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20 may 2021

Marruecos

España tiene la desgracia, o la suerte, de encontrarse en una frontera de civilización; es verdad que en estos tiempos globales, eso está dejando de ser importante pero todavía lo es. 

En la época romano-clásica el Mediterráneo entero estaba integrado en la civilización pero la aparición del Islam rompió con esto; el fenómeno fue estudiado por el historiador belga Henri Pirenne.

En el año 711 la peninsula ibérica fue invadida y durante 800 años hubo presencia política musulmana en el territorio.

 

 


 

Sucesivas oleadas de reformadores islámicos y tribus bereberes entrarán en la península; en los siglos XI, XIII y en el XIV; después, los piratas berberiscos asolarán las costas apoyados por los turcos. 

A partir del siglo XV el problema fue de tal calibre que Portugal fundó dos ciudades para controlar el estrecho: Ceuta y Melilla. Tras la triste aventura del Rey Sebastián en Alcazarquivir, el Reino de Portugal se unió a la corona española pasando así ambas ciudades a la soberanía española.

En Marruecos sucesivos imperios y reformadores religiosos ocuparon el territorio y los países europeos tuvieron que intervenir sobre todo Portugal, España y hasta Inglaterra.

 

 


 

La dinastía Alauita unificó el país, más o menos, hacia 1666 aunque desde 1912 las potencias europeas se dividieron el control del territorio; el Protectorado. Todo fue consecuencia de la conferencia de Algeciras en 1906. El poder recayó en los Alauitas en 1956, el año de la descolonización.

Hay que entender que la guerra de Marruecos que libraron Francia y España entre 1918 y 1925 lo fue contra  los rebeldes marroquíes (rifeños) contrarios al Sultán, y que fue posterior la mitología del Gran Marruecos almorávide que subyace en los ortogramas, planes y programas geopolíticos desde 1956.

En ese contexto hemos de ver los conflictos de Ifni (1958), el Sahara español (1974) y los enfrentamientos con Argelia (1963) por Béchar y Tinduf.

 

 

 

Actualmente Marruecos participa en la "invasión", más o menos pacífica, islámica de Europa regulando la espita de su propia población.

El conflicto intermitente con el POLISARIO ha llevado a la actual crisis diplomática con España, gracias a un chapucero plan para albergar a un gerifalte polisario enfermo en Logroño. 

La ineptitud e ignorancia de nuestro actual gobierno es difícilmente superable pero... ya veremos.

28 oct 2015

La decadencia de Occidente II



Desesperanzadora visión de una civilización menguante, cáscara que ha perdido el núcleo y que ya no es reconocible.  La historia que se parece en todo tiempo y lugar.


Leído en la Gaceta.  




Si alguien pensaba que la fórmula “defensa de Occidente” tenía todavía alguna vigencia, la actual crisis siria le habrá extirpado cualquier esperanza. Lo que hemos visto en este horrible avispero es que el “bloque americano”, nuestros aliados “de toda la vida”, han jugado a contemporizar con el Estado Islámico, que es la negación más absoluta de todo cuanto la civilización occidental considera como propio, desde la dignidad individual hasta la herencia cultural cristiana. Los que han hecho engordar a la bestia son los mismos países que financian a nuestros clubes de fútbol, que compran nuestros trenes de alta velocidad o que se sientan con nuestros militares en las asambleas de la OTAN. Son ellos los que han permitido –si no algo más- que los cristianos sean machacados en Oriente Próximo, que el yihadismo se convierta en bandera política y que una ola de desesperación llegue a nuestras fronteras poniendo a Europa en la peor crisis migratoria desde la segunda guerra mundial. Esto no lo han hecho “los malos”. Esto, empezando por el estímulo de las primaveras árabes y pasando por el caos criminal de Libia, hasta desembocar en la fuga masiva de cientos de miles de personas desde Irak, Afganistán y, por supuesto, Siria, lo han hecho “los nuestros”. Y a lo mejor va siendo hora de preguntarse quiénes son realmente “los nuestros”. O aún más hondo: quiénes somos “nosotros”.

