1 jun. 2011

Dos personajes de la transición

Mario Onaindia fue un político vasco que logró evolucionar desde el nacionalismo, al que llegó en su ambiente propio de la lucha antifranquista, hasta el constitucionalismo y el patriotismo español. Esta evolución la hizo en el seno de Euskadiko Ezkerra, un partido vasco de izquierdas capaz de hacer autocrítica, por otro lado algo muy difícil en España.



















Cuando leo las vivencias de Mario, como joven de aquella época, no puedo menos de pensar en mi propio mundo, mi propia existencia. Le oí en directo en una conferencia en Pamplona; me imaginaba que iba a escuchar el típico discurso abertzale, pero, a pesar de no estar en su onda ideológica, escuché uno de los argumentarios más lúcidos que en ese tiempo se podía encontrar sobre política internacional. Aquí expongo algunas de sus ideas antes de morir demasiado joven.






Encontrar el “principio de realidad” es una de sus claves: “Hay que llevarse bien con la realidad —aunque haya que cambiarla— para ser parte de la solución. De otro modo, pasas a ser parte, integrante y constitutiva, del problema. En esto, precisamente, se ha convertido el PNV: en el problema. Por eso no son la solución, porque son el problema. ETA ha desaparecido. Su lugar lo ha ocupado el nacionalismo vasco en el poder. Ellos mismo lo dicen, no es que lo diga yo. Rechazan la Constitución, rechazan el Estatuto, rechazaron el plan Ardanza y seguirán proponiendo y rechazando los sucesivos planes de Ibarretxe,… porque no plantean las cosas en términos de solución. El nacionalismo plantea la situación como un problema sin solución, y todo problema —por definición— tiene solución, aunque sea difícil. Nunca formularan una solución que tenga una salida democrática. (…) Es una paranoia, que no se resuelve dándoles la razón y cediendo siempre. Es necesario “llevarles a la realidad” de otra forma se hace —cuando menos— el ridículo, como le está ocurriendo a Izquierda Unida”.









Marío Onaindía no deja de hacer trabajar a su cabeza, pero siembre está presente el corazón: estudia con pasión, se entusiasma. Sólo por la fuerza del corazón es capaz de superar esa timidez tan suya, genéticamente condicionada. Una inquieta cabeza con un corazón profundamente varonil, en estrecha armonía. Se expresa con serenidad, como quien no dice nada, pero no esquiva la verdad, ni la mirada. Es un hombre coherente. Se vuelca en su familia, donde el cariño, la admiración y el respeto mutuo afloran en las miradas y hasta en el más sutil comentario jocoso. Juega de camarada a camarada con su hijo de 7 años y le lee la Odisea. El chaval se admira de que un señor tan prestigioso y —con tantos siglos de edad— como Homero hablara de monstruos bicéfalos, tan parecidos a los de sus videojuegos. ¿Qué problema generacional plantea la constante humana? —se pregunta su padre—. Mientras, embobado, se admira ante la feminidad de su hija adolescente, a la vez que reconoce, con regocijo, cuánto se parece a su padre: “Disfruto viendo cómo le toma el pelo a su madre, con una ironía que reconozco como propia. Es una gozada observarlas: yo soy sólo un espectador”. Luchador nato. En lo político, sabe de dónde viene —¡como para no saberlo!— y a dónde va. “Tenemos que crear espacios de libertad y de solidaridad en este país. No lo digo para conseguir la alternancia, sino para poder vivir en Euskadi”. Ha ido trazando su propio camino: discerniendo por dónde ir. Ahora, pelea —con total entereza y dignidad: sin darle importancia— la gran batalla: la contienda con la enfermedad, sin abandonar su batalla de siempre: ¡la conquista de la libertad!



Y qué decir de Josep Tarradellas; el último presidente de la generalidad en el exilio regresó a España para hacerse cargo de la preautonomía, y estuvo en todas las conversaciones que dieron lugar al Estatuto de Sau. He aquí lo que, tiempo después, pensaba.















