6 jun. 2010

Viajes













La humanidad nació, dicen, en algún lugar de África y, a partir de ahí, se expandió por todo el mundo de una manera sin parangón, de forma que los otros homínidos desaparecieron. La llegada a América se produjo de forma tardía, atravesando el estrecho de Bering, en sucesivas oleadas desde hace 30.000 años hasta hace 12.000; luego el estrecho de Bering se cubrió de agua.


















Es verdad que las corrientes marinas y la capacidad marinera de los polinesios y aborígenes chilenos crearon un área de comunicación en el Pacífico que permitió el intercambio genético entre América y el viejo continente euroasiático-africano junto con Oceanía, como descubrió el navegante noruego y antropólogo Thor Heyerdahl.








Sin embargo, yo quiero hablar aquí de una época posterior en la historia, cuando los pueblos del mundo antiguo con conocimientos de navegación realizaron increíbles periplos, en los que sin duda se dieron ocasiones para llegar por casualidad a América. Es más que probable que esto ocurriera, otra cosa más difícil es que pudieran regresar después.
















Según Heródoto (nacido en 484 a. C.), una expedición fenicia auspiciada por el faraón egipcio Necao II (proclamado rey en 610 a. C.) circunnavegó el continente africano por primera vez. El faraón quería buscar un paso hacia occidente desde el mar Rojo. Tras fracasar en el intento de construir un canal que uniese el mar Rojo con el Mediterráneo a través del Nilo, decidió buscar un paso hacia occidente por el Sur.










Cuenta Heródoto que varias naves fenicias circunnavegaron el continente africano, denominado entonces Libia, en una expedición penosa que efectuó dos largas paradas para conseguir provisiones, y que tardó tres años en llegar a las columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar). Algunos piensan que los fenicios llegaron a fundar una colonia en el Congo en esa expedición o en otra posterior dirigida por Hannon el Navegante.














Durante años los admiradores de los vikingos, que eran legión en Norteamérica, buscaron sin éxito los restos de los asentamientos que se citan en las sagas de Leif Eriksson.









Nacido en Islandia, Leif fue el segundo de los hijos del explorador noruego Erik el Rojo, quien hacia el año 985 fundó el primer asentamiento vikingo en Groenlandia, poco después de haber sido exiliado de Islandia.










Alrededor del año 1000, guiado por los relatos del comerciante Bjarni Herjólfsson, se dirigió hacia el oeste y pasó un invierno en una tierra a la que denominó Vinland y que describió como abundante en salmones y pastizales. Su campamento constituiría el primer asentamiento europeo en América, quinientos años antes que Cristóbal Colón. Al final, encontraron pruebas de asentamientos nórdicos en Terranova, pero eso, siendo América, no es Vinland.












Otros de los muchos que probablemente visitaron América son los griegos, fenicios, celtas y el único que volvió, según cuenta la leyenda, es San Brandán.





























La leyenda de su viaje se extendió durante siglos por la Europa cristiana; de acuerdo con la citada Navigatio partió el 22 de marzo del 516 con otros diecisiete monjes en un barco para buscar el Paraíso Terrenal. Después de un largo viaje, recaló en un mar lleno de islas; la identidad de éstas ha sido motivo de controversias, y se ha afirmado que posiblemente se tratara de las próximas a Terranova, lo que haría de Brandán quizá el primer occidental en llegar a América, también se las identifica con las islas del mar Caribe o las islas Canarias (España).









La leyenda cuenta que los monjes celebraron una misa de resurrección en una isla que resultó ser una ballena, y así nació la leyenda de la isla errante en las aguas del Océano Atlántico.

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