Hace medio siglo, uno decía “occidente” y evocaba automáticamente un mundo de libertades públicas, mercado libre con garantías laborales y orden social de inspiración cristiana. No era el paraíso terrenal, pero sí el paisaje más habitable de cuantos habíamos conocido. Por supuesto que el poder era oligárquico –siempre en la Historia lo ha sido-, pero la democracia liberal lo hacía soportable. Por supuesto que el mercado libre tendía a la explotación, pero las políticas de protección social –hicieron falta revoluciones y guerras para hallar el remedio- garantizaban que amplísimas mayorías tuvieran acceso a una riqueza más que suficiente. Por supuesto que el cristianismo languidecía como fe viva, pero sus principios filosóficos, sus ejes doctrinales, eso que se llama “derecho público cristiano”, seguían vertebrando la vida social y separando lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. Ciertamente, rara vez el cruzado está a la altura de la cruz, pero bastaba ver lo que había al otro lado para resignarse y aceptar que, después de todo, lo nuestro era mejor –o menos malo- y valía la pena luchar por ello. Ese era el mundo hasta hace muy pocos decenios. Bajo esa convicción hemos vivido y hemos muerto. Pero eso se acabó.

Esto no es lo que era

Hoy uno mira alrededor y constata que aquellos viejos pilares se han desmoronado. Del famoso “derecho público cristiano” ya no quedan ni las raspas y en su lugar se ha impuesto una pseudo moral civil compuesta a partes iguales de sentimentalismo, sectarismo y nihilismo. El mercado libre, que alcanzó su apoteosis en los años 90 con la globalización financiera, ha ido desmantelando desde entonces no sólo todo control político, sino también muchas de las garantías sociales y laborales de posguerra. En cuanto a las libertades públicas, no nos hagamos ilusiones: la crisis de las democracias, ahogadas en oligarquías cada vez más alejadas del pueblo, no es algo exclusivo de España y, por otro lado, es una evidencia que hoy, a la hora de hablar en público, hay muchos más tabúes que hace sólo veinte años. ¿En qué se ha convertido “Occidente”?

Hoy uno dice “defensa de Occidente” y la cosa suena a extravagancia, como aquel general del Teléfono rojo de Kubrick que quería lanzar un ataque nuclear contra los soviéticos porque estaban contaminando “nuestros preciados fluidos corporales”. ¿Qué vamos a defender exactamente? Es muy posible que, mañana, aparezca otro escenario bélico forjado a golpes de fuego por la crisis siria, y es muy posible que, ese día, soldados españoles tengan que volver entregar la vida allí. ¿Por qué van a hacerlo? El argumento de la democracia y los derechos humanos ya no cuela; sencillamente, porque no es verdad. ¿Y entonces? ¿Por la estabilidad de un mercado global que ya no es ni quiere ser garantía de paz social? ¿Por los intereses de unos “aliados” que sólo miran por su propio provecho? ¿Por la construcción de un mundo sin alma ni destino?

En los últimos veinte años, eso que antes llamábamos “Occidente” se ha convertido en una suerte de gran mercado anónimo universal regido por una superpotencia hegemónica, los Estados Unidos. Nada más que eso. Las decisiones políticas quedan subordinadas a ese proyecto, al margen de la voluntad o el interés de las sociedades. Nuestras naciones se disuelven. Los principios morales clásicos son combatidos hasta la extinción y reemplazados por un singular mundo de matrimonios homosexuales y abortos por recomendación estatal. El mercado ya no es un instrumento para la prosperidad del mayor número posible de ciudadanos, sino un dios al que hay que adorar y obedecer por su propio poder. En esto nos hemos convertido. Un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín, ¿alguien podría decir quién o qué ha ganado exactamente?

