3 jul. 2011

El malestar de la cultura

No sé si sera cosa mía, de mi generación, o en realidad ha ocurrido siempre así, pero vivimos en estado de malestar. Y en realidad la posibilidad de un cataclismo ha existido siempre, pero como dice Hammett: "Los hombres se acostumbran a que caigan las piedras y luego se acostumbran a que no caigan". Sin embargo, no es lo imprevisible lo que genera este malestar; es un vacío existencial que me hace recordar lo feliz que estaba, en la vejez, mi tía abuela, a pesar de haber llevado una existencia, por la época que le tocó vivir, complicada.




















No, no nos preocupa que caiga un bólido, que cambie el campo magnético terrestre, que haya una súper nova del sol o venga una glaciación ya que lo vemos improbable y los medios no nos machacan con ello. Nos preocupa una crisis económica que, nos cuentan, es la peor de la historia. Nadie sabe como fue la del 29 con la II Guerra Mundial al final, aunque ahora no necesitamos al Ejército de Salvación; los bancos, que inflaron la burbuja artificialmente, niegan el crédito y aumenta el paro.


















Pretendidos científicos e intelectuales, amparados por clubes de millonarios, nos dicen sin rebozo que esta humanidad de 7000 millones es excesiva y hay que llegar a una de 1000 millones (¿por qué no 500? ¿Con qué métodos?) Los precios del petróleo están artificialmente hinchados, nunca había habido tantas reservas, y se nos dice que es para preservarnos del cambio climático, que han inventado.








En Australia, en el colmo de la estupidez, una empresa se ha ofrecido para matar a todos los dromedarios, especie ajena llevada allí por los europeos, porque, dicen, con sus flatulencias incrementan el cambio climático.




















Todo esto ya fue visto por los críticos del devenir social, el irremediable antagonismo existente entre las exigencias de nuestra naturaleza y las restricciones impuestas por la cultura. Es decir, una contradicción entre la cultura y las pulsiones, donde rige lo siguiente: mientras la cultura intenta instaurar unidades sociales cada vez mayores, restringe para ello el despliegue y la satisfacción de los impulsos, transformando una parte de la pulsión agresiva en sentimiento de culpa. Por eso, el desarrollo cultural genera insatisfacción y sufrimiento. Mientras más se desarrolla la cultura, más crece el malestar.

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