14 ene. 2011

El cisma de Occidente y el protestantismo

A partir de 1378, la Cristiandad occidental sufrirá una escisión en su seno que pondrá en peligro la continuidad de la unidad; sin embargo, casi por un milagro se consiguió conciliar los espíritus encontrados.








La ruptura se produjo en diversos planos, no solamente por la existencia de diversos candidatos al puesto de Papa, y tiene que ver con los terribles acontecimientos que marcan el fin de la Edad Media, como la pequeña edad del hielo, la epidemia de peste negra, las disputas entre el papado y el Imperio alemán y la guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra; teniendo en cuenta que esta crisis no va a paralizar los cambios sociales sino a acelerarlos.






















Uno de los planos más complejos es el de carácter doctrinal, donde la mal resuelta oposición entre el nominalismo de Guillermo de Ockham y la escolástica clásica fue resuelta in extremis por la teología de San Juan Duns Escoto.









La disminución del poder de la nobleza y el aumento del poder de los reyes y el clero secular, así como el de la burguesía artesana y comercial ciudadana se confabulaban para promocionar iglesias nacionales en una premonición de lo que sería la ruptura protestante.






















La Iglesia de Occidente vivió uno de los momentos de mayor tensión en la Baja Edad Media. Durante el siglo XIV se da el largo episodio del Pontificado en Aviñón, trasladado a esta ciudad francesa por diferentes razones entre las que destacan la grave crisis que sufría Italia y el deseo de centralización fiscal por parte del papado, y el Cisma de Occidente con la elección simultánea de Urbano VI y Clemente VIII.









La extinción del Cisma se consigue con la elección de Martín V, en la centuria siguiente; pero los problemas no se resuelven, surgiendo con fuerza la vía conciliadora.









El triunfo del Pontificado se alcanzó con Martín V en el seno del Concilio. Respecto a la cultura y la espiritualidad, las convulsiones sociales, la presencia de la guerra como un hecho permanente y las duras oleadas de peste que merman Europa, causas y consecuencias de sí mismas, inducen a la toma de posturas y sentimientos contrapuestos y extremos: el más absoluto idealismo y el realismo más desgarrado; movimientos de rígido ascetismo junto a una escandalosa inmoralidad.









Aunque el foco central de la cultura siguió estando en manos de los clérigos, se observó una cierta secularización evidenciada en el laicismo humanista, cuyos primeros esbozos empezaron a aparecer en esta época.



















Cuando finalizó el cisma, aparentemente, sólo perduraba en Europa el problema de los husitas.




















Jan Hus, un sacerdote checo, tomando en parte la doctrina del teólogo John Wycliff desarrolló una teoría que ganó muchos adeptos en Bohemia. Hus decidió someter su doctrina al concilio de Constanza, y ahí se presentó con un salvoconducto del emperador Segismundo en el concilio donde se pondría fin al cisma de Occidente. Los ánimos estaban muy alterados y contrariando la lógica, la justicia y el derecho de hospitalidad quemaron a Hus; sus seguidores se radicalizaron y la posible ruptura se agravó por la connivencia de los nobles bohemios; pero las autoridades surgidas de Constanza supieron convencer a los nobles de que los husitas radicales ponían en tela de juicio su posición social, lo que llevó a un encuadramiento de los nobles en la Iglesia y a la destrucción militar de los husitas.




















La unidad católica era total en 1434 pero las heridas, en muchos aspectos, continuaban abiertas aunque ocultas, esto fue lo que ocurrió en el concilio de Basilea.







En el antiguo reino de Navarra, los reyes de la familia agramontesa perdieron su reino por bula papal ante su posicionamiento junto a Francia frente al papado, se les acusaba de protoprotestantes y fueron desalojados en 1512; sin embargo, las tesis de Lutero se publicaron en 1517 y el protestantismo entró en la historia en 1521. Los descendientes del rey de Navarra accedieron al trono de Francia abjurando del protestantismo hugonote con la frase: "París bien vale una misa".




















Las sectas protestantes se multiplicaron, y son de destacar el reformador suizo Calvino y el hereje aragonés Miguel Servet.

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