por decirlo en corto, que la separación sería muy mal negocio para los escoceses. Pero sería un auténtico desperdicio que del asunto de Escocia sólo quedaran las anécdotas y el ruido y la furia de la campaña, además de lo que vendrá una vez se conozca el resultado. Porque entre todos los interrogantes que suscita un proceso así hay uno que merece más reflexión de la que se le está dedicando. Es la cuestión sobre la idoneidad de que sea por el solo procedimiento de un referéndum cómo se decida la ruptura de un Estado. Más aún si basta una mayoría simple.
Sobre el papel, un resultado a favor de la independencia en un referéndum como el escocés o como el que regula la Ley de Claridad canadiense no comporta la secesión de manera automática. No es de autodeterminación, cierto. Pero vayamos del papel al terreno. ¿Alguien piensa que una vez emitidos los votos se puede hacer otra cosa que cumplir su mandato? Todo es posible, sí, pero entonces se han hecho las cosas al revés. No se pide primero a la gente que vote para después mandarla a freír. O para negociar acto seguido un estatus intermedio, si hay alguno. Un referendo de estas características nunca será meramente consultivo. No es una encuesta. No pulsa la voluntad: la fija.
En la mayoría de las democracias, con la notable excepción suiza, el referéndum suele emplearse para someter al electorado decisiones de relevancia aprobadas por los parlamentos. En buena práctica, tales decisiones son el fruto de un compromiso que vincula a una amplia mayoría. La votación culmina un proceso de aproximación entre posiciones diferentes. Esto no ocurre en el caso de los referéndums independentistas. No abren un espacio a la negociación: lo cierran. La ruptura o la continuidad de un Estado se juegan a cara o cruz. De salir el ya no eres británico, de salir el no lo sigues siendo ¡de momento!
ADVERTISEMENT
De momento. Otra de las diabluras que entraña este tipo de referéndum es que las consecuencias para unos y otros son asimétricas. Aunque fracasen ahora, los independentistas podrán volver a la carga y, en seis, en diez, en quince años, generar la presión suficiente para que la votación se repita. Pero si triunfan, los perdedores, los contrarios a la secesión, se convierten enseguida en ciudadanos de otro Estado: en esas condiciones, la posibilidad de que reúnan la fuerza necesaria para intentar revertir la situación es remota. Sin contar con que una vez levantadas las fronteras y las ampollas, los antiguos conciudadanos estén poco predispuestos a acoger a los que se fueron.
El exministro canadiense Stéphane Dion decía en una reciente entrevista en El País que un referéndum de este tipo divide profundamente. Y añadía: "Es existencial. No tomas una decisión para los próximos cuatro años y si te equivocas puedes cambiar de opinión". Para hacerse una idea de las circunstancias de la decisión, léase un artículo que publicaron en El Mundo Joan Font y Braulio Gómez, autores del libro ¿Cómo votamos en los referéndums?
Una de las conclusiones más claras de los estudios allí reunidos es que "la disputa que se da en los mismos va siempre mucho más allá de la pregunta que se haya planteado explícitamente a los ciudadanos". Aunque el referéndum no se convoca para castigar o premiar a un Gobierno, es inevitable que ese elemento esté ahí: como sucedió en Quebec y sucede en Escocia, donde el rechazo al gobierno británico conservador, a los tories en general y al establishment londinense en particular, ha llenado el caudal del independentismo.
Los defensores de que una parte de la población de un Estado decida en referéndum si se rompe o se mantiene siempre apelan al principio democrático de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que no es tal, puesto que en su mapa  sólo los escoceses o sólo los catalanes deciden. La democracia entraña aquel principio, como otros muchos, pero ante todo  es una manera de vivir en sociedad: de que puedan vivir juntos aquellos que son distintos.  El independentismo dice que no, que no se puede vivir juntos y que, para empezar, no se puede votar juntos. Esta es, en fin, la cuestión.

3 sept 2014

Colonias de verano

Quiero exponer el artículo publicado por Arturo Pérez Reverte en XLSemanal, sobre la guerra en la que estamos inmersos, lo acompaño de un video ilustrativo que me llega de Francia.







Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».


A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros. 


Arturo Pérez Reverte.









25 ago 2014

Richard Attenborough

Ha muerto el gran productor, director, actor y guionista de cine británico que fue autor de la película "Gandhi". 
Otra faceta es la de realizador de reportajes sobre la vida salvaje. Ésta es la necrológica de El País.