Sí, claro: los Estados Unidos. ¿Y su proyecto es el nuestro, el de los europeos? ¿Su hegemonía es nuestra supervivencia? Ya no está tan claro como hace diez años.  “El país no lo sabe, pero estamos en guerra contra América –confiaba Mitterrand a su último confidente, Georges-Marc Benamou-. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra económica, una guerra aparentemente sin muerte. Sí, son muy duros los americanos, son voraces, quieren un poder exclusivo sobre el mundo. Es una guerra desconocida, una guerra permanente, en apariencia sin muerte y, sin embargo, una guerra a muerte” (Le dernier Mitterrand, Plon, 2005). Quizás el viejo socialista francés, ya en sus últimos días, veía las cosas bajo una luz siniestra. Quizá. Pero quizá, simplemente, estaba diciendo la verdad pura y desnuda.

No, la “defensa de occidente” ya no tiene ningún sentido. No, al menos, si de verdad queremos que algo del auténtico occidente histórico sobreviva en el mundo actual. Europa debe empezar a cortar lazos. De lo contrario, esos lazos nos ahogarán. Nos están ahogando ya.


José Javier Esparza

3 oct 2015

Las invasiones bárbaras

Apocalíptico e interesante artículo de Pérez Reverte sobre cuestiones recurrentes en el blog que, aunque quizá peca un poco de determinismo histórico, nos expone la proyección del presente a medio plazo.







Arturo Pérez-Reverte

 

Arturo Pérez-Reverte

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.
 
Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.
 
Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.
 
A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.
 
Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.
 
Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual.
 
Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.
 
La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos. 
XL Semanal

18 jun 2015

La decadencia de Europa

Dentro de la decadencia de Occidente, Europa, y en particular España, gana por varios cuerpos. La preponderancia económica ha sido la primera batalla perdida; suben Japón, Corea del Sur, los tigres asiáticos, China y la India junto con la aparición de una clase media en esos países que absorbe producción. Hay tres fases en la pérdida de hegemonía occidental y crecimiento del tercer mundo: producción barata para venderla en Occidente, deslocalización de empresas occidentales para fabricar allí, sectores de su sociedad que consumen lo que otros sectores producen. 
Vamos hacia la India a toda velocidad pero la India viene hacia nosotros a menor ritmo. 






 






La  crisis demográfica occidental se manifiesta sobre todo en Europa que pasa de ser la protagonista del crecimiento en los siglos XVII- XX a que sea el resto del mundo el que crece y produce una presión demográfica insoportable en Europa, una presión migratoria que mina las culturas europeas. 








 








Asusta la situación europea en relación al euro, en la que hay una política de compra de deuda que crea una situación sin salida, ya que el sur de Europa jamás podrá pagar; sin perder de vista el papel que ciertos poderes intelectuales reservan a Europa y el hecho de considerar a la UE como un territorio de investigación política sobre la posibilidad de un gobierno mundial. 
En el futuro que nos preparan, la falta de crecimiento demográfico europeo nos lleva a guerras asimétricas en las bolsas de Eurabia que se están formando; el futuro de Europa es algo así como Yugoslavia. Los barrios de París, las banlieues, van a estallar y de hecho ya son lugares donde no puede entrar la policía. 








 







¿Qué papel juega USA en todo esto? Hemos perdido la substancia de la civilización, tanto en España como en Europa, aunque nuestros genes puedan persistir en América, aquí se está destruyendo nuestra identidad y probablemente la cultura europea de allí. Y todo para llegar a una imposible unión política. Se facilitan las rupturas de Estados, el laicismo es entendido como odio a nuestras tradiciones, la inmigración está descontrolada pero no se construye una nueva identidad. 







 





Políticas suicidas y buenistas como las que soportan la nacionalización de los pretendidos descendientes sefarditas, y mañana los aún más pretendidos descendientes de los moriscos, nos abocan a un suicidio sin saber qué ocupará nuestros restos.
La decadencia de Occidente se manifiesta en la destrucción de lo mistérico, quedando la civilización como una cáscara vacía; Freud, Marx y Nietzsche aparecen como heraldos de esa destrucción de manera que Europa queda inerme por las distintas dimensiones éticas de la civilización. Lo que consideramos bueno otros no lo consideran y en el solar de nuestra ruina impondrán su moral.

