14 ene. 2011

A vueltas con la natalidad

Como he expuesto aquí y aquí, los problemas teóricos de la demografía están asociados a una serie de pensadores y políticos que creen religiosamente en que sobra gente en el planeta, y claro desde luego no son ellos; de alguna forma están consiguiendo penar a quienes desean tener hijos en las sociedades desarrolladas, y lo hacen por sibilinos mecanismos impositivos, de manera que un hijo no sólo no viene con un pan debajo del brazo sino que se lo montan para que nos prive del nivel de vida que creemos merecer.






En las sociedades del Tercer Mundo, mucho más tradicionales y estancas ideológicamente, los mecanismos de esa clase de gente no funcionan, pero a medida que un país se desarrolla esto es peor. No tengo duda de que en el futuro los humanos desarrollarán nuevas técnicas, crearán economías de intangibles y de valor añadido, poblarán el mar y el espacio y reciclarán.






Hace dos siglos, el economista inglés Thomas Robert Malthus (1766-1834) publicó su "Ensayo sobre el Principio de la Población"; en él argumentaba que mientras la población crece geométricamente -al modo de la serie numérica 2, 4, 8, 16, 32, 64-, la producción de alimentos lo hace más lentamente, de forma aritmética -al modo de la serie numérica 2, 4, 6, 8, 10, 12. El reverendo Malthus aplicó esta tesis a su propia patria en un modelo dividido por etapas de un cuarto de siglo cada una.











En la primera etapa, la población y la producción de alimentos crecen paralelamente, como en el inicio de las series numéricas que he puesto como ejemplo: 2, 4. En la segunda etapa la población inglesa alcanzaría los 28 millones pero sería capaz de alimentar sólo a 21 millones. Obsérvese que no sólo se trata de que la necesidad sobrepasa a la capacidad para satisfacerla, sino que la diferencia entre ambas se dispara, se acelera.










En concreto, Malthus predijo que para el final del primer siglo de su estudio, en el año 1898, Inglaterra, con una población de 112 millones, sería capaz de alimentar adecuadamente sólo a 35 millones. Setenta millones de ingleses, por tanto, iban a morir de hambre en los albores del siglo XX. En Cuba no perdimos tanto.












Hoy, la población de Inglaterra apenas llega a los sesenta millones de habitantes, no tiene problemas de abastecimiento de alimentos y jamás ha sufrido hambrunas en las que hayan perecido millones.












El reverendo vivió en Inglaterra durante la Revolución Industrial pero se le escaparon dos efectos de esta. El primero: el avance tecnológico aumenta no sólo la producción manufacturera sino también la producción alimentaria. Y segundo pero no menos importante: las sociedades industriales tienden a reducir drásticamente su crecimiento demográfico vía menor natalidad.
















Estos detalles no impidieron que el maltusianismo sobreviviese durante años.














En 1968, Paul R. Ehrlich, un entomólogo de la Universidad de Stanford, quien siendo joven había visto sus campos de mariposas diezmados por culpa del desarrollo de la industria inmobiliaria, escribió el éxito de ventas The Population Bomb. Para dar una medida del maltusianismo del libro nada mejor que ver las primeras frases con las que se abre el prólogo: "La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado [...] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre a pesar de cualquier programa de choque que se emprenda ahora. A estas alturas nada puede impedir un sustancial incremento en la tasa de mortalidad mundial, aunque muchas vidas podrían ser salvadas mediante drásticos programas para ampliar la capacidad de la tierra incrementando la producción alimentaria y distribuyendo más equitativamente el alimento disponible. Pero estos programas sólo proporcionaran un aplazamiento a menos que se acompañen con esfuerzos decididos y exitosos de control de la población."














Y esto, como digo, era solo el principio del prólogo. A lo largo de las siguientes doscientas páginas, Ehrlich escribía predicciones tan atrevidamente maltusianas como que "un mínimo de diez millones de personas, en su mayoría niños,se morirán de hambre durante cada año de la década de los setenta. Pero esto es un mero puñado comparado con el número de los que se morirán de hambre antes del fin de siglo".



Y estos millones que iban a morirse de hambre no había
que ir a buscarlos a algún lugar olvidado de la mano de Dios, tal vez en África, muy al contrario, Ehrlich afirmaba que "antes del año 2000" unos "65 millones de norteamericanos" iban a "perecer por inanición".







Ante tal hecatombe la postura de Ehrlich está clarísima: "Nuestra posición requiere que emprendamos acciones inmediatamente en nuestro país y que promovamos actuaciones efectivas en el ámbito mundial. Debemos tener control demográfico en esta nación, si puede ser mediante cambios en nuestro sistema de valores, o si no a la fuerza si los métodos voluntarios fracasan".















Los Estados Unidos de América no podían sostener, según el autor, una población superior a los 150 millones (esa era la población de Estados Unidos en 1950. En el momento de la publicación del libro, rondaba los 200 millones y hoy esa nación cuanta con una población de 300 millones). La cosa era tan grave que Ehrlich se apresuró a ofrecer ideas de control demográfico coercitivas, aunque reconocía que no se trataba de ideas propias sino de colegas suyos. Entre los métodos propuestos por el entomólogo, algunos son desestimados por él mismo, como por ejemplo la adición de sustancias anticonceptivas en toda la comida vendida en los Estados Unidos de América, que él no ve política ni científicamente factible.