24 ago 2014

Alta autoridad religiosa

Desde que abandonó el poder, el inefable había conseguido mantenerse en un discreto segundo plano, al contrario que José María o Felipe; pero poco dura la alegría en casa del pobre... ¿o es precisamente que tiene ganas de hacernos reír como antes?



















Creíamos que Zapatero, después de arruinar España y convertirla en una nación discutida y discutible, no podría hacer nada más, pero no, el que tuvo retuvo y por lo visto se aburre en el Consejo de Estado cobrando un pastón, así que nos ha propuesto lo de la "Alta Autoridad Religiosa".







Zapatero no pretende que las potencias mundiales garanticen la supervivencia de minorías perseguidas y represaliadas en sus países, eso ya está en la carta de la ONU, lo que quiere es un superpapa que establezca cuál debe ser el ideario de las iglesias según el obligatorio credo progresista, una educación para la ciudadanía para adultos.
Imaginemos qué ocurriría si hubiese propuesto una "Alta Autoridad Política" que indique a los partidos qué debe ir en su programa y qué no. Dirían que se establecía una dictadura totalitaria, y en asuntos religiosos es el fin de la Religión.







Ciertamente Zapatero no hace más que, ingenuamente, citar el objetivo masónico más antiguo: una especie de sincretismo pero bajo la autoridad del "Gran Arquitecto del Universo", vamos que se le ve la pata. Una tontería más de las muchas que jalonan su carrera.








Como la cabra tira al monte y la incomprensión del fenómeno religioso, como de tantos, es perfectamente descriptible, me hago eco de algunos análisis certeros, aunque parciales pues provienen de los católicos, a propósito del insigne masón expresidente.







   

El expresidente del Gobierno español, J. L. Rodríguez Zapatero, ha propuesto crear una «autoridad religiosa global» basada en dos pilares: el respeto al pluralismo religioso, la paz y la libertad, y la condena de toda violencia, según cuenta InfoCatólica.







Una autoridad religiosa mundial no es mala idea. Lo es de hecho el Papa, pues el Vicario de Cristo es la máxima autoridad de la única religión en la que subsiste la Verdad completa.







Pero Zapatero sostiene que ninguna religión puede plantearse como «excluyente» ni pretender que sus creencias son las únicas verdaderas, sino que la única «verdad es la libertad, el respeto a todas las confesiones». Ya lo había dicho, aquello de que «la libertad os hará verdaderos», en retruécano de las palabras de Cristo. El problema es que, si ninguna religión es verdadera, no puede haber ninguna verdadera autoridad religiosa. En aquellas cosas en las que no hay verdad, nadie puede estar por encima de nadie: es el ancho territorio de los asuntos opinables.






El progresismo no niega la verdad. Robespierre tenía una verdad en forma de guillotina. Lo que el progresismo sostiene en realidad es que sólo hay verdad en lo político. Lo único absoluto para el progresismo es el poder político. La única verdad es la política. Lo único que verdaderamente importa es la paz social, el avance de las naciones, la mejora de los ciudadanos, el Estado del bienestar, la convivencia solidaria e igualitaria de hombres libres. (Sin duda, acierta en lo que afirma, pero yerra en lo que niega).








Luego Zapatero no propone que haya una autoridad religiosa mundial, sino que haya una autoridad política mundial sobre las religiones. O sea, que las religiones se sometan al poder político. La libertad religiosa está en peligro.


José J. Escandell.



















Me imagino la respuesta del califa Iraquí a estas propuestas tan cool y buenistas. Cuántos problemas se evitarían si hubiese unanimidad progre religiosa... ¿y si hubiese unanimidad política? Siempre tendríamos la suerte de estar gobernados por un progre de pro.

19 ago 2014

Mahábharata y Upanishads


En la india permanece como religión mayoritaria una de origen indoeuropeo relacionada con los panteones de la Europa pagana. Es la demostración de que una vez hubo una tradición secular que iluminó al mundo y que estaba emparentada con las creencias animistas y paganas de otros ámbitos culturales.

















El origen del Mahabharata.

El Mahabharata es la mayor épica de la India. ‘Mahabharata’ quiere decir ‘Gran India’, la India Sublime. Esta épica sin par tiene seis veces el tamaño de la Iliada y la Odisea combinadas.

El gran sabio Vyasa fue inspirado para escribir esta épica, pero descubrió que le era imposible escribirlo todo, por lo que rezó a Brahma, el Creador.