9 ene 2015

Atentado en Francia

Cuenta Marc Bloch, en su ensayo "La Extraña Derrota", que una de las variables determinantes en la guerra es la distancia, pero no medida en metros sino en tiempo. Hasta hace muy poco, en mi infancia sin ir más lejos, la distancia entre el mundo islámico y Europa era muy grande; en sus sociedades proliferaban empleos tradicionales casi inexistentes en Europa, la transferencia tecnológica era menor que ahora y nadie soñaba con una invasión islámica, eso era cosa de los libros de Historia; pero el mundo de la globalización lo ha cambiado todo; extensos barrios de París, Berlín, calles de Madrid, de Barcelona son auténticos ghettos musulmanes; paralelamente la tercera generación de musulmanes europeos está más conectada a su civilización por los medios de comunicación audiovisuales vía satélite y por Internet. 





 






En un Occidente que ha perdido el norte, el mundo musulmán ha encontrado su misión: la conquista de Europa. Un estudio de la universidad de Casablanca a propósito del relativismo en el mundo árabe produjo asombro y desazón a sus autores, musulmanes ellos mismos. Éste es uno de los grandes problemas de Europa hoy, la existencia de terroristas asesinos, ejércitos islámicos etc., independientemente de  las manos que mezan la cuna, son consecuencias de este caldo de cultivo. La naturaleza violenta del Islam es intrínseca en su religión, la ausencia de aggiornamento, la implicación de la religión en la política y el integrismo religioso nos abocan a guerras asimétricas que se van a desempeñar no en Iraq o Palestina sino como ahora en París esto es sólo el comienzo.
















 En recuerdo de los caídos en Charlie Hebdo, en París.






2 jul 2011

El caso Wilders

Por su interés reproduzco este artículo publicado en Libertad Digital:








Acosado por los sabuesos de la corrección política, Saul Bellow clamaba: "No podemos abrir la boca sin que se nos denuncie como racistas, misóginos, supremacistas, imperialistas o fascistas". Y: "en cuanto a los medios, están dispuestos a descalificar al que así sea designado". Y tanto.






Un tribunal holandés ha absuelto al político Geert Wilders, acusado de incitar al odio contra los musulmanes por haber comparado el Corán con Mein Kampf y tachar al islam de ideología fascista. Lejos de calibrar el significado de la sentencia para la libre expresión, el grueso de la prensa ha preferido la senda que indicaba Bellow. La justicia lo ha absuelto, pero no los periódicos, incapaces de mencionar a Wilders sin colgarse la ristra de ajos para espantar al vampiro: antimusulmán, islamófobo, xenófobo, ultraderechista. Acabáramos.


















Es evidente: hay una religión que no puede ser criticada en el laico y tolerante Occidente. Aunque ciertos tribunales carcas persistan en tener manga ancha para la libertad de opinión, quien marca sus límites reales es la policía del pensamiento. La cuestión no era si Wilders tenía o no razón, sino si podía expresar tales opiniones o había de ir a la cárcel. Y el asunto es si despacharse así sobre una creencia religiosa entraña una incitación al odio contra sus fieles. La justicia ha dicho que no. La ortodoxia dominante dirá que depende. Pero que depende de la religión de que se trate.







El cristianismo y la Biblia están disponibles para cualquier censura, invectiva, mofa y befa. No así el islam y su libro sagrado, a los que debe guardarse respeto absoluto. La creencia de los musulmanes goza entonces de un estatus de protección único y extraordinario. Se ha restaurado para ella el privilegio del que Occidente privó a sus religiones hace mucho tiempo.





















Topamos, de nuevo, con lo sagrado. Y por la vía más inesperada. Desde los mismos púlpitos que predican un laicismo radical se han definido nuevos lugares sagrados, donde la libertad de expresión está prohibida. Esa condición intocable se le concede al islam, como también a "otras culturas" y a grupos de "víctimas". El argumento es la vulnerabilidad, su condición minoritaria, su pasado de perseguidos. Y, en el fondo, la culpabilidad: hemos de expiar y compensar los males infligidos. Curioso, cómo la celebración de la diversidad ha conducido a imponer la uniformidad de opiniones.





