14 may. 2011

La Guerra de Independencia

Dentro del largo devenir de la nación histórica española, menos largo que el discurrir de la historia en nuestro solar, destaca la Guerra de la Independencia por ser el primer grito popular de la nación política española. El problema es que precisamente entonces el Imperio en el que participaba España estaba feneciendo y el mundo entraba claramente en otra fase histórica.



















Lo cierto es que la última fase del Imperio, la que fue gobernada por los primeros borbones, ya dio en alumbrar una clase social consciente de la nación y que pensadores no pertenecientes a la nobleza como Mayans o el coronel Cadalso teorizaban sobre la "Nación" española.








En aquel tiempo, uno de los hombres de Estado más importantes de nuestra Historia, el Conde de Aranda, había intentado poner en práctica una solución que permitiera sobrevivir a nuestra comunidad de naciones hispánicas de la inevitable decadencia e impotencia para mantener la colaboración. No lo consiguió, y el hundimiento del Imperio creo una conjunto caótico de estadillos independientes enfrentados entre ellos y no una Commonwealth.






















La guerra comienza el 2 de Mayo de 1808 con la rebelión del pueblo madrileño contra el ejército francés cuando los soldados pretendían llevarse a la fuerza, del palacio real, al infante Francisco de Paula (hijo de Carlos IV) con destino a Bayona.








La dureza de la represión francesa, dirigida por el Mariscal Murat que manda fusilar a todos los que han participado o se muestran contrarios a su ejército, junto con las noticias del heroísmo de militares (capitanes Daoiz y Velarde) y pueblo de Madrid van a difundirse en los días siguientes y el levantamiento pronto se generaliza. La rebelión se extiende por las dos Castillas, Extremadura, Andalucía y otros puntos del territorio nacional.



















Pequeños núcleos del ejército regular, el estacionado en España pues había parte luchando bajo las órdenes de Napoleón, junto con las milicias guerrilleras, en algunos casos auténticos ejércitos populares, consiguieron mantener en jaque al mejor ejército de Europa entonces: el ejército francés.



















La guerra fue el primer grito estentóreo de la nación política española, ya nacida pero callada en el seno del Antiguo Régimen. Con los reyes exiliados, el ejército desorganizado cuando no luchando para Napoleón y la nobleza desorientada, fue el pueblo dirigido ideológicamente por los clérigos de aldea, seculares y regulares, y por una minoría de ilustrados nacionalistas liberales, el que se organizó en milicia popular.

































Hombres como Espoz y Mina, Javier Mina, Santos Ladrón de Guevara, el Barón de Eroles, Jáuregui, Oráa, Zumalacárregui, Milans del Boch, Cabrera, el Cura Merino, Juan Martín el Empecinado e innumerables exbandidos reconvertidos en guerrilleros (el bandidaje era muchas veces hijo de la injusticia y el hambre) crearon auténticos ejércitos.

































El Duque de Wellington despreciaba su acción, probablemente por prejuicios de clase, pero Napoleón, hijo del pueblo y de un pueblo ultracatólico y religioso como el corso, reconoció en su encierro de Santa Elena que la guerrilla española lo había derrotado en Rusia por impedirle trasladar tropas a ese lugar.































Napoleón surge de la revolución y él mismo no era creyente, pero además de militar era político, por eso insistió en devolver a Francia al calendario tradicional, las iglesias al clero católico y él como emperador quiso ser ungido por el Papa. Quizá sus soldados en España no lo entendieron tan bien.

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