En la Trinidad Hindú, Brahma es el Creador, Vishnu el Preservador y Shiva el Transformador. Vyasa rezó a Brahma y Brahma descendió en forma humana. El sabio le dijo a Brahma: “Por favor envía a alguien que pueda escribir lo que digo.” Brahma dijo: “Bueno, sólo hay una persona en la Tierra que puede hacerlo, y ese es Ganapati. Invócalo, él puede escribir tu dictado.” Así pues, invocó a Ganapati, el hijo de Shiva.

Ganapati acudió y accedió a escribir con una condición. La condición fue que Vyasa no podría parar; tendría que dictar continuamente, sin interrupción. Si titubeaba o hacia una pausa, Ganapati lo abandonaría. Vyasa consintió y dijo: “Ahora bien, yo también quiero dictarte con una condición, y esta condición es que, a menos y hasta que sepas el significado de lo que te dicto, no lo escribirás. Tendrás que esperar y preguntarme si hay algo que no entiendes.”

Vyasa fue muy astuto. Pensó que podría usar frases complejas y eso llevaría tiempo para que Ganapati las entendiera, y entretanto él podría obtener más inspiración y prepararse para seguir dictando.

De esta manera fue compuesto el Mahabharata.







Los Upanishads son textos místicos de la religión hinduista que desarrollan las creencias paganas asociándolas con la filosofía y las fuerzas de la naturaleza. Probablemente estos textos tienen que ver con el surgimiento de otras tradiciones filosófico religiosas como el budismo y el jainismo.














Los Upanishads conforman las escrituras o escritos sagrados hindúes, y tratan acerca de la naturaleza de Dios y el universo, de la meditación y filosofía. Los Upanishads, escritos en sánscrito, son parte de los Vedas, o textos principales del hinduismo escritos en la antigua India (alrededor de dos mil años antes de Cristo); se han transmitido por el tiempo a través de la tradición oral, como solía hacerse en la antigüedad, de maestro a discípulo. La tradición habla de que los Vedas no fueron precisamente compuestos, sino que fueron revelados a los rishis o videntes védicos. Muchos eruditos consideran que son el conjunto de escritos más antiguos de los que se tiene conocimiento, o sea entre aquellos que han sobrevivido el paso del tiempo.

Se distingue a los Upanishads del resto de los escritos ya que estos son más bien reflexiones místicas o espirituales de los Vedas, una discusión a fondo acerca de su significado más íntimo, y por ello son también conocidos como Vedanta, que quiere decir el fin o la culminación de los Vedas”. Dada su profundidad y elevado tono filosófico es que son la base de la religión hindú, y de disciplinas como el yoga, la meditación y otras formas de prácticas contemplativas (se habla de la escuela de filosofía “Vedanta”).

La pobreza

El problema de la pobreza ha preocupado a la sociedad desde que ésta existe. No me refiero al problema real que se traduce en hambre, enfermedad y pérdida de oportunidades, que también, sino a la teorización de la pobreza.
En la novela de Umberto Eco "El Nombre de la Rosa", se escenifica la polémica sobre el ideal de la pobreza de Cristo en la propiedad o no de una simple túnica. El éxito de la humanidad y de la economía industrial de mercado está en el pasmoso crecimiento demográfico habido; sólo entre 1968 y 2011 se pasa de 3500 millones de habitantes a 7000 millones. Sin embargo, individualmente, la explosión demográfica no va seguida por la creación de empleo subsiguiente, a la necesaria velocidad, por lo que el número de pobres relativos crece. 





 






Cuando se producen cambios sociales amplios, aparecen nuevas necesidades por lo que la disminución de la austeridad genera pobreza relativa, y es cierto que la monopolización de la riqueza es un problema económico que se manifiesta en el aumento del paro. Así pues, necesitamos una caracterización de la pobreza en términos reales (en un tiempo y un lugar) y no exclusivamente relativos que miden más bien la igualdad.




Aquí expongo dos textos que vienen a explicar mucho mejor esta problemática.













El abuso del espantajo de la desigualdad se ha hecho carne en el pensamiento único (me he ocupado de algunas de sus falacias aquí). Apuntamos la semana pasada que Oxfam, ejemplo habitual de dicho pensamiento, había proclamado que la desigualdad mata.



Esta disparatada afirmación aparece en un informe titulado "Gobernar para la Mayoría", que clama por más gasto público y más impuestos que "eliminen la desigualdad", que es una "epidemia". Para eso los servicios públicos deben ser… ¡gratuitos!



