4 oct. 2010

La España de las tres culturas

¿Existió alguna vez la España de las tres culturas? ¿Es posible la convivencia pacífica entre las religiones judía, cristiana e islámica?






















La verdad es que no lo creo, las tres religiones son dogmáticas y radicalmente monoteístas. La primera y más antigua de ellas, de la que emanan las demás, el judaísmo siempre tuvo problemas de convivencia en las sociedades politeístas donde vivió; sin embargo, su carácter de religión nacional, de un pequeño pueblo que vive en la diáspora a la espera de la llegada de un dudoso mesías, le protegió al menos al principio.




















No es que el judaísmo no admita las conversiones, es que no considera necesario el apostolado como condición para su práctica religiosa; sí admite las conversiones de cónyuges, clientes y criados de los judíos poderosos. Pero las otras dos son religiones apostólicas, cuya base de expansión es la predicación y el ejemplo; incluso, en el caso del islam, el combate o esfuerzo extraordinario para la expansión del islam es decir la yihad.









De esto se deduce que la convivencia de las tres religiones fue forzada, derivada de la necesidad y de la especialización de ciertos grupos en algunas actividades.


















Américo Castro señaló la importancia que en la cultura española tuvo la religiosidad, y en concreto las minorías judías y musulmanas que fueron marginadas por la dominante cultura cristiana. Estudió especialmente los aspectos sociales de esta segregación en la literatura española y sus consecuencias a través del problema de los judeoconversos y los marranos, que germinó una identidad conflictiva y un problemático concepto de España, nacido en el Siglo de Oro que denominó "Edad conflictiva".









Señaló la pervivencia de "castas" separadas incluso después de las conversiones masivas a que dio lugar la monarquía de los Reyes Católicos y el papel que jugaron en ello los estatutos de limpieza de sangre. Al respecto, polemizó violentamente con otro historiador, Claudio Sánchez Albornoz, en uno de los episodios más vivos del llamado debate sobre el Ser de España.














































Este tema ya aparece en el regeneracionismo de Joaquín Costa, con una aportación inicial muy significativa como fue la Introducción a un tratado de política, textualmente de los refraneros, romanceros y gestas de la Península, de 1881 y siendo su obra más trascendente "Oligarquía y Caciquismo" como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla, 1901; también en Ángel Ganivet cuando escribió "Idearium Español" y también "Porvenir de España", ambos de 1898, año en que se suicidó.










Surge de las posiciones enfrentadas desde la denominada polémica de la ciencia española, entre los krausistas, como Gumersindo de Azcárate o Francisco Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza, y los pensadores que pueden calificarse de casticistas o reaccionarios, como Gumersindo Laverde o Marcelino Menéndez y Pelayo director de la Biblioteca Nacional de España y autor de un descomunal estudio erudito donde identifica lo español con lo ortodoxamente católico, por contraste con lo que no lo es, aunque aparezca en España: "Historia de los Heterodoxos Españoles"; estando en el origen de la definición intelectual de lo que trágicamente se acuñó como "Anti-España".
























Inmediatamente después, el Desastre de 1898 supuso un revulsivo conducente a la introspección y reflexión sobre sus causas, relacionándolas con el atraso relativo de España ante la modernidad.










Todo esto ocurría paralelamente al concepto de naciones decadentes y naciones emergentes que se aplicaba en ese momento a Alemania frente a Inglaterra, Japón frente a Rusia o a Estados Unidos frente a España, muy al hilo de los argumentos a favor del imperialismo e incluso de las teorías de supremacía racial que en la época se consideraban científicas, como la eugenesia o el darwinismo social.






















Cuando los españoles cristianos decidieron, hacia el año 1500, que las castas judía y mora no eran tan españolas como la suya, no lo hicieron para deshacerse de los lazos que a ellas los ligaban (confundir su identidad nacional con su identidad religiosa), sino para adentrárselos aún más en el meollo de su vida. En otros países católicos (incluso en Italia), la política, la administración pública, la cultura intelectual, el comercio, la industria, etc., eran actividades separadas de la religión y no antagónicas respecto de ella.










Pero la casta cristiano-española incurrió en el funesto error de desprestigiar y de rechazar las ocupaciones usuales de moros y judíos, en lugar de apropiárselas (algo así como destruir las casas y bienes de los conquistados o expulsados, en vez de aprovecharse de ellos).





















La mitificación del pasado islámico y del islam, junto a la pervivencia del antisemitismo antijudaico es una realidad perfectamente visible en España y apoyada por el actual PSOE, la camarilla de gobierno en nuestra partitocracia.

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