2 ago. 2011

La locura

A propósito de la obra de Erasmo de Róterdam "Elogio de la Locura", en la que se hace, medio en broma medio en serio, una crítica durísima a los oscuros y sabios pensadores, portadores de la tristeza y la guerra, me viene a la memoria un filósofo que marcó a una generación de europeos y yo diría que hasta de occidentales, me estoy refiriendo a Michel Foucault.








Como comentaba en esta entrada, somos
monos locos, con la única diferencia del nivel de la locura, y no me refiero aquí a las malformaciones cerebrales o del sistema nervioso que son asimilables a las enfermedades de otras partes del cuerpo, con signos y síntomas, con sistemas dañados, sino a los comportamientos inesperados, no aceptados socialmente, lo que llamamos locura.



















Alguien dijo una vez que la única diferencia que existe entre las personas que están dentro de las instituciones mentales y aquellos de nosotros que estamos fuera… es que nosotros somos la mayoría.
Si ellos fueran la mayoría, nosotros estaríamos dentro. Para el filósofo y psicólogo francés Michel Foucault (1926-1984), sin duda alguna uno de los pensadores posmodernos más influyentes del siglo XX, esto no era chiste, sino una teoría sociológica.




















Según él, son los que tienen el poder quiénes definen lo que es normal y lo que no lo es.
Cualquier sociedad puede definir la locura, de tal manera que ciertas personas caigan en esa categoría y sean aisladas. Pero el poder no sólo determina la normalidad y la locura, sino también el conocimiento. Muchas veces se ha dicho que el conocimiento produce poder; pero Foucault le da vuelta a la mesa y afirma que de la misma manera el poder produce “conocimiento”. De modo que los que tienen el poder son los que determinan lo que es normal, lo que es justo y lo que es verdad.



















Según Foucault, estos no son conceptos preexistentes, que nosotros debemos descubrir, sino más bien algo que nosotros producimos y que los poderosos definen para mantener el control.
Consecuentemente, los que afirman conocer algo como verdadero inmediatamente se convierten en sospechosos de tener escondida debajo de la manga una agenda de control.
























Se cuenta la historia de tres umpires que estaban discutiendo entre sí sobre si un lanzamiento había sido “bola” o “strike”. El primero dijo muy confiadamente: “Yo digo las cosas como son”.
El segundo dijo: “Yo digo las cosas como las veo”. A lo que el tercero replicó: “Los lanzamientos no son ni bola ni strike hasta que yo lo decida”; esa es la postura de la posmodernidad.





















“El primer árbitro representa el punto de vista tradicional acerca de la verdad: algo objetivo, independiente de la mente del conocedor y que hay que descubrir.
El segundo árbitro representa el relativismo moderado: la verdad "tal como la ve cada uno", según su opinión y forma de interpretarla. Y el tercer árbitro representa claramente al relativista radical o la postura posmodernista: la "verdad" no es algo que existe y que hay que descubrir; cada uno de nosotros debe crearla para sí mismo”. En el mundo posmoderno sólo se acepta como verdad el hecho de que no hay verdad. Por supuesto, nadie puede ser coherente con esta visión absurda de la vida.











Fuente: www.elcaribecdn.com.

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