Por si uno levanta la mano para protestar, Oxfam se apresura a aclarar que lo que pide es "un sistema fiscal más justo que recaude más de aquellos con mayor poder económico (…) incrementando la recaudación sobre los más ricos", que por supuesto nunca define, pero el mensaje está claro: todo va a ser estupendo y lo pagarán… otros.





Para lograr tan benévolo objetivo hay que "luchar contra la desigualdad", es decir, luchar contra las elites, las multinacionales, los paraísos fiscales… pero nunca contra el poder. Al contrario, la desigualdad entre el Estado y sus súbditos no les quita el sueño a los señores de Oxfam: más aún, le dan la bienvenida, oponiéndose a todo lo que sea libre, incluso a las escuelas privadas… si son baratas. Todo tiene que venir de los impuestos y nada con programas "privados u optativos": vamos, que deben ser públicos y obligatorios.



Y si uno persiste en protestar, va la prueba final: "Además, la desigualdad económica pone vidas en riesgo: cada año, solo en los países ricos, mueren 1,5 millones de personas por la elevada desigualdad de ingresos". Esto ya es una cosa muy seria: la desigualdad mata.



La prueba que presentan es el artículo "Income inequality, mortality, and self rated health: metaanalysis of multilevel studies", de Naoki Kondo, Grace Sembajwe, Ichiro Kawachi, Rob M. van Dam, S. V. Subramanian y Zentaro Yamagata. Estos especialistas en salud y nutrición parten de dos ideas asombrosas. Una es la identificación entre desigualdad y pobreza: "Una sociedad muy desigual implica que un segmento sustancial de la población es empobrecido, y la pobreza es mala para la salud"; y la otra es la siguiente:



"La desigualdad de rentas afecta a la salud no sólo de los pobres sino también de los ricos (…) por el estrés psicológico derivado de las comparaciones sociales envidiosas así como por la erosión de la cohesión social".



Con estas bases tan disparatadas acometen un metaanálisis, es decir, un análisis de los análisis de otros, referidos en su mayor parte a los países ricos, y concluyen que los estudios demuestran que hay que reducir ya la desigualdad y salvaríamos vidas, "si la relación desigualdad-mortalidad es realmente causal", es decir, precisamente lo que deben demostrar.



Reconocen la heterogeneidad de los estudios, pero no analizan variables tan cruciales como la existencia de Seguridad Social, los mercados de trabajo y la inmigración. Al final admiten que la desigualdad puede deberse a muchas causas, y que el índice Gini resume la distribución independientemente de su forma, de manera que un Gini elevado puede ser el resultado de un elevado número de individuos muy ricos o de individuos extremadamente pobres.



En resumen, como suele suceder, detrás de las consignas alarmistas que reclaman más y más usurpaciones de la libertad hay más entusiasmo que razones.










Desde hace más de un año venimos escuchando cada vez con más frecuencia la cifra de que un tercio de las familias españolas pasa hambre. Todo comenzó cuando Unicef y la ONG Save The Children publicaron sendos informes en los que denunciaron que entre 2,2 millones y 2,8 millones de niños viven en hogares "en riesgo de pobreza o exclusión social". Bastó que, a partir de entonces, varios medios de comunicación equipararan riesgo de pobreza con pasar hambre para que en septiembre de 2013 el PSOE registrara una iniciativa parlamentaria en la que denunciaba que "tres de cada diez niños se van a la cama con hambre". Hoy la cifra ya constituye un lugar común en el debate político y es instrumentada recurrentemente por todos aquellos que se oponen a cualquier recorte del gasto público, incluyendo los de Podemos e Izquierda Unida. El mantra es recurrente: recortes = hambre.






Sin embargo, y a pesar de su muy extendido uso, la cifra de que un tercio de las familias españolas pasa hambre es radicalmente falsa. Como ya hemos indicado, se equipara familia que pasa hambre con familia que se halla en riesgo de pobreza o exclusión social. Ciertamente, la imagen que todos tenemos en la cabeza de pobre es la de una persona que tiene dificultades para alimentarse, pero Eurostat define en términos muchísimo más amplios qué es una persona o familia "en riesgo de pobreza o exclusión social". En concreto, se incluye a una persona o familia en esta categoría cuando se halla en al menos una de estas tres situaciones:

