6 de nov. de 2011

La vejez

Como comentábamos aquí desde una perspectiva distinta, hablaremos hoy, no de la realidad física, temporal y biológica del envejecimiento sino de los sentimientos, carencias, disminuciones y dificultades que éste causa en nosotros.






















Digo esto después de haber leído en un blog una entrada sobre lo efímero que resulta la etapa de la juventud y la penosa decadencia física en que nos encontramos con el paso del tiempo.


















El proceso de envejecimiento va gradualmente modificando nuestro organismo. El anciano va percibiendo los cambios físicos propios y los de su entorno. También lo psíquico sufre una transformación en lo que se refiere a las creencias, los valores y las conductas.























Se produce una mutación, en lo físico y en lo social, donde la persona se desenvuelve; el medio social se va reduciendo y, por consiguiente, la movilidad y los nuevos panoramas cada vez se estrechan más.











Los hechos internos y externos afectan y preocupan al anciano, que modifica los hábitos de conducta y su forma de relacionarse. Este cambio se produce en forma gradual y progresiva.
El anciano no solo decae físicamente sino que se encuentra más dependiente en cuanto a su desenvolvimiento humano y económico.





















Al comparar una persona de setenta años con otra de la misma edad pero con una vida espiritual rica, con formas distintas de encarar la vida y los problemas de la existencia, surgen diferencias claramente visibles en lo que se refiere al envejecimiento.









La vejez de cada ser humano depende de cómo ha vivido en la sociedad, de su profesión u oficio, de los beneficios obtenidos, de la alimentación, etc. Los factores físicos o biológicos y los psicosociales influyen y gravitan en su proceso de transformación en la tercera edad.
Las transformaciones o, mejor dicho, las transfiguraciones operadas en las facultades del alma por la vejez son admirables. Este trabajo interior se resume en una sola palabra: la sencillez. La vejez es eminentemente simplificadora de toda cosa.










Simplifica primero el lado material de la vida; suprime todas las necesidades ficticias, las mil necesidades artificiales que la juventud y la edad madura habían creado, y que habían hecho de nuestra complicada existencia una verdadera esclavitud, una servidumbre, una tiranía. Lo diremos más alto: es un principio de espiritualización.
En la vejez se pierde pues la vanidad pero se gana en experiencia y lo que es más importante se puede seguir viviendo, aprendiendo y experimentando.