2 sept. 2011

Elogio de la pereza

Paul Lafargue fue un activista socialista que, entre otras cosas, trajo la "buena nueva" a España. Lo cierto es que no tuvo mucho éxito; los anarquistas, que llegaron después, encandilaron a la clase obrera radical y relegaron al socialismo marxista.








Paul había nacido en Cuba, en el seno de una familia de terratenientes franceses; fue a estudiar a París y luego a Londres, y ahí se enamoró del marxismo a la vez que lo hacía de la propia hija de Marx, Laura. Lafargue fue correspondido por la hija pero hizo falta toda la diplomacia de Engels para convencer al iracundo Marx que despreciaba a Lafargue.






























A pesar de una larga carrera de articulista político, defendiendo al socialismo, hay un fondo anarco-proudhoniano en Lafargue que odiaba Marx, ese fondo sale con toda intensidad en un libro delicioso: "El Derecho a la Pereza", donde se coloca como meta para el hombre, una sociedad en la que la maldición del trabajo estaría si no proscrita sí muy reducida. Transcribo la carta que dejó escrita tras suicidarse junto a su mujer, tomando cianuro potásico.



















Sano de cuerpo y espíritu, me doy la muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno detrás de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años.

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