2 feb. 2011

Los totalitarismos

Los totalitarismos han constituido un fenómeno que no se podrá soslayar siempre que se quiera hacer una caracterización del siglo XX. Su estudio necesita bucear en sus orígenes, que para Hannah Arendt son el antisemitismo, el imperialismo y el comunismo.








El totalitarismo no solo requiere voluntad de aplastar sino medios técnicos, es por eso que en otras épocas de la historia era imposible su existencia; para Luis XIV, cuyo lema "el Estado soy yo" intentó llevar a la práctica lo mejor que pudo, era imposible controlar la vida de los ciudadanos como lo puede hacer cualquier líder, incluso no totalitario, del siglo XX y, en ese terreno, no sabemos hasta dónde puede llegar el siglo XXI.


















El totalitarismo es una forma de Estado, es decir, una forma de organizar los cuatro componentes del mismo (territorio, población, gobierno, poder, y según la autora citada anteriormente, también el jurídico o el derecho). El totalitarismo no es simplemente una forma de gobierno, es una organización en cuanto a las personas que ejercen el poder de tipo no democrático, que se caracteriza al igual que el autoritarismo en la falta de reconocimiento de la libertad y los derechos del hombre.


















Sin embargo, se diferencia del autoritarismo en que en el totalitarismo existe una negación de la libertad y los derechos individuales, desconociendo además la dignidad de la persona humana, convirtiendo las clases sociales en masas.









El totalitarismo considera al Estado como un fin en sí mismo, y por tanto lo maximiza; y dado que el poder existe para el fin de las cosas, si consideramos al Estado un fin, estos dos componentes de la política se hacen correlativos, como consecuencia un Estado más grande nos da un poder más grande.









Así, el poder del Estado totalitario lo puede todo porque el fin lo abarca todo. Mussolini (que usó por primera vez el término "totalitarismo") hizo gráfico esto en el eslogan: "todo en el Estado, todo para el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado". No es ya el Estado para el hombre, sino el hombre para el Estado.

















Las barbaridades, ausentes de respeto a la dignidad humana, realizadas por Hitler, Stalin y el rey Leopoldo, entre otros, nos obligan a pensar en que quizá sea necesario volver a valorar aquellas ideologías que dotan al hombre de dignidad intrínseca.







Como dice la Constitución española de 1978 en su artículo 10:


"1. La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.


2. Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España.

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