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18 nov 2011

La Iglesia Católica

En el origen de la Civilización Occidental se encuentran la civilización clásica, que mezcla la racionalidad de los griegos con el espíritu práctico de los romanos; junto a esto existe la masa de una Europa creada por el genio de César de la misma forma que los griegos preservaron de Asia el espíritu europeo.
















El cuerpo de esa Europa será fundamentalmente celta pero tras la decadencia imperial, aparece otro elemento que es el germanismo traído por las masas de los bárbaros que penetraban el Imperio; las virtudes militares y el elitismo de los pueblos germánicos elaborarán las naciones.

























¿Pero cuál será el magma espiritual de ese mundo para darle la cohesión perdida ante el hundimiento espiritual del mundo clásico? Será la Iglesia Católica. La substancia de ese joven Occidente, de nuestro propio origen, será la fuerza de la Iglesia; fuerza emanada de las creencias judaicas tamizadas en la Biblia de Cristo, hijo de Dios y Dios Él mismo, dentro del Dios único de la Trinidad, impregnadas de los cultos orientales que llegaron a Roma en el Bajo Imperio. Comentan que un político e historiador inglés de siglo XVIII decía que el Papa era un monarca que reinaba sobre el fantasma del Imperio Romano; probablemente esto sea una crítica ladina a la Iglesia desde el mundo protestante, pero ¿qué es el protestantismo sino una vuelta a los orígenes del cristianismo?

















En la cristiandad, será necesario ubicar esta fuerza espiritual liberándola de la soberanía de poderes terrenales, ésta será una dificultad que, a lo largo de los siglos desde la Edad Media, basculará sobre la Iglesia. Los Estados Vaticanos sucumbirán a la formación de la moderna Italia, pero como he indicado aquí en los años veinte del siglo XX se constituirá, en el marco de los acuerdos de Letrán, el Estado del Vaticano con presencia física mínima pero que permite situar la enorme fuerza de prestigio espiritual en una soberanía propia.
















Como la modernidad del humanismo surgido en el seno de la Civilización Occidental cristiana actúa a veces contradictoriamente sobre la tradición de esa misma civilización, es conveniente fijarse en las fuentes de esa misma tradición. Nuestras fiestas, las costumbres, nuestro sentido moral, las iglesias y catedrales, y la masa social de quienes permanecen en la práctica religiosa que en el pasado lo fue de la totalidad de nuestros ancestros, en España muy próximos.















Sin embargo, el hecho de la muerte, y la decrepitud física, es un valladar que protege la creencia y de alguna forma la influencia de la Iglesia. La Iglesia como fuerza multinacional se defiende y lucha contra sus enemigos a través de su diplomacia y hasta de su servicio secreto; no es posible desdeñar que la propia creación de los estados nación modernos encuentra en los católicos competidores en sus intentos de uniformización (véase el caso extremo de la encíclica:
"Mit Brennender Sorge" contra el nazismo).








El aggiornamiento de la Iglesia con la propia modernidad occidental se realizó a través del Concilio Vaticano II, que era la continuidad de esfuerzos anteriores; considérese la tremenda dificultad de una organización dogmática para asimilarse a la libertad sin perder su esencia. Las dificultades, los pelos en la gatera y la heridas cicatrizaron en el pontificado de Juan Pablo II, siendo que la Iglesia siempre actúa con la táctica de dos pasos adelante uno atrás, pero no del todo, y que los acuerdos más difíciles de un pontificado se resuelven en el siguiente.

















La victoria sobre el marxismo, contra pronóstico, llevó a la alianza de compromiso con los USA; sin embargo, la utilización, por parte de poderes fácticos, del escándalo de los curas pederastas (como si no hubiera muchos más en otros grupos sociales) frenó la actividad política de la Iglesia, un poco.








La limpieza interior, también en términos económicos (caso Marcinkus), dio lugar a una ofensiva contra el materialismo que aún se mantiene. El materialismo, cáncer de Occidente, ha chocado con la crisis, y ésta es una oportunidad gracias al buen funcionamiento de Cáritas y de la escuela católica; porque hay gente que se entrega gratis, por eso funcionan mejor que otras organizaciones.

4 oct 2011

Estados actuales y viejos reinos

Uno de los defectos más recurrentes de los politicastros metidos a historiadores es la utilización, por interés político, de conceptos anacrónicos. Así por ejemplo, inventarse un hilo de Ariadna que vaya tejiendo el caminar histórico desde el antiguo Reino de Aragón hasta la actual autonomía aragonesa; y he puesto el ejemplo aragonés porque no es peligroso, es decir los ciudadanos de Aragón no hacen de eso cuestión fundamental como en el País Vasco, Navarra o Cataluña.






















Lo cierto es que los antiguos reinos medievales son fruto de la casualidad, que está nadando dentro de las posibilidades históricas dadas; es decir, las tendencias históricas marcan y la casualidad surge en ese margen, de manera que el caos puede variar en el futuro esas mismas tendencias históricas.





















Los viejos reinos se fueron agrupando porque lo demandaba la balanza de poder en los diversos escenarios de las naciones históricas. A esto no era ajeno el surgimiento de tecnologías y realidades económicas que llamaban a economías de escala.





















Como muy bien ha definido Gellner en "La Invención de la Tradición"
el nacionalismo sólo apareció y se convirtió en necesidad sociológica en el mundo moderno. En épocas anteriores (la fase "agroalfabetizada" de la Historia), los gobernantes tenían pocos incentivos para imponer la homogeneidad cultural sobre aquellos a los que gobernaban. Pero en la sociedad moderna el trabajo pasa a ser de tipo técnico. El hombre debe operar una máquina y debe aprender. Existe una necesidad de comunicación impersonal, libre de contexto y con un alto grado de estandarización cultural.






