  • Renta por debajo del umbral de pobreza. El umbral de pobreza se define como el 60% de la renta mediana de un país; por tanto, una persona está por debajo del umbral de pobreza si cobra menos del 60% de la renta mediana del país. Así las cosas, en 2013 el umbral de la pobreza en España era de 9.300 euros anuales para un hogar unipersonal y de 19.600 euros para un hogar con dos adultos y dos niños. Todos aquellos que cobraran menos eran considerados personas en riesgo de pobreza o exclusión social.
  • Privación material severa. Se entiende que un individuo o familia se hallan en una situación de privación material severa cuando no pueden permitirse al menos cuatro de estos nueve gastos: 1) la hipoteca, el alquiler y otras facturas como la electricidad o el gas; 2) una semana al año de vacaciones fuera del hogar familiar; 3) consumo de carne, pescado, pollo (o su equivalente vegetariano) al menos una vez cada dos días; 4) imprevistos (definido como la doceava parte del umbral de pobreza: es decir, 775 euros en hogares unifamiliares y 1.633 euros en hogares con dos adultos y dos menores); 5) teléfono fijo o móvil; 6) televisión en color; 7) lavadora; 8) automóvil; 9) temperatura adecuada en el hogar (tanto frente al frío como frente al calor).
  • Baja densidad de empleo en el hogar. Un hogar exhibe baja densidad en el empleo cuando aquellos de sus habitantes con edades comprendidas entre los 18 y los 59 años trabajan en conjunto menos del 20% de los meses que podrían hacerlo. Por ejemplo, si en un hogar con dos adultos se ha trabajado en total menos de cinco meses al año, ese hogar se considera que exhibe una baja densidad en el empleo y que, por tanto, está en situación de riesgo de pobreza o exclusión social.







Como vemos, los criterios para calificar a una persona como "en riesgo de pobreza o exclusión social" son mucho más amplios que lo de pasar hambre. O dicho de otra manera, habrá mucha gente que no pase hambre y que entrará en la categoría de riesgo de pobreza o exclusión social; por ejemplo, una que lleve un año parada, que disponga de ahorros y que cobre la prestación por desempleo será calificada como "en riesgo de pobreza o exclusión social" (por el tercer criterio) y, sin embargo, no estará pasando hambre. De hecho, sólo uno de los elementos del segundo criterio (la privación material del consumo de carne, pescado o pollo al menos una vez cada dos días) se acerca a la definición de pasar hambre, si bien de manera muy incompleta: una mala alimentación (malnutrición) no es lo mismo que falta de alimentación (desnutrición); de hecho, en la malnutrición se incluye también la obesidad.



Sea como fuere, ¿sabemos cuántas familias en España se ven privadas de comer carne, pescado o pollo al menos una vez cada dos días? , el 3,5% de todos los hogares y el 3,6% de todos los menores de 16 años: casi diez veces menos que el 33% divulgado por diversos políticos y medios de comunicación. Por tanto, estamos hablando de 640.000 hogares y no de más de 5,5 millones; y de 286.000 niños, no de 2,8 millones.

Evidentemente, no se trata de quitar importancia al asunto, pero tampoco de sobredimensionar y exagerar el drama: en 2006, en plena burbuja inmobiliaria y con el gasto público en plena expansión, ese porcentaje era del 3,9%, cuatro décimas superior al actual. Asimismo, en Suecia, el número de familias con incapacidad para comer carne, pollo o pescado al menos una vez cada dos días asciende al 2%, en Noruega al 2,5, en Finlandia al 3,2, en Francia al 7,4, en Alemania al 8,2 y en el conjunto de la Eurozona al 8,5. ¿Había una tragedia alimentaria en España en 2006? Si la había, nadie hablaba de ella, y, desde luego, la continua expansión del gasto público propia de esos años no consiguió aplacarla. ¿Hay una tragedia alimentaria en Finlandia, Francia o Alemania? No lo parece, y en todo caso no nos habremos enterado de que la tragedia alimentaria en España es la mitad de grave que en Europa y similar a la de los ejemplares países nórdicos.
Entonces, ¿por qué muchos de nuestros políticos y medios de comunicación utilizan como ariete el dato completamente falso de que un tercio de las familias españolas pasa hambre? Pues porque se trata de instrumentar política y electoralmente una tragedia como el hambre para llegar al poder. Lo verdaderamente relevante no es el número real de personas que sí sufren hambre en España, sino frivolizar la estadística y el sufrimiento ajeno para arañar votos. En el fondo, lo mismo les da ocho que ochenta hambrientos: lo que no les da en absoluto igual son ocho u ochenta votos.