“¿Cómo es posible que Cataluña haya caído nuevamente para hundirse poco a poco en una situación dolorosa, como la que está empezando a producirse?” “Para salir de esta situación y para ocultar lo que desgraciadamente ha conducido a la falta de confianza hacia nuestras instituciones, vemos que sus responsables están utilizando un truco muy conocido y muy desacreditado, es decir, el de convertirse en el perseguido, en la víctima, y así hemos podido leer en ciertas declaraciones que España nos persigue, que nos boicotea, que nos recorta el Estatuto, que nos desprecia, que se deja llevar por antipatías hacia nosotros, que les duele y se arrepienten del hecho de haber reconocido nuestros derechos e incluso, hace unos días llegaron a afirmar que toda la campaña anticatalanista que se realiza va encaminada a expulsarlos de la vida política”.

















“Es necesario tener el coraje de decirlo: los problemas de la lengua y de la escuela se deben a la actual Generalitat, quien en gran parte los ha provocado, por falta de sentido de responsabilidad y por una alocada política ante el Gobierno que podía pensarse que no sería aceptada, no sólo por su planteamiento inaceptable, sino porque ni ayer, ni hoy, ni nunca, gobierne quien gobierne, el Estado no aceptará nuestros derechos como nosotros quisiéramos, si nuestro pueblo no los reclama unánimemente”.






También le hacía constar al Rey “mi más enérgica protesta ante la política de provocación que Cataluña inició el mismo día de la toma de posesión del presidente Pujol que todavía continúa, debido por una parte a la política de intimidación engañosa que se hace desde la Generalitat y por otra, abusando de la buena fe de los que hay que reconocer que están tendenciosamente informados”.








Aunque posterior al intento de golpe de 1981, hay otro testimonio sobre cómo maniobraba Tarradellas en contra de determinadas políticas disgregadoras como la que, a su entender, realizaba su sucesor en la presidencia, Jordi Pujol.








Quien fuera presidente del Senado entre 1982 y 1989, el socialista José Federico de Carvajal, recuerda en sus memorias una visita de Tarradellas en la que “mientras intercambiábamos impresiones sobre asuntos más o menos intrascendentes, yo elogié su buena gestión al frente de la Generalitat provisional. Fue como si le hubiera picado un escorpión. Tarradellas se sobresaltó y empezó a decir que las cosas no andaban bien en Cataluña y que eso era culpa de Pujol. Fue una diatriba tremenda que duró unos 20 minutos. Decía que el Gobierno central era el culpable por ser demasiado condescendiente con el líder nacionalista. Ustedes, me dijo "son responsables, porque le dan demasiado".







En plena convulsión política previa a la dimisión de Adolfo Suárez y al 23-F, Tarradellas mantuvo diversos contactos con el Rey. El 26 de enero de 1981 tuvo lugar un encuentro que él mismo definió como “inolvidable”.




El 7 de febrero, Tarradellas escribiría a don Juan Carlos “para clarificar algunos aspectos de la conversación” y el 16, el ex presidente recibía respuesta de La Zarzuela “con una carta de un contenido muy inteligente, que me hizo meditar”.










Tarradellas, retirado, pero inquieto, se decidió a escribir una larga carta a Don Juan Carlos, de 27 folios, el 12 de marzo de 1981 “ante una situación que cada día era más preocupante”. En ella en ningún momento habla de golpe de Estado, ni de intentona golpista, sino de “los acontecimientos que hemos vivido durante el mes de febrero” […]:








“Para mí, dadas mis convicciones políticas, en estos momentos es doloroso y decepcionante tener que exponeros mi pensamiento tal y como voy a hacerlo. Es el problema de las autonomías”.






Después, para remachar, vertía críticas sobre los gobiernos autónomos de Cataluña (presidido por Jordi Pujol) y del País Vasco (presidido por Carlos Garaicoechea):








“Han constituido gobiernos monocolor, es decir, minoritarios o de un solo partido, y, como era de esperar, hacen una política sectaria, discriminadora, que hasta divide interiormente las dos comunidades de una manera cada vez más profunda. El resultado de esta política creo que es y será muy arriesgado y decepcionante”.








El político que se refería en muchos discursos a “los pueblos de España” se dio cuenta de que el sistema autonómico se había “desmadrado”. “De todos modos, esto tenían que haberlo pensado antes. Hace años que dije que 17 autonomías, 17 parlamentos, 17 policías… Esto es jauja, eso no puede funcionar muy bien”.








En verano de 1981 dictó la conferencia El Título Octavo de la Constitución y el problema de las autonomías en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Según sus palabras:









“Las autonomías hay que hacerlas con rigor y serenidad”. "Fabricamos cincuenta millones de calzoncillos pero no tenemos cincuenta millones de culos".

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