Por eso, la realidad política actual por su historia, por el desarrollo de la modernidad, por la tecnología y la economía, es el Estado Nación tendente a procesos muy avanzados de globalización; esa es la causa de que nada tengamos que ver en el sentido nacional, sí en otros sentidos, con la Edad Media.
































El origen y legitimidad del derecho a la autonomía está en la CE de 1978, como muy bien dicen los siguientes artículos:








Artículo 137.


El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las Comunidades Autónomas que se constituyan. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses.






Artículo 143.


1. En el ejercicio del derecho a la autonomía reconocido en el artículo 2 de la Constitución, las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes, los territorios insulares y las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su autogobierno y constituirse en Comunidades Autónomas con arreglo a lo previsto en este Título y en los respectivos Estatutos.


2. La iniciativa del proceso Autonómico corresponde a todas las Diputaciones interesadas o al órgano interinsular correspondiente y a las dos terceras partes de los municipios cuya población represente, al menos, la mayoría del censo electoral de cada provincia o isla. Estos requisitos deberán ser cumplidos en el plazo de seis meses desde el primer acuerdo adoptado al respecto por alguna de las Corporaciones locales interesadas.

30 sept 2010

Educación religiosa

Lo religioso es hoy, más que nunca, un problema complejo. A esa condición de problematicidad han contribuido poderosos y múltiples factores. Entre ellos, el progreso científico-técnico. Éste ha ido arrinconando progresivamente a la fe hasta ponerla al borde del K.O. técnico. Para mucha gente, la religión era un recurso fácil, un Deus-ex-machina al que se apelaba ante la menor dificultad: ¿sequía? Los dioses se enfadan luego es precisa una procesión en desagravio; ¿eclipse? Ira de la divinidad: cilicio y tormento, disciplina y autocensura.






























La ciencia que, pese a la hostilidad ambiental, recuérdese el caso de Galileo, ha ido explicando estos y otros muchos hechos sin necesidad de apelar a Dios, se ha instalado ahora en el lugar vacante de un Dios-tapa-agujeros superado, y ha ceñido la corona y el manto como una nueva diosa.


















La ciencia provee, el hombre se abandona a su providencia; la ciencia explica, el hombre asiente. Muchos de nuestros contemporáneos creen que la ciencia es infalible, exacta, indiscutible, obra, en una palabra, de dioses. A una fe superficial en un diosecillo tapafallos humanos le ha sustituido, en un auténtico golpe de estado a trono vacante, otra diosecilla mimosa y de cuando en cuando generosa.









Por lo demás, la ciencia y la técnica han producido un notable aumento del nivel de vida, pese a las injusticias sociales, y han contribuido a alejar de este mundo las antiguas preocupaciones por la salvación ultraterrena.




















Si antaño era considerado este mundo como un valle de lágrimas que había de ser recompensado en el más allá, hoy se promete transformar este mundo en un paraíso terrenal perdido, "el cielo en la tierra". El confort, la propaganda de masas ("massmedia"), la superficialización de la existencia, el trabajo extenuante y maratoniano, todo ello tiene muy ocupado al hombre, y la consecuencia es un cierto olvido de Dios, que otros han denominado "ateísmo práctico": lo religioso no interesa, no preocupa.








No se niega, se ignora a Dios, que no interesa, no es problema. Como consecuencia de esta confianza en la ciencia y de la trivialización en las relaciones humanas, resulta muchas veces difícil encontrar sentido a la existencia.



















Crece, por paradoja, el nivel de suicidios en determinados países desarrollados, el alcoholismo en el marco del subdesarrollo, etcétera. Y de este modo, no solamente no hay creyentes convictos (aunque los haya confesos), sino que tampoco hay ateos convictos, pese a su ostentosa profesión de ateísmo. La nuestra es la era de la trivialidad. Para algunos puede servir de consuelo el que otras épocas, aparentemente hipersensibles a lo religioso, como por ejemplo la Edad Media, fueran dominadas por todo tipo de supersticiones paganas, estando también ausente un sentido de lo religioso profundo. Más que de sentido religioso, se trataba de un simple rito, fruto de la costumbre, el temor, etcétera. Sin embargo, ese sería un consuelo de tontos: el mal de muchos.



















¿Y la instrucción religiosa para aquellos que la deseen o quieran que la reciban sus hijos? Es una opción privada de cada cual que el Estado no debe obstaculizar en modo alguno pero que tampoco está obligado a costear a los ciudadanos aunque el cheque escolar debería permitir a las familias recibir el enfoque educativo que desean, incluidas las actividades extraescolares en la enseñanza pública. La catequesis es libre en una democracia pluralista pero sin duda gana en libertad y diversidad cuando el ministerio público ni la financia ni la administra.








Los planes de estudio deberían incluir alguna asignatura que trate de la historia de las religiones, de símbolos y mitologías, con preferente atención si se quiere a la tradición greco-romana-cristiana que tan importante es para comprender la cultura a la que pertenecemos.



















No es de recibo que toda la tradición, el arte, la estructura física de nuestras ciudades se remita al cristianismo, así como nuestro sentido moral, lo que nos impele a pensar en el otro, sea consecuencia del humanismo cristiano, y nuestra juventud no lo sepa porque nuestras autoridades se lo ocultan como si quisieran facilitar el trabajo de una nueva moral laica que nos debilita y nos entrega a ensoñaciones totalitarias como el islamofascismo.