Pero caben otras posibilidades más modestas y realistas, a saber: echar mano de la presión fiscal para aliviar la presión demográfica. Tal era la propuesta del senador Bob Packwood de Oregón de reducir las deducciones fiscales a la natalidad. O como propone el propio Ehrlich "se podrían gravar con impuestos de lujo los ajuares para niños, las cunas, los pañales, los juguetes caros..." y otorgar "premios a la responsabilidad" para las parejas que se abstuvieran de tener hijos o para los varones que se hicieran vasectomías. Para llevar todo esto a buen puerto habría que crear una Agencia Federal de la Población y el Medio Ambiente.







Si esto era lo que les esperaba a los estadounidenses, la medicina para los países menos desarrollados, cuya capacidad para auto alimentarse era aun inferior, tenía que ser necesariamente más amarga. Mucho más amarga. Los varones del subcontinente indio con más de tres hijos habrían de ser esterilizados a la fuerza. Ehrlich también recogía una propuesta de Paul Paddock que consistía simple y llanamente en acabar con todas las ayudas alimentarias tanto públicas como privadas a las naciones que no pudiesen autoabastecerse. Se trataba simplemente de acabar con las hambrunas acabando primero con los hambrientos de la forma más literal posible. Como en el caso de los perros rabiosos: muerto el hambriento, muerta la hambruna.






Medidas tan drásticas en una parte tan amplia del globo hacían imperativo un nuevo trazado de las fronteras africanas y del sudeste asiático.







Si el lector entrevé similitudes entre las propuestas de Ehrlich y las políticas antinatalistas de la República Popular China sus dudas se disiparán con la lectura este párrafo de How to be a Survivor (Cómo ser un superviviente) escrito por Ehrlich y Richard L. Harriman tres años después: "Así y todo, a aquellos que dicen que el gobierno no podrá nunca inmiscuirse en asuntos tan privados como el número de hijos que una pareja produce, puede que les espere una sorpresa desagradable. No hay ningún "derecho" sagrado a tener hijos. El argumento de que el tamaño de la familia es asunto de Dios y no asunto del gobierno será presentado sin duda -- de la misma manera que fue presentado en contra de la prohibición de la poligamia. Sin embargo el gobierno le dice a cada cual cuantos maridos o esposas puede tener y te mete en la cárcel si te pasas de la raya". (Ehrlich y Harriman 1971, pág. 33).












Recapitulando, el meollo de The Population Bomb puede resumirse pues en este párrafo: "Un cáncer es una multiplicación descontrolada de células; la explosión demográfica es una multiplicación descontrolada de personas. Tratar únicamente los síntomas del cáncer puede hacer que la víctima se sienta más cómoda al principio, pero acaba por morir -- a menudo, de forma horrible. Un sino similar le espera a un mundo con una explosión demográfica si sólo los síntomas son tratados. Debemos redirigir nuestros esfuerzos del tratamiento de los síntomas a cortar el cáncer de raíz.
La operación exigirá muchas decisiones aparentemente brutales y despiadadas. Puede que el dolor sea intenso. Pero el mal se encuentra en un estado tan avanzado que sólo con cirugía radical tiene el paciente la posibilidad de sobrevivir".








Se vendieron tres millones de copias de The Population Bomb y Ehrlich fue entrevistado por Johnny Carson en The Tonight Show.













Millones de americanos vieron la entrevista a Ehrlich esa velada. Entre ellos, en su casa de Illinois, se encontraba Julian L. Simon, un economista judío americano que hacía mucho que había dado el maltusianismo por inútil y carente de toda relación con los datos empíricos. Simon se había licenciado en Psicología Experimental por Harvard y había servido como oficial en la armada americana antes de recibir un MBA en la Universidad de Chicago y dos años más tarde, en 1961, un PhD en Economía Empresarial por la misma institución. Tras haber desempeñado diferentes puestos en la prestigiosa fundación conservadora Heritage Foundation y en la Universidad de Illinois, era catedrático de Ciencias de la Empresa en la Universidad de Maryland donde estudió demografía durante veinticinco años y era Senior Fellow en el Cato Institute. Simon escribió docenas de libros y más de doscientos artículos. Pocos días antes de su muerte fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra. Simon demuestra en sus trabajos la falsedad pseudocientífica de las teorías neomalthusianas.







Es posible seguir los razonamientos siguiendo este enlace.













Finalmente, Simon publicó en 1996 The State of Humanity con el Cato Institute de Washington, DC. El libro contiene dos predicciones para el siglo que acabamos de empezar, que él no llegaría a ver pues murió el domingo 8 de febrero de 1998. Irónicamente, su muerte coincidió con el 200 aniversario de Ensayo Sobre el Principio de la Población de Malthus y el día de su funeral Simon habría cumplido los 66. La primera predicción no puede sorprendernos a estas alturas: "todas las condiciones materiales de la humanidad mejorarán." La otra aún sorprende menos: "los humanos continuarán quejándose de que todo va de mal en peor"

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