 

13 ago 2014

Lauren Bacall

Ha fallecido la gran actriz norteamericana que electrizaba la pantalla con tensión sexual. Ésta es la necrológica de la BBC.

 

https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/08/140811_eeuu_cine_hollywood_muerte_lauren_bacall_jg

12 ago 2014

El club de los poetas muertos

En 1990 se estrenó en España "El Club de los Poetas Muertos". En la película Robin Williams, representando al profesor de literatura John Keating, hace el papel del profesor interesado en entusiasmar y en enseñar a pensar a sus alumnos. En la práctica esto es muy difícil y hace falta tiempo y esfuerzo para aprender a amar el conocimiento. 



Pero la película nos habla de ese profesor que engancha aunque sea al 10% de sus alumnos.
He visto a Robin Williams en "Good Morning Vietnam" sobre un locutor de radio histriónico empeñado en entretener y evadir un poco a los combatientes enterrados en el barro.


Hoy ha muerto en su casa, harto de una vida hundida por el Parkinson y la locura.

Descanse en paz quien tanto nos hizo reir.

8 ago 2014

La India



No se sabe con certeza de dónde vinieron ni en qué momento exacto llegaron los primeros pobladores de la India. Investigadores dignos de todo crédito han analizado la población de ese "reino" excluyendo adiciones posteriores; se han basado, ante todo, en su lengua, costumbres, tipos, etc.
















Desechando, por tanto, hipotéticas teorías, podemos afirmar con seguridad que se distinguen tres clases de grupos étnicos: los drávidas, los arios y las tribus de la montaña. Estos parecen ser los pobladores más antiguos de la India; actualmente están refugiados en las montañas y zonas menos favorecidas, pero hubo un tiempo en que eran los únicos señores del territorio. Parece ser que fueron empujados a esta su situación actual, por la llegada de otras tribus. 

















Los primeros invasores fueron drávidas, y se supone que llegaron hacia la India procedentes del oeste. Los últimos, los arios, vinieron del noroeste, y de éstos tenemos muchos más elementos históricos para su estudio.
Se puede considerar, dentro del proceso de formación de la población india, como incursiones menores, la llegada de los escitas y los hunos, y más recientemente los conquistadores musulmanes y los emigrantes de Persia y Afganistán.
No será completa esta relación si olvidamos a los árabes, judíos y armenios, los cuales se establecen en el país como traficantes, lo esclavos, en su mayoría asiáticos y africanos, llegaron con el tiempo a formar un número considerable dentro de la población. 















Algunas de estas razas conservaron a lo largo del tiempo su individualidad; sin embargo, otras, como los traficantes antes mencionados, se mezclaron con las razas autóctonas, llegando a formar una clase conocida con el nombre de Moplah. La llegada de los europeos (griegos, macedonios, portugueses, franceses e ingleses) también dio lugar a una mezcla de razas que en un principio se denominó euroasiática y más tarde angloindia.

















Como es de suponer, estas diversidades llevaron consigo diferencias en la lengua, la religión y las costumbres. Dentro de las lenguas hay una marcada diferencia; sin contar con las tribus de la montaña, el país puede dividirse en dos zonas lingüísticas diferentes, la zona sur habla el "dravídico", y el norte el "hindi".
El dravídico, hacia el este, se ha desdoblado en una serie de dialectos, por lo que el idioma oficial, para su propio entendimiento, es hoy día el inglés. En la parte occidental de la península existen también varios dialectos, todos ellos partiendo de la raíz aria, aunque con alguna influencia del dravídico.
El "hindi" se habla en las llanuras del Ganges y en todo el norte de la India, se podría decir que es el idioma más representativo del país. Un dialecto importante del hindi es el indostaní; éste es la mezcla entre el persa llevado a la India por los invasores y el hindi, idioma de los moradores de la India del norte. 




















Os preguntareis cómo no he hecho mención del idioma que el hombre de la calle cree el oficial y único de la India, el "sánscrito". Es cierto que es la lengua oficial, pero es una lengua muerta, conocida sólo por un grupo muy reducido de la población dentro de la clase intelectual. Al sánscrito, en una tabla de valores, se le podría equiparar a las lenguas madres europeas, el griego y el latín. Los expertos la consideran la lengua madre de todas las lenguas indoeuropeas.


















Esa prodigiosa diversidad de razas y lenguas se manifiesta también en las "castas" mezcla de definiciones religiosas, de clase social y raza.