Cristina Losada

1 jun 2011

Tariq Ramadan

En su ya larga cruzada para hacernos más fácil la dictadura islámica que viene, este escritor franco suizo de origen egipcio, ha escrito este libro. Ramadan, amigo de Cebrián, da por hecho que el Islam se va a apoderar de Europa; el declive demográfico, la inmigración masiva y el número de hijos que las parejas islámicas tienen lo hacen inevitable.



















Este escritor es descendiente de un terrorista de los Hermanos Musulmanes, pero no preconiza esos métodos para hacerse con el poder sino una tolerancia asimétrica en la que los degenerados occidentales permitan guetos islámicos, protegidos frente a la corrupción, mientras desaparecen. Está convencido de esta evolución en el tiempo porque tiene fe religiosa, pero la Historia nos cuenta que los cambios de tendencia suceden muchas veces de forma inesperada. No sabemos cómo va a funcionar el mundo islámico en el futuro, cuál será el efecto de la vida europea en los árabes y norteafricanos que viven en Europa ni qué sucederá en el cambio de tendencia hacia la nueva era de los césares.
































En el ínterin, hay que contestar a este lobo con piel de cordero que los inmigrantes vienen a vivir y trabajar en nuestra sociedad y deben de obedecer nuestras leyes, que no habrá apartheid y que sus hijos se educarán con los nuestros respetando la cultura que les cobija.





















Recuerdo una conversación que tuve el año pasado con una mujer islámica en la mezquita de Granada, ella me quería vender la moto de que la solución a la crisis pasaba por el Islam, pero no pudo contestarme cuando le aconsejé que empezara a aplicarse en el Sudán.

5 nov 2010

El peligro islámico hoy en día

La evolución, claramente decadente en nuestro mundo occidental, crea contradicciones entre la decantación secular de los derechos humanos y la exportación de los valores hacia otros espacios de civilización.


















Así por ejemplo, el derecho a la movilidad de las personas, la necesidad de trabajadores para nuestras sociedades y el respeto a las creencias religiosas de éstos están generando una sorda invasión como ya vaticinara Huari Bumedian.
















¿Cómo se podría evitar la expansión islámica en nuestro territorio, sabiendo que la asimilación de los islámicos no solamente es muy difícil sino que además ellos llegan a nuestra sociedad con el convencimiento de su superioridad moral y con ánimo de conquista?



















Con todo respeto a los ciudadanos legales, es necesario expulsar a los ilegales a sus países de origen, propiciar la pérdida de la patria potestad a quienes no traten y eduquen bien a sus hijos, promocionar el respeto a nuestra identidad cristiana, disminuir las ayudas sociales a los extracomunitarios no hispánicos y combatir políticamente el falso progresismo.




















La gente debe asumir su responsabilidad en su propio gasto social, sabiendo que la caridad es voluntaria. Es necesario reevaluar nuestras relaciones con los países islámicos, buscando la reciprocidad de trato de las minorías cristianas en sus sociedades, analizando la calidad de sus libertades y viendo si son capaces de articular regímenes pluralistas.
















El apoyo a Israel, independientemente de su origen, teniendo en cuenta la decisión de Naciones Unidas y de que es una punta de lanza de Occidente en Medio Oriente, es fundamental. La necesidad de defender militarmente a los cristianos y animistas sudaneses, de oponerse al genocidio cultural en Afganistán, como en el caso de los budas, servirá como ejemplo de nuestra apuesta por la libertad.
















Occidente deberá promocionar la natalidad, por la vía de bajar impuestos, creando una cultura que haga interesante a las mujeres tener hijos, deberá analizar la gestión que los países productores hacen de los recursos petrolíferos, dejando claro que determinadas manipulaciones del mercado y determinadas donaciones caritativas tendrán la consideración de actos de guerra, deberá aplastar a los progresistas que son el cáncer de Occidente y apoyar a partidos que empujen a la acción a los mayoritarios, casos Sarkozy, Sarrazin. Debemos asumir que estamos en una guerra y que debe de haber ciertas restricciones temporales de derechos.